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Ilustración de Louis Rhead. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

  ¿En dónde te escondes, Robin Hood? 
Irene Vasco
 

¿Cómo se viste Robin Hood?  

Esta pregunta puede ser contestada por cualquier niño, en cualquier parte del mundo, sin ninguna vacilación.  

Todos han visto su dibujo, todos lo conocen. Hasta es posible que hayan dormido y sido alimentados, vestidos, curados, por su icono, mil veces repetido en teteros, pañales, ropa interior, almohadas, helados, curitas, jarabes.....  

Pero, ¿podría alguno decir quién es el tan famoso Robin, el que se viste de verde, el que si no se mira con atención se puede confundir con Peter Pan o con cualquier otro héroe pre-fabricado de turno? Tal vez si el verdadero Robin Hood de los bosques se decidiera a salir de lo profundo de Sherwood, se horrorizaría de lo que han hecho con su leyenda y comenzaría a disparar flechas, ayudado por el gigante Pequeño John y por el resto de su alegres compañeros.  

¿Quién es, quién se esconde detrás de la estereotipada imagen que hemos comprado sin mirar más allá? ¿Por qué la leyenda de Robin Hood se mantiene, viva y cambiante, pero tan fuerte que ni siquiera la trivialidad de Disney la puede reducir a una idea principal y a dos ideas secundarias?  
Robin Hood es un ser paradójico, indomable y universal. Ni él mismo está seguro de quién es ni por qué.  

Para entender esta afirmación, es necesario remontarse al principio del milenio, del milenio pasado, por supuesto, cuando la leyenda de Robin Hood apenas nacía.  

Un poco de historia  

Entre la caída del Imperio Romano en el 476 después de Cristo, y la caída del Imperio de Oriente bajo la espada de los turcos, hacia 1450, Europa occidental inició un proceso de reconstrucción cívica y cultural, tras siglos de barbarie. En ese momento el mundo feudal se adueñó de la economía. 

Durante el reinado de Carlomagno, la población europea se congregó alrededor de hombres poderosos, quiénes, a cambio de protección exigían sumisión y trabajo. Diferentes rangos, categorías y niveles de autoridad reglamentaban el poder y la sumisión. Por encima de todos estaba el rey y, descendiendo en jerarquía, se encontraban los señores, los barones, los condes y los duques, llenando los campos con sus espadas, sus armaduras, sus caballos. Estos caballeros construían fuertes y castillos rodeados de fosos que sólo podían atravesarse por puentes levadizos. Estos puentes eran bajados para que el caballero saliera con sus tropas a expandir su territorio y a dominar nuevas tierras con nuevos siervos.  

Un clima aparentemente anárquico, era ordenado por una regla: el honor. Señores y siervos estaban unidos de manera indeleble por este vínculo sagrado. La sociedad feudal se levantaba sobre los pactos de honor y se enlazaba  con otra atadura que fortalecía aún más esta cultura: la religión.  

Hacia el siglo XI, el feudalismo engendró en Europa una tradición oral alrededor de la vida de los santos, seguida por las canciones de gestas, que exaltaban las epopeyas de los cruzados que salían a conquistar la llamada Tierra Santa. Las aventuras en el interior de los castillos, en los campos de batalla, en las iglesias y en las abadías, eran relatadas, enriquecidas y esparcidas por los trovadores, poetas que daban forma y ritmo a las historias y por los juglares, que las interpretaban acompañados de instrumentos de cuerdas.  

Trovadores y juglares iban de castillo en castillo y el señor de turno les ofrecía alimentación, ropa y caballo. Una fiesta en el gran salón era el escenario para que las canciones de gestas adquirieran vida. A la luz de las velas, al calor de los tapices bellamente tejidos, esta literatura oral se encargada de bordar leyendas de seres míticos que hacían y deshacían a su antojo.  

Es en este contexto en donde nace Robin Hood.  

La historia detrás de la historia  

Tal vez la mayor paradoja de la vida del héroe inglés, Robin Hood, real o imaginaria –nadie hasta ahora ha podido ponerse de acuerdo– es que no fue escrita por ningún autor inglés. Los textos que conocemos fueron narrados por un americano, Howard Pyle, en el siglo XVIII.  

La historia es todavía peor. A Howard Pyle no le interesaba tanto conocer a Robin, como apropiarse de una anécdota interesante que le sirviera como excusa para fabricar un hermoso libro artesanal, diseñado e ilustrado con preciosismo artístico, para satisfacer la moda del momento en los Estados Unidos de Norteamérica.  

Corría la época del los grandes capitales industriales en ese país. El trabajo y el dinero eran los dioses que se veneraban. En este medio, los intelectuales sintieron un profundo vacío creativo y salieron en busca de sus raíces culturales. Surgió entonces un fuerte movimiento inspirado en las artes medievales. Los artistas recreaban la heráldica y la caligrafía y se inspiraban en las antiguas leyendas como la del Rey Arturo y, por supuesto, la de Robin Hood.  

Howard Pyle fue uno más de los artistas que se apropiaron de las viejas tradiciones. Recogió las antiguas canciones regadas y transformadas a lo largo de los siglos y que narraban los episodios del legendario personaje y de sus compañeros. Ilustró con maestría, adornó con preciosas letras capitales, acogiéndose al ambiente de la época histórica y manteniendo un estilo que, aunque propio, se remontaba a las tradiciones artísticas.  

El texto de Howard Pyle parte de un prefacio, es seguido de un prólogo y se va hilando en ocho partes, divididas, a su vez, en capítulos, para terminar con un epílogo que cierra la historia. A lo largo de las trescientas cincuenta páginas, las aventuras de Robin Hood recrean varias épocas de la historia de Inglaterra, saltando de un rey a otro, de Enrique II a Ricardo Corazón de León y a Juan Sin Tierra, pero unidas por un hilo conductor que hace que la historia mantenga coherencia narrativa.  

