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Montserrat del Amo: una voz propia en la literatura infantil española Jaime García Padrino En muchas ocasiones, los conferenciantes nos encontramos ante una situación muy similar a la del escritor cuando tiene ante sí, o bien el clásico folio en blanco, o bien la más sofisticada pantalla del ordenador con la única presencia de un cursor parpadeante. Tanto en el caso de la no menos tradicional pluma estilográfica o el más humilde bolígrafo, como en el del más moderno teclado, hay una espera, más o menos angustiosa, hasta que nuestro cerebro envía los correspondientes impulsos motores al complejo mecanismo muscular que rige nuestros dedos, muñeca, brazo... y con el que traducimos en signos gráficos las ideas, los sentimientos o emociones generados en ese proceso mental o creador. En el caso del conferenciante que ahora les habla, cuando preparaba esta intervención, existía además la conciencia de la expectación de un auditorio que ya conoce a la autora de la que vamos a hablar pues ha escuchado otras interesantes aportaciones por parte de los compañeros que me han precedido en el desarrollo de este homenaje. Pues bien, espero que esta confesión inicial acerca de
los
temores que han marcado el inicio de la redacción de este texto
les
haga comprender la dificultad de abordar en el tiempo disponible una
interpretación
global y novedosa de una obra literaria como la que presenta Montserrat
del
Amo, merecedora de este homenaje y de cualquier otro en cualquier otro
lugar,
que ha sido objeto de tesis doctorales desarrolladas en un más
amplio
plazo temporal que el de esta modesta conferencia, que busca,
además,
no agotar la paciencia ya demostrada de este auditorio. Sin más dilación, ni disgresiones introductoras,
voy
a iniciar mi exposición tomando unas palabras de nuestra
homenajeada,
pues en ellas veo muy bien reflejada la principal intención que
me
ha llevado a participar en este homenaje: La verdad es que la escritura nunca me ha hecho llorar, sino que da sentido a mi vida, me ha proporcionado buenos amigos y grandes alegrías... (Revista Lazarillo, núm. XIX, 2008). La razón para citar estas palabras de Montse
está
en el hecho de que mi dedicación a la Literatura Infantil
—dejemos
aparte si me ha hecho llorar o no, o si ha dado sentido a mi vida—
también
“me ha proporcionado buenos amigos y grandes alegrías”, entre
los
que ocupa lugar bien preferente nuestra Montserrat del Amo. Desde que me adentré por lo que podemos llamar el
ámbito
social de la Literatura Infantil Española, tuve a Montse como
guía
y como referente. No voy a contar cómo nos conocimos,
allá
por el año 1977, pero desde luego que la acogida que me
brindó
cuando la visité en su casa de la calle Columela, número
9, marcó
de forma indeleble mi preocupación y mi compromiso con nuestra
Literatura
Infantil. Así, y gracias a mi dedicación investigadora y
divulgadora,
mantenida desde entonces, creo que ahora puedo presentar una
panorámica
de su obra con la que resaltaré los principales rasgos en la
aportación
creadora de Montserrat del Amo a este particular ámbito cultural
de
las creaciones literarias que buscan a niños y jóvenes
como
sus naturales destinatarios. En primer lugar, quiero caracterizar tal aportación de
Montserrat
del Amo a la LIJE como un caso insólito en su panorama general,
gracias
ese rasgo de voz propia a la que aludo en el título de esta
conferencia.
