Cuatrogatos libros para niños y jóvenes
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A Young Farm Girl 
Óleo de Charles Sillen Lidderdale (1830-1895)

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

  La niña que salió al rayar el alba:
el proceso de creación de los cuentos
Nancy Willard
 

Me pregunto cuántos escritores pueden recordar a la persona o la experiencia que los impulsó a adoptar su oficio. Si se le pregunta a una docena de escritores por qué comenzaron a escribir, sus respuestas serían tan variadas como su obra. Alguno puede decir que lo impulsó uno de sus padres; otro, un profesor que le prestaba libros. Varios quizás mencionarán un curso de escritura creativa tomado en la universidad. Es posible que alguien diga: "Escribí mi primer soneto cuando me enamoré". El amor ha convertido en poetas a muchos que abandonaron el llamado después de desenamorarse.

No fue ni un profesor ni uno de mis padres el que me impulsó a mí. Fue un sueño. Tenía yo tres años de edad y aún no iba al colegio. Como no sabía escribir, estaba obligada a recordar mis sueños en mayor detalle que ahora. Un día soñé que estaba despierta, muy de madrugada, escuchando. O quizás me encontraba medio dormida y medio despierta. Hay un breve lapso de tiempo en el que cruzamos de un reino al otro, con la noche a nuestra izquierda y la mañana a la derecha. Los sueños de tal hora se suelen recordar tal vez  porque no hay que cargarlos hasta tan lejos ni tan largo rato.

De manera que a esa hora, cuando quienes vivimos en ambos lugares no pertenecemos a ninguno, me puse a escuchar. Alguien me llamaba. En el sueño trepaba yo por el alféizar de la ventana y me asomaba para ver más allá del ancho tejado de cobre que caí sobre nuestra terraza asoleada. Los parches recién puestos brillaban como la tetera más resplandeciente de mamá, que seguía brillante porque jamás la usaba. Sobre los aleros de mi ventana, la enredadera –que mi padre decía florecía una vez cada cien años y cuyas flores yo jamás había visto–, lucía ramos de orquídeas pesados como uvas. Las chimeneas de nuestros vecinos, nuestro garaje, los arbustos de forsitia e incluso el alambre de la ropa, todo había desaparecido. La tierra había regresado al roble, al nogal y a las hayas, como debía haberse visto antes de que los hombres blancos construyeran sus casas sobre ella.

A través de aquel bosque vetusto marchaban algunos animales: alces, zarigüeyas, antes, renos y linces. No había leones, ni tigres ni elefantes; solo animales que habían retozado en mi solar mucho antes que yo. Marchaban formando un círculo silencioso en torno a la casa. Por la forma como circulaban, me daba cuenta de que venían en plan amistoso, pues la forma del corrillo era la misma de las rondas que yo jugaba con mis amigos. Tenía la misma forma que la agradable mesa de nuestra cocina, donde a uno no lo punzaban esquinas salientes, ni nadie se sentaba más alto ni más bajo que los demás.

De modo que hice lo que cualquiera habría hecho. Me bajé por la enredadera, me monté sobre el lomo de un ciervo de cola roja que se había arrodillado para recibirme y salí con mi nueva familia para internarme en el bosque.

Mi historia no tuvo final feliz. Antes de alcanzar a descubrir qué había en el bosque, mi madre me llamó y desperté. Toda la vida he sentido simpatía por Coleridge en el momento en que él despertó de su sueño en el domo majestuoso de Kublai Khan, y estaba escribiendo a todo vapor para que no se le escapara cuando llegó el mensajero de la tienda y el poema huyó, por lo que hubo de terminarlo con los siguientes versos:

Tejed un círculo triple a su alrededor.
Cerrad los ojos con temor reverencial,
porque la ambrosía conoce el sabor
y bebió leche del paraíso terrenal.
Jamás sabremos a qué sabía la leche del paraíso terrenal ni descubriremos adónde me querían llevar los animales mágicos. La vida de los escritores es la eterna historia de madres que interrumpen en momentos inoportunos, niños que regresan del colegio en la mitad de un capítulo casi concluido, vendedores y mensajeros que irrumpen en nuestra soledad cargados de limones y de helados.

