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María Elena Walsh
Foto: Sara Facio
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

  El mundo con María Elena 
Istvansch
 
 

El tortugo

A ver, ¿quién se acuerda de la docente del jardín de infantes?

Imagino montones de manos levantadas.

A ver ¿quién, cuando creció, supo algo más de su maestra de jardincito? Muchas manos bajan.

La mía permanece levantada.

El caparazón era de papel maché, pegados los recortes trapezoidales ocres, marrones y verde-oscuros en papel afiche, emulando las placas quelonias. Impecable. No recuerdo cómo se sostenía, tal vez como un espaldar. No pude encontrar la foto (me toparé un día con ella sin pensarlo) que no está ni en mi casa ni en la de la señorita Julia.

Porque mi maestra se llamaba y se llama Julia.

Ella fue quien me coronó Manuelito en aquel acto donde mi mamá lamentó lo secundario que había resultado ese tortugo que solo “pasó” y “la espera en Pehuajó”… con tanto trabajo que le había dado hacer ese caparazón que bien hubiera podido protagonizar una larga escena de reencuentro a lo Hollywood, dijo mi mamá.

La señorita Julia fue amiga de mis padres desde esa primera visita a casa. Los amó de inmediato al ver el espejo colgado a mi nivel en el baño. Así de conscientes eran mis padres de mí 

En aquellos tiempos en que no había tanta atención puesta en la mirada infantil, papá y mamá compartían conmigo sus lápices y sus mesas de dibujo profesionales y habían hecho bordar en tipografía moderna y colores rutilantes mi nombre en el delantalcito cuadrillé, mientras las identidades de los demás compañeritos quedaban disimuladas en la letra manuscrita en hilo verde sobre la verde tela. 

Un tiempo después escocieron problemas familiares y mi desconcierto no se transformó en caos gracias a personas como la señorita Julia (resistencia le dicen ahora, plantada en mí por ella con firmeza totémica).

Cuando ella dejó el pueblo y volvió a Rosario, la seguí viendo y visitándola en los días en que viajaba a mis clases de pintura en aquella ciudad, durante la secundaria.

La señorita Julia ya no fue solo amiga de mis padres, sino amiga mía. 

Madre de la vida.

Cuando los otros días la llamé para ver si tenía esa foto con la que quería ilustrar esta nota, volvimos con ella a María Elena, en el recuerdo de aquel mediodía en el patio grande del colegio: los chicos en ronda representando el mundo, Manuelita lo atravesaba, el mundo impedía su encuentro con el tortugo… el tortugo era yo y debía buscar el espacio para entrar en el centro de la ronda, para encontrarme con esa Manuelita que acababa de volver de París. 

La ronda se abría de la mano de la señorita Julia, mientras cantaba María Elena.

Y yo entraba. 

En mi mundo.
 

El llamado

Hace unos diez años yo vivía en Ingeniero Maschwitz. El día estaba a pleno sol de primavera. Dibujaba en mi taller, mientras me dejaba ensoñar por la vista, con la mesa de dibujo de cara al ventanal sobre el jardín. 

Verde el césped y el primer plano del níspero, cargado de frutos amarillos casi maduros. Sergio estaba haciendo el jardín y Raquel lo ayudaba. Creo que también estaba César (era usual que nos juntáramos para disfrutar los días de sol, plantar, cortar el césped, comer a la sombra de la parra aquellos asados deliciosos hechos en horno de barro).

Mi ventanal era panóptico y yo debía estar teniendo que entregar algún dibujo porque no participaba, como era usual, de las tareas de jardinería. Dibujaba y miraba el deslizarse de ellos en aquella postal. 

Sería mediodía, recuerdo el sol picante y cenital.

En ese fluir, sonó el teléfono.

–Hola. ¿Istvan? –me dijeron. 

–Sí –dije yo. 

–Aquí María Elena Walsh –repicó el otro lado de la línea.

–¡¡¡¡¡¡¡¿¿¿¿¿¿¿¿…????????!!!!!!!!! –enmudecí con silencio nunca tan expresivo.

Y me tuve que sentar.

Por cuestiones editoriales, al final no se dio aquello de que ilustrara uno de los libros que reeditaba. Pero la sensación de recibir el llamado, de escuchar de su boca que le gustaba lo que yo hacía, más el pasmo de saber que era cierto que me estaba hablando, todo eso, junto, fue tal vez el espaldarazo que faltaba para autorreconocer el lugar al que había llegado con mi obra.

Porque para alguien de mi generación, María Elena Walsh no es María Elena Walsh. Es la infancia en estado puro. Es adrenalina de los cinco años recorriendo las venas. Es volver a ser Manuelito, pero ahora legitimado por su propia voz.
O sea, sentir que a ese mundo no sólo supimos entrar, sino que también supimos también cultivarlo y volverlo verde.


La ronda

Gisela es mi hermana. Santiago, mi sobrino. Ella tiene 34 años, él, 6; yo, 40.

Los otros días estábamos dibujando juntos y empecé a cantar “Perro salchicha gordo bachicha, toma solcito a la orilla del maaaaar”.

Gisela afirmó el cancionero al seguir “Ni dormido ni despierto como todas las mañanaaaanaaaaas, Don Enrique del Meñique tiene ganas muchas ganas”.

Y finalmente Santiago transformó la tarde en recital cuando empezó “Había una vez una vaca en la Quebrada de Humahuaaaacaaa”.

Transgeneracional, María Elena se hacía de nuevo presente como algo que está más allá de la memoria, genéticamente grabado en la sangre.

Gisela fue a la biblioteca y vino con un talismán, la edición de El reino del revés de Luis Fariña Editor, de abril de 1967, ilustrada por Juan Carlos Caballero. Una reliquia. No tenía aún las hojas amarillas cuando en los 1970, con la edad que ahora tiene Santiago, aprendimos las canciones sentados en canastita al lado del moderno Winco portátil, el blanco de tapa bermellón.

Pasamos las páginas juntos y las canciones fueron saliendo de ese lugar de la memoria que vaya a saber que jardinero, duende, guardián y doctor mantiene regado y florecido.

Unidos en las canciones nos transformamos en ronda. En mundo. 

Unidos sentimos que ese era un espacio seguro para entrar y quedarse a vivir.

Y compartir. Porque mientras María Elena sigue regando el verde, ahora es uno quien entendió que puede dar la mano a un chico para que encuentre la entrada.
 
  

Istvansch, ilustrador, diseñador y escritor argentino, ganó el premio Octogonal de Honor 2004 en Francia. Es director de las colecciones Libros-álbum del Eclipse y Pequeños del Eclipse. Entre sus obras publicadas se encuentran El ratón más famoso, Ideas claras de Julito enamorado, Abel regala soles y Federica aburrida. Sus reflexiones sobre la ilustración de libros para niños están reunidas en el libro La otra lectura. Las ilustraciones en los libros para niños.

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