|
|
Nosotros |
|
|
|
|
|
Transgresión y poética del absurdo en María
Elena Walsh Antonio Orlando Rodríguez Desde los versos de “El juglar”, una de sus mejores canciones, y empleando como álter ego al personaje de Juan Derramasoles, una mujer cuyo nombre resulta imposible obviar cuando se habla de lo más importante de la cultura argentina contemporánea, nos dice: Yo canto lo que sucedeCompositora, cantante, poetisa, narradora, periodista, dramaturga, antóloga, guionista de televisión: María Elena Walsh es un portento de creatividad. Sus canciones han trascendido las fronteras de Argentina para convertirse en patrimonio de los pueblos de Nuestra América porque expresan anhelos comunes: libertad, justicia, derecho a la vida, al trabajo, al amor. Poemas y narraciones también dan testimonio de su paso por la vida, del compromiso con una época, sus gentes y circunstancias. Dentro del quehacer grande y fructífero
de María Elena Walsh, reviste especial trascendencia la producción
artística que ha dirigido a los niños. Con sus propuestas,
esta autora divide en dos, súbitamente, toda la historia del arte
para la infancia en su nación; sus textos literarios, sus melodías,
son una referencia irremplazable para escindir el antes del después. I María Elena Walsh nació en Ramos Mejía, provincia de Buenos Aires, el primero de febrero de 1930. En uno de sus temas musicales de más honda raíz autobiográfica (“Fideos finos”), se remonta al entorno de su niñez y lo recrea con una singular mezcla de burla y añoranza. Al conjuro mágico de “Voy a contarles qué había / entonces en Ramos Mejía”, se suceden imágenes y recuerdos que arrojan no pocas claves para comprobar cuánto existe de vivencia personal en su obra poética y narrativa dirigida a la infancia. Ramos Mejía se revela, desde la perspectiva de la compositora, como una suerte de Isla del Nunca Jamás o tierra colindante con el otro lado del espejo: Había olor a tía,Y el recuento de prodigios finaliza con una frase que parece escapada de alguno de sus relatos para niños, compendio de las maravillas de aquel paraíso perdido o pequeña Jauja de la niñez: “Y había por los caminos / muchísimos fideos finos.” En 1947, María Elena Walsh
publica su primer libro: Otoño imperdonable, que reúne
poemas escritos cuando tenía entre catorce y diecisiete años,
y que deviene diario de adolescencia (“Es mínima mi frente / para
brindar cabida / al júbilo supremo de la vida”), testimonio de una
temprana y sorprendente sensibilidad. 1 Es laureada con el Premio
Municipal de Poesía y da a conocer, en 1948, el cuaderno Apenas
viaje (“Este es el viaje de la sangre mía: / apenas viaje, espuma
de palabras”); durante su visita a la capital argentina, Juan Ramón
Jiménez la distingue entre las mejores poetisas de la América
Hispana y le propicia un viaje a los Estados Unidos. En el transcurso de
esa estancia en Norteamérica, Walsh se inicia en el periodismo y
envía notas y estudios (entre ellos uno sobre Emily Dickinson) al
diario La Nación. Tres años más tarde da a conocer
las Baladas con ángel (“Pero para la voz recién nacida
/ todas las cosas son originales, / y al cantar las descubre, sorprendida,
/ desde su cárcel, desde sus umbrales”), y en 1952 parte rumbo a Francia. Durante cuatro años permanece en París, interpretando canciones del folclor argentino, a dúo con Leda Valladares, poetisa tucumana; y de vuelta a Suramérica, aparece en 1958 un nuevo poemario: Casi milagro (“Me olvidarán sin duda, pero cuando / mi enterrado capricho lo decida”). Con ese título se cierra lo que algunos especialistas 2 denominan el período inicial del quehacer literario de la autora: una primera etapa donde predomina la intención lírica en su verso. Sin embargo, esto no significa que en su poesía de estos años resulte del todo ajena la presencia de elementos de la