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Por donde pasan las ballenas Juan Farias Madrid: Espasa |
Aproximación
al personaje del anciano en la literatura infantil y juvenil española
contemporánea
(Algunos ejemplos) Anabel Sáiz Ripoll Préambulo La vejez, la ancianidad, la tercera edad son términos más
o menos afortunados para designar el último periodo en la vida del
ser humano. No obstante, esa certeza no tiene por qué conllevar
aspectos negativos de tristeza o desazón ya que, hoy en día,
con el avance espectacular de la medicina, tras la jubilación, la
expectativa de vida es amplia y quedan muchas cosas qué hacer y
muchos proyectos que llevar a cabo. La vejez ha de ser una época
vivida con dignidad y plenitud y la sociedad, por supuesto, tiene mucho
que decir al respecto porque parece que nos olvidamos de nuestros mayores
y los relegamos al olvido, instalándolos fuera de casa, abandonándolos
a la soledad y a la tristeza y, en definitiva, rechazando la realidad de
que todos habríamos de llegar a esa edad. Sin embargo, no
El objetivo de esta comunicación es evidenciar que, en la literatura, el anciano ha tenido desde siempre un papel y me gustaría repasarlo brevemente para reflexionar sobre ello. Evidentemente, obvio es advertirlo, no tratamos de ser exhaustivos, sino sólo ofrecer algunos títulos y obras con el ánimo de despertar la curiosidad y animar a los futuros lectores y lectoras a investigar por su cuenta. Si repasamos la literatura española, en general, podríamos mencionar, sólo a modo de ejemplo, algunas obras protagonizadas por ancianos:
El anciano en la literatura infantil y juvenil La literatura infantil y juvenil puede y debe ofrecer a sus lectores
personajes distintos, ricos y variados para ayudar a situarlos en su mundo,
en un entorno real. Así, la figura del anciano, presente como acabamos
de ver en la literatura en general, aparece en algunos de los títulos
de nuestros mejores
Concretamente nos centramos, en un intento de que no se nos desborde esta aportación, en la obra de algunos de los autores que hemos ido trabajando en distintos artículos y estudios y que conocemos mejor. Son: Alfredo Gómez Cerdá, Jordi Sierra y Fabra, Concha López Narváez, Pilar Mateos, Mercedes Neuschäfer-Carlón, Juan Farias y Elvira Lindo. El abuelo En la actualidad se acude a los abuelos, con bastante frecuencia, para
que cuiden de sus nietos porque los padres trabajan o por cualquier otro
motivo. En El cuento interrumpido (1983), de Pilar Mateos, Virilo,
un viejo pastor analfabeto de más de 70 años, deja su pueblo,
en el que ha vivido toda
Concha López Narváez, en El amigo oculto y los espíritus de la tarde (Premio Lazarillo, 1985) nos ofrece una historia llena de poesía y lirismo, ejemplo de buena literatura destinada a los niños. Miguel y su abuelo viven en un pueblo abandonado y el abuelo muere un mal día, al inicio del libro, y es entonces cuando el relato se tiñe de emoción y de ternura. Carcueña es un pueblo sin vida y Miguel se queda totalmente solo, aunque, inculcado por el amor de su abuelo, por lo que aprendió de él, por su fuerza, por sus buenos consejos, decide quedarse en el pueblo con sus animales, sus recuerdos. Gracias a la memoria, precisamente, el pueblo sigue en pie. La narración está contada en primera persona, con lo que gana en matices y en lirismo porque no dejamos nunca de lado a Miguel. Es él quien nos describe el paisaje, los animales, la vida del campo que brota por doquier y esto es así porque el abuelo sembró en el niño un germen que le permite llegar a la adolescencia sin rendirse. En La tierra del sol y la luna (1984), de Concha López
Narváez también, novela histórica bellísima,
es el abuelo, Diego Díaz, quien ejerce su papel de cronista. Él
es la memoria de los hechos pasados y del dolor, de lo que fue y que, por
desgracia, volverá a ser, ya que se nos narra la persecución
de los
En Nieve de julio (1987), también de la misma autora,
escrito en primera persona, nos habla de Teresa, una niña de 11
años, que no tiene muchas ganas de pasar las vacaciones en el campo
y encima en casa de su tío-abuelo Pop, un octogenario. Pues bien,
gracias a Pop, que le enseña la
Otra obra de Concha López Narváez, Un puñado
de miedos (1988) se centra en Quique, de diez años, que va a
pasar las vacaciones a casa de la abuela, a la que quiere con pasión;
sin embargo, surgen una serie de miedos que lo hacen temeroso y cobarde.