Y esa particularidad, su carácter insólito, reside,
básicamente,
en su permanencia en primera línea durante estas cinco
décadas
que ahora homenajeamos, dedicación no igualada por ningún
otro
autor español dedicado a la Literatura Infantil y Juvenil. Y esa
permanencia,
no regalada sino trabajada y ganada día a día, obra a
obra,
tiene, desde mi particular interpretación dos razones que la
avalan:
de un lado, su constancia en la creación –lo que Rosario Hiriart
denominó
o tituló como “Vocación y oficio”– y, de otro, su
honradez
y autenticidad a la hora de plantearse siempre su particular
relación
con tan específicos destinatarios. Tal continuidad creadora inserta la obra de Montserrat en las
grandes
épocas históricas de nuestra Literatura Infantil y
Juvenil
y la convierte, por derecho propio, en referente inexcusable a la hora
de
valorar la propia evolución de nuestra Literatura Infantil y
Juvenil
durante la segunda mitad del siglo XX y en los años del presente
que
están viendo aparecer, y a buen seguro que así
será
en los próximos, más creaciones de nuestra autora. De ahí que, a la hora de marcar los grandes momentos en
la
evolución literaria de Montserrat, estos coincidan con las
etapas
históricas bien apreciables en el panorama actual de la LIJE: 1. Su etapa de juventud personal y creadora (1948-1959),
marcada
por una visión idealizada de una realidad social, condicionada
por
las circunstancias de la época. Este período en la obra
de
Montserrat coincidía con la superación de la
difícil
postguerra y con la recuperación, en los años cincuenta,
de
una dignidad artística en el conjunto de las creaciones
literarias
para la infancia y la juventud. 2. La búsqueda de una madurez creadora (1960-1979), a
lo
largo de dos décadas que podemos considerar como un momento
brillante
en la evolución general de la LIJE y que nos ha dejado distintos
clásicos
indiscutibles en ese panorama general, no sólo de Montserrat,
sino
de algunos otros de sus contemporáneos. 3. Su actualidad permanente y el constante desarrollo de su
obra,
desde 1980 hasta nuestros días, coincide con un momento marcado
por
el denominado “boom” de la LIJ en nuestro país, con la
consecuencia
clara de una eclosión de la que, al cabo de unos pocos
años,
sólo permanecen en el tiempo aquellas creaciones cuyos valores
indiscutibles
decanta y realza el paso del tiempo. En estos años del auge actual de la LIJ, Montserrat del
Amo
ha estado en primera línea, ha participado en los principales
eventos
y, sobre todo, ha dejado obras que, a buen seguro, serán
consideradas
como clásicos actuales de la LIJE. Establecidos así esos tres grandes momentos, voy a
comentar,
los rasgos esenciales de cada uno de ellos. Al terminar la Guerra Civil, las creaciones dedicadas a la
infancia
y a la juventud españolas se enfrentaban a los mismos problemas
–si
acaso aún más agravados–, de la literatura
española
en los años de la postguerra, tales como la censura y la toma de
postura
ideológica. Al mismo tiempo, en los contenidos de las lecturas
ofrecidas
entonces al niño y al joven con un cierto ropaje literario, era
notoria
la influencia ejercida por la necesidad social de encontrar un modelo
educativo
para tales destinatarios. Se entendía como necesario ofrecer unas normas
adecuadas
de comportamiento y de conducta, dentro de la búsqueda general
de
un tipo de sociedad que lograse superar los gravísimos problemas
de
un mundo que vivía entonces un conflicto aún más
grave
que el recién terminado en nuestro país. Los resultados de semejantes propósitos formativos,
volcados
en las creaciones literarias infantiles y juveniles, fueron, sobre
todo,
un notable empobrecimiento y una baja calidad de los tratamientos
literarios
y plásticos apreciables en aquellas publicaciones. De tal forma, la mayor parte de los escritores que continuaron
entre
tremendas dificultades con su labor en la literatura infantil,
ofrecían
entonces una visión escasamente renovadora de las posibilidades
en
la relación del niño con la literatura, si bien hay que
reconocerles
sus intentos por cubrir la laguna creada por las circunstancias
trágicas
del anterior período bélico. En ese marco histórico hay que inscribir las primeras
creaciones
de una jovencísima Montse, con una mirada aún más
clara
y limpia de sus ojos claros a la hora de analizar aquella realidad y de
preocuparse
por transmitir unos mensajes positivos a sus lectores.
