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Nosotros |
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En busca del manantial de los disparates buenos
Cristina Rebull Por esas vueltas impredecibles que da la vida conocí personalmente a María Elena Walsh. Gracias al maestro Oscar Cardoso Ocampo, quien entonces me conducía por el mundo de la canción, María Elena Walsh me recibió en su casa, en un diciembre porteño. No recuerdo exactamente de qué hablamos. Estuve todo el tiempo tratando de hacer coincidir su afán por el disparate con su rostro severo, de mujer mayor. Los niños viven en el disparate, se alimentan de disparates,
discuten por un disparate y se regalan disparates. Los mayores evitan
que los niños cometan disparates, los alejan de los disparates
y quieren que aprendan de los disparates que ellos cometieron antes. Estaba
yo con esa turbulencia en mi cabeza, cuando me preguntó si me gustaban
los chocolates. Desde que mi hermana nació, yo le llamo “la mona
Jacinta”. A mí me encantan, pero no puedo comerlos –dijo ella y
se comió un chocolate. Mi hermana se ponía a llorar y me
decía que ni ella era esa mona ni tenía hijas monitas, en
cuatro sillitas. Si quieres llévate los chocolates –insistió.
Yo trataba de que mis padres no me vieran, me asomaba por la ventana de
su cuarto y cuando menos se lo esperaba le cantaba bajito: “Ay, no te rías
de sus monerías”. Si no quieres llevarte los chocolates le digo
a la muchacha que los guarde –y se los llevó. El día de su
cumpleaños, mientras mi abuela le hacía una panetela de vainilla,
le dije a mi hermana mona que se acercara a la cacerola y le pinté
la nariz de blanco. Los tiempos han cambiado –sentenció. ¡Tú
si eres la mona Jacinta, la mona cocina con leche y harina! Me está
doliendo esta pierna –me miró a los ojos. Todavía hoy le digo
a mi hermana que ella es mi mona Jacinta, pero ya no se pone brava, al contrario.
Ella dice que tiene dos hijos monitos y prepara la sopa y tiende la ropa
y “¡Qué mona preciosa, parece una rosa!” Dale recuerdos a Oscar
de mi parte, hace tiempo que no lo veo –dijo a manera de despedida. Y me
fui. Estuve parada en los bajos de su edificio unos cuarenta y cinco minutos, el corazón no me daba tregua. Había estado sentada frente a la madre de la mona Jacinta durante más de una hora y no le había preguntado cómo llegar al manantial de los disparates buenos. …Dice Agapito que “es una señora muy aseñorada, llena de paquetes, paquetes de nada…”. La señora de Morón Danga llega… “Una valija de nada… Un paquete de nada bien atada… Una cartera toda llena de nada… Y un frasquito con nada. No sé por qué… No sé por qué pesa tanto si está vacío…”. Por esa época mi vida era un disparate, pero un disparate de los que fabrican las personas mayores, las que pierden el rumbo y hacen bulla para anunciarse. Un mal disparate. Quizás el camino hacia el manantial de los disparates buenos esté en saber qué hacer con esa nada, con ese disparate, con esa parte del juego donde el disparate no es tan disparatado como parece, ni la nada tan vacía como para no pesar. Música, texto y ritmo interno conducen el teatro de María Elena Walsh, y tanto actor como director o público deben estar dispuestos a dejarse llevar por la fuerza de un discurso dramático que parece absurdo, pero que no lo es. La autora de Canciones para mirar deja casi toda la responsabilidad del entendimiento a quien es testigo del entuerto, elemento este que hace mucho más profundo, difícil y divertido el mensaje escénico. En el teatro de María Elena Walsh el texto deja de tener significado
directo y las palabras se convierten en sonoridades que sirven de señales
conductoras. María Elena Walsh lleva la vida cotidiana a la escena
a través de la magia inteligente que ofrece el buen disparate, ese
que entiende un niño, que hace sonreír a los padres y soltar
una carcajada a los abuelos. Cristina Rebull, actriz,
dramaturga y narradora cubana, ha estrenado obras de teatro como El
centauro y la cartomántica, Frijoles colorados, Los
espectros de la espada, Llévame a las islas griegas y
El último bolero, esta última escrita con Iliana
Prieto.
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