Cuatrogatos libros para niños y jóvenes
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Papel recortado de Hans Christian Andersen
  La muchacha más bella del pueblo
Luis Cabrera Delgado 
 
 
Desde que Nicanor, el más tatarabuelo de los tatarabuelos habidos y por haber, se casó con doña Jimena Neira, una de las hijas del marqués de la Coruña, los García-Castro siempre se casaron con mujeres bellas. 
Ni qué decirte tengo cómo era la hija del cacique siboney con que se casó Martín García-Castro no más hizo bajarse de la carabela en  la que llegó a  Cuba  acompañando al tal don Cristófono Columbus, ni  la fama de bella que tenía sor Lucrecia de Dios cuando el pirata Gabino García-Castro la robara del convento de Trinidad  para hacerla su esposa. Cuentan también que cuando en medio de la batalla para la toma de La Habana por los ingleses, Francisco García-Castro vio a la hija del almirante Sir George Pocock, rindió el grupo de hombres que comandaba para que lo tomaran  prisionero y poder pedir la mano de Lady Mary: linda, rubia y ojiazul como buena anglosajona. 

Mas, como dice el refrán que para gustos se han hecho colores, Mateo García-Castro se enamoró loca y perdidamente de una de las negras que apresó en África para venderla de esclava en el Caribe. 

Como en el barco, la muchacha no hacía más que  llorar y lamentarse de su suerte, Mateo se hizo atar al mástil del navío y se tapó los oídos con cera para no oírla, pues era tan grande el  amor que le despertó la belleza de la joven que dos o tres veces estuvo a punto de volver para regresarla a su aldea, pero como se contuvo, no más hizo llegar al puerto de Santiago de Cuba, la tomó para sí, y san se acabó el remordimiento. 

También fueron famosas por su belleza la esposa de don Valeriano, la de Asnoldo y la de Fulgencio García-Castro, por eso, no hubo nada de extraño que cuando los muchachos de Jarahueca llegaron a la edad de casarse, Liborio García-Castro quisiera  hacerlo con la joven más linda de toda la zona, Soledad Isla. 

Sé que por mucho que lo intente, no seré capaz de describir la belleza de esta moza, pero para que tengas una idea, desde que su mamá le permitió ir a la estación de ferrocarril a ver el paso de los trenes, la Empresa Nacional de Transporte Ferroviario de Cuba tuvo que habilitar diariamente cinco salidas más y poner a  las locomotoras a arrastrar vagones extras para poder dar cabida a los  muchos  pasajeros que venidos de todas partes del mundo, quisieron  pasar  por Jarahueca para ver a  la  muchacha, aunque fuera de lejos y una sola vez en la vida. 

Soledad Isla tenía un sedoso pelo negro que en oleadas le caía sobre los  hombros y de allí hasta media  espalda. Sus ojos parecían dos margaritas color miel, y la boca, una  tajada de jugoso melón; mas cuando sonreía, achinaba los ojos y las  largas pestañas abanicaban como colas de pavo real, entonces los labios dejaban asomar unos dientes simpáticos y parejitos para que los lunares de la mejilla titilaran como las estrellas en el cielo. 

–Rediez, ¡qué belleza! –decían los españoles. 

 –¡Mamma mía! –exclamaban los italianos. 

Los franceses,  poniendo los ojos en blanco, suspiraban: 

–¡Comme il faut! 

Los norteamericanos, por su parte, dejaban caer el chiclet y se quedaban con la boca abierta sin poder decir ni jota, y todos: ingleses, japoneses, árabes o esquimales se querían salir por las ventanillas cuando el tren reanudaba la marcha y dejaba atrás a aquella belleza diciéndoles adiós con su pañuelito de  holán  y encaje. 

Si por aquella época  anunciaban un baile en  Jarahueca, lo tenían que suspender, pues los jóvenes casaderos se fajaban en la entrada del Liceo por bailar con Soledad Isla. En la calle donde vivía la muchacha, cada tres meses había que estar arreglando el alcantarillado público, pues de tanto enamorado pasar para acá  y para allá, hundían los adoquines y se rompían las tuberías del acueducto. 

Cuando la joven fue a cumplir sus veinte años, el alcalde prohibió que le hicieran regalos, pues el año anterior  fueron tantos los ramos de las más perfumadas, coloridas y exquisitas flores que dejaron junto a la ventana de Soledad Isla, que tuvieron que venir los bomberos a rescatar a los vecinos de la cuadra de debajo de una montaña de pétalos de rosas, margaritas, claveles, dalias, azucenas, gladiolos, orquídeas, vicarias y  no me olvides, amén de tener que gastar la mitad del presupuesto de la alcaldía para pagar la cuadrilla de camiones que se necesitó para retirar tanto adorno floral. 

