Cuatrogatos libros para niños y jóvenes
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María Elena Walsh
Foto: Sara Facio
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

  Dailan Kifki, mi hija y yo
Iliana Prieto
 

La primera vez que me leí Dailan Kifki de María Elena Walsh, mi hija no había nacido, pero yo había crecido más de la cuenta y mi niñez ya era cosa del pasado. Por eso mientras me reía a carcajadas, los adultos a mi alrededor no entendían que yo pudiera divertirme con una novela sobre un elefante que llegaba, de repente, a una familia y volara entre las nubes. Fue en esa ocasión cuando realmente descubrí a María Elena Walsh. Aunque ya conocía sus canciones y las disfrutaba, no había descubierto aún a esa autora extraordinaria, a esa creadora prodigiosa, capaz de transformar lo absurdo en realidad cotidiana, y divertir a chicos y grandes con un disparate tras otro, envuelto en un manto muy poco común de poesía, ternura y humanidad. 

Aquel libro de Dailan Kifki no era mío y en Cuba, donde vivía entonces, no había libros de la Walsh en las librerías. Una amiga escritora tuvo la amabilidad de prestármelo y yo, después de leerlo, lo puse en mi librero con la intención, no muy honorable realmente, de devolverlo –solamente– si me lo pedía. 

Pasaron unos años y mi hija nació y llegó a los cuatro años. Todas las noches le leía cuentos tradicionales, modernos, cortos y largos, hasta que un día retomé aquel Dailan Kifki “prestado” y se lo empecé a leer. 

Fue quizás una de las experiencias más agradables que guardo de aquella época. Las noches en que compartimos nuestras risas y comentarios alrededor de las aventuras de Dailan Kifki, que desde aquel momento se convirtieron en el rato de diversión más esperado del día. 


Ilustración de Vilar
Dailan Kifki
Buenos Aires: Sudamericana, 1986.

Tengo que confesar que mi hija era incansable. Estuve leyendo los avatares del elefante y de la familia casi durante dos años seguidos. Llegó un momento en que empezó a preocuparme que no hubiera otra lectura que la niña quisiera escuchar. Un buen día me rebelé y le propuse otro libro. 

–Jenny, Dailan Kifki no es el único que existe. Hoy leeremos otra cosa.

Me miró con cierta inconformidad, pero no protestó demasiado. Claro, ya la pequeña había aprendido a leer y días más tarde, me la encontré inmersa en el mundo maravilloso del elefante. De esa manera, ella aceptó la variedad de cuentos durante la noche, pero se mantenía leyendo una y otra vez durante el día el libro que tanto le gustaba. 

Casi dos años más tarde llegó el momento de devolver “nuestro” tesoro. Mi amiga escritora ya tenía nietos y quería mostrarles el mundo de María Elena Walsh. Nada más natural y legítimo. 

Llegué a casa y me senté con mi hija, que ya para entonces tendría siete años:

–Jenny, tenemos que devolver Dailan Kifki –hice una pequeña pausa, y observé que la niña me miraba interrogante–. María me lo pidió para sus nietos. 

–Mamá, pero yo quiero leerlo por última vez  –casi me rogó. 

Y corrió al librero a buscar el libro, y las dos nos sentamos a releer y a llorar de la risa con Dailan y su loca familia. 

La frase “estamos fritos” que Roberto repetía sin cesar ha permanecido en mi familia para siempre, y toda sopa que nuestro perro se toma es una “sopita de avena” que era el plato preferido del elefante.
 
 
Iliana Prieto, escritora cubana, ha publicado libros para niños y jóvenes como Querido diario, La princesa del retrato y el dragón-rey, Cuentos de fantasmas, brujas y otros bichos inofensivos y La magia del amor.

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