cotidianeidad; es posible encontrar atisbos, indicios aislados, del tono coloquial que definirá su etapa siguiente. Del mismo modo, se hace notoria ya la presencia del niño –si no como destinatario virtual, al menos como motivo lírico– en un poema como “Mínima”, incluido en el temprano Otoño imperdonable: Bajo la risa del veranoLa década del sesenta trae consigo, para María Elena Walsh, la concreción de un nuevo modo de decir, más libre, más espontáneo y directo, preocupado por comunicarse estrecha y cálidamente con su interlocutor. En este segundo momento, lo coloquial adquiere preeminencia: la realidad cotidiana, el mundo circundante (tanto el tangible como el imaginario), son apresados y recreados a través de un prisma poético en el que confluyen diversas facetas: la ironía, la ternura, el absurdo, la nostalgia. A este período pertenecen libros de poemas para adultos como Hecho a mano (“Rarísima, desesperada / complicidad de los papeles. / Es muy lindo decir naranja, / pero la tinta cómo duele.”), que se publica en 1965, y también las numerosas canciones que la autora compone e interpreta, y que adquieren extraordinaria popularidad gracias a su difusión mediante discos, conciertos y programas de televisión. Pero un aspecto fundamental e insoslayable dentro de este punto de giro de la producción de Walsh, un elemento decisivo para la plena conformación de ese modo de decir que la define y que hace de cualquiera de sus propuestas artísticas algo personalísimo e inconfundible, lo constituye sin dudas la aparición, en 1960, de su primer cuaderno de versos para el público infantil: Tutú Marambá.
Cubierta de Sara Conti (Chacha) Tutú Marambá Buenos Aires: Plin, 1960 El desenfado mayúsculo de aquel libro, su prístino alborozo, su vuelta desenajenada y con ánimo desenajenante a los eternos motivos de la poesía, la vitalidad contagiosa y exultante que lo recorre de principio a fin, y ese hablar sin subterfugios, transparente y a corazón abierto, no pudieron menos que desbordar el sospechoso estanco de lo puramente “infantil” y permear su obra toda, contaminándola, enriqueciéndola, dotándola de ese peculiar sentido de la sinceridad, de la belleza y de lo esencial humano que son hoy sus principales rasgos distintivos. Si Tutú Marambá fue, inicialmente, un puente tendido hacia el niño, de hecho condujo también a la autora a otro territorio; le sirvió de credencial para introducirse, sin percances, en lo más recóndito y puro de un destinatario adulto urgido de que se le hablara con la llaneza y la tersura que ella reservaba para la infancia. Esa limpidez aprehendida del diálogo con los más pequeños, ese saber reencontrar y asumir como algo eterno e indispensable la lozanía y la pupila virgen de la niñez, le permitirá cantar en “Las estatuas”: Cuando llueve me dan no sé quéSu cancionística para adultos se “infantiliza” –en el más bello sentido del término– como resultado de una perspectiva poco usual: Hay un solecito fugitivoEse saber identificarse con el niño que subsiste en el hombre, posibilitará que en su Suma de poesía argentina (Buenos Aires, 1970), el crítico Guillermo Ara exprese: “Amor, ingenuidad y un humorismo que ataca los aspectos más diversos del vivir moderno, destacan la originalidad de esta poesía que sabe también de arraigo en el país con dimension total. (…) María Elena Walsh comunica una muy personal manera de relación con el mundo. Irradia una simpatía que prepara al lector a la gustación participada de su acceso al pájaro, al niño, a las grandes verdades que en ella aparecen despojadas de ceremonia y vanidad. Ha escrito mucho para niños y es en ella espontáneo y fresco hasta lo más maduro y sombrío del vivir.” La publicación de Tutú Marambá resultó, además, el preámbulo de la andanada de pequeñas obras maestras que la autora prodigaría inmediatamente, en alucinante sucesión, a la literatura infantil de su país: los poemarios El reino del revés (1963) y Zooloco (1965), la novela Dailan Kifki (1966) y la colección de relatos Cuentopos de Gulubú (1966). 