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Lectura de poesía
en la escuela: El pez que no se ve María Cristina Ramos Copa de mar (María Cristina
Ramos) Desde la cuna, desde la galería de espacios de trabajo o
de esparcimiento que madres y padres transitan y comparten, llega la palabra
y su música, sus cloqueos sonoros, sus intensidades y susurros. En
la vertiente del aire la palabra es también juego y ritmo que siembra
la apetencia por lo sonoro, esta hambre de descubrir componentes de sentido
investidos en palabras. Y convoca también al balbuceo; se inicia entonces
el goce de recibir en lo corporal el impacto sonoro de la propia voz. Una familia, que pueda dar contención, acompaña poniendo palabras a los sucesos, a la realidad, aprobando o desaprobando desde las convenciones de la convivencia, marcando con la mirada o la sonrisa o el enojo los rumbos para avanzar. Pero no conoceremos aún la posibilidad de verbalizar la calma o el vértigo, la inquietud o el miedo, la duda y la valentía, la búsqueda de respuestas y la inquietud de las dudas. Y estaremos entre una y otra realidad intentando saber quiénes somos sin encontrar las palabras para entender lo que nos sucede. La poesía puede ofrecer el cauce para nuestra búsqueda, puede acompañar el impulso de esos y otros movimientos de nuestra realidad subjetiva. Puede acompañar a recorrer lo no explorado, lo no acabadamente dicho, y por ser palabra investida de luz y de sombra, dará cabida a lo emotivo, y lo hará visible y casi abarcable. Dice Jacques Roubaud en una entrevista: La poesía tiene una función especial, tanto para quienes la componen como para quienes la reciben. La poesía ofrece a los individuos lo que es más precioso en su idioma, la memoria de la excelencia. La poesía no apunta a contar esto o lo otro, a demostrar una u otra tesis política, sino que apunta a hacer que el lazo de cada individuo con esa memoria, con su idioma, sea lo más precioso posible. La poesía por ser despliegue y reticencia, perfil y niebla,
ofrecerá también territorio para entrar en diálogo
con nosotros mismos. Cómo hablar de una vida de tristeza si no es
diciendo algo como: Tengo los huesos hechos a las penas
Quiero a la sombra de un ala Pero no solo esto que venimos diciendo desde siempre sino la posibilidad
que tienen los poetas de crear mundos donde todo es posible, y misterioso
y bello: Dicen que
La viborita
Maneras de jugar La poesía me conforta los sentidos, y eso que llaman el alma; pero la ajena mucho más que la mía. Ambas me hacen correr mejor la sangre; me defienden la infantilidad del carácter, me aniñan y me dan una especie de asepsia respecto al mundo.
Estas palabras
La subjetividad se va configurando con lo que decanta de cada día,
de cada relación, de cada estímulo del entorno social. ¿Cómo
descubrir la dimensión de cada uno si en los otros no hay reflejo
posible, no hay eco que ilumine, si la mirada de los otros no posibilita
la conciencia de analogías o diferencias, si la mirada de los otros
no ayuda a registrar los indicios de la propia subjetividad? ¿En cuántas experiencias educativas se contempla el
espacio para el autoconocimiento, en cuántas experiencias se admiten
la vacilación, los cambios, el decirse y el desdecirse como avatares
del camino hacia uno mismo? ¿Qué relevancia tiene la
construcción de la subjetividad en el ámbito de la escuela?
El tiempo dedicado a lenguajes estético-expresivos, en experiencias
creativas, debiera ser una respuesta. Y lo sería si esas propuestas
fueran frecuentes y concientes. Lo serían si no estuvieran atenidas
solamente a fechas precisas, a los actos patrios, o cuando se hace necesario
engalanar la escuela o mostrar resultados. Lenguajes expresivos en experiencias
creativas donde el docente esté aportando la visualización
de la zona próxima del desarrollo, desplegando pasos posibles o alternativos
que permitan crecer en la expresión y caminar hacia el arte. La poesía está en la escuela, muchas veces, jugando
a las escondidas con algunos docentes que le temen, apareciendo en las pocas
escrituras de los chicos, asomándose en la mirada de mundo de los
más pequeños. Y también está en la escuela de fiesta, de la mano
de los docentes que la disfrutan y que la comparten. Y también en
las bibliotecas donde ya no es una rara avis sino una presencia que ocupa
lugar al lado de libros de narrativa o de información, y a veces
también en frisos o tarjetas, o sosteniendo los dibujos de los chicos.