Estos saltos históricos no son culpa de Pyle. La leyenda de Robin Hood se inicia con el Rey Enrique II y su esposa Leonor, pero se amplía y se enriquece a través de los siglos. Antes de la imprenta, las historias se contaban de boca en boca. Una boca enriquecía la versión anterior, nuevas aventuras se agregaban a lo escuchado y, al igual que en el juego del “teléfono roto”, el último en escuchar repetía una historia renovada en la que apenas los más fuertes y universales elementos originales se conservaban.  

Según Juan Manuel Ibeas, “aunque las fuentes originales se han perdido, se conservan todavía algunos poemas y fragmentos medievales, a los que con el tiempo se han ido añadiendo nuevas historias, episodios y personajes... La leyenda que ofrece Pyle de las aventuras de Robin Hood pretende ser una recopilación de las principales historias narradas en los poemas medievales supervivientes, más los relatos incorporados posteriormente e integrados ya en la tradición, procurando reconciliar y unificar todas las fuentes utilizadas, para lo cual se han reformado historias y personajes, acomodado fechas y suprimido pasajes contradictorios”.  

Howard Pyle se alimenta de cinco baladas trasmitidas durante siglos, de manera oral y escrita. El poema "Robin Hood y el Monje" es un manuscrito del siglo XV, del que sólo se conservan algunas estrofas. Robin Hood y el Alfarero parecen ser poemas morales de principios del siglo XVI. "La Gesta de Robyn Hode", de la misma época, compuesta de 456 estrofas y dividida en ocho cantos, es la versión más completa que se conoce. "La Muerte de Robin Hood" y "Robin Hood y Guy de Gisborne" son otras baladas en donde se narran episodios fragmentarios.  

A partir de estas fuentes, Pyle compone un único relato Las alegres aventuras de Robin Hood, que será la versión a la que me referiré a partir de ahora.  

El auténtico Robin de los Bosques   

Robin Hood nació en un reino medieval, feudal y anglosajón. Una ley regía por sobre cualquier otra ley: “El que nace señor, señor muere”. Y no había nada que hacer para cambiar las reglas de los dos estados que se imponían sobre los campesinos: el de los nobles y el de los religiosos, estados que eran heredados por reyes todopoderosos.  

Todo parecía muy fácil. Los campesinos trabajaban, los nobles hacían la guerra y los religiosos se infiltraban con sus cargas de castigo y culpa por todos los estados anteriores. Pero la facilidad de esta jerarquía se desbarataba con las contínuas luchas por el poder y el territorio. Mientras las artes y la educación echaban  profundas raíces, los ánimos y los resentimientos también florecían. La autoridad feudal comienzaba a mirarse con recelo y se iniciaban procesos de rebeldía.  

Oigamos la voz de Howard Pyle narrando el entorno histórico en el que se movía Robin:  

Tenemos un sujeto fuerte y robusto, de carácter irritable aunque no mala persona, que atiende al nombre de Enrique II. Tenemos una bella y gentil dama ante la que todos se inclinan, llamándola Reina Leonor. Tenemos un bribón gordo, vestido con ricos atuendos clericales, a quien todos llaman Su Eminencia el Obispo de Hereford. Tenemos un individuo de mal carácter y siniestra catadura, que ocupa el respetable cargo de sheriff de Nottingham. Y, sobre todo, tenemos un tipo alto y jovial que recorre los bosques, participa en las fiestas y se sienta junto al sheriff en un banquete, y que lleva el mismo nombre que el más ilustre de los Plantagenet: Ricardo Corazón de León. Y junto a ellos hay una tropa de caballeros, sacerdotes, nobles, burgueses, campesinos, pajes, damas, muchachas, señores, buhoneros y muchos más, todos los cuales viven la más alegre de las vidas alegres, teniendo como único lazo de conexión las estrofas de algunas viejas baladas (fragmentadas y recombinadas de infinitas maneras) que estos festivos personajes entonan en cuanto tienen ocasión.
Robin Hood era el ejemplo perfecto de esta situación.  

Robin, a diferencia de lo que muchos creen, no era un noble. Más bien era un joven poco culto, fanfarrón, peleador y dispuesto siempre a la aventura y a la buena vida. Cuando se refugió en el bosque de Sherwood, convirtiéndose en proscrito y perseguido, lo hizo por razones diferentes a las que nos han contado últimamente.  

La versión más bonita, la que nos cuenta Walt Disney, es la de un noble personaje despojado de su herencia, que se dedicaba a robar a los ricos para regalarle a los pobres. Evidentemente Robin era querido por los desprotegidos, pero más por razones de solidaridad de clase que por agradecimiento. Robin robaba porque era una aventura divertida que le permitía humillar a lo poderosos. Por lo menos al principio de su carrera de proscrito nunca tuvo como causa la de redimir a los más pobres.  

Oigamos, una vez más, la voz de Pyle contando cómo vivían Robin Hood y sus alegres compañeros:  

En la alegre Inglaterra de los viejos tiempos, cuando el buen rey Enrique II gobernaba el país, en la espesura del bosque de Sherwood, cerca de la ciudad de Nottingham, vivía un famoso arquero capaz de disparar una flecha emplumada tan certeramente como él, y jamás existieron hombres como los ciento cuarenta granujas que recorrían con él la floresta. Llevaban una vida regalada en las profundidades del bosque de Sherwood, sin privarse de nada, entreteniéndose con competiciones de tiro y lucha, cazando venados del rey y regándolos con barriles enteros de cerveza fermentada en octubre.  