Su primera novela de corte juvenil, Hombres de hoy, ciudades de
siglos (1948), revelaba los propósitos de Montserrat del
Amo por abordar
esa temática humanística, centrada sobre todo en la
superación
de los problemas derivados de los terribles conflictos bélicos
que
el mundo acababa de vivir entonces. Para ello, la novel autora
desarrollaba
un argumento donde mezclaba elementos propios de la realidad de
aquellos
momentos de postguerra con una curiosa visión marcada por rasgos
anticipadores
de un probable futuro. 1 En esa simbólica tarea que les ha sido encomendada a los antiguos alumnos de una utópica Escuela de Hombres Nuevos –destruir una vieja ciudad para levantar una moderna metrópolis–, los protagonistas llegan a comprender lo equivocado de tal misión gracias al contacto con las viejas piedras de esa “ciudad de siglos”. Dicho conflicto es descrito por la autora con un estilo ágil, de una sencillez expositiva que infunde un extraordinario vigor a sus imágenes: Otto apartó de un golpe la manta y se puso de pie.
Tras aquel inicio, el gran núcleo de la
producción
de Montse durante estos años está vinculado a una de las
principales
editoriales que entonces se ocupó de los lectores infantiles y
juveniles
y que realizó también una notable promoción de
nuevos
autores: la editorial Escelicer. Desde su Biblioteca de
Lecturas Ejemplares, Montserrat del Amo
desarrolló otros notables intentos para lograr un estilo propio,
dentro
de los moldes impuestos entonces por la sensibilidad de la época
en
la recreación de los modelos juveniles. Así aparecieron
en
dicha colección —dentro de su serie azul— Misión diplomática
(1950) y Cuando las rosas florecen
(1951) y Gustavo el grumete
(1952) —en
la serie roja—, mientras en la Biblioteca
de Tía Tula había
aparecido El osito Niki
(1950). Este período se completaría
con Montaña de luz
(1953) y Patio de corredor
(1956), de nuevo en Lecturas
Ejemplares, sin olvidar Fin
de carrera (Madrid: Hijos de
Gregorio del Amo, 1951). Como es lógico, se trataba de obras primerizas cuya
lectura
descubre hoy los rasgos fundamentales —sobre todo, la exaltación
de
claros valores humanos y un tono de cierta oralidad en el relato— que
caracterizan
la dedicación de Montserrat al género narrativo. Y de
ellas,
sólo Patio de corredor
ha visto de nuevo la luz, en los últimos
años, después de una no menos lógica
revisión
estilística por parte de la propia autora. Tras estos primeros pasos, tan claramente condicionados por la
sensibilidad
social de aquellos difíciles años de postguerra, llegamos
a
los años finales de los cincuenta, con una Montserrat fiel a una
visión
comprometida con una necesaria renovación de la LIJ. Dentro de ese afán social por impulsar entonces una
labor
creadora de calidad algunas editoriales decidieron convocar sus propios
galardones
literarios en los años cincuenta y sesenta. Aunque bien es
cierto
que tuvieron corta vida, sirvieron para descubrir autores que con el
paso
del tiempo se han consagrado en su dedicación al género.
Uno
de tales galardones fue el Premio Abril y Mayo, que la editorial
Escelicer
concedió en 1956 a la antes citada Patio de corredor, de
Montserrat
del Amo, publicada en la colección que daba título al
premio. Mayor trascendencia tuvo en ese impulso social a la
creación
literaria dedicada a la infancia y a la juventud la primera
convocatoria
del Premio Lazarillo, en 1958, bajo los auspicios del Instituto
Nacional
del Libro Español 2, en las modalidades de textos
literarios, ilustración
y edición 3. Se iniciaba así una trayectoria
que ha hecho de
ese galardón uno de los de mayor prestigio –con sus naturales
altibajos–
entre los dedicados a promocionar la literatura infantil en nuestro
país 4. Aunque aquella primera obra premiada —Las florecillas de San Francisco,
de Alfonso Iniesta— apenas es recordada hoy, en sus convocatorias
posteriores
el Premio Lazarillo fue descubriendo y confirmando la mayoría de
las que son hoy aportaciones indiscutibles a la evolución de la
literatura
infantil española 5: Miguel Buñuel (1959),
Montserrat del Amo
(1960), Joaquín Aguirre Bellver (1961), Concha Fernández
Luna
(1962), Angela C. Ionescu (1963), Carmen Kurtz (1964), Ana Mª
Matute