3 Sus títulos desempeñan la importantísima función de desdibujar las fronteras ortodoxas entre el lector niño y el lector adulto. En este sentido, resulta revelador que en la Antología lineal de la poesía argentina, de César Fernández Moreno y Horacio Jorge Becco (editada en Madrid, en 1968), María Elena Walsh no aparezca representada por sus textos para adultos, sino por dos de sus mejores poemas para niños: “La vaca estudiosa” y “Juancito Volador”, con lo cual se coloca esa vertiente de su producción dentro de lo más significativo de toda la lírica del país.4 Walsh, según apunta Fernández Moreno en el prólogo de dicha antología, “ha llevado la poesía infantil (popular en un sentido lato) a su máximo nivel en la Argentina”. Dueña
de un humorismo efervescente, de una alegría de vivir a prueba de enfermedades
y de fascistas, de un discurso donde confluyen admirablemente la reflexión,
lo parabólico, la sátira social y lo absurdo, el conjunto de
la obra dedicada por María Elena Walsh a los niños es una burla
a los estereotipos, a la aburrida solemnidad del mundo de las personas mayores,
a la aridez del espíritu. II Imagino las caras de asombro que –por distintas razones, obviamente– pondrían los niños y sus padres y educadores cuando cayó en sus manos, hace varias décadas, la primera edición de Tutú Marambá. Supongo que los embargaría una estupefacción alborozada o incrédula –según– al tropezar con la visión, “surrealista a lo Buñuel”, de una monja que pedalea llevando un ángel triste en el manubrio de su bicicleta, seguida, en delirante carrera, por otras manifestaciones de lo absurdo. Pero no del absurdo como expresión de violencia o cosificación de las relaciones humanas en determinados sectores de la sociedad moderna, sino como ejercicio lúdico, como expresión de capacidad imaginativa, como re-composición de los elementos de la realidad: El cielo es de cielo,Las fuentes de Tutú Marambá no deben buscarse en las obras de otros creadores argentinos que antecedieron a la autora en la labor de escribir versos para la infancia. Poco deben estos poemas, por ejemplo, a la reposada y tradicional fantasía que se respira desde Las torres de Nuremberg (1929), de José Sebastián Tallon, ni al verso escolar, ampliamente difundido en todo el continente, de Germán Berdiales. María Elena Walsh se nutre formalmente de las obras de Lewis Carroll y de la tradición británica del non sense recogida en las Nursery Rhymes, pero también de las conquistas contemporáneas del teatro de vanguardia: el grotesco que rezuma el Ubú Rey de Jarry, el absurdo de Ionesco… Y todo esto, naturalmente, sin desdeñar la tradición oral hispanoamericana, el rico acervo folclórico del continente, e incluso el quehacer de los retablillos de títeres de cachiporra: Diez y diez son cuatro,En un breve comentario publicado en 1970, 5 el chileno Antonio Skármeta apuntaba, refiriéndose a los poemas de Tutú Marambá, la presencia en ellos, como elemento esencial en el acercamiento a la fantasía infantil, de “una libertad de asociaciones que no sucumbe ni ante la necesidad de la anécdota”. Esa libre asociación de imágenes, sensaciones, sentimientos y sonidos es, en efecto, uno de los cimientos sobre los que descansa la obra para niños de María Elena Walsh: acumulación de dislates a la manera de un juego espontáneo, divertido y sumamente enriquecedor para el desarrollo del intelecto. Véase, por ejemplo, la sucesión incoherente, pero deliciosa, de las imágenes que conforman su “Canción tonta”: ¡Tilín, tilín, tilín!Cantinela pueril, formulación de lo imposible (oveja-traje de cola; flor-dolor de muelas), caos ingenuo donde anida y late el potens de lo lúdico. El cuaderno incluye en sus páginas lo que es otra constante dentro de la lírica para niños de la escritora argentina: el poema con fuerte carga anecdótica, el pequeño relato en versos. Tal es el caso de “Juancito Volador” y “Balada de Hormigón Armado”; pero el más formidable ejemplo de su poder de síntesis y de sugerencia, de esa habilidad para exponer y desarrollar un conflicto en unas pocas líneas, alcanzar un clímax y llegar a un desenlace original y sorprendente, tal vez sea “La vaca estudiosa”. 