Cuatrogatos libros para niños y jóvenes
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  El mordisco de la medianoche
Francisco Leal Quevedo
Colección El barco de vapor, serie roja

Bogotá: SM, 2010


Para Irene Vasco, Beatriz Helena Robledo, Gloria María Rodríguez, Carlos Sánchez Lozano y quien firma esta reseña –integrantes del jurado de la segunda convocatoria del premio El barco de vapor, auspiciado en Colombia por Ediciones SM y la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República– no fue difícil llegar a la conclusión de que El mordisco de la medianoche y Los secretos de Hafiz Mustafá eran las mejores obras dentro de las sometidas a su consideración. En realidad, el análisis se centró en a cuál de los dos originales debía otorgarse el galardón. Muy distintos entre sí, tanto temática como formalmente, ambos tenían indudables aciertos y coincidían en el deseo de familiarizar al lector con escenarios, culturas y circunstancias insuficientemente conocidas.

Sin embargo, enseguida quedó claro que la balanza se inclinaba hacia El mordisco de la medianoche, un relato de conflicto social, éxodo y posibilidad de reconciliación, centrado en Mile –una niña de la etnia wayuu de La Guajira– y en los integrantes de su humilde familia. No se trata, como quizás pueda pensar algún lector prevenido, de un alegato con voluntad de denuncia social, ni mucho menos de un testimonio con ribetes melodramáticos sobre la problemática de los desplazados por la violencia y las condiciones de marginalidad en que se ven obligados a sobrevivir. ("Prefiero la representación simbólica a la descripción de la violencia", ha señalado el autor en una entrevista.) Es, simplemente, un relato humano, sobrio, que trata de aproximarse a la realidad colombiana y ofrece un esperanzador desenlace en el que las soluciones no provienen de agentes foráneos ni de un hoy día inadmisible deux ex machina, sino de las tradiciones y la cultura de la propia comunidad indígena, encarnadas en la figura del palabrero, un negociador de conflictos que restaura desde adentro el precario equilibrio de la armonía y la paz. 

Un relato como este, fuertemente enraizado en lo local, pero de indudable resonancia para cualquier ámbito geográfico, merece ser leído y apreciado no solo por los lectores de Colombia, sino también, para empezar, del resto de América Latina y España. 

Concluyo la reseña destacando que los dos libros finalistas del certamen correspondieron al mismo autor: Francisco Leal Quevedo. Ambas obras hacen evidente que este creador se ha ganado un espacio dentro lo más significativo de las letras colombianas para niños y jóvenes.


Antonio Orlando Rodríguez

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