Unos años más tarde, cuando aprendí a escribr, apunté mi sueño y sentí un gran alivio de no tener que seguir llevándolo cargado en la cabeza. Y puesto que aquella fue la primera historia que deseé escribir, siempre he sentido respeto por las conexiones fuertes entre el proceso de soñar y el de escribir.

De niña, no sabía de dónde venían los sueños. Como no conocía a Freud, suponía que venían de alguien distinto a mí. A aquel desconocido benefactor le di el nombre de Dador de Sueños cuando ya tuve edad suficiente para ponerle un nombre, y en mi mente se mezcló con el personaje del cuento que lo hace dormir a uno con su arena mágica y con mi madre, que también traía sueños, o eso me decían las canciones de cuna que ella solía cantarme por la noche:

Mamá sacude el árbol de los sueños
y a su hijita le caen varios de ellos.
Las madres siempre tratan de convencerlo a uno de que son indispensables. Yo sabía que no era ella la que traía los sueños. Estos se daban de alguna manera, dentro de mi cabeza, y yo tenía la imagen clara de que lo descubriría si pudiera alzar la tapa de la cabeza de la gente como si fuera  la de una cafetera y asomarme a su mente. La mente de mi padre parecería un laboratorio. Los estantes de frascos y probetas llenos de líquidos brillantes alcanzarían a verse hasta el infinito. La mente de mi madre, en cambio, era un enorme tazón de azúcar lleno de recibos y de instantáneas rasgadas.

Mi mente, claro está, no se parecía a las de ellos. La mía era una oficina, un cuarto redondo y secreto, localizado dentro del árbol de los sueños. Las paredes de la oficina estaban cubiertas de estantes, y estos atestados de papeles, y el escritorio también repleto de ellos, pero cualquiera podría decir a primera vista que esos papeles no eran sino para que constaran, pero que nada contenían. Habían yacido allí, en paz, por años. Los bordes amarillentos se levantaban cuando el viento aleteaba a los de encima, y mostraban el color más brillante de los de abajo.

La única causa de viento en aquel lugar sereno era el hombre que manejaba la oficina. Lo único que en realidad servía en ella era la vieja bomba de agua, de la cual salían palabras, sueños y recuerdos que se desprendían de los eventos demasiado borrosos y distantes para ser vistos en su totalidad. Para que no se piense que soy excéntrica por darle tal valor a una bomba, debo explicar que todos los veranos hasta que cumplí dieciséis años viví en una casa de múltiples encantos, gran cantidad de tierra y sin acueducto. Mi oficio era tomar cada mañana el balde de la parte superior del horno, caminar una cuadra hasta el pozo y traer agua para el día. La primera persona que llegara al pozo debía despertar el agua; siempre, antes del desayuno, era lenta y se tomaba su tiempo subiendo.

De modo que en la oficina de mi mente había una bomba mágica. Algunas veces había que despertarla. Otras, se despertaba sola. Escribir también es así, y nos mantenemos tratando de encontrar maneras de hacer fluir nuestras palabras y de hacer que las ideas para nuestros cuentos nos lleguen en abundancia una detrás de otra.

La educación no ha borrado esta imagen de la oficina y la bomba, de los viejos papeles y el hombre de edad intermedia que administra el lugar. Me pregunto qué imagen tiene la gente de la forma como funciona su imaginación. Para un escritor, no es una nimiedad. Es útil estar familiarizado con aquel a cuyo servicio trabaja uno.

A veces, cuando una historia no funciona, siento un enorme deseo de visitar aquella oficina, ver la bomba y encontrarme con el hombre. En este ensueño, me veo de pie, al lado de su escritorio, como en posición de súplica, frente a un hombre que tiene el aspecto de un periodista exhausto. Ustedes ya saben a qué tipo de persona me refiero: en mangas de camisa y chaleco, pantalones amplios y ojeras. Me presento. Soy la escritora. Él se presenta. Es el Guardián del Pozo.

–Perdóneme –digo–, pero pensé que usted era el Dador de Sueños.

