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Jenny Lind, el ruiseñor de Suecia.   
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

  Jenny Lind
Hans Christian Andersen 
  
 
Un día vi, en la lista de extranjeros de mi hotel, el nombre de Jenny Lind. Sabía que era la primera cantante de Suecia, donde yo era conocido y se me había honrado excepcionalmente. Creí, pues, de mi obligación ir a saludarla.
 
Estábamos en 1840, y entonces nació una amistad que tuvo para mí gran importancia en lo espiritual.  

Fuera de Suecia, la Lind era casi ignorada, y en Copenhague no eran muchas las personas que habían oído hablar de ella. La recepción que me dispensó fue más bien fría. Como la que puede esperar un extraño de parte de una figura del teatro.  

Jenny Lind volvió a Copenhague en 1843. Me informé de ello por mi amigo Bournonville, director de baile del teatro. Me dijo que la cantante se interesaba mucho por mí, que había leído mis libros y que tendría mucho gusto en verme nuevamente.  

Jenny, que en escena era una gran actriz que eclipsaba cuanto había a su alrededor, en la vida privada era una joven de modestia encantadora. Su permanencia en Copenhague ha señalado una época en la historia de la Ópera. Ella me reveló el arte musical en toda su grandeza, y desde entonces fue para mí una de las vestales de la música.  

En 1844 recibí en Berlín la visita de Meyerbeer, quien me habló de Jenny Lind; la había escuchado en sus canciones suecas y estaba maravillado. Me preguntó cuáles eran sus aptitudes escénicas y le expresé mi admiración.  

–Podríamos contratarla para unas representaciones en Berlín –me dijo.  

Sé que fue a esa ciudad y causó excepcional entusiasmo en el público. Desde Alemania su nombre y su fama corrieron por toda Europa.  

Al año siguiente volvió a Copenhague, y su actuación produjo delirio. La gente debía esperar durante días enteros para obtener billetes para el teatro. Ese mismo éxito se repitió en todas las grandes ciudades de Europa, y también de América.  

Cada uno de sus gestos podría servir de modelo a un escultor. Lo que parecía producto de un estudio fatigoso, era en ella obra de la improvisación y de la inspiración del momento. El papel de Norma, que es particularmente plástico, lo he visto representar por la Malibrán, la Grisi, la Schroeder-Devrient, y todas ellas realizaban interpretaciones geniales. Pero ninguna llegó a subyugarme y transportarme como Jenny Lind en el mismo papel.  

Mendelssohn dijo a su respecto: "Han sido necesarios siglos para producir una personalidad así". Yo comparto íntimamente esa convicción. Cuando Jenny entra en escena, uno siente que se le brinda un licor sagrado en un vaso precioso.  

En su hogareño retiro, la actriz parecía no pertenecer ya al mundo. Tanta era su humildad. Sin embargo, amaba el arte con toda la pasión de su alma y se consideraba como una misionera dispuesta a cualquier sacrificio. Recuerdo haberle oído hablar sólo una vez de su talento, y alegrarse de poseerlo. Su carácter, lleno de comprensión y nobleza, estaba fuera de la acción corruptora de la adulación. Le hablé de la obra de los niños desamparados y de los limitados recursos conque contaba para cumplir su cometido.  

–Tengo –me dijo– casi todas las fechas comprometidas, pero haré lo indecible para reservarle una, y ese día doblaremos el precio de las localidades.  

La representación dio un beneficio considerable. Cuando le hice saber el resultado de la función, le declaré que los niños pobres tendrían ya asegurado el socorro por espacio de varios años. Mis palabras iluminaron su semblante y las lágrimas asomaron a sus ojos.  

–Esto –dijo– me hace sentirme contenta de poseer una voz tan linda.  

Nos veíamos casi todos los días. Yo le profesaba un hondo amor fraternal. Antes de ausentarse de Dinamarca, dio un gran banquete al que invitó a todos los que le habían prestado algún favor. Todos, excepto yo, recibieron algún regalo como recuerdo, pero su copa de champaña chocó con la mía, y fue ese, para mí, el mejor presente.  

Abandonó Copenhague, pero nuestras cartas iban y venían incesantemente. Nos volvimos a ver en Inglaterra y en Alemania. Nuestras relaciones hubieran podido inspirar un hermoso poema
 

Fragmento de la autobiografía El cuento de mi vida
 
Hans Christian Andersen, poeta, narrador y dramaturgo nacido en Odense, Dinamarca, el 2 de abril de 1805, y fallecido en Copenhague, el 4 de agosto de 1875. Lea la cronología de su vida aquí.

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