Ilustración de Esperanza Vallejo
Como todos los días
Irene Vasco
Bogotá: Educar, 1998
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Mentir
María
Teresa Andruetto
Qué puede hacer una niña tímida, de ocho, nueve,
diez años, que tiene nariz grande, piernas flacas, ropa deslucida
y que se sabe invisible para sus compañeras de grado? ¿Qué
puede hacer esa niña a la que su madre ha contado cuentos cuando
ella era la niña de la niña que hoy es, sino leer, leer desaforadamente
todo lo que hay en su casa? ¿Y qué hay en su casa? Una mezcla
de Twain y D´Amicis, de Stevenson y Tagore, de Dumas y Olegario Andrade,
de Collodi y Kempis, una edición bellísima de El Quijote,
varios Shakespeare en las ediciones populares de Tor, una Divina Comedia,
un Decamerón, muchos libros sobre cooperativismo, muchas
biografías y relatos de viaje, una colección de literatura
política argentina que tiene desde Alberdi a Monteagudo, desde Moreno
a Mansilla, con todo Sarmiento y todo Echeverría, y, sobre todo,
mucha y buena literatura informativa, enciclopedias, diccionarios, historias
universales y argentinas, historias de la música, del arte, de la
fotografía, de la filatelia... porque no era la literatura, sino
el conocimiento lo que primaba en la casa y había que saber, saber
cómo se hacen las cosas, cómo está compuesto el universo,
cómo se generó la vida en la Tierra... porque los libros
tenían un sentido utilitario y tal vez no hiciera falta leer una
novela, pero cómo ignorar la evolución de la pintura desde
Altamira hasta Picasso. Y yo, la niña que yo era, iba por esos libros
inmensos que, sin duda, no comprendía, con el mismo desparpajo,
con la misma irreverencia con que transitaba por las fotonovelas
–Nocturno, Chabela, Idiliofilm– que había,
a montones, en la casa de mi amiga Rosa, o por las hojas teñidas
de sangre de la revista Así en las que el carnicero envolvía
la carne que me habían mandado a comprar. Todo tenía para
la imaginación de mis ocho, mis diez años, el mismo valor,
porque yo iba por esos libros y diarios y revistas, buscando anécdotas,
historias, para contárselas a mis compañeras de grado, historias
que, mentirosa, contaba como propias. Iba a la escuela cada mañana,
y en el recreo largo, me sentaba en un banco de cemento, en el patio, y
les contaba a mis compañeras de entonces algo que había
leído el día anterior, una historia que alargaba o modificaba
a mi antojo, para agregar suspenso o acabar a tiempo para regresar al aula.
Ellas no sabían que esas historias no me pertenecían, que
se trataba de episodios robados a los libros, y yo sentía por eso
una inmensa vergüenza, pero lo mismo contaba, como un vicio cuya marcha
no podemos detener, yo contaba. Lo que no sabía era que en aquellas
historias narradas para que me quisieran mis compañeras de grado,
yo estaba ejercitándome ya en esta pasión, en este delicado
hacer, en esto que Abelardo Castillo llama el oficio de mentir.
María Teresa Andruetto,
escritora argentina, interviene desde hace más de veinte años
en el campo de la literatura infantil y juvenil. Fruto de esas reflexiones
es el libro Hacia una literatura sin adjetivos. Ha publicado también
narrativa, poesía y teatro para adultos y libros para niños
y jóvenes entre los que se encuentran El árbol de lilas,
Stefano, El anillo encantado, Veladuras, Trenes,
Huellas en la arena, Benjamino, La mujer vampiro y
la serie para primeros lectores Fefa es así.
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