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Mi última clase
Daisy Valls
Ilustraciones Flora Cohen 
Centro Cultural Español de Miami
Ciudad de México, 2009


 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

  Dos miradas a Mi última clase, de Daisy Valls


A la espera del Pájaro Azul
Sergio Andricaín


En estos momentos, en que numerosas organizaciones a favor de los derechos de los emigrantes latinos reclaman al gobierno de los Estados Unidos una reforma que les permita regularizar su situación en el país donde llevan años trabajando, y en el que han nacido y estudian sus hijos, una obra como Mi última clase, de la escritora cubana Daisy Valls, reviste especial significación por su inteligente y humano acercamiento a ese tema.

Al leer el texto, resulta difícil no recordar la excelente novela La jaula del unicornio, de la también autora cubana Hilda Perera, una obra en la que se recrea la incierta situación de los inmigrantes ilegales centroamericanos en la década de 1980. Pero lo que en la obra de Perera era una amenaza, una espalda de Damocles que pende todo el tiempo sobre la adolescente protagonista y su madre, en este relato de Daisy Valls se concreta: se materializa en la dura realidad que están experimentado hoy muchos latinoamericanos afincados en los Estados Unidos: el desmembramiento de las familias cuando alguno de sus integrantes es deportado a su país de origen, y los hijos quedan solos y en una situación sumamente vulnerable, injusta y traumática.   

No fue una tarea fácil la que se propuso Daisy Valls al escribir el relato Mi última clase, ganador del certamen literario Migraciones: Mirando al sur, convocado por el Centro Cultural de España en Miami. Por el tema escogido, corría el riesgo de caer en el terreno de lo panfletario y lo melodramático. Pero, con oficio y sensibilidad, logró sortear esos y otros peligros.

En este libro se narra el drama de una niña, Solángel, que contempla, con asombro y desgarramiento, cómo su infancia termina, no solo por la edad, sino por los problemas que debe enfrentar. Hija de una pareja de inmigrantes ilegales hondureños, esta preadolescente, nacida y crecida en la ciudad de Miami, que sueña con su fiesta de quince años, ha visto desmoronarse el matrimonio de sus padres y ahora, en un presente ineludible, debe despedirse de las cosas que más quiere en el mundo: su casa, su barrio, su escuela, sus amigos... y su madre, quien ha sido deportada por la policía migratoria a su país de origen. Esta situación obliga a la niña y a su hermano a mudarse a otro estado para vivir junto a su padre, con el temor de que este también pueda ser localizado por "la migra" y retornado a Honduras.

A partir de este motivo, Daisy Valls construye Mi última clase en un tono nostálgico e introspectivo, pero portador de una fuerte carga emocional y de una efectiva denuncia a una cruel realidad que demanda ser transformada.

Uno de los principales aciertos del relato es el uso de la primera persona en la voz narrativa. Con veracidad, delicadeza y un cuidadoso lenguaje poético, la autora profundiza en el universo sicológico de Solángel, conduciéndonos a través de un  monólogo interior, estructurado con gran sensibilidad, que oscila todo el tiempo entre el pasado y el presente, entre lo real y lo imaginario. Los personajes adultos que rodean a la protagonista y que se relacionan con ella la colocan ante dilemas éticos y sociales que la inducen a reflexionar y a pronunciarse acerca de ellos, en un acelerado proceso de maduración emocional y sicológico.

Los contenidos que imparte la profesora Valle (un álter ego, sin duda, de la propia Valls) durante la última clase a la que asiste Solángel y la tarea que encarga a sus alumnos de escribir sobre el tema de por qué es importante mejorar las condiciones de los niños en todos los rincones del mundo, se convierten en una suerte de sin sentido para Solángel, quien se cuestiona lo que escucha y lo que lee a la luz de las contradictorias circunstancias que atraviesa.

