Ilustr.
de Harry Reade (Australia)
Cuentos
de la selva
Horacio
Quiroga
Editora
Juvenil, La Habana, 1965
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Las
medias de los flamencos
Horacio
Quiroga
Cierta vez
las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a los
sapos, a los flamencos, y a los yacarés y a los peces. Los peces,
como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del
río, los peces estaban asomados a la arena, y aplaudían con
la cola.
Los yacarés,
para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de
plátanos, y fumaban cigarros paraguayos. Los sapos se habían
pegado escamas de peces en todo el cuerpo, y caminaban meneándose,
como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río,
los peces les gritaban haciéndoles burla.
Las ranas
se habían perfumado todo el cuerpo, y caminaban en dos pies. Además,
cada una llevaba colgada, como un farolito, una luciérnaga que se
balanceaba.
Pero las que
estaban hermosísimas eran las víboras. Todas, sin excepción,
estaban vestidas con traje de bailarina, del mismo color de cada víbora.
Las víboras coloradas llevaban una pollerita de tul colorado; las
verdes, una de tul verde; las amarillas, otra de tul amarillo; y las yararás,
una pollerita de tul gris pintada con rayas de polvo de ladrillo y ceniza,
porque así es el color de las yararás.
Y las más
espléndidas de todas eran las víboras de que estaban vestidas
con larguísimas gasas rojas, y negras, y bailaban como serpentinas
Cuando las víboras danzaban y daban vueltas apoyadas en la punta
de la cola, todos los invitados aplaudían como locos.
Sólo
los flamencos, que entonces tenían las patas blancas, y tienen ahora
como antes la nariz muy gruesa y torcida, sólo los flamencos estaban
tristes, porque como tienen muy poca inteligencia, no habían sabido
cómo adornarse. Envidiaban el traje de todos, y sobre todo el de
las víboras de coral. Cada vez que una víbora pasaba por
delante de ellos, coqueteando y haciendo ondular las gasas de serpentinas,
los flamencos se morían de envidia.
Un flamenco
dijo entonces:
–Yo sé
lo que vamos a hacer. Vamos a ponernos medias coloradas, blancas y negras,
y las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.
Y levantando
todos juntos el vuelo, cruzaron el río y fueron a golpear en un
almacén del pueblo.
–¡Tan-tan!
–pegaron con las patas.
–¿Quién
es? –respondió el almacenero.
–Somos los
flamencos. ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?
–No, no hay
–contestó el almacenero–. ¿Están locos? En ninguna
parte van a encontrar medias así. Los flamencos fueron entonces
a otro almacén.
–¡Tan-tan!
¿Tienes medias coloradas, blancas y negras?
El almacenero
contestó:
–¿Cómo
dice? ¿Coloradas, blancas y negras? No hay medias así en
ninguna parte. Ustedes están locos. ¿quiénes son?
–Somos los
flamencos –respondieron ellos .
Y el hombre
dijo:
–Entonces
son con seguridad flamencos locos.
Fueron a otro
almacén.
–¡Tan-tan!
¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?
El almacenero
gritó :
–¿De
qué color? ¿Coloradas, blancas y negras ? Solamente a pájaros
narigudos como ustedes se les ocurre pedir medias así. ¡Váyanse
en seguida!
Y el hombre
los echó con la escoba.
Los flamencos
recorrieron así todos los almacenes, y de todas partes los echaban
por locos.
Entonces un
tatú, que había ido a tomar agua al río se quiso burlar
de los flamencos y les dijo, haciéndoles un gran saludo:
–¡Buenas
noches, señores flamencos! Yo sé lo que ustedes buscan .
No van a encontrar medias así en ningún almacén .
Tal vez haya en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas por encomienda
postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas,
y ella les va a dar las medias coloradas, blancas y negras.
Los flamencos
le dieron las gracias, y se fueron volando a la cueva de la lechuza.
Y le dijeron
:
–¡Buenas
noches, lechuza! Venimos a pedirte las medias coloradas, blancas y negras.
Hoy es el gran baile de las víboras, y si nos ponemos esas medias,
las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.
–¡Con
mucho gusto! –respondió la lechuza–. Esperen un segundo, y vuelvo
en seguida.
Y echando
a volar, dejó solos a los flamencos; y al rato volvió con
las medias. Pero no eran medias, sino cueros de víboras de coral,
lindísimos cueros. recién sacados a las víboras que
la lechuza había cazado.
–Aquí
están las medias –les dijo la lechuza–. No se preocupen de nada,
sino de una sola cosa: bailen toda la noche, bailen sin parar un momento,
bailen de costado, de cabeza, como ustedes quieran; pero no paren un momento,
porque en vez de bailar van entonces a llorar.
