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Antes que a ella conocí a Manuelita
Georgina Lázaro Antes que a ella conocí a Manuelita, la tortuga coqueta y arrugada que, en nuestra versión, vivía en Guaynabo y, sin saber nadie por qué, para Nueva York se fue; la que al enamorarse de un tortugo, quiso verse joven y fue tan ingeniosa que se marchó a París donde la plancharon en francés del derecho y del revés. Yo era grande ya, tenía un hijo, y esa canción formó parte del repertorio de cuentos, poemas y cantos con que lo entretenía, intuyendo que de esa forma desarrollaría en él el gusto por las palabras. Después conocí al "gato que pes", el "gato bandí". Mi hijo, fascinado con el disparate, lo veía y no lo veía; se cuestionaba, ¿interpretaba?, se divertía, se reía y pedía más. Yo cantaba, disfrutaba de la canción y de la risa de mi hijo, y buscaba más. Y buscando supe que esas canciones habían sido escritas por la misma persona: María Elena Walsh. Su obra no era fácil de conseguir en Puerto Rico. Entonces en una librería que ya no existe me llamó la atención un elefante que volaba con alas de tul de todos los colores, con plumitas de celofán, adornos de papel plateado, cintas de seda… Allí encontré El reino del revés y Dailan Kifki. Mis hijos (ya eran dos) se divertían, se reían, se interesaban por los libros y pedían más. Yo les leía y les leía, disfrutando y descubriendo con asombro que así debía ser la literatura para niños: divertida, llena de ocurrencias jocosas, ágil, rítmica, juguetona; tan original, tan alegre, tan musical. Muchas letras se levantan
Cubierta de Nora Hilb El reino del revés Buenos Aires: Alfaguara, 2000 Luego, en mi empeño por convertir a mis hijos en lectores entusiastas y deseosa de conservar los recuerdos de su niñez, empecé a escribir para ellos impactada por el descubrimiento de esa forma original de contar, inspirada por su júbilo, su aire juguetón, y su lenguaje franco, sonoro y rítmico; intentando despojarme de algunas características de la literatura que había deleitado mi niñez: tan formal, tan solemne, preciosista, pedagógica, moralista… El tiempo pasó un poquito caminando y otro poquitito a pie. Mis hijos crecieron y como el idioma de infancia es un secreto entre los dos, juntos descubrimos conmovidos a la mujer sensible –la misma que había escrito tantos poemas y canciones divertidas– en su "Serenata para la tierra de uno"; a la mujer valiente y vertical cantando al sol como la cigarra… Ya mis nietos conocen a Manuelita. Van por el mismo camino que recorrieron mis hijos. Y yo, pensando en mí y en ellos, del nudo de mi pañuelo saco este deseo de Osías el osito, que he guardado como un conjuro a Gulubú o una invocación a San Borombón: Quiero cuentos, historietas y novelas
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