6 María Elena Walsh irrumpe en el panorama de la literatura infantil con un discurso signado por lo imprevisto y lo insólito, por la presencia de un humor incisivo, disparatado, transgresor; humor que, sin embargo, da cabida por momentos a una sutil melancolía, a un tono reposado y contemplativo. Así sucede en un texto como “Los castillos”: Los castillos se quedaron solos, Y también en “La Pájara Pinta”, donde el personaje de la conocida ronda tradicional sirve para exponer el tema de la muerte y la soledad. Yo soy la Pájara Pinta,Si en Tutú Marambá el absurdo es un elemento predominante y aglutinador, el resorte que pulsa la autora para alterar de algún modo el estatus quo de cierta adocenada y mecánica “cultura de masas infantil” (léase cómics, canciones ramplonas e inocuas, adaptaciones pedestres de las grandes obras para niños de la literatura universal, etcétera), su siguiente poemario, El reino del revés, es la magnificación del dislate, de lo ilógico, del sin sentido que, en su caso, paradójicamente, se encamina hacia un sentido inequívoco: inducir en sus interlocutores el deseo y la necesidad de mirar el mundo con ojos propicios al asombro inmarcesible, con una extraña mezcla de malicia e ingenuidad, porque solo quien sea capaz de contemplar de esa manera la realidad, podrá llegar algún día a transformarla.
Cubierta de Vilar El reino del revés Buenos Aires: Sudamericana, 1969 El título de este segundo libro para niños revela claramente el propósito de subvertir el orden de los componentes del mundo que rodea al pequeño lector: desordenar las piezas, revolverlas, cambiarlas de sitio como se hace con los fragmentos de un rompecabezas, para volverlo a armar después, siguiendo los dictados de nuestra intuición y de nuestra fantasía, renovadora y creativamente. El reino del revés es la meca, por excelencia, de la transgresión. En este territorio de lo fantástico “nada el pájaro y vuela el pez” y “los gatos no hacen miau y dicen yes, / porque estudian mucho inglés”, “cabe un oso en una nuez” , “usan barbas y bigotes los bebés” y, asombrosamente, “un año dura un mes” y “nadie baila con los pies”. María Elena Walsh entrega poemas que retan al lector infantil, que le exigen afinar al máximo sus facultades imaginativas, aguzar sus sentidos para ser capaz de ver más allá de ciertas zonas estereotipadas de la realidad en las que se halla inmerso. El texto “Una calle” ilustra esa voluntad de desafío, de sana provocación: En esta calle, señores,El “extraño” y en ocasiones incomprensible mundo de las personas mayores, plagado de convenciones, de “buenas costumbres” que devienen ritos sociales, tan ajeno a la espontaneidad irreflexiva de la niñez, es objeto de burla sutil en la “Canción de tomar el té”: La leche tiene fríoY concluye, encogiéndose de hombros, con un verso final, suelto e inocente: “Yo no sé por qué”. Resulta orgánica la presencia
de la geografía, la fauna y la norma lingüística del