No sólo Robin, sino toda su banda, eran proscritos que vivían apartados de los demás, y sin embargo eran muy apreciados por los campesinos, pues jamás acudió a Robin un necesitado que se marchara con las manos vacías.


El sheriff de Nottingham  

El eterno antagonista de Robin Hood, el enemigo, el sheriff de Nottingham, aparece desde el principio de las aventuras. Robin era apenas un joven inexperto, rápido para la pelea y con el orgullo a flor de piel. Una vez que paseaba por los campos, se enfrentó en duelo de tiro al blanco con un grupo de guardabosques veteranos que se negaron a pagarle lo apostado. Robin dio muerte a uno de ellos que fue llevado a Nottingham para ser enterrado.  

A partir de ese momento Robin se convirtió en forajido, no sólo por haber matado al guardabosques, sino por haber desobedecido la regla que prohibía cazar ciervos del rey. Se puso precio a la cabeza de Robin y el sheriff de Nottingham se convirtió en su perseguidor para ganar la recompensa y, además, porque el guardabosques muerto era pariente suyo.  

Sin embargo, a través de los años, Robin eludió todas las trampas que le tendió el sheriff, enfureciéndolo cada vez más. Robin no se contentaba con ganarle. Consistentemente lo retaba, buscaba pretextos para burlarse de él, lo humillaba y lo ponía en evidencia delante de los demás.  

El texto de Pyle nos ilustra mejor esta lucha:  

El sheriff ignoraba con qué fuerzas contaba Robin en Sherwood, pero pensó que podía presentarle una orden de detención, como se hacía con cualquiera que quebrantara las leyes; así pues, ofreció ochenta monedas de oro al que se atreviera a presentar la orden. Pero los habitantes de Nottingham sabían más de Robin y sus andanzas que el sheriff y muchos se echaron a reír ante la sola idea de presentarse ante el atrevido bandolero con una orden de detención, sabiendo muy bien que lo único que sacarían en limpio de ello sería una cabeza rota. 
Una vez y otra vez los planes del sheriff se desviaban. En una ocasión hojalatero que aceptó el encargo, terminó haciendo parte de la banda, después de ser engañado por Robin, quien lo invitó de la siguiente manera:  
–Escucha, amigo, ¿no quieres unirte a mis hombres? Recibirás tres trajes de paño verde cada año, más un salario de veinte marcos; compartirás todo con nosotros y vivirás regaladamente en el bosque; aquí en la espesura de Sherwood vivimos a salvo de todo mal, cazando venados y comiendo su carne acompañada con gachas con miel. ¿Quieres venir conmigo?  

–¡Qué demonios, me quedaré con vosotros! –decidió el hojalatero–. Me gusta la buena vida y me gustas tú, amigo, porque no me moliste las costillas ni te aprovechaste de mí cuando pudiste hacerlo. Incluso reconozco que eres más listo que yo. Te obedeceré y estaré siempre a tus órdenes.

Escenas muy parecidas son narradas a través de todo el libro. El sheriff nunca pudo capturar a Robin Hood. Por el contrario, siempre terminó humillado, y finalmente muerto, y no pocas veces sus emisarios acabaron por ser parte de la banda enemiga.  

Los otros enemigos  

La banda de Robin Hood conservaba códigos de honor que impedían matar a menos que fuera absolutamente necesario.  

Sabemos que Robin Hood se convirtió en proscrito por haber matado, casi accidentalmente a un guardabosques. En adelante evitó a toda costa los derramamientos de sangre en la medida de lo posible. Por ejemplo, en alguna de las incursiones, sus instrucciones fueron:  

Vamos a entrar directamente en Nottingham y nos mezclaremos con la gente; pero manteneos bien atentos y procurad acercaros todo lo posible al prisionero y los guardias cuando salgan fuera de las murallas. No hiráis a nadie sin necesidad; me gustaría evitar el derramamiento de sangre, pero si tenéis que golpear, hacedlo fuerte, para que no sea necesario otro golpe.
Pero estos códigos no impidieron que a su cabeza se le pusiera precio y que fuera perseguido por la aristocracia. No es de extrañar que los enemigos de Robin Hood pertenecieran a la nobleza y al clero. Las únicas autoridades reconocidas por él fueron la reina Leonor y el rey Ricardo Corazón de León. Los demás eran humillados una y otra vez por los continuos desplantes que les hacía Robin.  
Una de las más fuertes burlas que hacía Robin, era al clero. Robin Hood no aceptaba que quienes deberían defendar y ayudar a los más pobres, fueran  quienes menos lo hacían. Un ejemplo de burla al clero es narrada por el mismo obispo de Hereford, quien refiere el siguiente episodio:  
Estos tres hermanos y yo íbamos paseando tranquilamente por el camino, con nuestras bestias de cargamento, cuando nos abordó un bribón gigantesco, de más de dos metros de altura, con otros ochenta rufianes a sus espaldas, y me ordenó detenerme. ¡A mí, el obispo de Hereford! Ante lo cual, mis guardias armados (Dios los confunda, por cobardes) huyeron a todo correr. Pero hay más: aquel bellaco no sólo me detuvo, sino que se atrevió a amenazarme, diciendo que Robin Hood me dejaría más pelado que un seto en invierno. Y por si fuera poco, me llamó cosas horribles, como "cura gordo", "obispo vampiro", "usurero avariento" y otras cosas aún peores, como si yo fuera un mendigo vagabundo o un hojalatero.
No es pues de extrañar que los enemigos crecieran y se multiplicaran, casi hasta cercarlo. La persecución se hizo tan fuerte, que, contra todos sus principios, por segunda y última vez, Robin Hood tuvo que matar.  

