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Virginia Frances Sterret
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Dos cuentos de Las mil y una noches
Traducidos por Vicente Blasco Ibáñez Bahlul, bufón de Al-Raschid He llegado a saber que el califa Harún Al-Raschid tenía, viviendo con él en su palacio, a un bufón encargado de divertirle en sus momentos de humor sombrío. Y aquel bufón se llamaba Bahlul el Cuerdo. Y un día le dijo el califa: "Bahlul, ¿sabes el número de locos que hay en Bagdad?". Y Bahlul contestó: "¡Oh mi señor! un poco larga sería la lista". Y dijo Harún: "Pues quedas encargado de hacerla. ¡Y supongo que será exacta!." Y Bahlul hizo salir de su garganta una carcajada prolongada. Y le preguntó el califa: "¿Qué te pasa?". Y Bahlul dijo: "¡Oh mi señor! soy enemigo de todo trabajo fatigoso. ¡Por eso, para complacerte, voy en seguida a extender la lista de los cuerdos que hay en Bagdad! Porque ese es un trabajo que apenas exigirá el tiempo que se tarda en beber un sorbo de agua. Y con esta lista, que será muy corta, ¡por Alá que te enterarás del número de locos que hay en la capital de tu imperio!". Y estando sentado en el trono del califa, aquel mismo Bahlul recibió, por esta temeridad, una tanda de palos que le propinaron los ujieres. Y los gritos espantosos que con tal motivo hubo de lanzar pusieron en conmoción a todo el palacio y llamaron la atención del propio califa. Y al ver que su bufón lloraba ardientes lágrimas, intentó consolarle. Pero Bahlul le dijo: "¡Ay! ¡oh Emir de los Creyentes! ¡mi dolor no tiene consuelo, pues no es por mí por quien lloro, sino por mi amo el califa! Si yo, en efecto, he recibido tantos golpes por haber ocupado un instante su trono, ¿qué tunda no le amenazará a él después de ocuparlo años y años?". Y también el mismo Bahlul tuvo la suficiente cordura para tomar horror al matrimonio. Y con el objeto de jugarle una mala pasada, Harún le hizo casarse a la fuerza con una joven de entre sus esclavas, asegurándole que le haría dichoso, y que incluso él respondería de la cosa. Y Bahlul se vió obligado a obedecer, y entró en la cámara nupcial, donde esperaba su joven esposa, que era de una belleza selecta. Pero apenas se había echado junto a ella, cuando se levantó de pronto con terror y huyó de la habitación, como si le persiguiesen enemigos invisibles, y echó a correr por el palacio, igual que un loco. Y el califa, informado de lo que acababa de pasar, hizo ir a Buhlul a su presencia, y le preguntó, con voz severa: "¿Por qué ¡oh maldito! has inferido esa ofensa a tu esposa?". Y contestó Bahlul: "¡Oh mi señor! ¡el terror es un mal que no tiene remedio! Claro que yo no tengo que formular reproche alguno contra la esposa que has tenido la generosidad de concederme, porque es hermosa y modesta. Pero ¡oh mi señor! apenas entré en el lecho nupcial, cuando oí distintamente varias voces que salían a la vez del seno de mi esposa. Y una de ellas me pedía un traje, y otra me reclamaba un velo de seda; y esta, unas babuchas; y aquella, una túnica bordada; y la de más allá, otras cosas. ¡Entonces, sin poder reprimir mi espanto, y no obstante tus órdenes y los encantos de la joven, huí a todo correr, temiendo volverme más loco y más desgraciado todavía de lo que soy!". Y el mismo Bahlul rehusó un día cierto regalo de mil dinares que le ofreció por dos veces el califa. Y como el califa, extremadamente asombrado de aquel desinterés, le preguntara la razón que para ello tenía, Bahlul, que estaba sentado con una pierna extendida y la otra encogida, se limitó a extender bien ostensiblemente ante Al-Raschid ambas piernas a la vez, siendo esta toda su respuesta. Y al ver semejante grosería y tan suprema falta de respeto para con el califa, el jefe eunuco quiso castigarle con violencia; pero Al-Raschid se lo impidió con una seña, y preguntó a Bahlul a qué obedecía aquel olvido de las prácticas corteses. Y Bahlul contestó: "¡Oh mi señor! ¡si hubiera extendido la mano para recibir tu regalo habría perdido para siempre el derecho de extender las piernas!". Y por último, el propio Bahlul fue quien, entrando un día en la tienda de campaña de Al-Raschid, que regresaba de una expedición guerrera, le encontró sediento y pidiendo a grandes gritos un vaso de agua. Y Bahlul echó a correr para llevarle un vaso de agua fresca, y presentándoselo, le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! ¡te ruego que antes de beber me digas a qué precio habrías pagado este vaso de agua si, por casualidad, hubiese sido