país. Buena muestra de ello es el inicio del poema “La rana perdida”: ¿Esta rana viene o va Reino de la antropomorfización, tierra donde todo bulle, respira, ríe, razona, animado por el aura mágica de la poesía: animales, gentes, cosas, fenómenos naturales, cobran vida y se interrelacionan de manera insospechada. Así pues, no es raro que, conociendo la rápida identificación que suele establecer el niño lector con los elementos del reino animal, sea un oso el personaje que utilice la autora para servir de portavoz de sus pequeños coetáneos. En ¨Marcha de Osías”, al penetrar en un bien surtido bazar de la calle Chacabuco, el osito exige desde una postura claramente contestaria: Quiero tiempo pero tiempo no apurado,No faltan, sin embargo, los textos donde el niño se expresa como sujeto lírico. Es el caso de “El mar”: Si el mar fuera una enorme naranjadaY de “En una cajita de fósforos”, el mejor exponente de esa corriente íntima y nostálgica que fluye en medio de la atmósfera de bullicioso jolgorio: un acercamiento a esa porción de la realidad que muchos adultos han perdido la posibilidad de entender: En una cajita de fósforosA muchas otras puertas se asoma la autora. En “El adivinador”, por ejemplo, retoma magistralmente el hálito de los acertijos populares latinoamericanos y enhebra una sarta de interrogantes que quedan sin respuesta, para iniciar la participación del lector: La señora Doña LunaY en la pequeña suite “Tres canciones de Navidad”, con que cierra el cuaderno, inspirada en la transparencia de los villancicos, intuimos la voz asimilada, vivenciada (por decirlo con un “verbo” preciado para la iglesia católica), de la Gabriela Mistral de Ternura: Se me ha perdido un niñoPoesía de marcada sencillez estilística, sin exquisiteces formales –el hecho de que muchos de los textos sean letras de canciones explica la existencia de algunas irregularidades en el metro–, pero dotada de tropos de gran eficacia para el diálogo con el receptor infantil. Las estampillas del correo “Mariposas son / que de noche duermen en el buzón”, mientras el cisne pierde de golpe y porrazo su trasnochada fisonomía modernista para transformarse en “una S de tiza”, “un ladrón con antifaz”. Metáforas que se corresponden a la perfección con ese cosmos onírico donde las flores juegan dominó y la luna se empolva con azúcar la nariz, donde a un tranvía le brota un jazmín en el techo y una tortuga enamorada realiza un larguísimo viaje hasta París con el sueño de que la rejuvenezcan, donde los termómetros se ponen en la oreja y los cuños de las oficinas de correos pintan en vez de fechas negras, monigotes de color. Poesía para niños, pero también literatura polisémica, de inesperadas interpretaciones. Recuérdese la carga simbólica, estremecedora, que adquirió de improviso un texto tan aparentemente ingenuo como “En el país de Nomeacuerdo” cuando el director cinematográfico Luis Puenzo lo empleó como tema musical de su filme La historia oficial, en la década de los 1980: En el país de NomeacuerdoLos versos de María Elena Walsh resultan, en esta lectura, alegoría de la precaria existencia en un país regido por una dictadura militar fascista, donde cualquier persona podía sumarse, en un abrir y cerrar de ojos, a una larga lista de desaparecidos de los que jamás volvió a tenerse noticias. Llamado a la conservación de la memoria colectiva, a no olvidar el terror como único medio para conseguir que no vuelva a entronizarse. III Imposible realizar, en tan breve
espacio, un análisis minucioso de la narrativa para niños de
María Elena Walsh; me limitaré, pues, a señalar algunos
aspectos sobresalientes de su creación en este terreno. Se impone,
ante todo, referirse a la gran coherencia ideoestética, a las confluencias
temáticas y estilísticas y a los múltiples vasos comunicantes
que interrelacionan la poesía y la narrativa de la autora. Sus relatos
se caracterizan por una fabulación que fluye indetenible, por un discurso
donde están presentes también la lozanía, la imaginación
sin fronteras, el humorismo y el absurdo como “ábrete Sésamo”
capaz de trasponer las puertas de la peligrosa automatización de no
pocos aspectos de la vida moderna.