(1965), Marta Osorio (1966) o Jaime Ferrán (1968). El Lazarillo de 1960 marcaba, por tanto, otra nueva
época
en la creación de la propia Montserrat del Amo, gracias a su
original
mirada con Rastro de Dios
(1960), de Montserrat del Amo, donde recreaba un
pasaje clásico de la Historia Sagrada para contarlo a los
más
pequeños desde una perspectiva dominada por su intención
de
cercanía a tales lectores. Después de más de una década desde su
primer
relato publicado, y con una continuada dedicación a los lectores
infantiles
y juveniles gracias a su labor en la prensa periódica de
aquellos
años, Montserrat del Amo iniciaba con Rastro de Dios
otra época
en su trayectoria creadora, sin grandes cambios pero acentuando sus
notas
de viveza en el desarrollo de los argumentos, de agilidad en los
diálogos,
de rasgos costumbristas y coloristas en los ambientes, servido todo
ello
con un lenguaje directo, habitual en la autora dado su dominio de los
tonos
propios de la narración oral. Sin duda, el gran acierto de la autora fue convertir en
protagonista
central de esta historia a un “ángel chiquitín”, feliz
por
seguir la estela del Creador durante los días de la
creación,
aunque relegado a un trabajo –sostener una estrella– sin aparente
importancia
para el resto de sus compañeros. Pero esa condición
cambia
radicalmente cuando, al final del relato, ese ángel –el
“Sentao”–
es el encargado de conducir a los Magos de Oriente hasta un portal de
Belén: Dios se había acercado al ángel chiquitín, y le miraba. Rastro de Dios sintió que ya no le pesaba la estrella. Se levantó. Dios hizo una seña con la mano y Rastro de Dios vio que se abría una calle de luz en el espacio. Movió las alas. Primero torpemente. Después, con fuerza. ¡Volaba!Dicho personaje, de carácter infantil “a lo celestial”, volvía a aparecer en otros dos relatos de la autora, El “Sentao” y los Reyes (1961) y ¡Se ha perdido el “Sentao” (1962), sin ningún otro protagonismo ahora en tal personaje que servir como mera excusa argumental para otras historias protagonizadas por niños “reales”. Por otra parte, la autora desarrollaba en ambas, con trazo firme, otras dos de sus grandes líneas temáticas: la vida cotidiana, familiar, y la recreación de asuntos o motivos históricos. Conforme a dicha intención presentaba, como hilo conductor, unas breves peripecias ambientadas en una familia con ciertas resonancias personales de la propia autora 6, a partir de las que engarzaba distintas situaciones donde cuidaba siempre de resaltar los valores positivos de sus personajes. Con tales planteamientos, la inclusión del relato
central
en El "Sentao" y los Reyes se
justifica por la identificación que
hacen
dos de los hermanos –José Luis y Ana– acerca del Sentao como una
de
las figuras presentes en el capital de una catedral gótica.
Antes
de ese momento, Montserrat del Amo había presentado ya una de
esas
escenas familiares habituales en sus obras, con ágil estilo y
diálogos
vivaces ajustados a la particular psicología de sus
protagonistas 7.
Tras esa situación inicial, la autora engarzaba un relato
ambientado
en la época medieval, durante el proceso de construcción
de
las grandes catedrales en la transición del románico al
gótico.
Esta ambientación histórica, trazada con sobrios rasgos,
servía
para presentar a un interesante protagonista juvenil, Juan el juglar,
quien,
por amor hacia la joven Blanca quiere, sin éxito, aprender los
oficios
de tonelero y de cantero. Pese a tales fracasos, Juan consigue hacer
fortuna
después de ayudar a un rico mercader con quien recorre parte de
Europa.
Así, conoce el arte gótico y regresa al cabo de los
años
a aquella ciudad donde fracasó como aprendiz en esos oficios,
para
completar ahora como arquitecto la construcción de la deseada
catedral
conforme al nuevo arte gótico. Con la tercera de las obras de esta serie, ¡Se ha
perdido El “Sentao”!, Montserrat del Amo volvía a presentar
una
historia
con la que destacaba valores positivos en las relaciones humanas. Para
ello,
animaba un leve argumento en torno a las peripecias de un ejemplar del
primer
libro del Sentao, una vez que lo pierden los niños de la misma
familia
acomodada presente en el volumen anterior y recuperado por un chiquillo
que
vive con dificultades en una corrala del madrileño Rastro.
