| Cuatrogat editores: sergio andricaín y antonio orlando rodríguez v cuatrogatosrevista@yahoo.com |
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Portada de la revista La Edad de Oro (Nueva York, 1889)
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Estética
de la infancia en José Martí y La Edad de Oro
Ana Garralón Ya que el motivo de este pequeño trabajo es intentar establecer una estética de la infancia en la obra de Martí dirigida a los niños, es inevitable reflexionar sobre la relación del propio Martí con la infancia. Martí como niño y Martí como padre. Pero algo que parece sencillo no lo es. La infancia de Martí, por los datos que los biógrafos presentan, es reducida. No hay muchos testimonios sobre ella y las aproximaciones que se hacen son bastante pueriles. Casi podríamos afirmar que Martí no tuvo infancia tal y como actualmente se entiende esta época. Hijo de emigrantes pobres no sólo la austeridad material en que vivían le marcó sino, sobre todo, la ausencia de afectos. Todos los biógrafos parecen coincidir, aunque en muchos casos se trata de disculpar, en que los padres de José Martí eran gente humilde, recta, inculta y con mala suerte en sus aspiraciones económicas. Teniendo más hijos de los que podían mantener, no es extraño que el primogénito y único hombrecito fuera encaminado a ayudar al padre para aliviar la modestísima economía familiar. Con dos años viaja a Valencia, a reencontrarse con la tierra de sus padres –que no sería la suya– y de este período poco se escribe en los libros. Regresan dos años más tarde y, con ocho, acompaña a su padre en un nuevo trabajo en el campo. Ya entonces comienza su ininterrumpida correspondencia con su madre a quien le cuenta en la primera carta encontrada de él:
Cuando comienza a ir a la escuela sus intereses están por encima de esos juegos que considera no son para él y se centran en aprender todo lo que le enseñan y leer más de lo que puede. Su padre no sabe si preocuparse por las ideas y el exceso de conocimientos que posee su hijo o dejarle tener oportunidades que él nunca tuvo, pero –suponemos– que confía en que su primer trabajo le apartará de las locas fantasías de las que habla cuando la intimidad del hogar lo permite. El padre, no obstante, le transmitirá el ejemplo de un hombre recto, insobornable y que trata de ser justo aunque eso signifique vivir en la pobreza.(4) Pero Martí comienza su trabajo con catorce años que simultanea con las clases en donde su brillantez le hace destacar por encima de los demás, tanto, que el director de la escuela, Mendive, decide apadrinarle, pagándole sus estudios. Lo que parece preveerse como un tranquilo período de formación se ve truncado dos años más tarde cuando es detenido, condenado y encarcelado. Ahí se hará una foto que enviará a su madre con las siguientes palabras:
Retrato de Martí en traje de presidiario (1870) En la foto aparece un Martí con el pelo cortado, una especie de pijama carcelero liso y una cadena atada desde la cintura hasta el tobillo que no se podía quitar ni de día ni de noche, produciéndole heridas que le acompañarían toda la vida. Sin embargo su pose es de una dignidad absoluta: sabe bien por qué está ahí y acepta el castigo con la estoicidad con la que aceptará siempre lo imprevisto. Esto nos hace suponer que hace tiempo que dejó atrás la infancia. ¿Cómo, si no, un joven de 16 años va a salir indemne de una prueba así? Martí, lejos de amedrentare, encuentra nuevos motivos para seguir con su lucha. Posiblemente ya tenía clara conciencia de sí mismo y del papel que la historia le había reservado. Tampoco tenemos mucha información de la relación con sus hermanas. Consta en esa primera carta que escribió a su madre el cariño que les reservaba, pero en la selección de cartas para niños y jóvenes editada en La Habana en 1991 (6) pasan casi veinte años desde la primera carta hasta la siguiente. Imaginamos que esto no era así y que la madre tuvo muchas más cartas en las que seguramente se cruzaba información sobre las hermanas que, en algún momento, destruyó. (7) De la correspondencia existente se observa que Martí actuaba como buen hermano mayor, consejero y confidente de las cosas que las hermanas, quizás, no se atrevían a contarle a los padres. De Martí como padre tampoco se ha escrito excesivamente, aunque nosotros haremos un pequeño alto con el que intentaremos aclarar temas que, de alguna manera, se encontrarán en La Edad de Oro. Martí tiene veinticuatro años cuando se casa y un año más cuando nace su hijo José Francisco, llamado familiarmente Pepito. Apenas el niño tiene un año cuando Martí es detenido y deportado por segunda vez. Es lógico, pues, que esta segunda estancia en España fuera breve: apenas tres meses.