En un fragmento, Guy de Gisbourne, el peor enemigo al que Robin se enfrentó, se describe a sí mismo con las siguientes palabras:  

Vengo de los los bosques de Herefordshire, en las tierras del obispo de allí. Soy forajido y me gano la vida a salto de mata, por medios que ahora no vienen al caso. No hace mucho tiempo el obispo me hizo llamar y dijo que si hacía cierto trabajo para el sheriff de Nottingham me conseguiría un indulto y me daría doscientas libras de propina. Así que me vine derecho a Nottingham y fui a ver al querido sheriff. ¿Y qué crees que quería de mí? Pues que viniera aquí a Sherwood a buscar a un tal Robin Hood, otro forajido, y llevárselo vivo o muerto... En cuanto a matar a ese tipo, no me altera lo más mínimo; por la mitad de esas doscientas libras estaría dispuesto a derramar la sangre de mi propio hermano.
La lucha era a muerte. Sólo uno podía salir vivo de la situación. Por supuesto fue Robin quien ganó, pero después de una terrible y difícil batalla:  
Ciego de furia, Guy de Gisbourne trató de traspasar a su enemigo con la espada, pero Robin agarró la hoja con la mano desnuda y, aunque le cortó la palma, consiguió desviar la punta, que se calvó profundamente en el suelo, junto a él. Y entonces, sin dar tiempo a que el otro golpeara de nuevo, Robin se puso en pie con su espada en la mano. La desesperación cayó como una nube negra sobre el corazón de Guy de Gisbourne, que miró frenéticamente a su alrededor, como un halcón herido. Viendo que sus fuerzas le abandonaban, Robin saltó delante, rápido como un ralámpago, y golpeó de revés por debajo del brazo armado de su enemigo... Guy de Gisbourne giró sobre sus talones, levantó las manos mientras emitía un alarido salvaje y penetrante y cayó de bruces sobre la hierba verde.  

Robin Hood limpió su espada y la envainó, se acercó adonde yacía Guy de Gisbourne y lo contempló con los brazos cruzados, mientras hablaba consigo mismo.  

–Es el primer hombre que he matado desde que di muerte a aquel guardabosques del rey en los ardientes días de mi juventud. Aun ahora, muchas veces pienso con remordimiento en aquella vida arrebatada, pero de ésta me alegro tanto como si hubiera matado un jabalí rabioso que hubiera devastado los campos.


Robin Hood siempre se salió con la suya... hasta que perdió, eso sí fuera de los campos de batalla. Pero esa es otra historia que miraremos con detenimiento más adelante.  

Pequeño John  

Hacer parte de la banda de Robin era casi un honor.  

Robin se mantuvo oculto en el bosque de Sherwood durante un año, y en ese tiempo se le unieron otros muchos como él, proscritos por una u otra causa. Algunos habían cazado ciervos para saciar el hambre en invierno, cuando no podían encontrar ningún otro alimento, y habían sido descubiertos por los guardabosques, viéndose obligados a huir para salvar sus orejas; a otros les habían arrebatado sus tierras, que pasaron a engrosar las posesiones reales; muchos habían sido despojados por algún noble barón, un rico abad o un poderoso terrateniente...; todos, por una u otra causa, habían llegado a Sherwood huyendo de la injusticia y la opresión. De ese modo, al concluir el año, Robin había congregado a su alrededor a más de cien robustos campesinos, los cuales le eligieron como jefe y juraron que así como ellos se habían visto robados, robarían a su vez a sus opresores, ya fueran nobles, abades, caballeros o terratenientes... 
Sobre todos estos personajes, se destacó uno en particular: Pequeño John, el hombre de confianza de Robin.  

Convertirse en par de toda una leyenda, no era tarea fácil. Era necesario tener algún elemento que lo hiciera sobresalir por encima de los demás y, sobre todo, era necesario ganarse el respeto del jefe gracias a alguna proeza física o moral.  

Little John, o Pequeño John, apareció por primera vez como antagonista de Robin. Como de costumbre Robin se enfrentó por orgullo y por el placer de dar la pelea con un corpulento hombre que no quería cederle el paso en un puente. Howard Pyle hace una larga y lenta descripción de este encuentro, deleitándose con detalles que dieron vida al nuevo miembro de la banda. Durante una pelea sobre un tronco que servía de puente, Pequeño John ganó. Robin Hood reconoció humildemente su derrota e invitó al hombre a hacer parte de su banda. Pequeño John aceptó a regañadientes.  

"Debo reconocer que sois un tipo fuerte y valeroso, que sabe cómo luchar con un palo. Entre unas cosas y otras, la cabeza me zumba como una colmena de abejas en pleno mes de junio”, dijo Robin Hood a Pequeño John, aceptando que fue mejor luchador. Vencer a Robin en un duelo físico era la única manera de ganarse el aprecio y el reconocimiento de Robin.  

Pequeño John era fuerte y valiente pero no demasiado inteligente. A menudo caía en tentaciones y Robin tenía que ir tras él para devolverlo a su camino. En una ocasión entró al servicio del sheriff pensando en gastarle una broma pesada. La vida opulenta le gustó y se quedó seis meses. Engordó tanto que al regresar al bosque había perdido su entrenamiento y así fue como perdió una batalla contra Arthur de Bland, quien se convirtió en nuevo y apreciado miembro de la banda. Durante meses, Pequeño John fue víctima de las burlas de sus compañeros por su gordura ganada en casa del sheriff.  