Recurría
para ello a coloristas y vivas descripciones costumbristas y a un
lenguaje
ágil y cargado de giros coloquiales propios de los ambientes
donde
ubicaba la acción. Al mismo tiempo, Montserrat del Amo creaba
unos
personajes bien definidos, con rasgos no lejanos de ciertos
tópicos;
así, Mariano, el protagonista central, es un muchacho que vive
en
el Rastro, ayudando a su madre viuda, como “único hombre de la
casa”;
evita con su intervención una estafa a un turista norteamericano
y
demuestra ser valiente, decidido y honrado. Pese a tales
condicionantes,
la habilidad de la autora en el desarrollo de esta historia dotaba de
suficiente
credibilidad a sus personajes, vistos desde la perspectiva de aquellos
años,
y reforzaba el sentido de un final donde sabía sintetizar su
intención
creadora: La puerta se
cierra tras de él. Genaro va bajando la
escalera
con su serón de la basura a la espalda. Está contento, y
no
sabe explicar por qué. La verdad es que acaba de darse cuenta de
que
existe una cadena de amor y de alegría que va de unos a otros,
aunque
no se conozcan. Es lo que une a Mariano con los niños del barrio
de
Salamanca, o con una familia de americanos a los que no volverá
a
ver en su vida. Lo que hace al Maestro interesarse por el alumno
desaplicado
de la clase. Lo que lleva a Genaro a buscar un libro de cuentos con el
interés
de un asunto importante. Una cadena de amor y de alegría que no se rompe nunca entre los hombres de buena voluntad. En estos primeros años sesenta, Montserrat del Amo
continuaba
con su labor creadora desde las páginas de las revistas
infantiles
y en una de ellas, la muy interesante revista Bazar, creada en los
años
cuarenta, aparecía uno de sus característicos personajes
femeninos
—Tere Blok— que daría lugar después a un más
amplio
desarrollo con la serie de Los Blok.
Son también los años de sus actividades de
animación
lectora, en la denominada La hora del cuento, donde retomaba esa
actividad
que había tenido ilustres precedentes en los años
anteriores
a la Guerra Civil, con autoras y narradoras como Elena Fortún.
Fruto
de aquellas animaciones realizadas en bibliotecas populares y escolares
era
la publicación de una monografía con ese mismo
título,
un valioso precedente de las actividades que tendrían un
extraordinario
auge en los últimos veinte años del siglo XX y que la
propia
autora ha actualizado y ampliado en Cuentos contados. Teoría
y
práctica de la narración oral (2006). Son años de gratificantes reconocimientos a su obra ya
consolidada,
como es la emisión por Televisión Española de
cinco capítulos basados en su Patio
de corredor
(1966), o del Premio Doncel de Cuentos a Zuecos y naranjas,
otra de sus obras emblemáticas donde ya abordaba la realidad
social
del encuentro de culturas diferentes, en este caso la de un niño
español
que convive en el aula con otros niños daneses. También
la
AETIJ (Asociación Española de Teatro para la Infancia y
la Juventud) galardonaba su obra La fiesta, reconociendo
así otra
de las grandes pasiones de Montserrat, a la que ahora no podemos
dedicarle
la atención merecida: la creación de espectáculos
de teatro
para los más jóvenes. Y así llegamos a otra fecha emblemática, el
inicio
de la década de los setenta, una década para muchos
prodigiosa
por los cambios que íbamos a vivir en todos los aspectos de
nuestra
vida social y cultural. Era el momento de la aparición de Chitina y su gato
(1970), con la que Montserrat del Amo mostraba una clara
consolidación
de su obra, donde la introspección de sus protagonistas
infantiles,
alejada de propósitos aleccionadores y enmarcada en una
visión
realista de peripecias cotidianas, se marcaba ya como una de las
principales
constantes a lo largo de su dilatada dedicación literaria. Con extrema concisión ofrecía en este breve
relato
un delicado retrato de la experiencia de una niña que, en la
búsqueda
de su gato por un jardín, descubre el modo de vencer sus miedos
a
la noche: Las estrellas se echaron a reír. Al año siguiente, Montserrat del Amo iniciaba con Aparecen
los Blok (1971) una serie, cuyo protagonismo colectivo venía
alentado
por una nueva sensibilidad social y por un claro propósito de
presentar
a sus personajes con unos claros rasgos actuales y de fácil
identificación
por parte de los lectores infantiles y juveniles de aquel momento.