Abrir un buen día la puerta de la casa y hallar junto a ella un elefante que reclama ser adoptado es una circunstancia recurrente dentro dentro de la literatura infantil universal. Son varios los escritores que han concebido deliciosas historias a partir de esa situación-detonante, 7 pero pocos lo han hecho con el sostenido aliento de la Walsh. En Dailan Kifki (una novela con todas las de la ley: 177 páginas divididas en 48 capítulos de breve extensión en la edición de Sudamericana), la autora narra las peripecias de un elefante que, de buenas a primera, se ve dueño de unas hermosas alas fabricadas con papel de barrilete, celofán, cintas de seda y engrudo, y dueño también, por ende, de volar a su antojo. ¿Contrapartida nacionalista de Dumbo? La familia junto a la cual vive (integrada por la narradora-protagonista, sus padres, un hermano que durante toda la obra se limita a repetir una única frase: “Estamos fritos”, y la tía Clodomira) se lanzará a una búsqueda desesperada del paquidermo; búsqueda que comenzará con visitas a la Comisaría, la Municipalidad, la Secretaría de Aeronáutica, las embajadas de los países limítrofes, el ministerio de Marina, el observatorio astronómico y el sindicato de barriletes, en desenmascarada burla a la burocracia institucional. En ese “allí fumé”, se sumarán a la persecución de Dailan Kifki (y del bombero que el elefante se llevó consigo en su vuelo), capitanes, comisarios, intendentes, “chiquitisecretarios”, embajadores, almirantes, astrónomos, monaguillos, linyeras, maestras con sus alumnos, lecheros, maniseros, heladeros, “señores en auto, un perro con dos colas, paisanos a caballo y varias ovejas a pie”. La estrafalaria comitiva, conducida por el enanito Carozo, arribará al bosque de Gulubú (escenario que ya había aparecido en el poema “Canción de la vacuna”, de El reino del revés) y tal vez la llegada a ese lugar sea uno de los pasajes que mejor ejemplifican en la novela el peculiar lirismo de la creadora argentina: Miré bien bien a mi alrededor y pregunté desilusionada:Con puntos de giro imprevistos que se suceden a lo largo de la trama y un rápido tempo narrativo, la novela tiene el encanto de los buenos cómics y, al igual que ellos, es susceptible de ser disfrutada con el mismo placer por niños, jóvenes y adultos. Dailan Kifki es sin duda una obra importante dentro de la narrativa infantil hispanoamericana; aunque, en lo personal, confieso sin reticencias mi predilección por el segundo libro de narrativa de María Elena Walsh.
Cubierta de Vilar Cuentopos de Gulubú Buenos Aires: Sudamericana, 1972 Cuentopos de Gulubú, integrado por dieciséis textos, es un cuaderno signado por la más irreverente (y sana) desfachatez, por un desenfado enorme que se trasluce en el título mismo: no se trata de los tradicionales cuentos que suelen ofrecerse a los niños, sino de cuentopos: ejercicios lúdicos; proposiciones para fantasear; efectivos, retadores, legítimos divertimentos. De ahí que el relato acerca de un árbol que, en vez de frutos, da sombreros, lleve el insólito nombre de “Capítulo CXXVIII”; mientras otro texto que aparece mucho después en el índice, donde se cuentan los tropiezos de una elefanta que trata de comprarle unos zapatos y un guardapolvo a su hijito, se titula “Capítulo III”. Gulubú, ese pequeño universo donde todo es posible y en el que no se admite otro orden que el del disparate, sirve de escenario a buena parte de las historias. Pero detengámonos en algunos de los recursos a los que apela la creadora para la construcción de sus cuentopos: • Presencia del absurdo y del non sense como constantes. En ese sentido, el libro tiene dos momentos de especial brillantez. Uno, cuando en “Piu Piripiú” Felipito Tacatún y un pajarito remiendan media docena de huevos rotos con “un carretel de hilo de araña, una aguja, un poquito de baba del diablo y una pizquita de leche de higo”. Otro, la descripción del protagonista de “Y aquí se cuenta la maravillosa historia del Gatopato y la Princesa Monilda”: ¿Cómo era?