En Cuba estaba su recién formada familia con la que deseaba encontrarse cuanto antes. Pero Carmen de Zayas, su mujer, seguramente guardaba ya dentro de sí el rencor hacia este hombre que anteponía sus intereses políticos a sus obligaciones familiares. En marzo los Martí se reúnen en Nueva York, pero la falta de recursos materiales, las escasas perspectivas y la insistencia de Martí en sus actos políticos, hacen que Carmen regrese a Cuba en octubre, es decir, cuando Pepito tiene 22 meses. "La vida matrimonial de Martí no fue feliz –cuenta Blanche Z. de Baralt, amiga durante más de diez años de Martí–. Carmen tenía ideas contrarias a las de Martí. Le repugnaba vivir en el exilio y la pobreza. Se iba numerosas veces a Cuba". (8) Mientras vive en Venezuela, su mujer no irá a verle en ninguna ocasión y, cuando en julio le expulsan del país, regresa a Nueva York. Su hijo tiene entonces dos años y medio. Desde la primera separación –en 1880– Martí ha ido escribiendo versos para su hijo, versos con los que intenta acercarse al pequeño que su mujer continuamente le arranca. En 1882 los publica bajo el título de Ismaelillo y denotan los sentimientos tan hondos que el breve contacto con su hijo le había producido y también el drama de la separación que su sensibilidad como poeta acusa y que, en ocasiones la crítica no ha tenido en cuenta. Sus referencias en pasado:
mi pequeñuelo me despertaba con un gran beso. (Poesía completa, p. 23)
la que me llama, sino tus manecitas en mi almohada. Me hablan de que estás lejos: ¡locuras me hablan! Ellos tienen tu sombra; ¡Yo tengo tu alma! (p.23)
llévame, hijo! (p. 29)
con sus suaves alas nubosas mi amor errante? (p. 36)
sobre mi hombro: oculto va, y visible para mí solo! (p. 37)
Esta noche salgo para Cuba: salgo sin tí, cuando debieras estar a mi lado. Al salir, pienso en tí. Si desaparezco en el camino, recibirás con esta carta la leontina que usó en vida tu padre. Adiós. Se justo. Es inevitable
En numerosos libros y pies de fotos, se encuentra la nota de que Martí posa con María Mantilla a la que educó como si fuera hija propia. Todos los estudiosos y biógrafos parecen coincidir en la influencia recíproca de ambos y en su estrecha relación. En contados casos se indica explícitamente que era su hija (9), pero en 1989 José Miguel Oviedo consagró un estudio exclusivo sobre el tema (10). A pesar del interés de los datos aportados, la obra sufrió una cierta censura (11) no sólo explícita en el momento de su publicación, sino a lo largo del tiempo, al no ser tomada en cuenta en estudios posteriores. (12) Pero parece claro que Carmen Mantilla tuvo una larga y estable relación amorosa con Martí, al que apoyó incansablemente. Martí vivió en la casa que regentaba Carmita durante muchos años y se hizo cargo de la educación de María desde su nacimiento: oficialmente era su padrino y así se ha remarcado una y otra vez. Oviedo presenta en su libro datos reveladores como por ejemplo el hecho de que el inicio de la escritura de Ismaelillo coincida con el nacimiento de María como prueba de que su hijo sigue siendo el primero, la lectura con distinta clave de algunos pasajes de la obra poética de Martí, o incluso una entrevista que le hace al hijo de María, "supuesto" nieto de Martí. Pero la falta de testimonios escritos de los implicados muestra que, o bien es una suposición, o bien fue un secreto bien guardado como demuestra el que la propia María no supiera sino muchos años después la "verdad" (13). Sea