El Guardián niega con la cabeza.

–Esa tipa es truculenta. No es confiable como yo. Yo siempre estoy a tiempo, mantengo el lugar aseado. Cumplo con mi trabajo. No se imagina usted la clase de material que ella me envía. Es horrible. No tiene ni la menor noción de lo que es el buen gusto. Pero yo acepto lo que ella manda, lo pego, lo desenredo y lo moldeo, y le envío a usted los resultados. ¿Está satisfecha?

Cuando le aseguro que no he venido a poner una queja, acerca dos sillas giratorias. Entonces saco mi libreta y mi lápiz.

–Usted ha venido a entrevistarme –dice, mientras examina mi libreta con anillas barata con mucho interés.

–¿Es usted adicta a las libretas? –pregunta casi con ternura.

Yo admito que sí.

–¿Cómo las usa? –pregunta el Guardián.

–Anoto lo que quiero recordar –contesto.

–¿Y luego lee lo que ha escrito?

Hasta que él me lo pregunta no se me ocurre que casi nunca releo mis libretas, y de pronto me pregunto por qué diablos las guardo. El Guardián no espera mi respuesta.

–Algunos escritores acuden a sus libretas, otros no. Yo solía trabajar para una mujer que cargaba las suyas en la cartera. Anotaba ideas para cuentos, conversaciones, recuerdos y sueños. Lo escribía todo con gran meticulosidad. Pero como las libretas eran pequeñas, vivían perdiéndosele. Los recuerdos y las conversaciones se le confundían con las listas de mercado y los horarios de los buses.

–Tenía el descuido de perderlos –dije.

–Se le perdían porque en realidad no las necesitaba –dijo el Guardián–. Sucede con muchas cosas que perdemos. Al escribir una observación en su libreta, se le fijaba en la mente. Lo que escribía le volvía a la mente cuando lo necesitaba. No tenía necesidad de recurrir a sus libretas cundo comenzaba un cuento.

–¿Entonces las botó todas? –pregunté.

El Guardián sonrió y negó con la cabeza.

–Llegó un día en que se encontró en medio de un cuento, lista para dar una descripción de una caverna. Seis meses antes, había visitado una. La había descrito minuciosamente en una de sus libretas, pero ¿dónde estaba? Escribió muy bien sobre su caverna de memoria y terminó la historia, pero la sensación de pérdida siguió persiguiéndola. Entonces renunció a las libretas pequeñas y dejó varios cuadernos grandes en lugares estratégicos de la casa. Junto al teléfono, pues le gustaba el diálogo. En el cuarto, pues le fascinaban los sueños. Es difícil que se pierda una agenda de tapas de cuero por la que se ha pagado una buena suma de dinero.

–Pero no necesitaba la libreta para escribir sobre la caverna. ¿Para qué molestarse en tener una?

El Guardián se inclinó hacia adelante.

–Usted admira mucho los cuentos de Katherine Anne Porter, ¿no? Ella también se planteó esta pregunta. Por fortuna para nosotros, anotó la respuesta en su diario:

Guardo notas y llevo un diario solo porque escribo mucho, y el hábito de escribir me ayuda a arreglar, comentar y guardar bien algunas referencias que puedo necesitar más adelante. Sin embargo, cuando comienzo un cuento soy incapaz de usar esos párrafos prometedores, esas frases elegantes, esos detalles de la anécdota que me parecía serían tan valiosos. Me tengo que saber la historia "de memoria" y así la tengo que escribir. A veces algunos amigos escritores cuyo juicio admiro me han dicho que me falta detalle, observación precisa del mundo físico, y que mis personajes casi no tienen rasgos, o demasiado pocos, que viven en casas vacías, etc. Hubo una época en que me impresionaba tanto esta crítica, que solía sentarme en un banquillo ante un paisaje y anotaba literalmente cada objeto, color, forma, tronco o piedra que tenía ante mis ojos. Pero cuando recordaba aquel paisaje, simple y sencillamente, no era en esos términos que lo recordaba, y de nada me valía pretender que así era, y era inútil intentar describirlo porque me estorbaba para lo que yo realmente trataba de contar. Yo me crié entre caballos. Les he puesto las riendas y la silla, he conducido y montado a muchos, pero hasta el sol de hoy no conozco los nombres de las diferentes partes de un arnés. Muchas veces he pensado aprendérmelas y anotarlas en una libreta. Pero ¿con qué fin? Ya tengo dos gabinetes llenos de notas.
–El verdadero peligro de confiarse en una libreta –añadió el Guardián– es que uno puede sentirse obligado a usar todo lo que ha escrito. Escribir demasiado puede ser tan malo como escribir demasiado poco. Thomas Wolfe podría haber terminado el libro Del tiempo y el río mucho antes, de haber sabido, cuando comenzó a escribirlo, lo que sabía cuando lo hubo terminado. "El gran efecto de esos cinco años de escritura incesante", me dijo, "fue hacerme sentir no solo que todo debía se usado, sino que todo debía ser contado, que nada se podía dejar implícito".

