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Nosotros |
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Dailan Kifki, mi hija y yo Iliana Prieto La primera vez que me leí Dailan Kifki de María Elena Walsh, mi hija no había nacido, pero yo había crecido más de la cuenta y mi niñez ya era cosa del pasado. Por eso mientras me reía a carcajadas, los adultos a mi alrededor no entendían que yo pudiera divertirme con una novela sobre un elefante que llegaba, de repente, a una familia y volara entre las nubes. Fue en esa ocasión cuando realmente descubrí a María Elena Walsh. Aunque ya conocía sus canciones y las disfrutaba, no había descubierto aún a esa autora extraordinaria, a esa creadora prodigiosa, capaz de transformar lo absurdo en realidad cotidiana, y divertir a chicos y grandes con un disparate tras otro, envuelto en un manto muy poco común de poesía, ternura y humanidad. Aquel libro de Dailan Kifki no era mío y en Cuba, donde vivía entonces, no había libros de la Walsh en las librerías. Una amiga escritora tuvo la amabilidad de prestármelo y yo, después de leerlo, lo puse en mi librero con la intención, no muy honorable realmente, de devolverlo –solamente– si me lo pedía. Pasaron unos años y mi
hija nació y llegó a los cuatro años. Todas las noches
le leía cuentos tradicionales, modernos, cortos y largos, hasta que
un día retomé aquel Dailan Kifki “prestado” y se lo
empecé a leer. Fue quizás una de las
experiencias más agradables que guardo de aquella época. Las
noches en que compartimos nuestras risas y comentarios alrededor de las aventuras
de Dailan Kifki, que desde aquel momento se convirtieron en el rato de diversión
más esperado del día.
Tengo que confesar que mi hija era incansable. Estuve leyendo los avatares del elefante y de la familia casi durante dos años seguidos. Llegó un momento en que empezó a preocuparme que no hubiera otra lectura que la niña quisiera escuchar. Un buen día me rebelé y le propuse otro libro. –Jenny, Dailan Kifki no es el único que existe. Hoy leeremos otra cosa.Me miró con cierta inconformidad, pero no protestó demasiado. Claro, ya la pequeña había aprendido a leer y días más tarde, me la encontré inmersa en el mundo maravilloso del elefante. De esa manera, ella aceptó la variedad de cuentos durante la noche, pero se mantenía leyendo una y otra vez durante el día el libro que tanto le gustaba. Casi dos años más tarde llegó el momento de devolver “nuestro” tesoro. Mi amiga escritora ya tenía nietos y quería mostrarles el mundo de María Elena Walsh. Nada más natural y legítimo. Llegué a casa y me senté con mi hija, que ya para entonces tendría siete años: –Jenny, tenemos que devolver Dailan Kifki –hice una pequeña pausa, y observé que la niña me miraba interrogante–. María me lo pidió para sus nietos. –Mamá, pero yo quiero leerlo por última vez –casi me rogó. Y corrió al librero a buscar el libro, y las dos nos sentamos a releer y a llorar de la risa con Dailan y su loca familia. La frase “estamos fritos” que
Roberto repetía sin cesar ha permanecido en mi familia para siempre,
y toda sopa que nuestro perro se toma es una “sopita de avena” que era
el plato preferido del elefante.
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