Conforme
a ese plan situaba las peripecias de esa pandilla en una barriada de
reciente
construcción en las afueras de una gran ciudad y
repartía,
además, los papeles de ese protagonismo entre dos chicos y dos
chicas,
entre los que destaca la más pequeña, Mari-Pili, cuya
timidez
e ingenio se convierten en decisivos a la hora de resolver los asuntos
a
los que se enfrentan estos amigos. La serie, contó con ocho
títulos 8,
mantenidos a lo largo de aquella década de los setenta, con una
clara
aceptación por parte de sus destinatarios. La propia autora explicaba, años más tarde, las
cualidades
y los peligros de este tipo de series y caracterizaba así su
interés
personal a la hora de desarrollar esta serie de aventuras 9: El hecho de configurar el relato en torno al grupo, protagonista colectivo, no parece ser obstáculo para que el autor intente, y llegue a conseguir en ocasiones, la matización de sus personajes, el equilibrio del argumento y la perfecta adecuación del estilo, cuando se trata de una obra única. Resulta especialmente expresivo para tratar temas de marginación social, presente o pasada, sin que necesariamente los rasgos que caracterizan al grupo vengan a desdibujar los personales de los individuos que lo forman. Pero cuando el grupo protagoniza
una serie de relatos, sí que me
parece
advertir una tendencia generalizada a la tipificación, tanto en
personajes
y argumentos como en géneros y técnicas narrativas, lo
que
limita la originalidad y reduce la calidad literaria en mayor o menor
grado.
Superando esas posibles tipificaciones, Montserrat del Amo
completaba
esas reflexiones “a posteriori” sobre su personal incursión en
el
género defiendo la facilidad de lectura, el predominio del
lenguaje
coloquial, la proximidad con la vida real y las experiencias vividas
por
los protagonistas, como razones para una primera experiencia grata con
la
lectura y el inicio de una afición que necesita consolidarse con
el
paso del tiempo y el ejercicio de la práctica lectora. Poco cabe añadir a estas reflexiones para caracterizar
esta
particular serie de unos protagonistas infantiles que utilizan las
hojas
de un blok —de ahí el nombre de la pandilla— para pasarse los
mensajes
que les van a guiar en sus aventuras, vinculadas siempre a temas de un
cierto
carácter social. Son los años también de La torre (1975),
merecedora
del Premio Nuevo Futuro, con una cuidada edición ilustrada por
Miguel
Ángel Pacheco y publicada por la Editorial Miñón
en
unos momentos donde trataba de revolucionar el concepto del libro
infantil
ilustrado. El final de la década de los setenta estuvo marcado por
dos
interesantes hechos con una clara proyección en los años
posteriores: * La inauguración de una nueva etapa en los Premios
Nacionales
de Literatura Infantil y Juvenil. * La convocatoria del I Simposio Nacional de Literatura
Infantil,
por la Subdirección General del Libro, del Ministerio de
Cultural. Ambos contaron con la presencia de Montserrat del Amo. En el
primero,
como ganadora por su obra El nudo, y en el segundo, como una de
las
invitadas a aquel encuentro donde se reunieron –o nos reunimos, para
mayor
propiedad– representantes de todos los sectores implicados en la
creación,
promoción y difusión del libro y de la literatura
dedicados
a la infancia y a la juventud. Esa presencia social de Montserrat del Amo como figura
imprescindible
en aquellos momentos de renovación quedaba avalada,
además,
por su incorporación al primer Comité Ejecutivo de la
Asociación
Española e Amigos del IBBY, que años más tarde
cambiaría
su nombre por el actual de Amigos del Libro Infantil y Juvenil, o por
su
participación en el II Simposio Nacional de Literatura Infantil
y
Juvenil (Las Navas del Marqués, 1982), o en los posteriormente
convocados
por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez
desde
un claro propósito de recuperar esas reuniones de representantes
de
todos los sectores implicados en esta compleja problemática de