De improviso, el Guardián me miró con severidad.

–Suelte ese lápiz. Escuche primero, escriba después.

Puse a un lado mi lápiz, pero el Guardián no quiso continuar hasta que no puse a un lado también mi libreta.

–Si llega a un punto muerto en su cuento –siguió–, guarde el cuento. En esto, del dicho al hecho hay mucho trecho, pues muchos escritores se sienten culpables si no escriben sin interrupción. Pero aun así, tiene que poner a dormir el cuento, olvidarse de él, soñar con él, mantenerlo lejos de su alcance, y luego esperar a que regrese.

–¿Cuánto tengo que esperar? –pregunté.

–No sé contestar esa pregunta –dijo el Guardián–: lo único que le puedo decir es cómo mantener la puerta abierta. Dígame, ¿a qué hora del día escribe usted? ¿A qué hora de la noche?

–Escribo siempre que puedo conseguir una niñera –contesté.

El Guardián rio. Él no se preocupa por las finanzas ni los editores ni el trabajo doméstico.

–Mañana por la mañana, levántese una hora más temprano de lo normal. No le hable a nadie, no se cepille los dientes, no lea el periódico. Tome el estilógrafo, tome el papel y escriba. Escriba lo que se le venga a la cabeza. Escriba hasta que se canse o hasta que la interrumpan. Hágalo por dos semanas.

–¿Y qué sucederá entonces? –pregunté.

–Primero, se va a dar cuenta de que el acto de escribir se le vuelve más fácil. Segundo, va a descubrir que no todo lo que escribe vale la pena guardarse y va a aprender a botarlo. Tercero, va a ser capaz de escribir sin interferencia mía.

–Pero pensé que usted me estaba ayudando –dije, sorprendida.

El Guardián sacó una lima y se la aplicó a las uñas de la mano izquierda con gran destreza.

–Es hora de que le haga una confesión que me llena de vergüenza. Yo disfruto de su compañía, pero me duele tenerle que decir que puedo ejercer un influencia dañina sobre usted. Cuando esté escuchando a la Dadora de Sueños, ponga mucho cuidado de no escucharme a mí. Cuando ella quiere cantar, yo quiero juzgar. Cuando ella quiere bailar, yo quiero criticar. Y como niña grande que es, a la Dadora de Sueños le aterra toda crítica o enjuiciamiento cuando está repartiendo sus regalos. Su manera de obrar no es como la mía, y jamás hablará si siente que yo estoy cerca. Usted, la escritora, es la verdadera Guardiana del Pozo. Yo solo soy quien da forma, arreglo lo que me dan. Solo cuando la Dadora de Sueños ha terminado de hablar, es conveniente mandarme a buscar. Cuando ella le enseñe a creer en sus personajes, yo le enseñaré a manipularlos. Oh, recuerdo cuando trabajé con Theodore Dreiser; vivíamos discutiendo sobre mi trabajo, en particular cuando yo llegaba antes de que él me llamara. A mí me fascina hacer una trama perfecta y pegarle los personajes. Me fascina quitarles su libertad. "En las novelas importantes", me replicó Dreiser una mañana, "la trama poco importa. La razón de la ausencia de una trama en una novela grande es que interfiere con el funcionamiento lógico del destino de los personajes".

