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María Elena Walsh: la palabra y el juego
Graciela Perriconi María Elena consiguió revertir la tradición de libros para niños a través de una literatura no moralizante y mucho menos pedagógica. Ella le puso “el ingrediente” del juego. Yo abracé con pasión su Cuentopos de Gulubú y no hubo una alumna de las muchas que pasaron por mis cursos en Educación Superior que no haya leído ese libro, y luego los otros, con placer, y que no haya narrado o leído sus cuentos, celebrado sus canciones y dramatizado algunos de esos relatos. Desde sus Nursery Rhymes dedicadas a lo que hoy conocemos como educación infantil que fueron traducidas con posterioridad a su creación del inglés al castellano, hasta llegar en el año 2008 a las ediciones de teatro Doña Disparate y Bambuco y Canciones para mirar (Alfaguara), la palabra lúdica hizo lo suyo porque son en sí mismas festivas, catárticas, libres, se instalan en la creatividad, despiertan la imaginación y dejan fluir adentro de los niños y los grandes, la posibilidad de ingresar en una ficción que “abre puertas” para encontrar un poquito de felicidad a través del juego narrativo constante y estructuralmente bien elaborado. Ni qué decir de sus poesías transgresoras y musicales hasta el punto de ser canciones. Celebro en María Elena a una escritora que puso a la literatura infantil argentina en un lugar novedoso en la década del 1970, en que se editaron sus primeras obras con palabras libres de ataduras, “al servicio del disfrute del pequeño lector".
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