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Bitácora
del lector:
Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas Los
tres mosqueteros
Creo que es admirable que una novela histórica escrita y publicada en la Francia de 1844 haya conservado intacta su eficacia hasta el punto de apasionar a un lector infantil que nació en la segunda mitad del siglo XX. Y no solo apasionar. Hablo de un libro que me aportó sabiduría a la edad en que mi más satisfactorio roce social provenía de mis osos de peluche. Que aguijoneó mi imaginación, flexibilizó mi capacidad de entender los conceptos del bien y el mal, y me enriqueció con incontables días y noches de lectura y relecturas. Los tres mosqueteros era más que un título en la biblioteca de mis padres. Gracias a su intervención en mi esfera personal, me hirieron menos la paranoia de mis adultos, las carencias materiales, la rigidez moral y la pobreza espiritual en las que nos debatíamos en la Cuba de entonces, porque yo, niña introvertida, solitaria y cautelosa, pude refugiarme entre las chispeantes páginas de Dumas, repetir sus diálogos fáciles y dinámicos, y convivir con sus personajes capaces de arriesgar todo sin pensarlo dos veces. En tanto el mundo real convulsionaba y se caía a pedazos, aquel libro me daba cobijo para sobrevivir a la espera de tiempos mejores. Y no solo fue un refugio. Me puso
en contacto con un microcosmos extraordinario, lleno de relaciones complejas
y a veces contradictorias. Me introdujo en las delicias de la amistad y
el compañerismo incondicional, de la osadía imprescindible
para enfrentar el peligro en cualquier época o latitud. Me ayudó
a entender que los que están del otro lado no son necesariamente
malos, porque hallarse en un bando es casi siempre una cuestión
de circunstancias y no de elección. Me habló del dolor por
la muerte de un ser querido, del amor que va más allá de
los barrotes del matrimonio sin amor, y de la astucia que necesitan tener
los sojuzgados para arreglárselas allí donde nunca se les
hará justicia. También me enseñó que las mujeres
la teníamos muy difícil en un sistema de cosas que les prohíbe
cuanto se le permite y celebra al varón, de ahí que, aunque
siga amando a D’Artagnan y sus leales compañeros, compadezca y admire
hasta cierto punto a Milady de Winter, la feroz asesina. Todo lo cual me
ayudó a entender e interiorizar que nos movemos en un universo donde
no existen ni el blanco ni el negro, sino una infinita gama de grises,
y ha contribuido a mantenerme a flote en las revueltas aguas de una época
en la que ya no basta con emprender un duelo a punta de espada en las esquinas.
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