–Si voy a depositar toda mi confianza en la Dadora de Sueños –dije–, me gustaría saber cómo trabaja.

–¿Conoce el cuento Los gnomos y el zapatero? –preguntó el Guardián–. El zapatero deja cada noche el cuero y las herramientas sobre la banca de trabajo, y cada mañana encuentra el cuero convertido en unos zapatos más finos que los que él  hubiera podido hacer. ¿Recuerda cómo terminó su buena fortuna?

–Una noche se quedó despierto para saber quién le estaba haciendo el favor –dije yo–. Se ocultó en el armario y se asomó para ver a los gnomos que venían a trabajar para él en secreto.

–Exactamente –dijo el Guardián–. También los escritores tienen un ayudante que les trabaja por la noche. Quien se haya acostado con un problema y haya amanecido con la solución ha disfrutado del regalo, aunque nunca conozca a quien le ayudó. No pregunte quién es la Dadora de Sueños; a ella no le gusta mostrar su rostro. Limítese a observar las condiciones bajo las cuales viene. ¿Dónde y cuándo le llegan a usted las ideas para sus historias? ¿Puede recordarlo?

–La mayoría de las veces cuando voy caminando o en el tren.

El Guardián sonrió.

–Robert Burns componía en el arado;  W. B. Yeats en un bus de Dublin; Sherwood Anderson cuando caminaba o cuando estaba acostado. "Muy poca parte del trabajo del escritor se hace en su escritorio o en la máquina de escribir", me dijo una vez Anderson. "Se hace mientras se camina o se está sentado en un cuarto con gente, o más que todo, quizás, cuando uno está acostado por la noche en la cama". Esas son mis noches libres. A quien escuchan es a la Dadora de Sueños, no a mí. Y lo que llega a esos lugares suele ser a menudo  un estado de ánimo, una frase, lo que Henry James llama "una minúscula partícula que flota en la corriente de la conversación". Usted vislumbra la punta del iceberg, y al ver la parte, cree en todo. Recuerdo haber escuchado a Mark Twain decirle a su madre: "Estoy tratando de idear un cuento. Ya tengo la última frase; es buena y fuerte, y todavía no se me ha ocurrido el resto". Lo importante es estar listo. Mantener la puerta abierta. ¿Té?

–¿Qué? –dije sorprendida.

–Aquí tenemos un viejo samovar y mantengo un tetera hirviendo. Si no le importa beber en una taza rota...

–Claro que no –dije.

Desapareció detrás de una pila de papeles para volver con una tacita de flores que me entregó.

–Esta taza me parece conocida –comenté.

–Solía ser su favorita –dijo el Guardián–. Se la dieron por su cumpleaños y ese mismo día la rompió usted. Su mamá botó los pedazos. Pero yo no. Yo no boto nada que le pueda ser útil en un cuento.

Bebimos en silencio el té durante unos minutos.

–Una vez trabajé para un hombre que escribía toda suerte de géneros –dijo el Guardián–. Primero publicó un libro de poemas. La gente dijo: "Es un magnífico poeta". Luego escribió una obra de teatro; dijeron: "Es muy  buen dramaturgo". Luego escribió una novela. Como esta era muy larga, no todo el mundo la leyó, pero quienes lo hicieron dijeron: "Es un excelente novelista". Y aquellos que no la leyeron dijeron al hombre: "¿Dejó usted de escribir poesía? ¿Dejó de escribir obras de teatro?". "No lo sé", dijo el hombre. "Mi cabeza es como un hotel. Mantengo la puerta abierta y veo qué entra volando".

–¿Nadie ha tratado de dominar a la Dadora de Sueños?

