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¡No, no fui yo! Ivar Da Coll Bogotá: Panamericana, 1998
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Ivar
Da Coll o cómo ponerle un traspié a la solemnidad
Antonio Orlando Rodríguez
Ivar Da Coll Ilustraciones del autor Colección Que pasa el tren Bogotá: Panamericana, 1998 No es gratuito que la profesora alemana Marta Lypp afirme en un estudio acerca del humor en el libro para niños: “La literatura infantil desempeña un rol cultural importante: es el santuario donde la risa, en particular la risa arcaica y carnavalesca, no sólo es permitida sino que además es positivamente fomentada. Es el vehículo a través del cual la risa puede preservarse para la sociedad en general”. En el humor ha encontrado uno de sus más firmes bastiones el arte para la infancia y esto no es casual. Como señala con agudeza Lypp, es algo deseable para los pedagogos y rentable para los editores. Curiosamente, el humor no ha sido uno de los rasgos distintivos de la literatura infantil actual de Colombia. Pese al antecedente que constituyen los poemas de Pombo, el signo preponderante de esta manifestación en las décadas más recientes ha sido la nostalgia de la infancia y un lirismo “fabricado” a golpe de tropos que, con frecuencia, encuentran escaso eco en los jóvenes lectores. ¡No, no fui yo!, de Ivar Da Coll, es una excepción dado el protagonismo que adquiere el humor. Se trata de un álbum o picture book en el que, respetando las reglas del “género”, el componente gráfico reviste tanta o más importancia que el texto escrito. El relato es referido, pues, como resultado de la conjugación de dos códigos: la ilustración (el dibujo) y el texto (el verso). Nacido en Bogotá, en 1962, Da Coll es, a juicio de no pocos expertos en la materia, uno de los principales autores-ilustradores no sólo de Colombia, sino de toda América Latina. Da Coll conoce cómo crear historias apasionantes con gran economía de recursos (pocos personajes, escenarios mínimos, conflictos bien delineados y resueltos) y las plasma con maestría mediante los textos –concisos, desprovistos de adjetivos y metáforas superfluas, a veces francamente lacónicos– y los dibujos de magnífica factura, que actúan como detonantes para la imaginación infantil.
Con ¡No, no fui yo!, Da Coll se introduce
en los territorios de lo explícitamente humorístico, con
el propósito manifiesto de generar la hilaridad de sus lectores.
Y para ello echa mano a un elemento de especial atracción para los
niños: lo escatológico. Los protagonistas del relato son
tres amigos inseparables, llamados Juan, José y Simón. El
creador, como es lógico, no dedica ni un verso del texto a describirlos;
¿para qué?, de esa tarea se encargan, con eficacia, los expresivos
dibujos realizados en tinta china. El trío de personajes animales
tomados de la fauna latinoamericana –un armadillo, un oso hormiguero y
un zaíno (especie de marrano salvaje)–, sale de excursión
una mañana para acampar en lo alto de una montaña.
Mas José respiró tanto
A Juan le cayó en la oreja
Para librarse de la “culpa”, los excursionistas atribuyen los incómodos incidentes a un feroz ogro, un león y un gran pájaro –personajes salidos de su imaginación– y ponen pies en polvorosa para escapar del peligro de semejantes “monstruos”. La situación, tan familiar y cercana al universo de los niños, es desarrollada por el autor con soltura y jocosidad. Los animales repiten las conductas con que los niños intentan muchas veces escapar de la represión de los adultos y de patrones de conducta acuñados por los “manuales de urbanidad y educación”, pero que riñen con necesidades fisiológicas elementales: de ahí que atribuyan a otros con un rápido “¡No, no fui yo!” la responsabilidad de los olores fétidos (“¡Fuchi fo!”, exclama José tapándose la nariz), los ruidos desagradables y las excrecencias nasales. El humorismo vinculado con lo escatológico tiene no pocos antecedentes en la literatura. Para ceñirnos únicamente al campo de los libros para niños, recordaremos el excelente álbum ¿Qué es ese ruido, Isabel?, del autor e ilustrador británico David McKee, y el cuento largo Los cretinos, de su ilustre compatriota Roald Dahl, tal vez uno de los más divertidos (¡y “asquerosos”!) textos de la literatura infantil contemporánea; pero bien podríamos evocar también Gargantúa y Pantagruel o algunos clásicos de la picaresca española. Escudado en la máxima “nada humano me es ajeno”, Da Coll centra su atención en algunas “ordinarieces” que –la naturaleza manda y el individuo obedece– casi todos llevamos a la práctica en secreto, pero a las que, por pudor, preferimos no aludir en público y, cuando no queda más remedio, lo hacemos utilizando eufemismos. En ese revelar lo oculto, en ese hacer evidente las transgresiones a una norma inflexible, está el elemento que desata la comicidad en ¡No, no fui yo!, en consonancia con las ideas de Bergson sobre la risa como un signo de vasto alcance social. Da Coll pone a sus personajes en situaciones que no por comunes dejan de ser incómodas y ridículas y, al mirarlos(nos) desde la distancia que conlleva la ficción artística, nos burlamos de ellos y de nosotros mismos. Con ¡No, no fui yo!, Ivar Da Coll introduce un matiz inquietante en el panorama del libro colombiano para niños y da pruebas de su crecimiento como creador, al explorar motivos y registros diferentes. Lejos de la picardía naiv, emparentada con las expresiones del cuento popular, presente en Garabato o en Torta de cumpleaños y lejos, también, de la melancolía y el tono menor de su bello Hamamelis, Miosotis y el señor Sorpresa (Lista de Honor de la International Board on Books for Young People, 1996), esta nueva propuesta evidencia la voluntad de explorar, en nuestro ámbito, aristas diferentes en el discurso artístico dirigido a los niños, y de hacerlo desde una perspectiva cómplice y burlona. Quizás Ivar Da Coll esté entre los
que opinan que el aristotélico animal ridens se aviene mejor,
para definir al hombre de hoy, que el, a estas alturas, un tanto pretencioso
homo sapiens. En cualquier caso, al confrontar las potencialidades
humorísticas de ¡No, no fui yo! no está de más
tomar cuenta la atinada aseveración de Max Eastman: “La primera
ley del humor es que las cosas nos parecen divertidas sólo cuando
estamos de buen humor”.
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