Cuatrogatos libros para niños y jóvenes
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María Elena Walsh
Foto: Sara Facio
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

  Como si María Elena fuera a reconocerme...
Cecilia Pisos
 

Cuando yo era chica, tenía una extraña teoría: creía que los autores se enteraban cuando alguien leía sus textos, que la comunicación que permitía un libro era bidireccional, que ellos también nos conocían a nosotros, los lectores. Por eso, cuando mi papá quiso llevarme a saludar a María Elena Walsh, luego de una función de Doña Disparate y Bambuco, en la magiquísima Botica del Ángel, le dije que no y lo arrastré afuera de la sala, agitada y nerviosa, como si María Elena fuera a reconocerme, de nuestras tardes junto al tocadiscos, en el living de casa, y a preguntarme: “Cecilia, ¿te gustó esta historia?”. Porque yo hacía ya rato que venía, no sólo leyendo cuentos de su pluma, sino escuchando cuentos de su voz. 

La segunda vez que estuve “así de cerca” de María Elena fue en una de las primeras Ferias del Libro de Buenos Aires, donde hice la fila para que me firmara mi ejemplar de Juguemos en el mundo, con marcador azul y ojos mansos y gentiles. “¿Por qué no le dijiste nada?”, me preguntó mi papá nuevamente. “No sé, me dio vergüenza”, contesté, sabiendo secretamente que la verdad era otra: que ya éramos tan viejas conocidas, ya nos habíamos encontrado tantas veces donde realmente contaba, es decir, en los libros, que no hacía falta que nos dijéramos nada.

¿Y qué era lo que más le gustaba de los cuentos y poemas de María Elena Walsh a la Cecilia Pisos de siete, ocho años, cuando comenzaba la década del 70 y también sus ganas de escribir? Que no fueran cuentos, sino cuentopos; que no fueran poesías obligatorias para memorizar y recitar “como loro”, sino versos locos, puro disparate, pura risa y puro placer. De los libros de María Elena no había que salir con una enseñanza o una moraleja apretada en el puño rabioso; en cambio, se salía y se volvía a entrar en ellos por propia voluntad y porque provocaban cosquillas a la altura de la sonrisa. 

Pasaron muchos años y muchos libros y, después de haberla leído minuciosamente, con la lupa reveladora que nos dejan incrustada a los que hacemos la carrera de Letras; después de haberla leído gozosamente, a cuatro ojos y a dos voces, con mis hijos, que la heredaron y, estoy casi segura, la heredarán a los suyos; después de haberla leído, finalmente, en “modo autora de textos de literatura infantil y juvenil”, descubrí y comprobé, tras cada tan diferente lectura, que lo que me sigue gustando de los libros de María Elena es lo mismo que antes, aunque lo diga con mis palabras de ahora: su nonsense criollo  y reidor, su porquesí atorrante y juguetón, su gesto interminable de, precisamente, “juguemos en el mundo”, cifra y definición de una literatura viva y sin limitaciones.

Por el contrario, en otra cosa sí cambié de idea: ahora que también soy autora, sé que no siempre puedo conocer a mis lectores, sé que me encantaría saber sus nombres, ver sus caras. Descubrí que sólo excepcionalmente la comunicación que permite un libro es bidireccional. Entonces, y aunque según mi antigua teoría, seríamos todavía más viejas conocidas que antes, esta vez prefiero presentarme y decirle a María Elena muchas gracias por las horas de felicidad que me dieron sus libros.
 
Cecilia Pisos, poeta y narradora argentina, es licenciada y profesora en Letras en la Universidad Nacional de Buenos Aires. Autora de obras como Las hadas sueltas, ¿Te lo cuento otra vez?, El té de la princesa, Como si no hubiera que cruzar el mar y Un rey con 99.

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