–Claro –respondió el Guardián–. Usted que ha leído la poesía de Rilke debe recordar que publicó una colección de versos llamada Poemas nuevos, sobre animales, obras de arte, flores, objetos observados mientras vivía en París, donde los escribió. En París tenía un empleo que muchos escritores envidiarían. Era secretario de Augusto Rodin. Cada mañana Rodin iba a su estudio a trabajar. Y Rilke pensaba al verlo: "¿Por qué tienen que estar los escritores a merced de la inspiración? ¿Por qué no podemos entrar en nuestro estudio cada mañana y trabajar?". Resolvió ver si le era posible escribir bajo esas condiciones. Hizo una lista de más de cien temas para poemas, y sistemáticamente sacaba los poemas de esa lista. A medida que terminaba uno, tachaba el título de la lista, como la mujer que señala qué alimentos compró en el supermercado. Y luego le agregaba la fecha, del mismo modo que un pintor puede fechar un cuadro.

Pero a la Dadora de Sueños no le gusta que le pongan riendas. Rilke cayó en un período de desesperación. Años más tarde, cuando escribió las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo, la manera como le llegaban los poemas había cambiado por completo. "En unos cuantos días", le dijo a sus amigos, "vino una tormenta sin nombre, se desató un vendaval... todo lo que fuera de fibra y red se partió... no podía pensar ni en comer; yo no sé quién me alimentó". Cuando aparece el huracán, uno debe estar listo para escribir. Se han perdido muchas historias porque el escritor no respondió a la llamada.

–La llamada no siempre llega en momentos convenientes –dije.

El Guardián movió la cabeza afirmativamente.

–Eso es cierto para la mayor parte de las cosas que nacen en este mundo. No es conveniente separar tiempo para escribir. Porque uno no sólo debe darle tiempo a la Dadora de Sueños, sino darle la sensación de que ella tiene todo el tiempo del mundo. El germen de la historia llega, madura y crece, y uno se prepara para cosecharlo. Se necesita tiempo ininterrumpido. Como respondía mi buen amigo Charles Dickens, irritado por las exigencias que le hacían quienes no entendían que no era calidad sino continuidad lo que se necesita. "Es sólo media hora... es sólo una tarde... una noche...", cavilaba, agregando para sus adentros, "no saben que es imposible obligarse a uno a veces a disponer con anticipación de cinco minutos estipulados, o que la mera conciencia de un compromiso a veces daña todo el día".

–Y en ocasiones uno tiene el tiempo, pero no la historia –agregué yo–. ¿Qué hace usted cuando se seca el pozo?

–Nunca se seca –dijo el Guardián–. Puede ser que se atasque, pero nunca se seca. Los escritores tienen diversas maneras de obligarse a recordarlo. Como lo hacía un hombre que siempre mantenía un cuento no escrito. Tenía la idea clara de la trama, los personajes y la manera como contaría la historia, pero se hizo el propósito de nunca escribirla. Así, cuando terminaba alguna obra, siempre podía decirse: "Ahí tengo algunas más. Tengo otra historia que contar". Esa historia no escrita era el ahorro en el banco, su reserva. Otro escritor, para mantener el ímpetu cuando escribe algo largo, escribe hasta que siente que todo lo viene al tiempo, que las palabras emanan, que puede escribir por horas, que está cara a cara con la Dadora de Sueños, y a punto de hacer grandes cosas... y luego se levanta del escritorio, como un hombre hambriento en un restaurante que espera horas a que le sirvan y deja la mesa cuando llega  la comida. Al día siguiente está tan ávido por regresar a su trabajo, que no puede esperar para empezar. Empezar... he ahí lo más difícil. Permítame que le dé un truco para empezar cuando piense que no tiene más historias en el pozo. Tome cualquier colección de cuentos. Aquí tengo una de cuentos de hadas. Le voy a leer unos comienzos:

"Un rey tenía una hija más bonita que cualquier otra cosa, pero tan engreída y presuntuosa que ningún pretendiente le parecía bueno. UMP tras otro los despachaba y, además, los hacía quedar en ridículo"
(El rey zorzal)

"Érase una vez un rey y una reina que decían todos los días: '¡Ah, qué bueno sería tener un niño!', pero este no les nacía. Hasta que un buen día, cuando la reina se estaba bañando, brincó un sapo a tierra y le dijo: 'Tu deseo será cumplido; antes de que transcurra un año, tendrás una hija'".
(La rosita del brezo)

"Había una vez un rey que tenía una rubia esposa, más hermosa que ninguna sobre la faz de la tierra. Resultó que ella enfermó, y sintiendo que estaba a punto de morir, llamó al rey y le dijo: 'Si te quieres casar después de mi  muerte, toma una mujer menos bonita que yo y que no tenga mi mismo cabello dorado: prométemelo'. Después que el rey se lo prometió, ella cerró los ojos y murió"
(Allerleirauh). 