lo que fuere, la relación era ciertamente filial: Martí supervisó la educación de María hasta su muerte a la que parece pretender transmitirle su saber enciclopédico. Cuando parte hacia Cuba, para la que sería su primera y única batalla, le escribe varias cartas en las que le da instrucciones precisas sobre sus deberes y le da ideas para nuevos trabajos como la creación de un Atlas. "Una historia de mi viaje –le detalla–, a modo de diccionario, con la explicación de los nombres curiosos de este viaje mío (...) busca Atlas y escribe lo que encuentres.–Athos, es el nombre del vapor: busca Athos. –Cap Haitien es el lugar a donde vamos ahora, –búscalo en el Larousse y en las geografías. Y así harás un libro curioso e irás pensando en mí" (14). Dos semanas más tarde, un Martí un poco alicaído, triste y, seguramente cansado por las durezas del campo, le vuelve a escribir y, al final, después de la firma y de la fecha le propone que busque Santiago y Batey. Y un par de meses después, ya repuesto y tranquilo, vuelve a escribirle una larga carta con "la vida a un lado de la mesa y la muerte al otro" en la que le da nuevas sugerencias para su estudio: Un libro es L´Histoire Générale, un libro muy corto, donde está muy bien contada, y en lenguaje fácil y limpio, toda la historia del mundo, desde los tiempos más viejos, hasta lo que piensan e inventan hoy los hombres. Son 180 sus páginas: yo quiero que tú traduzcas, en invierno y en verano, una página por día; pero traducida de modo que la entiendas, y de que la puedan entender los demás, porque mi deseo es que este libro de historia quede puesto por ti en buen español, de manera que se pueda imprimir, como libro de vender, a la vez que te sirva (...) Es bueno que al mismo tiempo que traduzcas, –aunque no por supuesto a la misma hora–, leas un libro escrito en castellano útil y sencillo, para que tengas en el oído y en el pensamiento la lengua en que escribes. (15) La propia María evocará la educación que Martí le dio, en un artículo publicado en El Mundo, de La Habana (marzo, 2, 1959): (16)
4. No parece descabellada la idea de que las relaciones entre don Mariano y Martí fueron conflictivas como se ha explicado en el apartado biográfico, pero esta relación cambiaría, no sólo por la distancia que les separaría durante muchos años y que les acercaría más en lo afectivo, sino en la propia paternidad de Martí quien, dos años después del nacimiento de su hijo y comprobadas las dificultades de ser un buen padre escribiría a su hermana estas halagadoras frases hacia don Mariano: "Tú no sabes, Amelia mía, toda la veneración y respeto ternísimo que merece nuestro padre. Allí donde lo ves es un hombre de una virtud extraordinaria. Ahora que vivo, ahora se todo el valor de su energía y todos los raros y excelsos méritos de su naturaleza pura y franca. Piensa en lo que te digo. No se paren en detalles, hechos para ojos pequeños. Ese anciano es una magnífica figura. Endúlcenle la vida. Sonrían de sus vejeces. El nunca ha sido viejo para amar" (Tomado de: Con todo el sol sobre el papel, Op. cit.). 