Quique, gracias a la abuela, aprende a
Jordi Sierra i Fabra también escribe sobre abuelos especiales.
Para este autor, de amplia obra, el anciano, en general, es una presencia
recurrente. Es quien aporta cordura, un punto de serenidad, la experiencia,
quien pone las cosas en su sitio y quien, en suma, sabe ver más
allá que los demás
Juan Farias, otro autor de reconocido prestigio, suele acercarse a la
figura del abuelo que es quien conserva la memoria y el recuerdo intactos,
facultades de suma importancia para que no llegue el olvido. Y lo hace
forma placentera y sobria, como es su estilo En Un cesto lleno de palabras
La abuela Jacinta, en Con los ojos cerrados (1997), de Alfredo Gómez Cerdá, muere al principio de la novela; pero en su nieta, Ana, también ha dejado la huella de su espíritu enérgico y valiente. Jacinta es una mujer sabia y refranera. Su muerte hace que Ana, con 11 años, tenga su primera experiencia de que la vida tiene un final. Y Ana siempre echará de menos a los abuelos, a Jacinta y al abuelo que murió de pena, porque ya no están. De loas abuelos maternos que, afortunadamente sí viven, ella habla también con respeto y admiración hacia su vitalidad y entusiasmo por la vida. Si hay un abuelo entrañable y conocido por todos los niños lectores es don Nicolás, el superabuelo de Manolito Gafotas. Con Don Nicolás, sin que la edad sea obstáculo, Manolito establece una relación de camaredería, de afecto y de cariño correspondido. Para Manolito el abuelo es el que más sabe, es quien le enseña canciones antiguas, quien duerme con él, quien le cuenta cosas y lo saca de algunos problemas porque el abuelo sabe cosas de su madre y la desmitifica continuamente, porque el abuelo tiene amigos y conoce mnuchas estrategias, proque al abuelo nadie lo amilana. Don Nicolás es simpático y se emociona con cualquier cosa, pero Manolito se lo perdona porque es su abuelo. Encontraríamos muchos ejemplos en los distintos títulos escritos por Elvira Lindo de ese afecto y esa complicidad (Manolito Gafotas (1994), Pobre Manolito (1996), ¡Cómo molo! (1996), Los trapos sucios de Manolito Gafotas (1997), Manolito on the road (1998) y Yo y el Imbécil (1999). Al principio, el abuelo es “Superpróstata”; pero en Yo y el imbécil (1999) deja de serlo porque ahí es cuando lo operan y sus dos nietos lo pasan fatal porque no quieren ni oírle decir eso de “El día que yo falte” . En definitiva: Manolito admira a su abuelo, dice que “mola”, le enseña cosas prácticas, lo protege; aunque el abuelo tiene limitaciones y es bueno que Manolito lo sepa y lo acepte como algo natural de la vida (ronca, a veces olvida las cosas, lleva dentadura postiza, tiene achaques...); pero Manolito quiere a su abuelo y le duele que le hable del día en que no esté y lo pasa mal cuando lo van a operar y se lamenta de que esté triste. Viejos sabios de cualquier cultura En distintos títulos encontramos ancianos que tienen una misión
importante: son la voz del pasado, la experiencia, son la sabiduría,
el pasado, el recuerdo de lo que no debe hacerse, el aviso para generaciones
venideras. Jordi Sierra i Fabra suele aludir al anciano como punto de referencia
en sus
Concha López Narváez en Endrina y el secreto del peregrino
(1987), escoge a Guillaume de Gaurin como el personaje que engarza la historia.