El Guardián cerró su libro.

–Y bien, ¿cuál de estos le gusta?

–Ninguno. No me gustan mucho los reyes ni las reinas.

–Entonces cuente este –dijo el Guardián–: "Había una vez una niña que salió a punto de rayar el día a buscar su buena fortuna, y jamás regresó a casa".

–Ese me suena –le dije.

–Es muy bueno. Ahora cuénteme el resto de la historia.

–Pero es que no lo sé.

–No se lo tiene que saber. Hay mil diferentes maneras de contar una historia. Al principio va a decir: "No le puedo contar la historia, pues no sé nada de la niña". Usted temerá fracasar. Luego se encontrará pensando en la niña... ¿Por qué quería marcharse? ¿A quién estaba dejando? ¿A un esposo? ¿A sus padres? ¿De dónde venía? ¿Del campo? ¿De la ciudad? ¿Y adónde iba? ¿Y por qué al alba? Y al rayar el alba... ¿A qué suena eso? Cuando usted se encuentre más interesada en la historia de la niña que en lo que pueda hacer con ella, le sobrevendrá un cambio. Me iré a dormir. Como Argos, cerraré los ojos que juzgan y escrutan. De pronto, el agua despertará el pozo, y la Dadora de Sueños hablará con usted.

–¿Y qué pasa si la historia no resulta buena?

–Entonces habrá aprendido algo sobre el fracaso. Para un escritor, ¿qué significa el fracaso? Una vez trabajé para un hombre que mantenía todas sus historias fallidas en una caja grande con el rótulo de Fracasos. No las botaba. Las mantenía en un rincón del estudio, porque se encontraba a cada rato yendo a buscar uan frase, un nombre o una conversación que le fueran útiles para las historias que no consideraba fracasos. Un día le puso una nueva etiqueta a la caja: Desvíos, porque se le ocurrió que una vida entera escribiendo es como un viaje lleno de desvíos. Lástima, pero un desvío no es un fracaso. Los escritores toman desvíos porque temen andar sobre la carretera principal. Temen no tener éxito. El miedo es el peor impedimento para contar un cuento.

–¿Y cómo se supera? –pregunté.

–No estoy seguro –dijo el Guardián–, pero diría que ningún escritor que entendiera ese viaje debería carecer de un fuerte sentido de misterio. ¿Le gustan los misterios?

–Cuando era niña me gustaban mucho –confesé.

–¿Cuáles?

–Oh, usted sabe... Nancy Drew.

El Guardián arrugó la nariz con disgusto.

–Esas no son historias de misterio. Son enigmas, y estos pueden resolverse. Un misterio legítimo no se puede resolver. Sólo se puede celebrar. Los misterios reales son individuales. Lo que es misterioso para una persona puede ser insignificante para otra. ¿No me lo cree? Escuche. Solía trabajar para una mujer que no usaba cartera. Se ponía la llave de la casa en el zapato, y jamás llevaba dinero. No poseía tarjetas de crédito ni licencia de conducción. Todos sus amigos le decían: "Querida, ¿por qué no llevas cartera? Uno no debe andar sin dinero ni identificación". ¿Dije que todos sus amigos? No, uno de ellos tenía un punto de vista diferente y decía: "¡Es todo un misterio que usted pueda vivir la vida sin llevar cartera! ¿Por qué los demás necesitamos dinero e identificación y usted no?". De su interés por el misterio menor de un hábito humano surgió una historia. ¿No tienen acaso todas las historias sus comienzos oscuros en misterios semejantes? Aunque usted hable con la lengua de los ángeles, si no tiene misterio, no tiene nada. Solo le estoy contando lo que usted ya sabe. ¿Recuerda la primera vez que comprendió la palabra misterio?