Cada  mañana, todos y cada uno de los jóvenes de Jarahueca  se proponía ser el escogido por Soledad Isla para casarse, y dedicadas a ella se improvisaban décimas, se ganaban torneos, se competía en galanterías, se le dedicaban cosechas y, en la Feria Agropecuaria, a los mejores ejemplares de gallinas, patas, pavas, carneras,  vacas y yeguas se le entregaba el Premio Soledad  Isla de Primera Categoría; también así se nombró el bote conque todos los días Arnulfo Gil remontaba el Caunao, y la guagua que  cubría el  tramo Yaguajay-Meneses-Jarahueca; y más de una centena de 
recién nacidas en esos tiempos fueron bautizadas con igual nombre por sus padrinos. 

Cuando Soledad Isla cumplió los veinticinco años ya se perfilaban los candidatos con más posibilidades a ser su esposo y el mismo  día  que cumplió los veintiséis, celebró la  boda  con el elegido por su corazón. 

–Felicidades, Liborio –le desearon todos sus amigos, pues como amigos que eran, no le iban a guardar rencor por haber sido él el preferido por la muchacha más bonita de Jarahueca; y la fiesta fue lucida y alegre. 

Ya para esa fecha, muchos de los antiguos pretendientes de la joven habían ido encontrando su pareja, y los que no, comenzaron a mirar con interés a otras mozas. Pardillo se casó con Amada, que si bien, no tan linda como Soledad Isla, lo era, como también alegre, hacendosa y honrada. Fernando puso sus ojos en Generosa, la que de toda la zona, era la que mejor bordaba; Elías construyó una casita junto a la de sus padres y llevó a vivir allí con él, a Dulce, la maestra; Vitico se casó con Clara; El Tato con Bienvenida, la más chiquita de los Paz. Y aunque todos fueron felices, los hombres no dejaban de admirar a Liborio con cierta sana envidia por tener por esposa a la mujer más bella de toda la comarca. 

Los domingos por la tarde, cuando las nuevas parejas de recién casados  se acicalaban e iban al parque para coger fresco y disfrutar de la retreta de la Banda Municipal, no  había hombre que al paso de Soledad Isla, mirándola con el  rabo del ojo, dejara de exclamar para sus adentros: 

–¡Oh, qué linda es! 

Mas con el tiempo, Liborio y su mujer dejaron de asistir al paseo dominical. Los hombres preocupados no lograban imaginar ni siguiera la más mínima conjetura que explicara aquella conducta, pero las mujeres en su comadreo de los lunes por las mañanas, cuando se reunían junto a la corriente del río, ya habían comentado una situación que les llamaba la atención. 

–Soledad no viene con nosotras. 

Cuando a Liborio se le terminaron las camisas limpias y le preguntó a su mujer por qué no iba a lavar, esta le contestó que no podía echar a perder la tersura de su piel ni el brillo de su cabello exponiéndose al sol; tampoco el calor del fogón era bueno para su cutis, y por ello, Soledad Isla trataba de  cocinar lo menos  posible y sólo lo imprescindible. Nada de estar haciendo 
dulces complicados y sabrosos como los que hacían las demás esposas, ni empanadas ni tamales ni buñuelos... 

–¡Qué hambre tengo! –decía Liborio todas las medias noches, cuando  el ruido de las tripas no lo dejaban quedarse dormido. 

Soledad Isla dedicaba la mayor parte del tiempo en mirarse al espejo, no  zurcía la ropa, no limpiaba la casa ni mucho menos sembraba  flores en el jardín. Cuando sus  hijos comenzaron a asistir a la escuela, siempre iban sin la tarea terminada, pues Soledad  Isla no se ocupaba de que la hicieran ni mucho menos de que estudiaran las lecciones. 

El día que Liborio cogió sarampión, por poco se muere, porque su esposa  no sabía hacer cocimientos ni poner emplastos, como tampoco sabía preparar la ratonera ni podar los naranjos. Soledad Isla no le echaba comida a las gallinas, escogía mal el arroz, y las piedras que le dejaba, le partieron más de una muela a Liborio. No se preocupaba de ir a la tienda, y si lo hacía, era un desastre a la hora de seleccionar la mercancía, tampoco 
sabía buscar los mejores precios, ni planchar, ni tejer, ni hacer nada bien hecho. 

Su esposa era un desastre, y aunque por ello, Liborio vivía triste y amargado, sus amigos lo seguían envidiando por haberse casado con  la mujer más bella del pueblo, y  hasta quizás tú, amigo que lees este cuento, sueñes con ser como los García-Castro, para cuando te llegue el momento, casarte con una muchacha tan linda y tan preciosa como Soledad Isla. 
 
 
Luis Cabrera Delgado es uno de los más sobresalientes autores de la literatura infantil de Cuba. Licenciado en Psicología por la Universidad Central de Santa Clara. Ganador de importantes certámenes literarios nacionales, su amplia bibliografía incluye títulos como Antonio, el pequeño mambí,  Tía Julita, Los calamitosos, Ito y Carlos, el titiritero. 

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