Pero sigue pagando el tributo de la diferencia. Pocas escuelas sostienen programas de lectura. Pocos programas de lectura sostienen la poesía. Sigue estando aprisionada en una o dos semanas de clase, a veces deambulando en ratitos de un mes. A veces expulsada de todo tiempo escolar posible. Hay frases que se siguen escuchando en lo cotidiano escolar y no escolar: La poesía es para las mujeres / No sé por qué lo dicen así, no se entiende / Tiene que tener rima, si rima es poesía / Ah, y alguna metáfora y comparación / Este año no doy poesía porque no está en la currícula de sexto / Imposible; no me dan los tiempos / Poesía tocó en abril ahora estoy a full con cuentos de terror… Creo que en parte se la sigue pensando como pérdida de tiempo,
como algo sin sustancia que quita tiempo a lo “realmente importante”. Tal
vez nos han quedado resabios de una época en que todo lo salido de
la norma constituía una amenaza, época de libros prohibidos
y escritores emigrados o desaparecidos. Tal vez aún algo parecido
a la autocensura enciende alarmas cuando un texto no dice lo que dice sino
que “cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”
como afirmara Alejandra Pizarnik. Tal vez no nos hemos reencontrado del todo
con nuestro derecho a desplegar sensibilidades y plenitudes. Hay también otra realidad significativa en el ámbito de la escuela; otros materiales de considerable circulación. Son las antes llamadas carpetas didácticas, ahora libros para el docente o material complementario. Hay allí –salvo excepciones- textos que aparecen propuestos como material poético y que en realidad distan mucho de serlo. Se trata de textos fraudulentos, porque su intención es pseudodidáctica, se proponen en formato de poema, plagados de términos generalmente de ciencias naturales, escritos en algo parecido al verso. Por ejemplo: Verduras y Frutas La circulación de este material es una falta de respeto para
los chicos y una interferencia para los que intentamos compartir el gusto
por la poesía. Nadie que lea esos materiales creyendo que es poesía
se hará lector de poesía. La poesía cuenta con nuestra voz como medio ideal de llegada
a la sensibilidad de los chicos. La voz es una entrega, lleva en su
realidad etérea parte de lo que somos. La poesía debe encontrarse
con lo más musical de nuestra voz, con nuestro caudal sonoro, pero
modulado y sutil. Su belleza frágil puede sucumbir al grito y eclipsarse
con la indiferencia o el desánimo. En el poema habita un latido, un vuelo; hay que preparar para él
una campana de aire. Hay que descubrir ese vuelo y sostenerlo con nuestra
voz. Aun cuando leemos en silencio la voz del poema vuela en el espacio
interior hasta posarse en nuestra sensibilidad. Leemos cuando regresamos desde el fondo del texto impregnados de
un sentido que construimos entre su pulsación y nuestra sensibilidad.
Leemos cuando el aire de nuestra respiración puede tocar el texto
sin lesionarlo, leemos cuando nos ubicamos entre el texto y quienes nos escuchan
quitando relieve a nuestro ser individual, para generar un espacio posible
donde seguir significando. Cuando el fluir de nuestra voz se atempera y concibe
la media voz como una intensidad y lo exacerbado como un atropello. Cuando
nuestra voz pulsada con la intención de quien comparte algo luminoso,
elige el plumaje adecuado para que lo poético cobre vuelo. Retomo la idea de lo invisible, que dio pie a estas palabras que
estoy compartiendo con ustedes. La idea de lo invisible es algo potente
desde la sugerencia. Algo invisible no es algo inexistente, es algo que
algunos ven, puede ser inquietante o tranquilizador, confiamos mucho de
nuestras vidas a cosas invisibles. Pueden ser realidades acariciantes, certeras,
pero siempre habrá quien pueda y quien no las pueda ver, es
un misterio. Y la poesía es así, y con sobradas razones, la
poesía es arte y como tal, dice el poeta entrerriano Juan L. Ortiz,
"El arte no da cuenta del mundo para hacerlo comprensible, sino para devolverle
su sagrado misterio".