El Pájaro Azul –un préstamo y un homenaje a la obra homónima de Maurice Maëterlinck– se convierte en un símbolo esperanzador en medio de la tragedia que enfrentan la protagonista del relato y miles de niños hijos de inmigrantes ilegales.

Después de varios años sin leer nuevas creaciones de Daisy Valls, Mi última clase nos permite ratificar que la vocación de esta autora por la prosa poética, la exploración de los nexos entre lo real y lo imaginario y su atracción por los personajes de acendrada humanidad (evidenciada anteriormente en libros como El monte de las yagrumas y El cuento del tomillar), se mantiene intacta.

Felicito a Daisy Valls por su merecido premio, resultado de su indudable talento, pero también de su trabajo actual como educadora, de una experiencia directa en las aulas que le ha permitido recrear con veracidad y ternura el mundo de su heroína. Que no tarden en aparecer nuevas obras suyas.   



Mi última clase: nueva primavera creativa
Francisco Javier Usero Vílchez

Usaré una soleá para empezar. Decía y escribía  nuestro paisano don Antonio Machado que

Se miente más de la cuenta
por falta de fantasía:
también la verdad se inventa.

Daisy Valls ha realizado una hazaña literaria. La que más nos puede emocionar a los maestros y profesores. Ha inventado tesoneramente y con mucho oficio una verdad poética de las que no se olvidan. Ha partido de un mundo al que no se le da la debida y fundamental importancia y se tiene en poco en nuestras sociedades: la escuela pública. Una escuela de barrio que sirve a familias humildes y trabajadoras. 

Ha partido de un aula –su siempre acogedora aula–, de una maestra dedicada, inteligente, dulcemente irónica y cautivadora. Y, por supuesto, de una alumna muy especial.

Este día a día de lo que pasa en las clases de nuestros hijos es el cañamazo que sirve a nuestra autora para desovillar delicadamente el hilo de una conciencia juvenil que florece. Se llama Solángel Murillo. Daisy Valls nos muestra con sensibilidad y profundo conocimiento la intimidad de un yo en la encrucijada de la adolescencia. Llena de incertidumbres y de miedos (como todos nosotros), pero también plena de sed de vida y de ilusiones.

Me pareció ya desde que nuestra chef lo cocinaba (gracias por compartir desde un principio, admirada compañera) un libro de aventuras y de mucha acción (íntima, por supuesto). No porque aparezcan seres azulados o verdiamarillos ni dragones ni vampiros. Sino porque lo cotidiano se ha metamorfoseado por obra de la mera imaginación y de la fantasía en estado puro. Y esto no es poco ni creo que haya sido tarea sencilla. Solángel ha entrado, gracias a la mano de nieve de Daisy, en mi galería de personajes inolvidables.

Y ¿por qué?, se dirán ustedes...

Pues por varias razones que tienen que ver con cuatro personajes clásicos de la literatura.

En primer lugar, Solángel es empática y entiende a los que la rodean demasiado bien. Llega a justificar a los adultos cuando actúan (actuamos) mal. Y a pesar de ello, no llega a penetrar muy bien la causa de tanta torpeza en los mayores.

En segundo, es curiosa y aventurera y, por lo tanto, valiente. Nos gana para su causa desde el principio.

Por último, es fantasiosa sin boberías. De una manera muy intelectual y consciente. Su fantasía demuestra madurez pues le sirve para definirse en el mundo. La imaginación desbordante y su conciencia siempre alerta le sirven de escudo protector frente a un mundo imperfecto y, con frecuencia, hostil.

A mí, sin remedi,o me ha recordado a una niñita cubana del diecinueve que se perdió por la barranca de todos y comenzó a entender la vida. Pilar, la jovencita martiana, que se da perfecta cuenta de que Dios aprieta y puede ahogar de lo lindo. Y que nuestros caprichos deben aprender a esperar.

También me ha evocado a otra niña clásica. La  princesita dariana del poema
"A Margarita Debayle". Que se fue en busca de una estrella porque la quería ...

para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla,
y una pluma y una flor.

