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Porque el idioma de la infancia es un secreto entre los dos...
Fanuel Hanán Díaz Hace algún tiempo, recuerdo haber escuchado "Serenata para la tierra de uno", interpretada por Mercedes Sosa a dúo con los arpegios de una guitarra triste. Al final de esa función, la trovadora rindió un homenaje a María Elena Walsh, autora del texto de esa composición, hecho de imágenes nostálgicas por el recuerdo de una tierra que es metáfora de ese amor que habitamos en la piel de otra persona. Luego de tener esta revelación, pude asir la frase con la que encabezo este artículo, pues María Elena Walsh, la que yo recuerdo desde niño en sus canciones, la que fui construyendo con sus divertidos textos rimados, esa argentina que marcó generaciones y supo aclimatar una tradición extranjera del absurdo y nos regaló su voz cristalina, esa Walsh me permitió construir una conexión con el secreto lenguaje de mi infancia, idioma que hoy emerge al escuchar nuevamente canciones entrañables como "Manuelita", "El Reino del Revés" o "La vaca estudiosa". Y en mi memoria sonaban fascinantes palabras como malaquita que era la materia del traje de esta tortuga viajera, y también se alargaban las coordenadas de mi geografía en lugares tan distantes como la quebrada de Humahuaca o el montañoso pueblo Pehuajó a orillas del mar como yo me imaginaba que sonaba este nombre. Claro que cuando niño
ni siquiera sabía que todo este mundo de ficción que brotaba
de los acordes de un long play viejo, de esos de vinil, había
sido creado por una autora argentina que se fue a París y que se dedicó
a cantar y escribir versos para niños. Y que representa hoy día
una de las figuras de mayor proyección continental por su obra consolidada
en diferentes dimensiones: desde la poesía feminista hasta la narrativa
infantil, la lírica lúdica y muy especialmente, para mí,
sus canciones. Abordar la obra de esta autora,
conocida desde su primer libro en los años 1960 Tutú Marambá,
donde recopila los primeros versos que había dedicado y ensayado
para los niños, representa una tarea emocionante desde la perspectiva
lúdica de sus juegos con la lógica y desde las imágenes
que logra construir.
En el año 2006 tuve la oportunidad de conocer a María Elena Walsh en la Feria del Libro de Buenos Aires, durante un emotivo homenaje que le hicieron en una sala íntima donde un grupo excepcional de jóvenes hizo un paseo musical por su obra en un escenario de cuentos maravillosos. Y ese recuerdo en este momento resulta inseparable porque representó para mí estar cerca de una persona que se emocionaba, igual que el auditorio, con el repertorio de esos personajes que iban desfilando, como en ese momento también íbamos haciendo un recorrido por los recuerdos de nuestra infancia. Algo así como una experiencia metaficcional, pero muy cerca, en el mismo espacio compartido con esa autora de carne y hueso que para mí había sido una lejana y borrosa figura. Sí, el idioma que también es cómplice para sentir que cada poema, que cada historia rimada, toca realmente esa visión compartida de la infancia, donde hay transgresiones y burlas al rígido mundo de los adultos, donde existen muchas prohibiciones y donde la lógica cobra otro rigor. Walsh es subversiva, pero también contestataria. Y frente a esa dimensión tan contigua a la infancia, que es la censura, se rebela con voz potente. No solo en sus historias hilarantes de vacas que estudian, alumnos que se vuelven borricos, focas demasiado locas o canarios que ladran, sino también contra un sistema militar (y social) retrógrado y frente a la miseria del ser humano. Rescato como parte de esta lectura particular que delineo de Walsh, dos textos de una contundencia y un valor inusitados: se trata del artículo "Desventuras en el País Jardín-de-Infantes", publicado en el diario Clarín en 1979 y el poema "La pena de muerte", publicado en el mismo periódico en 1991. Ambos textos, muy alejados de esa escritura infantil juguetona y burlesca, se sumergen en la ironía como forma literaria. Y asumen valientemente un cuestionamiento social, extremo y punzante. Por un lado, en su artículo, se muestra contraria a la censura y sus diferentes formas y manifestaciones que ocupan gran parte de la Argentina en plena dictadura militar. Y toca, como parte de sus reflexiones, cómo los cuentos de hadas, incluso los más maravillosos, reproducen contenidos indigestos para la moral, inclusos fuertes y espantosos. Frente a ello, cómo determinar qué ideologías deben ser suprimidas para que todos los consumidores de cultura se encuentren protegidos por un sistema censor y paternalista, con aliados no solo en el poder mayúsculo, sino en ese poder minúsculo y miserable de los pequeños burócratas y acólitos de todos los regímenes autoritarios. Si se nos muestra otra pluma más enérgica y mordaz en esta pieza ya memorable, mucho más descarnado se revela el yo narrativo, plural en perspectivas, de "La pena de muerte". De alguna forma, todos participamos de las sentencias que históricamente han dejado profundas grietas en el tejido social, por la persecución y la marginación de clases, de razas, de personas que piensan o aman diferente. Dos piezas imprescindibles, menos conocidas, de la obra completa de esta autora, a quien tanto debemos desde la infancia por revelarnos un idioma propio y cómplice. Y a quien tanto debemos como adultos por impelernos a desmontar otras formas detestables de lo oculto, como la censura y la prohibición, y para repudiar manifestaciones inaceptables de la complicidad, cuando se hace silencio ante la injusticia, cuando se participa de forma abierta o tácita como ejecutores de esas acciones que hieren de muerte al alma humana.
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