imposible de encontrar o difícil de procurártelo!" Y dijo Al-Raschid: "¡Sin duda habría dado, por tenerlo, la mitad de mi imperio!". Y dijo Bahlul: "¡Bébetelo ahora, y Alá lo vuelva lleno de delicias para tu corazón!". Y cuando el califa hubo acabado de beber, Bahlul le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! y si, ahora que te lo has bebido, ese vaso de agua no pudiera salir de tu cuerpo por culpa de alguna retención de orina en tu vejiga honorable, ¿a qué precio pagarías la manera de hacerlo salir?" Y Al-Raschid contestó: "¡Por Alá, que en ese caso daría todo mi imperio de ancho y de largo!". Y Bahlul, poniéndose muy triste de pronto, dijo: "¡Oh mi señor! ¡un imperio que no pesa en la balanza más que un vaso de agua o un chorro de orines no debería producir todas las preocupaciones que te proporciona y las guerras sangrientas que nos ocasiona!". Al oír aquello, Harún se echó a llorar. Cuento de la tortuga y el martín-pescador Se cuenta en uno de mis libros antiguos, ¡oh rey afortunado! que un martín-pescador estaba un día a orillas de un río y observaba atentamente alargando el pescuezo, la corriente del agua. Pues tal era el oficio que le permitía ganarse la vida y alimentar a sus hijos, y lo ejercía sin pereza, desempeñando honradamente su profesión. Y mientras vigilaba de tal modo el menor remolino y la ondulación más leve, vio deslizarse por delante de él, y detenerse contra la peña en que estaba observando, un cuerpo muerto de la raza humana. Entonces lo examinó, y viendo que tenía heridas de importancia en todos sus miembros y rastros de lanzazos y sablazos, pensó para sí: "¡Debe de ser algún bandido al cual han hecho expiar sus fechorías!" Después levantó las alas y saludó al Retribuidor, diciendo: "¡Bendito sea Aquel que hace servir a los malos después de muertos para el bienestar de sus buenos servidores!". Y se dispuso a precipitarse sobre el cuerpo para arrancarle algunos pedazos, y llevárselos a sus crías y comérselos con ellas. Pero enseguida vio que el cielo se oscurecía por encima de él con una nube de grandes aves de rapiña, como buitres y gavilanes, que empezaron a dar vueltas en grandes círculos, acercándose cada vez más. Al ver aquello, el martín-pescador se sintió sobrecogido del temor de que lo devorasen aquellos lobos del aire y se apresuró a largarse a todo vuelo lejos de allí. Y pasadas muchas horas se detuvo en la copa de un árbol que se hallaba en medio del río, hacia su desembocadura, y aguardó allí a que la corriente arrastrara hasta aquel sitio el cuerpo flotante. Y muy entristecido se puso a pensar en las vicisitudes y en la inconstancia de la suerte. Y se decía: "He aquí que me veo obligado a alejarme de mi país y de la orilla que me vió nacer, y en la cual están mis hijos y mi esposa. ¡Ah, cuán vano es el mundo! ¡Y cuánto más vano todavía el que se deja engañar por sus exterioridades, y confiando en la buena suerte vive al día, sin ocuparse del mañana! ¡Si yo hubiese sido más prudente habría hacinado provisiones para los días de necesidad como el de hoy, y los lobos del aire no me habrían asustado al haber venido a disputarme mis ganancias! ¡Pero el sabio nos aconseja la paciencia en tales trances! ¡Tengámosla, pues!" Y mientras recapacitaba de esta manera, vio a una tortuga que, saliendo del agua y nadando lentamente, avanzaba hacia el árbol en que él se encontraba. Y la tortuga levantó la cabeza, le vio en el árbol y enseguida le deseó la paz, y le dijo: "¿Cómo es, ¡oh pescador! que has desertado del ribazo en que generalmente te hallabas?" El pájaro respondió: "Si bajo la misma tienda que te alberga y en tu mismo país llega a habitar un rostro desagradable, solo una determinación has de tomar: déjale tu tienda y tu país y apresúrate a marcharte!" "Y yo, ¡oh buena tortuga! He visto mi ribazo dispuesto a ser invadido por los lobos del aire, y para que no me impresionaran de mala manera sus caras desagradables, he preferido dejarlo todo y marcharme hasta que Alah quiera compadecerse de mi suerte". Cuando la tortuga oyó estas palabras, dijo al martín-pescador: "Desde el momento en que es así, aquí me tienes entre
tus manos, dispuesta a servirte con toda mi abnegación y a hacerte
compañía en tu abandono e indigencia, pues ya sé lo
desdichado que es el extranjero lejos de su país y de los suyos, y
cuán dulce es para él hallar afecto y solicitud entre los desconocidos.
Y yo, aunque sólo te conozco de vista, seré para ti una compañera
atenta y cordial".
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