| Cuatrogat editores: sergio andricaín y antonio orlando rodríguez v cuatrogatosrevista@yahoo.com |
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Donde viven los monstruos Maurice Sendak Madrid: Altea, 1999
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Max,
los monstruos y Sendak
Yolanda Reyes
Maurice Sendak Traducción de Agustín Gervás Colección Historias para dormir Madrid: Altea, 1999 Antes de ese boom de las imágenes, la ilustración era un elemento decorativo o didáctico de segundo orden y se limitaba a ser el telón de fondo del mensaje verbal. Sin embargo, la fotografía y el cine, que afectaron la concepción de las artes visuales, terminaron incidiendo también en los libros para niños, hasta el punto de que la ilustración se convirtió en un mensaje tan rico y autónomo como el texto mismo. La característica principal de los álbumes es precisamente ese diálogo entre el lenguaje verbal y el pictórico, de manera que el sentido no puede ser comprendido sin las ilustraciones, o viceversa. Para decirlo con un ejemplo sencillo, un álbum es como una película: hay una diferencia enorme entre verla o que se la cuenten a uno. Donde viven los monstruos, publicado por Harper & Row en 1963, fue un libro polémico por su tratamiento nada ejemplarizante de los niños y de las “cosas salvajes”, pero pronto se convirtió en un clásico. Y ese puesto de honor no lo merece solamente por haberse ganado la Medalla Caldecott –máximo galardón de los libros ilustrados– ni por haber obtenido el American Book Award y ni siquiera por ser uno de los diez libros para niños más vendidos de todos los tiempos, sino, sobre todo, por ser la perfecta conjunción entre palabra e imagen. En uno de los más afortunados ejemplos de su género, Sendak logró una historia poética, con una admirable economía expresiva. Al cuidadoso trabajo que se esconde detrás de cada una de sus frases, de sus ritmos y de su excelente factura literaria, se suman la ilustración y la diagramación para construir una estructura impecable y una atmósfera mágica, en la que todos los lenguajes conviven en perfecta armonía.
La historia, de una sencillez tan profunda que puede ser comprendida por niños menores de dos años y seguir fascinando hasta a los adultos –incluso logró conectar a algunos niños autistas con el mundo– cuenta cómo Max, el protagonista, es castigado por sus travesuras y emprende un viaje simbólico desde su propia habitación hacia donde viven los monstruos, atravesando un tiempo mítico, enfrentando sus miedos y regresando, después de un trayecto circular, al mismo punto de partida, donde la cena caliente lo está esperando. La edición en rústica de Altea, de reciente importación,
no es tan cuidadosa como la antigua presentación de pasta dura que
Alfaguara ofrecía a los lectores de habla hispana. Sin embargo,
es de celebrar que este libro pueda volver a conseguirse en español.
Ante la proliferación de imágenes “chatarra” para consumo
inmediato que bombardea a los pequeños y ante la dificultad
para acceder a las obras de arte, los libros ilustrados son los museos
que contemplan nuestros niños. Desde ese punto de vista, tienen
razón los que consideran a Maurice Sendak como “el Picasso de los
libros para la infancia”.
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