|
|
Nosotros |
|
|
|
|
|
Dos miradas a Mi última clase,
de Daisy Valls
Al leer el texto, resulta difícil no recordar la excelente
novela La jaula del unicornio, de la también autora cubana
Hilda Perera, una obra en la que se recrea la incierta situación de
los inmigrantes ilegales centroamericanos en la década de 1980. Pero
lo que en la obra de Perera era una amenaza, una espalda de Damocles que pende
todo el tiempo sobre la adolescente protagonista y su madre, en este relato
de Daisy Valls se concreta: se materializa en la dura realidad que están
experimentado hoy muchos latinoamericanos afincados en los Estados Unidos:
el desmembramiento de las familias cuando alguno de sus integrantes es deportado
a su país de origen, y los hijos quedan solos y en una situación
sumamente vulnerable, injusta y traumática. No fue una tarea fácil la que se propuso Daisy Valls al escribir
el relato Mi última clase, ganador del certamen literario Migraciones:
Mirando al sur, convocado por el Centro Cultural de España en Miami.
Por el tema escogido, corría el riesgo de caer en el terreno de lo
panfletario y lo melodramático. Pero, con oficio y sensibilidad, logró
sortear esos y otros peligros. En este libro se narra el drama de una niña, Solángel,
que contempla, con asombro y desgarramiento, cómo su infancia termina,
no solo por la edad, sino por los problemas que debe enfrentar. Hija de una
pareja de inmigrantes ilegales hondureños, esta preadolescente, nacida
y crecida en la ciudad de Miami, que sueña con su fiesta de quince
años, ha visto desmoronarse el matrimonio de sus padres y ahora, en
un presente ineludible, debe despedirse de las cosas que más quiere
en el mundo: su casa, su barrio, su escuela, sus amigos... y su madre, quien
ha sido deportada por la policía migratoria a su país de origen.
Esta situación obliga a la niña y a su hermano a mudarse a
otro estado para vivir junto a su padre, con el temor de que este también
pueda ser localizado por "la migra" y retornado a Honduras. A partir de este motivo, Daisy Valls construye Mi última
clase en un tono nostálgico e introspectivo, pero portador de
una fuerte carga emocional y de una efectiva denuncia a una cruel realidad
que demanda ser transformada. Uno de los principales aciertos del relato es el uso de la primera
persona en la voz narrativa. Con veracidad, delicadeza y un cuidadoso lenguaje
poético, la autora profundiza en el universo sicológico de
Solángel, conduciéndonos a través de un monólogo
interior, estructurado con gran sensibilidad, que oscila todo el tiempo entre
el pasado y el presente, entre lo real y lo imaginario. Los personajes adultos
que rodean a la protagonista y que se relacionan con ella la colocan ante
dilemas éticos y sociales que la inducen a reflexionar y a pronunciarse
acerca de ellos, en un acelerado proceso de maduración emocional y
sicológico. Los contenidos que imparte la profesora Valle (un álter ego,
sin duda, de la propia Valls) durante la última clase a la que asiste
Solángel y la tarea que encarga a sus alumnos de escribir sobre el
tema de por qué es importante mejorar las condiciones de los niños
en todos los rincones del mundo, se convierten en una suerte de sin sentido
para Solángel, quien se cuestiona lo que escucha y lo que lee a la
luz de las contradictorias circunstancias que atraviesa. El Pájaro Azul –un préstamo y un homenaje a la obra
homónima de Maurice Maëterlinck– se convierte en un símbolo
esperanzador en medio de la tragedia que enfrentan la protagonista del relato
y miles de niños hijos de inmigrantes ilegales. Después de varios años sin leer nuevas creaciones de
Daisy Valls, Mi última clase nos permite ratificar que la vocación
de esta autora por la prosa poética, la exploración de los
nexos entre lo real y lo imaginario y su atracción por los personajes
de acendrada humanidad (evidenciada anteriormente en libros como El
monte de las yagrumas y El cuento del tomillar), se mantiene intacta.
Felicito a Daisy Valls por su merecido premio, resultado de su indudable talento, pero también de su trabajo actual como educadora, de una experiencia directa en las aulas que le ha permitido recrear con veracidad y ternura el mundo de su heroína. Que no tarden en aparecer nuevas obras suyas.
Mi
última clase: nueva primavera creativa Usaré una soleá para empezar. Decía y escribía
nuestro paisano don Antonio Machado que Se miente más de la cuenta Daisy Valls ha realizado una hazaña literaria. La que más
nos puede emocionar a los maestros y profesores. Ha inventado tesoneramente
y con mucho oficio una verdad poética de las que no se olvidan. Ha
partido de un mundo al que no se le da la debida y fundamental importancia
y se tiene en poco en nuestras sociedades: la escuela pública. Una
escuela de barrio que sirve a familias humildes y trabajadoras. Ha partido de un aula –su siempre acogedora aula–, de una maestra
dedicada, inteligente, dulcemente irónica y cautivadora. Y, por supuesto,
de una alumna muy especial. Y ¿por qué?, se dirán ustedes... para hacerla No nos olvidemos de los personajes varones. Hay algunos –y ahora
paso a la literatura juvenil europea– que comparten muchos rasgos de carácter
con Solángel. De toda la memoria, sólo vale Daisy, de todas las ficciones las que más nos valen y nos
hacen mejores son las que, como tu cuento, nos regalan el don preclaro de
evocar nuestros más escondidos y recónditos –pero no menos
deseados– sueños. Gracias. Lo has conseguido.
|
|
|