la
llamada LIJ. Y no quiero dejar de olvidar su presencia como responsable
del
área de animación lectora, y profesora de los temas
relacionados
con la narración oral en las 37 campañas que el
Ministerio
de Cultura organizó, llevando así a la práctica
una
de las recomendaciones del Simposio de El Paular (1979), para
promocionar
la lectura entre los escolares españoles a partir del
funcionamiento
y desarrollo de las bibliotecas escolares. Pero volvamos a su obra, ahora ya en un momento donde nos
encontramos,
tal como indiqué antes, con una figura indiscutible –pese al
disgusto
de alguno, pues no en vano nos encontramos en España y su
especial
gusto por uno de los denominados pecados capitales– en el panorama de
la
Literatura Infantil Española en el momento de la
transición
de siglo. Si repasamos su amplia, amplísima, relación
bibliográfica
podemos constatar como no hay ningún tema extraño o
rehuido
voluntariamente por Montserrat. Son más de treinta
títulos
los publicados por Montserrat desde 1980 hasta hoy mismo, con lo que
podemos
considerar como un ritmo lento y seguro en su producción. Pero
es
que, antes que nada, no abandona nunca su personal autoexigencia, ni se
deja
vencer por el discutible éxito de lo fácil y rentable.
Así, en esta producción más reciente
encontramos
desde el tratamiento literario de los conflictos en el desarrollo
psicológico
de sus personajes y de determinadas vivencias íntimas, como la
niña
que descubre y supera los primeros miedos, en Chitina y su gato
(1970),
hasta la evolución más compleja, en lo personal y en lo
social,
de las experiencias de un minusválido psíquico, en Piedra
de toque (1983), donde el gusto de la autora por la
recreación
costumbrista añade credibilidad a las relaciones de ese
personaje
con su entorno. O la originalidad de la situación de partida en Animal
de compañía (1996), o la gracia sencilla de Álvaro
a su aire (1998). También se ha mantenido fiel a su particular concepto
de
la ambientación o recreación de determinados asuntos
históricos,
a modo de pretextos para facilitar a sus lectores una mejor
comprensión
y un conocimiento de aquellas realidades, a la vez que anima esas
recreaciones
históricas con la presentación de problemas personales de
clara
vigencia. Y son ya clásicos ejemplos de esta corriente de obras
la
interpretación
novelesca que hace Montserrat de los orígenes de nuestro
país,
unida a la lucha por la identidad como pueblo que asumen los
protagonistas
centrales de La piedra y el agua (1981), o cuando centra el
desarrollo
de la historia en la evolución del personaje central de El
fuego
y el oro (1984), ambientada con el trasfondo de la búsqueda
del
oro en la alquimia medieval, presentado todo ello en una estructura de
narración
abierta. Y así llegamos hasta las más recientes de Andanzas
del Cid Campeador (2006), o “Mesonero Romanos”, su
aportación
a la obra colectiva Homenaje a los niños del 2 de mayo
(2008). Antes aludí al auge actual de la narración oral
—de
los llamados cuentacuentos— y como Montse ha sido también uno de
sus
más preclaros precedentes. A ello ha contribuido también
con
su declarado gusto por la recreación literaria de los elementos
característicos
en los relatos de transmisión oral, interés creador que
ha
animado sus volúmenes titulados Cuentos para bailar
(1982), Tres caminos (1983) y Cuentos para soñar
(1986). Pero quizá el núcleo más importante de
esta
más actual época creadora es su fidelidad a los temas
sociales
y humanos, a las relaciones personales en ambientes culturales bien
distintos,
como avalan desde El abrazo del Nilo (1988) a La casa
pintada
(1990), o El bambú resiste la riada (1996) y Los
hilos cortados
(2002), hasta el más simpático y castizo La Plaza de
España
(2005). Este rápido repaso a sus más recientes obras,
sin
duda bien conocidas por este auditorio, quiero cerrarlo destacando la
habilidad
y la maestría de Montserrat del Amo en una serie de aparentes
obras