No nos olvidemos de los personajes varones. Hay algunos –y ahora paso a la literatura juvenil europea– que comparten muchos rasgos de carácter con Solángel.

El primero de ellos es Bastián Baltasar Bux, ese encantador muchachito alemán que huyendo de unos bullies (macarras, chulos, guapos) que le torturan busca refugio en una librería llena de fantasía.

Y el último protagonista clásico sería el Jujú de Ana María Matute. Este, como anda rodeado por tres mujeres que lo atosigan con su implacable cariño, debe inventarse un barco de ensueño en el caramanchón de la casa y acoge en él a un desconocido que huye de las injusticias de la vida.

Solángel reúne la empatía de Pilar (se esfuerza por entender los conflictos familiares que la envuelven), la inocente curiosidad de la princesita traviesa y angelical y, lo que nos cautiva por encima de todo, la búsqueda fantástica de su ideal. Ilusionante nos podrá parecer a unos. Quimérico y absurdo será para otros. Como Jujú y, en mayor medida, como Bastián, nuestra catrachita vencerá porque sigue el curso de su estrella sin desfallecer nunca. Ese es el valor de su ejemplo.

Trasciende (y no soy exagerado) a los cuatro y los sintetiza muy bien. Ese es otro gran logro de este libro: ha creado un personaje muy complejo que se desarrolla y crece ante nuestros ojos. Creo que se halla mucho más próximo a nuestra sensibilidad contemporánea. Solángel es moderna y vive este mundo convulso que ni ella ni nosotros hemos elegido. Y se enfrenta a él con corazón puro y la coraza áurea de su fantasía. Y su corazón pascaliano sin necesidad de leer a Pascal va desgranando razones que la razón lógica nunca ha conocido. Razones de mucho peso moral. Irrefutables.    

Por supuesto, he leído el libro con fruición muchas veces y más veces lo he de leer. En la pública y bendita intimidad de mis futuras clases. Y le prometo a la autora que su criatura poética ha de realizar la empresa que solo para Solángel estaba guardada. La de despertar la sensibilidad de muchos de nuestros alumnos, de hacerles más empáticos, más valientes y curiosos, más fantasiosos... Más ellos mismos.

Porque Mi última clase es un libro lleno de verdad íntima y poética, de verdaderas evocaciones y de sueños posibles. Y como el meláncolico don Antonio empezó, dejémosle a él terminar cuando nos recordaba que

De toda la memoria, sólo vale
el don preclaro de evocar los sueños.

Daisy, de todas las ficciones las que más nos valen y nos hacen mejores son las que, como tu cuento, nos regalan el don preclaro de evocar nuestros más escondidos y recónditos –pero no menos deseados– sueños. Gracias. Lo has conseguido.


Daisy Valls, poeta y narradora cubana, es licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad de La Habana. Ha publicado los libros para niños y jóvenes El monte de las yagrumas (1988) y El cuento del tomillar (1997). Con Mi última clase ganó el concurso de cuento para niños Migraciones: Mirando al sur 2010. Actualmente se desempeña como profesora en Miami, Estados Unidos.

Sergio Andricaín, autor e ivestigador literario cubano, es licenciado en Sociología en la Universidad de La Habana. Ha publicado libros como Arco iris de poesía (2008), Libro secreto de los duendes (2008), ¡Hola! que me lleva la ola (2005) e Isla de versos: poesía cubana para niños (1999). Reside en los Estados Unidos
 
Francisco Javier Usero Vílchez nació en Estepona, España. Licenciado en Filología en la Universidad Nacional  de Educación a Distancia. Ha publicado en periódicos y revistas de España como  El País, Sur de Málaga, Andalucía Educativa y Trabajadores de la Enseñanza. También ha colaborado con la revista literaria Baquiana, que se publica en Miami.

Textos leídos en la presentación de Mi última clase, de Daisy Valls, el 12 de abril de 2010, en el Centro Cultural Español de Miami, Estados Unidos.

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