Ningún amigo fue tan amigo de Robin Hood como Pequeño John. A lo largo de las aventuras compartieron risas y temores, aventuras y desventuras. Fue Pequeño John quien acompañó a Robin a la hora de la muerte, de manera gentil y compasiva:  

Robin Hood cogió entre sus pálidas manos el puño recio y moreno del Pequeño John y le reprendió suavemente, en voz baja y débil, preguntándole desde cuándo el Pequeño John se dedicaba a hacer daño a las mujeres, aunque fuera por venganza. Y siguió hablando en estos términos hasta que por fin el otro prometió, con voz entrecortada, que no tomaría represalias contra el convento, ocurriera lo que ocurriera. Luego los dos quedaron en silencio y el Pequeño John permaneció sentado, con la mano de Robin en la suya, mirando a través de la ventana abierta y tragándose de vez en cuando un nudo que se le formaba en la garganta. Mientras tanto, el sol fue descendiendo lentamente hacia el oeste, hasta que todo el cielo quedó encendido en un rojo esplendor. Entonces Robin Hood, con voz trémula y frágil, le pidió al Pequeño John que le ayudara a incorporarse para poder contemplar una vez más los campos; el valiente proscrito le levantó los brazos y Robin Hood apoyó la cabeza en los hombros de su amigo. Miró durante un largo rato, con mirada lenta y contemplativa y derramando lágrimas, que caían sobre su regazo, pues sentía que se acercaba la hora de la despedida definitiva. Entonces Robin Hood le pidió que tendiera por él su arco y escogiera una buena flecha en la aljaba....  

–Pequeño John –dijo–. Querido amigo, a quien quiero más que a nadie en el mundo, te ruego que marques el lugar donde caiga esta flecha y allí hagas cavar mi tumba. Enterradme con el rostro hacia el este, Pequeño John, y procurad que mi lugar de reposo se mantenga verde y que mis cansados huesos no sean molestados.  

Cuando terminó de hablar, se incorporó de pronto y quedó sentado y erguido. Por un momento pareció que sus antiguas fuerzas volvían a él y, tirando de la cuerda hasta la oreja, disparó la flecha a través de la ventana abierta. Y mientras la flecha volaba, la mano que sostenía el arco cayó lentamente hasta apoyarse en las rodillas, y todo el cuerpo se desplomó del mismo modo en los leales brazos del Pequeño John; algo había salido de aquel cuerpo, en el mismo instante en que la flecha salía disparada del arco.  

Durante varios minutos, el Pequeño John permaneció inmóvil, pero por fin acostó con cuidado el cuerpo de su amigo, cruzándole las manos sobre le pecho y cubriéndole el rostro, y luego dio media vuelta y salió de la habitación sin decir una palabra ni hacer sonido alguno.

Los otros amigos   

La figura de Will Stutely corresponde al hombre sagaz e inteligente en quien Robin podía confiar.  Robin no tenía ningún reparo en compararlo con Pequeño John, diciendo: “Mira, Pequeño John, eres un tipo estupendo, pero no tienes la astucia de Will Stutely, y temo que te ocurra algo malo. No obstante, si te empeñas en ir, al menos ve disfrazado para que nadie te reconozca.”  

En una ocasión Will Stutely se disfrazó para salir del bosque en busca de información sobre una posible emboscada que les quería tender el sheriff de Nottingham. En esa oportunidad uno de los secuaces del sheriff descubrió que bajo el disfraz de fraile se escondía uno de los forajidos de vestido verde e inmediatemente se puso en alerta. Will fue apresado y condenado a muerte a pesar de ser “tan astuto como el zorro más viejo del bosque de Sherwood”, según palabras del mismo Robin. Por supuesto Will Stutely fue salvado por Robin Hood y su banda, delante de las narices del sheriff, burlándose una vez más de la autoridad del mismo.  

El sitio de encuentro, en donde más de una vez las aventuras se iniciaron, era el Jabalí Azul, la taberna a la salida del bosque. Nunca quedó claro si los dueños del lugar hacían parte de la banda, si apenas eran simpatizantes o si quedaban al margen de lo que por allí se cocía. El caso es que cuando Robin Hood y sus amigos necesitaban enterarse de lo que estaba pasando en el mundo del sheriff, tenían encuentros clandestinos con distintos informantes. Uno de tantos encuentros fue el siguiente:  

Will se vistió con un hábito de fraile, bajo el cual ocultó una buena espada, de modo que pudiera esgrimirla con facilidad. Así disfrazado, se puso en camino hasta llegar al lindero del bosque y salir a la carretera. Vio dos de los grupos del sheriff, pero no desvió su camino, limitándose a echarse la capucha sobre la cara y juntar las manos, como si estuviera sumido en profunda meditación. Por fin, llegó a divisar el letrero del Jabalí Azul.  
–Allí podré enterarme de todo por medio de nuestro buen amigo Eadom –se dijo.
En otro fragmento, es el joven David de Doncaster quien menciona al Jabalí Azul, cuando advirtierte a Robin Hood sobre un peligro:  
Te ruego, jefe, que escuches lo que digo. Vengo ahora mismo de hablar con nuestro amigo Eadom, el del Jabalí Azul, y allí también se habló de este concurso. Pero Eadom me contó y a él se lo dijo Ralph el caracortada, uno de los hombres del sheriff, que ese bribón te ha tendido una trampa, y que el concurso no es más que un pretexto para atraerte allí. No vayas, jefe; lo que pretende es engañarte. Más vale que te quedes en el bosque, donde, por el momento, no nos acecha ninguna desgracia.
Así como el joven David de Doncaster aparecía  reiteradamente a lo largo de la obra, muchos otros personajes se fueron incorporando. La mayoría de los héroes más respetados, tuvieron que luchar con Pequeño John, con Will Stutely o con el mismísimo Robin, antes de ganarse el respeto y el lugar de honor en la banda.  

