Cuatrogatos libros para niños y jóvenes
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  Bitácora del lector
 

El voto de mis yoes
Istvansch
 

Debo elegir mi top-ten de los libros para chicos y... me lo temía, ahí vienen en vertiginoso alud no solo libros e imágenes, sino también sensaciones, prejuicios, saberes, engaños, vanidades ¡vaya! 

Cierro los ojos. Extiendo la mano y agarro una pata. Miro. Es un trivialito prejuicio de los típicos top-ten de las radios musicales, que enarbolan esos listados productos de dudosas votaciones de oyentes. No sé si me sirve. 

De nuevo, esta vez barajo un cogote. Algo útil venía detrás de mi prejuicio: la trivialidad radial me viene al dedillo para una elección difícil de la que soy el único protagonista... entonces, como guiado por ella prendo mi radio interna, oigo mis voces, doy rienda suelta a mis personalidades (que son muchas gracias al Cielo y a mí mismo, que sé desdoblarme cuando lo necesito –y no tanta loa al Todopoderoso que para qué estoy pagando todos los años de psicoanálisis que vengo pagando para autovalorarme, digo ¿no?–), y cual audiencia vasta de FM conocida, mis yoes votan en desorganizada elección. 

Producto de pasiones infantiles nunca olvidadas, vivísimos entusiasmos recientes que ya atisbo como permanentes, variedad de géneros irremediablemente infantiles para mí –que es lo que que importa ahora, que esto no es una discusión sobre los géneros sino MI listita de favoritos, me digo y me justifico–, salen

Alicia en el país de las maravillas
, de Lewis Carrol, que me sigue sorprendiendo como el primer día y encima después de ver The Matrix se me ha convertido en casi una obsesión. 

Las mil y una noches, que mi compañerita Alejandra Costero me terminó regalando a los 13 años, cuandos íbamos a 7º grado de la primaria, después de hartarla tras pedírselas prestadas por sexta vez. 

El reino del revés, de María Elena Walsh, que me lo sé de memoria (¡juro! y soy capaz de hacer un show para demostrarlo. Aún hoy, mientras dibujo, escucho el CD de María Elena y tarareo). 

Mafalda, de Quino (completa), a quien le vuelvo a encontrar nuevos sentidos tras cada lectura a lo largo de mis 31 años (porque empecé a leerla en el bebesit, masticándola, mi mamá da fe), y hoy agradezco a De la Flor la salida del Toda Mafalda, que lo tengo como libro de cabecera en el baño, uno de los principales sitios de lectura de la mayoría de todos nosotros, los lectores, y no se ruboricen ante tanta verdad ¿eh? 

Asterix (completo y en especial Asterix legionario), que está en mi casa paterna porque mi papá debió secuestrármelo para que no me lo traiga a Buenos Aires al grito de, ¡éste lo compré yo con mi dinero y ya 
sos grandecito, compráte el tuyo propio! 

Cosas que pasan, de Isol. Pasión reciente. ¡Un humor TAN argentino y TAN universal a la vez! La simbiosis inexpugnable de dibujo, texto y proyecto gráfico a los fines de la redondez de un libro desbordante de intelingencia y sutileza humorística me encanta. 

Con razones similares, fundadas en una conciencia de la gráfica como lenguaje Lentes ¿quien los necesita?, de Lane Smith, y La bella mariposa, de Ziraldo. 

El murciélago Aurelio, de Antonio Rubio y Pablo Nuñez, otra pasión reciente que conocí en España cuando viajé en abril y adoraría ser virgen de vocales para aprenderlas de nuevo de la mano de este opúsculo que, además, me hace reír. Adoro los libros didácticos así pero no didácticos así ¿se entendió? 

El cochinito de Carlota, de David Mc Kee, que debería provocar el suicidio voluntario e inmediato de Wally. Además ¿quién dijo que a los chicos no les debemos dar historias que terminen mal? 

El anillo encantado, de María Teresa Andruetto. La Andruetto me encanta porque logra unos textos dulces y a la vez ásperos, como salidos un poco del corazón y otro poco de las tripas, como las Fábulas salvajes, de Marcelo Birmajer (que más aún, saca todo de las tripas, hasta la pasión y el corazón). 
 
Me salió un top-twelve... y ¡buéh!, como para diferenciarme de lo radial e irme a la docena que aquí en Argentina es como se compran los huevos que tienen mucha proteína y me hacen bien a la salud: como estos libros. 
Addenda (Otro yo aparece: 

Reclamando derechos legítimos, a la cola del alud de recuerdos otro yo se agarra de uno importante y me dice que qué le importa que no sea considerado literatura infantil Mr. Edgar Allan Poe, que el género también puede ser definido como "lo que los chicos leen", ¿no?

David, Guille y yo, los tres grandes amigos, tendríamos 12 años cuando nos juntábamos en casa, esperábamos que mis padres se fueran a las reuniones del comité, nos encerrábamos (afuera era noche cerrada), dejábamos apenas una lucecita leve encendida y yo empezaba la lectura de alguno de los relatos de terror ("Berenice", "El barril del amontilado", "Las ruinas de la casa Usher", o cualquier otro).

David y sobre todo Guille desorbitaban los ojos alucinados, el silencio se hacía cada vez más tenso y, de repente, rajando la concentración como un cuchillo y dando sentido a todo ¡un ruido se oía en el parque! la sesión se transformaba en perfecta y la adrenalina explotaba al son de los gritos aterrorizados de Guille: "¡ME CAGUÉ, BOLUDO! ¡TE JURO QUE ME CAGUÉ!", en la cumbre del placer de una lectura, a todas vistas, poderosa.

Istvansch, ilustrador, diseñador y escritor argentino, ganó el premio Octogonal de Honor 2004 en Francia. Es director de las colecciones Libros-álbum del Eclipse y Pequeños del Eclipse. Entre sus obras publicadas se encuentran El ratón más famoso, Ideas claras de Julito enamorado, Abel regala soles y Federica aburrida. Sus reflexiones sobre la ilustración de libros para niños están reunidas en el libro La otra lectura. Las ilustraciones en los libros para niños

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correocuatrogatos@gmail.com / Miami, Florida, Estados Unidos