| Cuatrogat editores: sergio andricaín y antonio orlando rodríguez v cuatrogatosrevista@yahoo.com |
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Ilustración de Esperanza Vallejo La Edad de Oro José Martí Bogotá: Panamaericana, 1997
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Sobre
La Edad de Oro
Manuel Gutiérrez
Nájera
v Martí
habla, en La Edad de Oro, a lo que está más cerca
de la naturaleza o esencia del hombre: el niño. No desciende hasta
su objeto: lo alza y lo contempla. Su mérito no es comunicarse sencillamente
con él, en un lenguaje común, a propósito para que
lo alcance el nivel de todos, sino depurar, por medio de la palabra activa,
los conceptos que andan demasiado abstractos, casi huecos, en el verbo
hispanoamericano, y hacer accesibles los valores más eternos.
Fryda Schultz
de Mantovani
v No es que Martí dejase de ser el revolucionario que fue siempre al hablarle a los niños en estos cuentos en que sólo aparece el poeta y el pintor, sino que descubrió tempranamente, desde su época de México, lo que el arte en sí mismo, y sin salir de su propio reino, tenía de eficaz y de aleccionador, sus posibilidades de moralizar conmoviendo, más que apostrofando, con lo que llamó “la fuerza de lo indirecto”. Un objeto bello moraliza y mejora como el más acabado sermón. Da al niño, más que ideas hechas, los elementos necesarios para que él las forme por sí mismo a través del lenguaje mudo y elocuente de las imágenes, la forma o el color. Un aforismo de luz es imperturbable como una ley física: su validez va más allá de que sea admitido o no por el discípulo que lo recibe, pero Martí no le transmite al niño conclusiones sino sólo a modo de comentarios en torno a un cuento o lecciones que se desprenden naturalmente de él: estas deducciones las podría haber hecho su lector y el lenguaje en que él se las comunica está también robado a su razonamiento infantil. De manera que los aforismos, que no faltan en estas narraciones, no aparecen como el fruto de un saber anterior e independiente, sino como silogismos formados por imágenes, ya de la historia o de la fantasía, en los cuales sólo el último término lo constituyera, a manera de conclusión, el axioma lógico. Jamás el procedimiento inverno de introducir un juicio previo o una prédica ideológica valiéndose de las imágenes para su desarrollo. No son las imágenes las que están al servicio de las ideas sino al revés, lo cual es perfectamente coherente con esa voluntad suya de deponerse ante las cosas, de “servir” a la vida, ajustando su pensamiento a cada una de las necesidades de ella más que imponiéndole el suyo propio. Fina García
Marruz
v La revista es bella, desde sus cubiertas azul-modernismo, azul-Martí, es agradable la impresión; bonitas las viñetas y láminas que ilustran los cuatro números. Bajo el título, en la cubierta, figura la siguiente aclaración: “Publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América”. En las palabras que sirven de prefacio al número 1 (julio 1889), José Martí insiste en señalar el doble propósito de La Edad de Oro: que es divertir y enseñar. Vistos hoy, un siglo después, los cuatro números, no nos cabe duda de que el doble propósito de cumplió; se cumple aún: todavía divierte y enseña, acaso a niños y a mayores (¿saben los pequeños, sabemos los grandes, cómo se elaboran industrialmente los cubiertos de plata, por ejemplo? Podemos aprenderlo a través de una amena, deliciosa descripción que su autor titula “Historia de la cuchara y el tenedor”). Enseña aún a los niños, de atractiva manera, la evolución de la vida y gustos de los hombres al describir sus viviendas; o la historia de los pueblos de América: a través de sus héroes; a través de las costumbres de sus gentes. Enseña muchas otras cosas, nuevas, eternas: el valor de la libertad, de la justicia, de la solidaridad, de la honradez… habla –nos habla– de un pasado que no quiere borrar el presente: amante de su hoy, creyente en un futuro habla –nos habla– de esos sueños de vida mejor; de esos sueños por los cuales supo vivir y morir. Si todo ello nos conmueve hoy, es, sin duda, porque halló el lenguaje justo para decirlo. Un lenguaje, un tono personalísimo: al dirigirse a los niños (y al niño que todos llevamos dentro) José Martí no cae jamás en ese antipático tono magistral, ni en el no menos fastidioso tono de ñoñez, tan típicos ambos de la literatura destinada a los niños. En La Edad de Oro –y quizás ahí esté el secreto– el maestro José Martí deja que hable su yo infantil: con su dominio total del lenguaje, logra lo casi imposible: sacar a la superficie esa parte de su yo, reviviéndola –reviviéndose– al decirlo; al decirse. Aurora de Albornoz
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