Uno de los personajes más extraños en la obra, y que por muchos motivos podría desencajar con el entorno, es el de Will Escarlata.  

Veamos la entrada de este joven en la escena:  

 “¡Mirad! ¡He ahí lo que se llama un pájaro de vistoso plumaje!”, fue el comentario de Robin, cuando lo vio aparecer en el bosque.  
Los otros dos (Pequeño John y Arthur de Bland) bajaron la mirada y vieron a un hombre joven que se acercaba despacio, camino abajo. Y, como Robin había dicho, resultaba en verdad vistoso, con su apuesta figura y su jubón y calzas a juego, de vivo color rojo; de su cintura colgaba una magnífica espada, en vaina de cuero repujado y adornado con hilos de oro; su gorra era de terciopelo rojo, con una gran pluma que le colgaba sobre una oreja. Tenía los cabellos largos, rubios y ondulados sobre los hombros, y en la mano llevaba una rosa temprana, que de vez en cuando olía con satisfacción.  

"¡Por mi vida!", exclamó Robin Hood, echándose a reír. "¿Habíais visto alguna vez un tipo tan bonito y remilgado?... ¡Puaf! La mera visión de un tipo así me pone enfermo. ¡Mirad cómo sujeta esa flor entre el pulgar y el índice, como diciendo ´gentil rosa, no te deso ningún mal, pero quisiera gozar de tu fragancia una vez más´... Si se cruzara en su camino un ratón furioso, estoy seguro de que exclamaría ´¡Ay, Dios!´ y caería desmayado. Me pregunto quién será.”

La respuesta no se hizo esperar. Semejante joven, que aparentemente no tenía nada que ver con la rudeza de los hombres de la banda, resultó ser el sobrino favorito de Robin, quien llegó en su busca como fugitivo, después de matar a un mayordomo. Will Gamwell, alias Will Escarlata, se convirtió pronto en uno de los más apreciados e indispensables de todos los hombres de la banda. Era fuerte, sabía luchar, le ganó a Robin en la lucha a bastón, y, sobre todo, era valiente y leal. Escuchemos las palabras que le dirigió el Pequeño John:  
Vas a hacerte famoso, Will, te lo digo yo; más de una balada se cantará en Sherwood contando la historia de cuando Robin Hood enseñó a Pequeño John y a Arthur de Bland cómo se maneja el bastón; o dicho de otra manera, de cómo nuestro querido jefe se encontró con que había mordido más de lo que podía tragar. 
Episodios parecidos, en donde la astucia, la valentía, el dominio de las armas eran altamente estimados, relatan cómo nuevos héroes se integraban a la banda. Recordamos especialmente al fraile Tuck, a Allan de Dale, a la bella Ellen, uno de los pocos personajes femeninos en la obra, esposa de Allan de Dale y a sir Richard de Lea, que no hacía parte de la banda por ser aristócrata pero que siempre fue fiel aliado.  

Los reyes de Inglaterra  

La reina Leonor fue la única mujer que Robin admiró, respetó y acató. Tanto es así que a su llamado, salió de la seguridad bosque y llegó a la ciudad de Londres, para participar en un torneo de tiro en los campos de Finsbury.  

El mensajero llegó hasta donde Robin con el siguiente mensaje:  

–Si no me equivoco, vos sois el famoso Robin Hood, y ésta vuestra temida banda de campesinos proscritos. Os traigo saludos de vuestra graciosa majestad la reina Leonor. Muchas veces ha oído hablar de vosotros y de vuestras fechorías, y es su deseo veros la cara; por eso me envía a deciros que si accedéis a venir a Londres ella hará todo lo que esté en su mano para que no sufráis daño alguno y os devolverá sano y salvo a Sherwood.
A esta invitación, Robin respondió: “Honorable señor paje, obedeceré los deseos de nuestra reina e iré con vos a Londres.”  

Robin Hood nunca pensó que la invitación de la reina por poco le costaría la vida. Pero tras una serie de difíciles y peligrosas aventuras, regresó al bosque con el orgullo de haber servido y atendido a la reina, quien personalmente tuvo que salvarlo.  

En cambio el rey Enrique, esposo de la reina fue inclemente con Robin Hood. Éste había hecho la promesa de dar cuarenta días de gracia a quienes ganaran el torneo. Sin embargo, envenenado por el obispo de Hereford, quien se encontraba presente durante el torneo y seguía terriblemente resentido contra Robin. El obispo incitó al rey para que rompiera la promesa hecha a la reina, con las siguientes palabras:  

Si yo fuera el rey de Inglaterra, vería el asunto de este modo: digamos que he prometido a mi reina que durante cuarenta días el más astuto bandido de Inglaterra tendrá libertad para ir y venir; pero he aquí que me encuentro al forajido al alcance de mis manos. ¿Debería aferrarme insensatamente a una promesa hecha tan sin pensar? ¿Supongamos que he prometido hacer lo que su majestad la reina desee, y ella me pide que me dé muerte. ¿Debo cerrar los ojos y arrojarme ciegamente sobre mi espada? Así sería mi razonamiento. Por otra parte, me seguiría diciendo, una mujer no sabe nada de los grandes asuntos referentes al gobierno de los estados; y además, me consta siempre se dejan llevar por los caprichos: ahora cogen una margarita al borde del camino y al poco rato la tiran, cuando han perdido el aroma; por lo tanto, aunque ahora se haya encaprichado con ese bandido, pronto se le pasará y lo olvidará. Mientras que yo tengo al mayor villano de Inglaterra. ¿Debo abrir la mano y dejar que se escape entre mis dedos? Eso, majestad, es lo que yo me diría si fuera rey de Inglaterra.  

