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lIlustración de Arthur Szyk Andersen´s Fairy Tales New York: Grosset & Dunlap, 1945
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Opiniones
sobre Hans Christian Andersen
Se dirá que un artista tan grande como Hans Christian Andersen escribió sus cuentos para divertir a los niños. Pero esto es un error completo. Andersen escribió para divertirse a sí mismo, para realizar su propio sentido de la belleza, y como deliberadamentre cultivó esa sencillez de estilo y ese método que son el resultado de un arte sutil y consciente, hay una porción de niños a quienes divierten sus cuentos. Oscar Wilde
Andersen es el príncipe, el rey, porque en el reducido marco de los cuentos hizo entrar el múltiple decorado del Universo: nada es excesivo para los niños. No hallarás solamente en su obra Copenhague y sus casas de ladrillo, sus grandes tejados rojizos y sus cobrizas cúpulas, y la cruz dorada de Nuestra Señora, a la que arranca el sol vivos destellos; Dinamarca con sus aguazales, sus bosques, sus sauces inclinados al viento, su mar, presente en todas partes; la Escandinavia, la Islandia nevada y cubierta de hielo, sino también Alemania, Suiza, la España inundada de sol, Portugal, Milán, Venecia, Florencia; Roma, París, ciudad de las bellas artes y de las revoluciones. Hallarás en su obra Egipto, Persia, China, el Océano hasta sus profundidades, donde habitan las sirenas; el cielo, donde se cierne la blancura de los grandes cisnes silvestres. Es un maravilloso "libro de imágenes", que compone la Luna al contar lo que ha visto en las montañas, en los estanques, por las ventanas de las mansiones del hombre, doquiera su luz melancólica y azul se deslice suavemente, juguetee y desaparezca. Si no basta el presente, evoque el pasado, villas pompeyanas o bárbaros palacios de los vikingos. Si no fuese suficiente la realidad, mire las mágicas decoracionesque construyen las hadas. Y si no se saciaron sus ojos con los innúmeros espectáculos de la Naturaleza, puede cerrarlos: en sus ensueños aparecerá la luminosa sombra de la verdad, cambiante, móvil, y más bella que las hermosuras que la luz nos descubre. Paul Hazard
La obra para niños de Hans Christian Andersen se extiende a lo largo de casi cuarenta años. El primer volumen, Cuentos para niños, de 1935, fue completado en 1836 y 1837; el segundo, formado por dos volúmenes, apareció en 1847 y 1848, y la última historia, en 1872. Encontramos el cuento extraido del folclor oral, tal como al escritor le gustaba oírlo de labios de su padre en la infancia; encontramos también el cuento tomado de fuentes literarias; pero sobre todo –y en ello reside la originalidad de Andersen– el cuento que da vida a los objetos cotidianos o a la naturaleza, ya sea vegetal o animal, en el que los objetos y la naturaleza se vuelven parte integrante de la obra y no un simple escenario. Al salirse de los senderos tradicionales, el cuento pierde la rudeza del testimonio o el encanto anticuado del vestigio; se vuelve humano, es decir, una mezcla de emoción y de ternura, de alegría y de tristeza, de fantasía y de humor. Denise Escarpit
Y en las fronteras del Romanticismo damos con una figura grave y amable, que recoge la herencia romántica y, decidido a crear para los niños, la filtra para dejar fuera cuanto pudiese repelerlos o turbarlos: Andersen. Andersen no tiene los poderes para lo misterioso o sombrío de un Hoffman o un Poe, ni logra nunca el vértigo de los maestros de la aventura; pero es un consistente y hábil urdidor de tramas, un brioso fabulador de situaciones con mucho de maravilloso, un cálido guía hacia sentimientos profundos y generosos. Y atacó certeramente y dio solución definitiva a otra fundamental cuestión de la literatura infantil y juvenil: el lenguaje. Andersen entendió que en la literatura para niños todo había de resolverse en un lenguaje accesible al pequeño lector, y que eso debía hacerse sin sacrificar cualidades literarias; lográndolas por otros medios. Con una retórica y un lenguaje así, dio al niño –el primero– cuanto el niño podía buscar en la literatura, y se lo dio en piezas a veces memorables, que se han conservado frescas y vivas en su hallazgo imaginativo, en su amable sentimiento melancólico y nobles emociones, en sus finos toques de humor: "El patito feo", "El soldadito de plomo", "La sirenita"... Hernán Rodríguez Castelo
El autor de "Las zapatillas rojas" echó mano a sus recuerdos de infancia, aun a aquellos más crueles o dolorosos, para componer su obra literaria. Había una suerte de catarsis en la escritura de sus cuentos, como si con ello se librara del pasado o como si exorcizara su niñez llena de sufrimiento. Unió en la escritura la memoria de sucesos lejanos, con aquellos mitos, supersticiones y cuentos orales que solía escuchar de labios de su abuela. Todo lo que hubo de aflictivo en su vida y también de maravilloso, Andersen lo vertió en forma poética en sus cuentos. Manuel Peña Muñoz
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