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Nosotros |
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Mi deuda impagable con una generosa prestamista
Luis Caissés Sánchez Yo no tuve, de niño, la buena suerte que luego tuvieron otros de crecer oyendo las canciones de María Elena Walsh. Pero siempre le estaré agradecido de haberla escuchado en el momento que más le hacía falta al novel escritor para niños que era yo a finales de los ochenta. Ya por entonces me mostraba reacio a hacer el tipo de literatura que era común entre nosotros los cubanos puesto que, salvo muy pocas excepciones, seguía prevaleciendo en ella la ñoñería, la simplicidad, el didactismo y sobre todo una encubierta preceptiva que mucho tenía que ver con el más viejo y rancio conservadurismo. Conservadurismo que, devenido juez, la maniató con su extensa lista de tabúes. Para mí fue muy estimulante
descubrir que a los niños se les podía educar de un modo
que les resultara divertido y que, para jugar a aprender o aprender jugando,
todos los recursos estaban permitidos: desde la picardía y el humor
hasta el absurdo y el disparate. Y esa fuerza transgresora y, por tanto,
liberadora nos llegó a través de las canciones de la Walsh.
Y hablo en plural porque a partir del conocimiento de ellas, la vanguardia
de la que yo formaba parte le dio un giro de noventa grados al género
y lo puso al mismo nivel, o cuidado si un poquito por encima en ciertos
momentos, de lo mejor que se estaba haciendo en el continente.
María Elena Walsh fue y sigue siendo un paradigma de la literatura para niños en Iberomérica. A ella tendrá siempre que acudir quien quiera hacer una poesía para niños perdurable por la riqueza de sus imágenes, casi siempre tan pícaras como los lectores a los que están dirigidas, y la diversidad y originalidad de los asuntos tratados en ella. Su mayor contribución ha sido demostrar que no hay asuntos intrascendentes, sino modos infelices o ingeniosos de abordarlos. Ha dotado, además, al género de personajes memorables como la hormiga Titina, la mona Jacinta, Juan Poquito, la reina Batata y sobre todo el también tan querido y repetido brujito de Gulubú. No en balde su obra goza del destino que todos quisiéramos para nuestra poesía: pasar a ser propiedad del pueblo, de generación en generación, que no se cansa de cantarla. Y a ello puede que haya contribuido la alegre, eficaz y contagiosa manera en que ha musicalizado sus textos, pero también, en buena medida, la calidad de estos últimos: auténticos poemas y no simples letras de canciones. Hay, por último, otro mérito que no se le puede negar: el de haber extendido la geografía de Nunca Jamás, ese país de Maravillas que ya no se concibe sin el país de Nomeacuerdo y sin el Reino del Revés.
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