–No.

–Ah, pero yo sí –dijo el Guardián–. Porque en este lugar nunca botamos nada. Era un miércoles de ceniza, y usted tenía ocho años de edad. La voz del sacerdote le llegaba a sus oídos como olas. Estaba predicando en el Libro de Job:

Vuestros hijos e hijas comían y bebían vino en la casa del hermano mayor:

Y, contemplad, llegó un gran viento de la selva y le pegó a las cuatro esquinas de la casa, y esta se cayó sobre los jóvenes, y  los mató a todos; y yo fui el único que escapó para contároslo.

"Los santos de los vitrales de las iglesias tenían sus rostros ennegrecidos, las velas se habían quemado hasta quedar en el mero cabo. Luego el sacerdote entonó los nombres de los muertos. Su madre, que tenía frío, se acercó a usted y le abotonó el abrigo. Usted pensó que era hora de irse. De pronto, una voz de mujer desde el coro oscurecido cantó:
Canta, oh alma mía, el misterio de Su cuerpo.
"Usted se despertó como si le hubieran tirado un balde de agua helada. Miró la frente de su madre, marcada con una cruz de ceniza como se marca un árbol en el bosque para cortarlo. Y cuantos la rodeaban llevaban la misma marca: un hombre, una mujer, todos separados, todos solos. Y usted pensó: '¡Qué misterio es el cuerpo! Cuando este hombre deje la tierra, el sol no brillará exactamente en este mismo cuerpo. Cuando aquella mujer muera, nadie volverá a ver exactamente esa cara. Y la mujer cantando sobre el misterio: en cien años ¿quién quedará  para elogiar la voz que irrumpe en la oscuridad?'

El Guardián dejó de hablar. Su rostro pareció desvanecerse.

–¿Qué hora es? –pregunté.

–Es el momento entre la mañana y la noche. Pronto usted a despertarse.

–¿No estoy despierta ahora?

–Bien, ahora está pasando de la noche a la mañana. Los sueños que sueñe a esta hora los va arecordar, porque no los teien que llevar muy lejos.

En el silencio que siguió, escuché a alguien llamarme. Oh, aquí estaba la ventana de mi cuarto y la enredadera a punto de florecer sobre el alero. Me trepé al alféizar y miré el roble, el nogal y la haya, la tierra como yacía cuando solo vivían en ella los alces, las zarigüeyas, los renos y los antes. Se movían en rondas silenciosas en torno a la casa. La Dadora de Sueños está resplandeciente en la puerta de la casa, el Guardián se quedó dormido.

Había una vez una niña que salió al rayar el alba a buscar su buena fortuna, y jamás regresó a casa. Ahora veo el bosque que la ocultaba, el pueblo del otro lado que la recibía. La oigo cantando mientras camina, y es su voz la que va a ser su fortuna, lo sé, y en una casa en el lindero del bosque escucho a su padre y a su madre llamarla, pues no se han dado cuenta de que está cabalgando sobre el reno de cola roja en el amanecer, en busca de fortuna. Oh, no volverá a casa nunca más. Ella no.

Saco papel y lápiz, y escribo su historia.
 

Nancy Willard (Ann Arbor, Michigan, 1936) es una poetisa, narradora y ensayista estadounidense. Estudió en la Universidad de Michigan y en la Universidad Stanford. Con su poemario A Visit to William Blake's Inn ganó en 1982 la medalla Newbery y mención de honor en el Premio Caldecott. Reside en Poughkeepsie, New York, y trabaja en el Departamento de Inglés de Vassar College. Ha publicado, entre otros libros, Things Invisible to See, Sister Water, Swimming Lessons, The Island of the Grass King, Pish, Posh Said Hieronymus Bosch, In the Salt Marsh, House Hold Tales of Moon and Water y An Angel in the Parlow.
 

Tomado de: Revista Universidad de Antioquia, No. 254, 1998, Medellín, Colombia.

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