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El libro salvaje Juan Villoro Ilustraciones de Gabriel Martínez Meave. Colección A la orilla del viento México DF: Fondo de Cultura Económica, 2009 Poner en manos de un niño estudios realizados por importantes
teóricos sobre la naturaleza de la lectura y sus procesos (Louise
Rosenblatt y Frank Smith, entre otros) sería un sinsentido. Sin embargo,
esta novela del narrador mexicano Juan Villoro posibilita, a través
de los recursos propios de la ficción, que los más jóvenes
lectores entren en contacto, por ejemplo, con las premisas de la teoría
transaccional de la lectura. Y es que El libro salvaje es, sobre
todo, una reflexión sobre la aventura de leer, sobre la complejidad
y la riqueza de ese acto creativo por excelencia. Un tratado sobre la relación
libro-lector, en el que no hay cabida para las "sesudas" reflexiones a que
estamos habituados los consumidores adultos de este tipo de obras teóricas
o de investigación, pero sí para reflexiones inquietantes
e iluminadoras sobre la condición de coautor inherente a todo buen
lector. Mientras recorre la laberíntica y en apariencias anárquica
colección de libros, Juan va haciendo grandes descubrimientos. Aprende,
por ejemplo, que un libro tiene el don de cambiar según quien lo
lea: "No es lo mismo que lo lea un héroe a que lo lea un villano",
le explica el tío. "Los grandes lectores le agregan algo a los libros,
los hacen mejores". También descubre que "que los libros son como
espejos: cada quien encuentra ahí lo que tiene en su cabeza". Claro
que hay un problema con esto: "solo descubres que tienes eso dentro de ti
cuando lees el libro correcto". Y por último entenderá que
"los libros son más importantes que los autores. Los mejores parece
que se escribieron a sí mismos". Villoro ha creado una fábula fantástica donde los
libros son los verdaderos protagonistas, sin descuidar por ello una trama
con personajes de gran encanto, en la que hay cabida para escenas humorísticas
y otras que evocan las emociones del primer amor. La obra es también
una defensa de la lectura como un derecho de los seres humanos, como un
ejercicio creativo en el que la buena literatura no debería ser desplazada
por sucedáneos de valor puramente comercial. "Al rato van a inventar
un jarabe de libro y van a concentrar todas las historias en una cucharada",
exclama el tío Tito. Emily Dickinson afirmó en uno de sus poemas que "no hay mejor
fragata que un libro para llevarnos a tierras distantes". Villoro suscribe
ese principio, y subraya el poder de la palabra escrita para traspasar las
fronteras del espacio y del tiempo, cuando escribe: "Un libro es el mejor
medio de transporte: te lleva lejos, no contamina, llega puntual, sale barato
y nunca marea". Por esas, y otras muchas razones, vale la pena disfrutar
de El libro salvaje.
Javier Gómez para leer otras reseñas de libros haga clic aquí |
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