menores, pero donde sabe desarrollar contenidos de auténtico
calado
con el simple recurso del apoyo en sencillas canciones populares, como La
reina de los mares (2003), Al pasar la barca (2004), Cucú
cantaba la rana (2006), Al
alimón (2007), Al
cocherito leré
(2007) y Tengo una muñeca vestida de azul (2008). Es una
serie
aún abierta de la que nuestra autora habla con tanto
ilusión
bien
satisfecha, como si se tratase de sus primeras creaciones dedicadas a
un
público
tan especial como es el de las primeras edades. Por todo esto, Montse sigue deleitándonos con esa
visión
de tu mirada pura e ilusionada y déjame cerrar con un final de
cuento,
de esos que a ti te gustan, y con el que he cerrado en otras ocasiones
otras
conferencias, ahora un poco modificado: Y Montse va por un caminito,Notas: 1. La
novela está dividida en tres apartados: Pasado, Presente y
Futuro. El primero
cuenta las vivencias de los protagonistas durante la guerra y su
posterior
ingreso en la Escuela de los Hombres Nuevos, donde ingresan otros
jóvenes hasta
el final de la guerra. El Presente, núcleo central de la
acción, se desarrolla
con un salto en el tiempo de los doce años empleados en la
formación de los
jóvenes elegidos como tales “Hombres Nuevos” y la posterior
tarea de la que son
encargados: destruir una vieja ciudad del país vencido para
levantar otra más
moderna. El Futuro es sólo un breve capítulo donde los
protagonistas son
presentados —en un texto bien revelador de la ideología de la
época— ante la
responsabilidad de conseguir un mundo mejor. 2. F. Cendán, ob. cit., pp. 204-207. 3. Su
primera dotación económica fue de 50.000 pesetas para la
modalidad de autores y
de 25.000 pesetas para la de ilustradores. El primer ilustrador
premiado fue
José Francisco Aguirre, por su labor para El libro del
desierto. La
primera editorial galardonada fue Mateu, de Barcelona, por el conjunto
de sus
publicaciones infantiles y juveniles. 5. Esa misma promoción queda reflejada en la
lista de ilustradores
premiados también entonces: José Francisco Aguirre
(1958), Rafael Munoa (1959
), Jiménez Arnalot (1960), José Narro (1961), José
Picó (1962), Celedonio
Perellón (1963), Daniel Zarza (1964), Asun Balzola (1965), Luis
de Horna
(1966), Riera Rojas (1967), María Rius (1968), Femando
Sáez (1969) y Felicidad
Montero (1970) (Aa. Vv., Premios Nacionales 1958-1988. Libro
infantil
y juvenil. Madrid: Asociación Española de Amigos del
Libro Infantil y
Juvenil, 1988, pp. 9 y 49-50). 6. La
autora se permite un cierto juego al ubicar la residencia de esa
familia en su
propio domicilio de aquellos años, detalle incluido en el
tercero de estos
volúmenes, y el juego entre estos hermanos recuerda sus propias
experiencias
personales. 7. El padre lleva a los dos chiquillos a visitar una
gran catedral, en
compañía de un sabio famoso, como guía obligado
por su empresa. Tras la ilusión
inicial, pronto el cansancio y el aburrimiento se apoderan de los
pequeños que,
con gran sorpresa, descubren la figura del protagonista de su cuento
más
querido entre las figuras recreadas en sus capiteles. Ante tal
interés, el
sabio visitante –que resulta ser historiador y arqueólogo–
promete a los niños
encontrar la historia del Sentao y los Reyes Magos. Días
más tarde reciben una
carta con la historia del Sentao de la Catedral de Villafranca, dando
así paso
al relato central de este volumen. 8. Tras el inicial ya citado, vendrían Alarma
en el tren
(1971), Los Blok dan en el blanco (1972), Los Blok
descifran la clave
(1972), Los Blok y la bicicleta fantasma (1973), Festival
Blok
(1973), Pistas para los Blok (1974), Los Blok se embarcan
(1975)
y Excavaciones Blok (1979). 9. Montserrat del Amo, "El grupo como protagonista", en
Aa.
Vv., Corrientes Actuales de la Narrativa Infantil y Juvenil
Española en
Lengua Castellana. Madrid: Asociación Española de
Amigos del Libro Infantil
y Juvenil, 1990, pp. 79-81.
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