5. Tomado de: Arciniegas, Germán (1959): Op. cit. 6. Martí, José: Con todo el sol sobre el papel, Op. cit. 7. En una de las cartas que Martí le dirige a su madre le dice: "Vd. lo sabe todo: esta palabra de hijo me quema". La madre, sabiendo la popularidad internacional que su hijo tenía y temerosa del destino de esas cartas, quema algunas, como ella misma cuenta en un extracto que recoge Félix Lizaso (Proyección humana de Martí. Buenos Aires: Raigal, 1953. pág.24): "Es el caso que yo guardaba todas tus cartas, con la esperanza de que algún día tendríamos tranquilidad para repasarlas juntos, y reir o llorar con ellas. Pero viendo que esto se alarga mucho, que yo puedo morir, y ellas ir a parar a manos extrañas, determiné romperlas, pero no tuve valor sin darles otro repasón, y como algunas tienen ya la tinta apagada, he hecho mucho esfuerzo. Pero ya se acabó la obra, y no me pesa pues rara era la que no tenía un ramalazo y no me hubiera gustado que otro las leyera". 8. Zacharie de Baralt, Luce: El Martí que yo conocí. La Habana: Centro de Estudios Martianos, 1980. 9. En la introducción al epistolario que Manuel Pedro González preparó para Gredos en 1973 se cita que María era hija de Martí. 10. Oviedo, José Miguel (1989): La niña de Nueva York. Una revisión de la vida erótica de José Martí. México: Fondo de Cultura Económica. 11. Guillermo Cabrera Infante publicó un artículo en el periódico El País (19 de Mayo de 1995), con motivo del centenario de la muerte del libertador, en el que comenta a propósito del estudio: "Pero cuando el serio, sesudo profesor, al publicarlo, esperaba elogios o al menos una crítica al día, recibió los más terribles ataques –dentro y fuera de Cuba. Algunos le reprocharon el estudio alegando que “cómo iba Martí a tener una hija ilegal” (...) Querían, es obvio, echar sobre la familia Mantilla un manto de silencio. Los ataques, como me esperaba, se extendieron a mí y a Miriam Gómez que manchábamos la figura impoluta del Apóstol con lo que casi equivalían a chismes". 12. En el libro más reciente sobre Martí que estoy manejando (Ette, Ottmar y Heydenreich, Titus: José Martí 1895/1995. Literatura, política, filosofía, estética. Frankfurt: Vervuert, 1994) hay dos estudios dedicados a La Edad de Oro. En el primero de ellos, La urdimbre de La Edad de Oro, el juego escondido, de Ada María Teja, se dice: "Su hijo José Francisco tiene diez años y medio, María Mantilla, a la que ama como hija, nueve" (pág. 143). El segundo –Análisis comparativo de objetivos educativos de la burguesía: José Martí, La Edad de Oro (1889) y Edmundo De Amicis, Cuore (1886)–, de Martin Franzbach, no indica nada, mientras que en un tercero, dedicado a la iconografía martiana, al comentar la foto en la que aparecen juntos, indica: "A los tres retratos conocidos de Martí con su hijo José Francisco deben añadirse las dos fotografías que nos lo muestran con la niña que, de cierta forma, era hija suya, María Mantilla" (pág. 239). Aquí, no sólo no se precisa qué significa esa cierta forma sino que un par de líneas más adelante el investigador afirma sin ningún reparo: "La foto de padre e hija". 13. César Romero, en la entrevista que Oviedo le hace para el libro, indica que María no supo hasta 1935 que Martí era su padre. "Mi madre quedó tan impresionada –cuenta– que me escribió una carta (todavía la conservo) en la que decía: “Por favor, nunca vuelvas a decir que él era mi padrino, porque tú ves, hijo querido, él fue realmente mi padre”" (pág. 114). 14. Martí, José: Con todo el sol sobre el papel. Op.cit., pág. 15. 15. Carta escrita en Cabo Haitiano el 9 de abril de 1895. Tomado de: Arias, Salvador (ed.) (1980): Acerca de La Edad de Oro. La Habana: Centro de Estudios Martianos/Letras Cubanas, 1989. 16. Tomado de: Oviedo, José Miguel. Op. cit., pág 82.
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