Se trata de un anciano peregrino que quiere resguardar su personalidad
porque va a Compostela, precisamente, para pedir perdón por los
pecados
Los ancianos médicos de El tiempo y la promesa (1990), de la misma autora. deciden quedarse en Vitoria, pese a que son judíos y están siendo expulsados, para cuidar de los enfermos en la epidemia de peste, anteponiendo los intereses de la comunidad, de la que son marginados, a los suyos propios. Vemos que, en distintas culturas, el anciano tiene la misión de ser el transmisor del pasado. Siguiendo con Concha López Narváez, en Tinka (1998), Watawe es quien cuenta las historias a los chicos del poblado y quien les despierta la imaginación y el gusto por las aventuras. Y en El fuego de los pastores (1987), es el viejo rabadán el que ejerce de cuentacuentos, el que impide que se pierda la memoria y que todo caiga en el olvido. El viejo marinero Ismael, en Ismael, que fue marinero (2000), de Juan Farias, vive retirado en Miradonde y es el único que ofrece una amistad desinteresada al narrador, un joven, de buena familia, que anda desorientado. Ismael, para este muchacho que ya es anciano cuando nos lo cuenta, fue un pilar básico en la vida por sus palabras, sus aventuras y por al admiración que en él despertaba su vida distinta a lo convencional. El anciano Sr. Baumann, en Antonio en el país del silencio (1988), de Mercedes Neuschäfer-Carlón, es una especie de abuelo adoptivo para Antonio al que ayuda a superar los problemas, que le despierta la imaginación y le da un afecto sin límites . La reivindicación de la vejez Pedro el joven, en El caminero (1994), de Pilar Mateos, es un viejo maltratado por la vida, que vive muy solo, con su rebaño, que no tiene a nadie en el mundo; sin embargo, sí muestra un punto de lucidez y descubre aquello que la niña protagonista persigue durante toda la narración, el mundo de lo ideales. Pedro el joven es uno de los ejemplos más tristes del anciano abandonado a su suerte, hombre de campo, recio, duro, olvidado y perdido. Dejamos para el final dos títulos representativos de Alfredo
Gómez Cerdá, el primero Sin billete de vuelta (1994)
es un título metafórico que alude al último viaje
de sus personajes, unos ancianos que, en la Estación de Sants de
Barcelona, desgranan sus historias, cómo fueron, qué ilusiones
tenían y
La última campanada (2000) es otro título del autor madrileño que queremos tratar y lo hemos dejado para el final de esta exposición porque, en la novela, se hermanan, precisamente, como dijimos antes, la juventud y la vejez. Hugo es un joven que saca notas muy malas, que no encuentra un sitio en la vida y que, en unas vacaciones de Navidad, decide aceptar el trabajo de aprendiz, en contra de la opinión de su familia, en el taller de un viejo relojero, Enrique Ginestal. Esta decisión aparentemente absurda de Hugo será su salvación porque va a aprender, y con él los lectores, a conocer a un anciano, a valorarlo, a saber de sus defectos y necesidades y a quererlo; hasta tal punto que se implica con él en una aventura quimérica y apasionada. Un grupo de ancianos, hartos de no se los tenga en cuenta para nada en esta época nuestra, deciden boicotear las campanadas de fin de año y lo hacen con absoluta maestría y empecinamiento, sin fallos ni errores. En esta última campanada simbólica está, precisamente, la edad y la experiencia de los ancianos que, como una campana potente, no dejará de sonar. Conclusiones Dado que la lista que hemos comentado de títulos no es exhaustiva, las conclusiones tampoco lo serán, pero, después de haber leído y de haber comentado lo anterior, podemos comentar lo siguiente:
En suma, la presencia del anciano, en la literatura infantil y juvenil
española de los últimos 15 o 20 años es positiva;
en todo caso no se cuestiona el papel del anciano, su rol por así
decirlo, sino el empecinamiento de la sociedad en olvidarse de que existe,
en ignorar su voz, sus consejos y su
Sin duda, éste no es un tema cerrado ya que sólo hemos
hecho una aproximación basándonos en cuatro autores reprentativos,
pero, por supuesto, hay otras muchas obras y otros muchos autores que,
por suerte, escogen como personajes a ancianos y ancianas para situarlos
en el lugar que les corresponde, porque ellos tienen un sitio en esta sociedad
y bueno es que la literatura infantil y juvenil lo recuerde.
1. Citado en Anabel Sáiz Ripoll: “Pilar Mateos: seres cotidianos y mágicos”, CLIJ, 11, pp. 7-17. 2. En carta. Bibliografía:
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