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María Elena Walsh: otro país
Yanitzia Canetti La conocí de casualidad. Ella cantaba por los altavoces del teatro guiñol al que me llevaba mi madre, en La Habana. Había calor, como siempre. Había una larga fila de gente que se agitaba y chiquillos que chillaban. Había que esperar a que abrieran las puertas de aquel pequeño teatro urbano, hundido dentro del edificio más alto de Cuba. Fue allí, en medio de mi ruinoso mundo tropical, que María Elena Walsh comenzó a edificar clandestinamente, sin darse cuenta, mundos imaginarios con su canto... reinos del revés que pronto pondrían todo al derecho. Ella cantaba y cantaba por los altavoces, anticipándose siempre a la función de las marionetas. “¿Cuándo va a empezar la función?”, le preguntaba impaciente a mi madre, deseosa de ver títeres y titiriteros en acción. Y María Elena cantaba: perro salchicha con calma chicha... Luego, en el transcurso de la semana yo escuchaba también los discursos patrióticos, los comunicados pioneriles, los vítores, los himnos, las consignas... y por alguna extraña razón, brotaba en mi memoria la música de la Walsh: Había una vez un bru, un brujito en Gulubú que a toda la población embrujaba sin ton ni son... Andate viejito que ya es tarde para vos... que usan barbas y bigotes los bebés... que un ladrón es vigilante y otro es juez... que se cae para arriba y una vez no pudo bajar después.... Nunca entendí muy bien las canciones, he de confesar, parecían disparates, rompecabezas, desatinos, pero cada vez me gustaba más aquel reino musical cuyas palabras decían más de lo que decían, o cuando menos, provocaban una alegría desconocida y una secreta invitación hacia “otro país”, donde todo es posible: la imaginación. Han pasado los años. La función de los titiriteros ya no existe. Los altavoces dejaron de entonar aquellas alocadas y dulces melodías. Y hoy, en “otro país”, sigo sin entender, he de confesar otra vez, las letras de sus canciones. Por eso, como en una hermandad,
atesoro los secretos de su música y me dedico hoy a escribir para los
niños. No les puedo revelar nada de lo que sé, porque nada sé
todavía, pero quiero que conozcan y vivan, como yo, en el misterio
interminable de la poesía de María Elena Walsh. Y quiero vivir
por siempre en el Reino del Revés, en el país de Nomeacuerdo...
Quiero un cielo bien celeste aunque me cueste.
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