• Una contundente lógica del absurdo. En el relato “La regadera misteriosa”, Felipito Tacatún descubre, mientras cuida las flores del jardín, que por los agujeritos de la regadera sale, un día, vino; el otro, leche; y luego, jugo de naranja, tinta china, caldo de gallina o cerveza. El desenlace resulta impecable y es una excelente muestra de imaginación que no desconoce las coordenadas del razonamiento infantil: Así, porque sí.Incuestionable sentido común. • Manejo de una datación sui géneris. Si en “Historia de una princesa, su papá y el príncipe Kinoto Fukasuka” (cuentopo ambientado en Japón) la acción transcurre “hace como dos mil años, tres meses y media hora”, al finalizar otro de los relatos, el clásico y estereotipado “y por siempre vivieron felices” se sustituye por un renovador “Y todos vivieron felices hasta la edad de 99 años y medio”. • Regusto por lo hiperbólico. En “La Plapla”, Felipito Tacatún encuentra en su libreta una letra caminadora (“una araña de tinta”) y para contemplarla bien, se pone tres espejuelos; en tanto el personaje central de “Martín Pescador y el Delfín Amador” retorna a tierra, luego de la delirante estancia en un circo submarino, escoltado por “25.000 bomberos-tiburones”. • Empleo de asonancias y similicadencias en función de la comicidad. Si el bombero de Dailan Kifki se expresa apelando a este recurso (“Pero, pero ¿para que llamó al bombero si no hay fuego en el ropero ni se le quemó el puchero?”), también lo hallaremos en el narrador de “Murrungato del Zapato” cuando se nos presenta al héroe de la historia: “Vivía vagando, con su colita a cuestas, por la calle y por la plaza, la azotea y la terraza, sin tener dueño ni casa.” • Utilización de juegos de palabras (el retruécano, el pleonasmo y la paranomasia). “Si quieres, yo te puedo querer”, le dice la Princesa Monilda al Gatopato, y este le responde: “Sí, quiero que me quieras, siempre que tú quieras que yo quiera que me quieras”; a lo que ella contesta: “Yo sí quiero que quieras que yo te quiera”; mientras en otro cuentopo se comenta: “No sé si ustedes habrán observado que los gatos y las gotas no se llevan nada bien”. • Creación de palabras y onomatopeyas. En el bosque de Gulubú, un insulto puede ser “¡chimperecápateplaff!”; y “¡Pfzchztt!”, una palabra mágica. Del mismo modo que el sonido de las olas deviene lúdico “paratrún paratrún paratrún”. • Búsqueda de nombres que respondan a las características esenciales de los distintos personajes: la elefanta Trompitelli de Barriguini, el muñeco de nieve Don Fresquete, el avaricioso hombre de negocios Señor Platini, etcétera. •
Incursión en la metatextualidad.
8 En este sentido, véase uno de los textos más
logrados del volumen: ¨Historia del enanito y las 7 Blancanieves”.
El conocido cuento de los hermanos Grimm brinda a la autora los elementos
que precisa para conformar una magnífica parábola. La intransigencia
de un enanote inspector que afirma: “La aritmética y la historia
nos enseñan que puede haber una Blancanieves y 7 enanitos, pero jamás,
réquete jamás, un solo enanito y 7 Blancanieves”, es derrotada
por la firmeza de un colectivo y la autoridad del sapo Ceferino, el habitante
más sabio del bosque de Gulubú. El final del relato no admite
comentarios: Por eso, si ustedes alguna vez encuentran detrás de un árbol, o detrás de cualquier cosa, a un inspector enanote y sabihondo que les dice que no es posible que existan un enanito y 7 Blancanieves, o que no es posible que exista cualquier cosa linda, ustedes pueden contestarle: ¿Qué saldo nos dejan estos cuentopos más allá (que no es poca ganacia) de la exaltación del humor y la fantasía? El descubrimiento de la belleza como algo útil y necesario para la vida, el triunfo del amor frente a la adversidad, la exhortación a buscar y hacer valer la identidad de cada individuo, el valor de la amistad… “Mensajes” subyacentes, siempre implícitos, pues la autora evade las consabidas moralejas; y cuando alude a ellas, como ocurre en el relato “Capítulo III”, es para burlarse olímpicamente: “Este cuento nos enseña (…) que en la calle Chacabuco no se consiguen guardapolvos para elefante.” Mucho más podría apuntarse sobre la narrativa de esta importante figura de la literatura infantil de nuestro continente, pero tendrá que ser en otra ocasión. Solo añadiré, para concluir, que la impronta de María Elena Walsh late, perfectamente reconocible, en gran parte de las actuales letras para niños de su país y de América Latina. Ella, al igual que Juan Derramasoles, el juglar, puede decir con satisfacción: A mi antigua primavera Notas:Antonio Orlando Rodríguez, autor e investigador literario. Su bibliografía para niños y jóvenes incluye títulos como La gata de los pintores, El rock de la momia y otros versos diversos, La isla viajera, La maravillosa cámara de Lai-Lai y Mi bicicleta es un hada y otros secretos por el estilo. El artículo que reproducimos fue publicado originalmente en la revista En julio como en enero, La Habana, no. 9, noviembre 1989, pp. 68-80.
|
|
|