Así habló el obispo, y el rey escuchó sus malos consejos, hasta que al cabo de un rato, se volvió a sir Robert Lee y le ordenó que mandara seis hombres de la guardia para prender a Robin Hood y a sus tres compañeros.

Según esto, las leyes de honor son mejor defendidas por los proscritos y por las mujeres que por los reyes, aunque sean los reyes de Inglaterra.  

La Lady Marian que nunca existió  

Los días, los meses, los años pasaban en los bosques de Sherwood y sus alrededores. Pasaban las páginas y nuevos personajes se integraban a la banda de Robin Hood, nuevos enemigos lo perseguían implacablemente, nuevas trampas se tendían los unos a los otros. Corría sangre, se bebía cerveza, se cantaban las viejas baladas del Rey Arturo. En fin, la vida transcurría, a veces lenta, a veces veloz... pero Lady Marian, la famosísima Lady Marian, nunca aparecía  

Y no tenía por qué aparecer. La rutina del bosque era para gente ruda. Las aventuras y la buena vida, entre hombres, claro está, no daban cabida a dulces y delicadas damiselas, así estuvieran enamoradas y se creyeran aptas para compartir las penalidades de los proscritos.  

El bosque, sus habitantes, sus vidas, eran violentas y no se podía perder el tiempo que perder en sonrisas, suspiros y otras tonterías por el estilo, tonterías según el punto de vista de los trovadores y de los juglares que dieron origen a la leyenda de Robin Hood.  

Apenas una pequeña, rápida, cortísima alusión a la dama, más como un homenaje a la tradición caballeresca, hizo una vez Robin antes de convertirse en proscrito, cuando todavía era un buen muchacho.  
 

Cuando Robin era un muchacho de dieciocho años, de miembros robustos y corazón atrevido, el sheriff de Nottingham convocó a un concurso de tiro, ofreciendo como premio un tonel de cerveza al que demostrara ser el mejor arquero de Nottinghamshire.  

–Creo que me presentaré –dijo Robin–. Bien vale la pena tensar el arco por una mirada de los ojos de mi dama y un tonel de buena cerveza en octubre.

Así pues, Robin se levantó, cogió su magnífico arco de tejo y una veintena de flechas de un metro, salió del pueblo de Locksley en dirección de Nottingham, a través del bosque de Sherwood.

A partir de ese día Robin dejó su pueblo para siempre... y a su dama de paso. Algunas veces mencionó a Locksley con algo de nostalgia. Pero a la dama, ni por el asomo. Ni siquiera sabemos su nombre. Para bien o para mal, Lady Marian, aquella Lady Marian de la que parece tan enamorado en las películas y en los libros que hacen llorar a las jóvenes, no existió jamás.  

Requiem por Lady Marian.
 
Las reglas del juego  

Para Robin Hood era fundamental cumplir con las reglas de caballería y honor dictadas por la antigua tradición. Un buen ejemplo, es el siguiente:  

¡Por San Renato! Casi me olvido de que el día de paga está al caer y no nos quedan reservas de paño Lincoln. Habrá que arreglar ésto sin pérdida de tiempo. ¡Muévete, Pequeño John! Sacúdete la pereza de los huesos porque tienes que ir a ver al chismoso de nuestro pañero, Hugh Longshanks de Ancaster. Dile que nos envíe inmediatamente ciento cuarenta metros de buen paño verde de Lincoln... Espera aquí y te traeré el dinero para pagar al bueno de Hugh. Me gusta que piense que somos sus mejores clientes.”  

Las reglas no son sólo para cumplir frente a los amigos. Cuando Robin Hood considera que los enemigos han sido injustamente tratados, se pone de su lado y los protege como a cualquier otro, aún si los miembros de su banda son los culpables de la falta.

Eso sucedió el día en que Pequeño John regresó a la banda tras haber vivido seis meses en casa del sheriff. Pequeño John llegó con el cocinero... y la vajilla de plata del sheriff. Robin consideró que Pequeño John no tenía ningún derecho a robar y obligó a su compañero a traer al sheriff hasta el fondo del bosque para devolverle la vajilla. Personalmente la devolvió, con el siguiente discurso:  
Bien, señor sheriff. La última vez que vinisteis al bosque de Sherwood, pensabais estafar a un pobre hombre manirroto y salisteis estafado vos mismo; pero ahora habéis venido sin mala intención y no me consta que hayáis robado a nadie. Suelo cobrar una cuota a los abades gordos y a los ricachones engreídos, para ayudar a los que han sido robados por ellos y enderezar lo que ellos descomponen; pero no he sabido que tengáis colonos a los cuales hayáis perjudicado en modo alguno. Por lo tanto, tomad de nuevo lo que es vuestro, pues hoy no pienso despojaros ni de un cuarto de penique. Venid conmigo y yo os guiaré hasta donde os aguarda vuestra gente.
Las cosas no eran tan simples. Robin era justo, pero no podía quedar tranquilo hasta no darle una buena lección a su enemigo:  
Tomad lo que es vuestro y prestadme atención, señor sheriff, que además de la plata os daré un buen consejo: tratad bien a vuestros siervos, y evitaréis que os abandonen de esa manera.
Las dos muertes de Robin Hood  

Robin Hood y la muerte parecen no combinar en absoluto. Sin embargo, de manera paradójica, Robin muere, no una sino dos veces: una es la muerte física y la otra es la muerte moral, la muerte de la banda y de su trayectoria como invencible.  