Deberíamos propiciar los momentos que permiten esta expresión
natural del niño en su medio. Los chicos leen si son leídos,
es decir, si están contenidos en la mirada del adulto que entiende,
del adulto capaz de recibir sus búsquedas, sus juegos, como manifestaciones
de una subjetividad que se va tejiendo en relación con su entorno.
El lector de poesía puede abrir un espacio para lo impredecible, lo que puede entrar a nuestro campo experiencial sin tener antecedentes. Desde la materia musical del lenguaje, desde su magnetismo sonoro, desde la circularidad de una estructura rítmica ronda un concepto, una mirada del mundo, un perfil no siempre contemplado de la realidad. Aquello que suma un espacio para aceptar hechos que no habíamos concebido y que pueden enriquecer la experiencia, sacarnos de una determinada regularidad, de las excesivas estructuras con las cuales tratamos de movernos en nuestra vinculación con el mundo. El lector de poesía va construyendo un territorio de apertura
a lo posible donde podrá también instalar el pensamiento hipotético,
la divergencia del pensamiento que pueda impulsarlo a investigar, la búsqueda
creativa en respuesta a situaciones nunca antes transitadas. Vamos a escuchar el poema El lagarto está llorando,
de Federico García Lorca. Es una interpretación, la música
añade el clima de esa interpretación. Y quiero compartirlo
para imaginar que nuestros alumnos han accedido a un clima parecido. El lagarto está llorando
Repertorios de preguntas, a veces larguísimos, tan frecuentes
en la escuela y que distan tanto de lo pedagógicamente valioso. Suelen
están destinados a vigilar la lectura o no lectura del texto, o bien,
buscan fijar algunos conceptos lingüísticos -con verde los sustantivos,
con rojo los verbos- pero no están orientados a promover o a desarrollar
la competencia literaria de los chicos. Por el contrario, pueden obturar
la posibilidad de llegar a lo poético, pueden impedir el contacto con
la apertura de la sugerencia, con la experiencia de la metaforización.
Quien se queda anclado en buscar la respuesta en la superficie textual no
puede ser encontrado por los sentidos que corren subtextualmente y que revelan
siempre algo más. Quien tiene que rastrear buscando la respuesta a
estas preguntas no puede hacer su camino personal de lectura, ni recibir
los soplos de belleza de un poema, ni la compensación de algo creado
en complicidad con su imaginario. Si el mediador, en cambio, confiere el tiempo
de exploración necesario, y tutela el encuentro, otra será la
suerte del lector, porque entonces leerá poesía con la naturalidad
de quien se adentra en un bosque luminoso y probará en sí mismo
la posibilidad del arte. Si el docente lee y relee, si antes de leer leyó, para sí,
varias veces hasta reconocer y entender la pena de los lagartos, parecida
a aquella de los niños o las niñas cuando algo querido se
pierde, cuando algo pequeño y valioso desaparece, cuando algo que
connotaba una unión afectiva se va por el agua y nos deja desprotegidos,
encontrará la voz del decir, se hará uno con el color emotivo
del poema. Si cada lector dispone de un tiempo personal para la lectura podrá
entrar en sus espacios, poblarlos con la circulación de otros sentidos,
que se le irán revelando a medida que lee. Entre una y otra idea,
la evocada por el poema y la creada desde la lectura, hay un mundo para ser
habitado con las señas de cada uno de los lectores, hay un espacio
donde proyectar el propio imaginario, con el consentimiento que sustenta
el devenir de lo poético. La edición de libros de poesía es mucho menor en número que la de narrativa, pero es aún más preocupante que no se favorezca la circulación de los ya editados. Un buen lector de poesía encuentra qué leer, qué compartir, buceando en libros de poesía, no necesariamente publicados para niños. En estos tiempos de disfrute de la banalidad, hay mucha oferta de