Pero los flamencos,
como son tan tontos, no comprendían bien qué gran peligro
había para ellos en eso, y locos de alegría se pusieron los
cueros de las víboras como medias, metiendo las patas dentro de
los cueros, que eran como tubos. Y muy contentos se fueron volando al baile.
Cuando vieron
a tos flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron
envidia. Las víboras querían bailar con ellos únicamente,
y como los flamencos no dejaban un Instante de mover las patas, las víboras
no podían ver bien de qué estaban hechas aquellas preciosas
medias.
Pero poco
a poco, sin embargo, las víboras comenzaron a desconfiar. Cuando
los flamencos pasaban bailando al lado de ellas, se agachaban hasta el
suelo para ver bien.
Las víboras
de coral, sobre todo, estaban muy inquietas. No apartaban la vista de las
medias, y se agachaban también tratando de tocar con la lengua las
patas de los flamencos, porque la lengua de la víbora es como la
mano de las personas. Pero los flamencos bailaban y bailaban sin cesar,
aunque estaban cansadísimos y ya no podían más.
Las víboras
de coral, que conocieron esto, pidieron en seguida a las ranas sus farolitos,
que eran bichitos de luz, y esperaron todas juntas a que los flamencos
se cayeran de cansados.
Efectivamente,
un minuto después, un flamenco, que ya no podía más,
tropezó con un yacaré, se tambaleó y cayó de
costado. En seguida las víboras de coral corrieron con sus farolitos
y alumbraron bien las patas de! flamenco. Y vieron qué eran aquellas
medias, y lanzaron un silbido que se oyó desde la otra orilla del
Paraná.
–¡No
son medias! –gritaron las víboras–. ¡ Sabemos lo que es! ¡Nos
han engañado! ¡Los flamencos han matado a nuestras hermanas
y se han puesto sus cueros como medias! ¡Las medias que tienen son
de víboras de coral
Al oír
esto, los flamencos, llenos de miedo porque estaban descubiertos, quisieron
volar; pero estaban tan cansados que no pudieron levantar una sola pata.
Entonces las víboras de coral se lanzaron sobre ellos, y enroscándose
en sus patas les deshicieron a mordiscones las medias. Les arrancaron las
medias a pedazos, enfurecidas y les mordían también las patas,
para que murieran.
Los flamencos,
locos de dolor, saltaban de un lado para otro sin que las víboras
de coral se desenroscaran de sus patas, Hasta que al fin, viendo que ya
no quedaba un solo pedazo de medias, las víboras los dejaron libres,
cansadas y arreglándose las gasas de sus trajes de baile.
Además,
las víboras de coral estaban seguras de que los flamencos iban a
morir, porque la mitad, por lo menos, de las víboras de coral que
los habían mordido eran venenosas.
Pero los flamencos
no murieron. Corrieron a echarse al agua, sintiendo un grandísimo
dolor y sus patas, que eran blancas, estaban entonces coloradas por el
veneno de las víboras. Pasaron días y días, y siempre
sentían terrible ardor en las patas, y las tenían siempre
de color de sangre, porque estaban envenenadas.
Hace de esto
muchísimo tiempo. Y ahora todavía están los flamencos
casi todo el día con sus patas coloradas metidas en el agua, tratando
de calmar el ardor que sienten en ellas.
A veces se
apartan de la orilla, y dan unos pasos por tierra, para ver cómo
se hallan. Pero los dolores del veneno vuelven en seguida, y corren a meterse
en el agua. A veces el ardor que sienten es tan grande, que encogen una
pata y quedan así horas enteras, porque no pueden estirarla.
Esta es la
historia de los flamencos, que antes tenían las patas blancas y
ahora las tienen coloradas. Todos los peces saben por qué es, y
se burlan de ellos. Pero los flamencos, mientras se curan en el agua, no
pierden ocasión de vengarse, comiéndose a cuanto pececito
se acerca demasiado a burlarse de ellos.
| Horacio
Quiroga narrador uruguayo nacido en Salto, en 1878, y fallecido en
Buenos Aires en 1937. Entre sus colecciones de cuentos para adultos sobresalen
Anaconda (1921) y Los desterrados (1926). En 1918 reunió
en el libro Cuentos de la selva los relatos para niños que
había escrito para diferentes publicaciones periódicas. De
ese volumen proviene "Las medias de los flamencos", cuento publicado originalmente
en la revista Fray Mocho, en julio de 1916.
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