La culpa de la muerte de la banda la tuvo su amistad con el rey Ricardo Corazón de León. Esta amistad significó el principio del fin de la leyenda.  
La nobleza y la valentía del rey, que llegaba de batallar en las cruzadas, lograron que Robin lo admirara y se sometiera a su influencia. El rey era de buen corazón y pronto perdonó a Robin. Este perdón fue lo peor que le pudo pasar a Robin Hood y a su banda de proscritos:  

Aquí y ahora os concedo el perdón a ti y a toda tu banda. Pero, la verdad, no puedo permitir que sigáis rondando por los bosques como habéis hecho en el pasado. Por lo tanto, te tomo la palabra, puesto que dijiste que estabas a mi servicio, y vendrás conmigo a Londres. Nos llevaremos también a este osado rufián del Pequeño John, y a tu sobrino Will Escarlata, y a tu trovador Allan de Dale. En cuanto al resto de la banda, tomaremos nota de sus nombres y los inscribiremos como guardabosques reales; me parece más juicioso convertirlos en honrados cuidadores de los ciervos de Sherwood que dejarlos sueltos para que los maten fuera de la ley...  

Al día siguiente, el rey salió de la ciudad de Nottingham; Robin Hood, el Pequeño John, Will Escarlata y Allan de Dale estrecharon las manos al resto de la banda, besaron en las mejillas a cada uno de los hombres y prometieron volver con frecuencia a Sherwood para visitarlos. Luego, cada uno montó en su caballo y se alejaron con la comitiva del rey...  

Robin, debido a su fama como arquero, se convirtió en uno de los jefes del rey, y fue ascendiendo rápidamente hasta llegar a jefe de la guardia. Por fin, el rey, en recompensa a su lealtad, le nombró duque de Huntington, y como tal Robin siguió a su rey en las guerras que éste emprendió y estuvo tan ocupado que no le fue posible regresar a Sherwood ni siquiera por un día.

Aunque parezca mentira, el rey Ricardo venció a Robin Hood ofreciéndole un estilo de vida que Robin siempre había despreciado. De esta manera dio muerte a la leyenda, convirtiendo a Robin Hood en un arquero más al servicio de la nobleza.  

Por otro lado, la muerte física de Robin también es paradójica. Enemigo tras enemigo, todos los que intentaron algo contra Robin Hood, fueron vencidos. Todos, excepto la única mujer que se le opuso: su propia prima, quien lo mató en una cama de enfermo, fingiendo que trataba de curarle la fiebre.  

Hay que decir que Robin había ayudado mucho a esta prima suya; pues gracias al aprecio que el rey Ricardo sentía por él había sido nombrada superiora del convento. Pero no hay cosa en el mundo que se olvide con más rapidez que la gratitud, y cuando la superiora de Kirklees se enteró de que su primo, el duque de Huntingdon, había renunciado a su ducado y regresado a Sherwood, se sintió ofendida en lo más íntimo y temió que su parentesco con él le atrajera las iras del rey. Y así sucedió que, en cuanto Robin acudió a ella solicitando sus servicios como sangradora, ella empezó a conspirar contra él, pensando que haciéndole daño lograría los favores de sus enemigos. No obstante, se guardó para sí misma estas maquinaciones y recibió a Robin Hood con fingida amabilidad... Y efectivamente le sangró, pero la vena que abrió no fue una de las azules que corren justo bajo la piel; su corte fue mucho más profundo, y abrió una de esas venas por las que corre la sangre roja que brota del corazón. Robin no se daba cuenta de nada de esto, pues aunque veía correr la sangre, ésta no brotaba con la suficiente rapidez como para hacerle pensar que algo andaba mal.
Entre el buen amigo, el rey Ricardo Corazón de León y la única mujer que se le enfrenta, su prima, superiora del convento, Robin Hood fue aniquilado. 

Cualquier parecido con la realidad...  

Es posible que el auténtico Robin Hood fuera vencido. Pero su leyenda no muere aunque pase todo un milenio.  

Versiones van versiones vienen. Algunas, como la de Howard Pyle, nos muestran a un Robin generoso y caballeresco, que se divierte en medio de las aventuras en el bosque. Otras versiones hacen de Robin un romántico que realiza proezas para ganar el corazón de su bella lady Marian.  

No importa cuál sea la versión que más nos guste, Robin Hood siempre vestirá de verde e irá armado de su arco y sus flechas, robando a los más ricos para ofrecer su botín a los más pobres.  

Robin Hood es un hombre libre, universal e inmortal. Robin Hood deja de ser leyenda para convertirse en uno más de los héroes clásicos que mantienen vigencia en el mundo actual. Basta con leer algunas frases para descubrir que cualquier parecido con la realidad no es ninguna coincidencia. Es apenas la historia de la humanidad, que se repite... y se repite.  

¿Vivirá por ahí algún Robin Hood contemporáneo? ¿También se vestirá de verde? ¿También robará a los más ricos para repartir entre los más pobres?  

Por lo pronto, me pregunto todos los días: ¿en qué bosque te escondes, Robin Hood? Y leo una vez más sus alegres aventuras con la esperanza de que alguna vez este interrogante sea respondido. 
 

Textos tomados de:   
Las aventuras de Robin Hood, de Howard Pyle. Madrid: Editorial Anaya, Colección Tus Libros, 1989. 
Irene Vasco es una destacada figura de la literatura infantil de Colombia. Autora de Conjuros y sortilegios, Paso a paso, Cambio de voz , Mis 130 apellidos, Medalla de honor, A veces, Las sombras de la escalera, Lugares fantásticos de Colombia y otros libros. Más información en www.irenevasco.com
 

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