libros de consumo, aportes nuevos a viejas quietudes o distorsiones paupérrimas
de los clásicos. Dice Andrés Ibáñez (Madrid 1961),
novelista, dramaturgo y docente: La literatura comercial y de mero entretenimiento, cuya existencia no sólo es inevitable sino también absolutamente necesaria dentro del gran ecosistema que es la Literatura en general, está invadiendo todas las áreas del mundo editorial al tiempo que sufre un espectacular y al parecer imparable descenso de calidad y de rigor. En todas las épocas ha existido literatura de entretenimiento, que ha ido desde la basura deleznable hasta obras maestras como La isla del tesoro o La piedra lunar, pero la literatura de entretenimiento de nuestra época ha descendido, en general, hasta unos niveles de exigencia verdaderamente ínfimos. Porque comparados con los best sellers de hoy en día, los de los 60 o los 70 (obras como El padrino, de Mario Puzo; Tiburón, de Peter Benchley, o Misery, de Stephen King, dejando aparte a los grandes autores como Nabokov, Updike, Mailer o García Márquez que también resultaron best sellers) son, en verdad, alta literatura. De modo que el problema quizá no sea exactamente la literatura de consumo, sino su decadencia. No que haya tanta literatura de consumo, sino que la literatura de consumo sea tan mala. Pero por suerte, o por necesidad de excelencia, hay otros libros
de aporte más fecundo, para otras necesidades, para quienes saben
de la importancia del arte y lo necesitan para vivir. Creo que el verdadero
artista confía en el ser humano, en su poder de superación,
en la lucidez de su mirada, en su deseo de libertad, y a ese mar de posibles
arroja, esperanzado, su obra. Si bien en la actualidad la mayoría de
los intercambios apuestan a la velocidad, a lo menos extenso, a lo menos profundo,
a lo poco complejo, la poesía necesita anidar en un espacio-tiempo
diferente, que permita recalar en el terreno de la subjetividad. No me refiero a prácticas de escritura que procuran restringir la necesidad expresiva de los chicos a un esquema métrico como puede hacerlo un poeta. No ganamos terreno educativo si los chicos escriben en verso. Un poeta es un artífice de la palabra, un equilibrista del sentido; los chicos y chicas de la escuela pueden escribir textos poéticos pero las más de las veces en que son obligados a escribir en verso y con rima no rozan siquiera lo poético, y su tarea se convierte en un esfuerzo inútil para responder a una consigna fallida. Lo poético sigue siendo misterio, no es capturable, es cuestión de escribir hasta que la respiración de lo poético aparezca y despliegue su plumaje. Tanto un poema como un buen texto narrativo surgirán como resultado de un largo camino de escritura, y cuando aparezcan lo celebraremos sabiendo que todos los intentos anteriores valieron la pena. La palabra poética nació para abarcar parte de lo
inabarcable, parte de ese mundo de las cosas y de los hechos que están
cargados de lo inasible humano, de lo psíquico y lo espiritual. La escuela es y debe seguir siendo el lugar fundamental para la formación de lectores cada vez más calificados; hemos recuperado la lectura, queda insistir en este camino y queda mediar para que el nivel de lectura vaya superándose poco a poco, acompañando las exigencias de nuestro tiempo. Por esto hay que volver a leer poesía, por esto y porque el acceso de todos al arte, a la belleza, nos compensará con una sociedad capaz de encontrarse en perfiles más dignos, en realizaciones colectivas más plenas. Nos seguiremos acompañando, maestros, bibliotecarios, mediadores, familias, en la cotidiana conciencia de la necesidad de la poesía como espacio vital para la subjetividad, para poner palabras a la constitución a veces paradojal, a veces desmedida, hiperbólica, de nuestro bellamente humano mundo emocional.
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