Por
donde pasan las ballenas
Juan
Farías
Madrid:
Espasa
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Aproximación
al personaje del anciano en la literatura infantil y juvenil española
contemporánea
(Algunos
ejemplos)
Anabel
Sáiz Ripoll
Préambulo
La vejez, la ancianidad, la tercera edad son términos más
o menos afortunados para designar el último periodo en la vida del
ser humano. No obstante, esa certeza no tiene por qué conllevar
aspectos negativos de tristeza o desazón ya que, hoy en día,
con el avance espectacular de la medicina, tras la jubilación, la
expectativa de vida es amplia y quedan muchas cosas qué hacer y
muchos proyectos que llevar a cabo. La vejez ha de ser una época
vivida con dignidad y plenitud y la sociedad, por supuesto, tiene mucho
que decir al respecto porque parece que nos olvidamos de nuestros mayores
y los relegamos al olvido, instalándolos fuera de casa, abandonándolos
a la soledad y a la tristeza y, en definitiva, rechazando la realidad de
que todos habríamos de llegar a esa edad. Sin embargo, no
siempre ha sido así y en la antigüedad el consejo de los
ancianos era apreciado; es más, los ancianos podían regir
los destinos políticos de una ciudad porque eran los que más
habían vivido, los que tenían más experiencia de la
vida. Hoy, en ciertas tribus o culturas mal llamadas primitivas, se observa
que el anciano sigue gozando de prestigio.
El objetivo de esta comunicación es evidenciar que, en la literatura,
el anciano ha tenido desde siempre un papel y me gustaría repasarlo
brevemente para reflexionar sobre ello. Evidentemente, obvio es advertirlo,
no tratamos de ser exhaustivos, sino sólo ofrecer algunos títulos
y obras con el ánimo de despertar la curiosidad y animar a los futuros
lectores y lectoras a investigar por su cuenta.
Si repasamos la literatura española, en general, podríamos
mencionar, sólo a modo de ejemplo, algunas obras protagonizadas
por ancianos:
Cervantes escoge, precisamente
a un anciano, Don Alonso de Quijano para llevar a cabo la aventura más
hermosa e ideal que nunca ser humano haya realizado, que no es otra que
la que se narra en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.
Leandro Fernández de
Moratín no deja en muy buen lugar a algunos ancianos, hombres, aunque
lo hace con intención social. Así en El viejo y la niña
critica los matrimonios de conveniencia, desiguales.
José de Espronceda rechaza
la vejez –no olvidemos que es la época del Romanticismo–- y en El
Diablo Mundo escribe acerca de un anciano que se convierte en joven
enérgico y fuerte.
Benito Pérez Galdós
en Tristana nos habla del viejo cínico don Lope que quiere
seducir a Tristana, y en El abuelo se centra en la figura de un
viejo hidalgo venido a menos que acaba dejando las conveniencias a un lado
en favor del amor y el afecto.
Ramón del Valle-Inclán,
en una de las sonatas, La sonata de invierno, sitúa el declinar
biológico de su alter ego, el marqués de Bradomín,
y en Luces de bohemia, como ya es sabido, recrea el final desgraciado y
triste de Max Estrella, el anciano poeta ciego clarividente.
Carmen Laforet, más
cercana en el tiempo, escoge a la abuela en Nada como el personaje
que intenta recomponer los pedazos destrozados de su casa.
Miguel Delibes en La hoja
roja, por poner sólo un ejemplo, critica la penosa situación
de un jubilado sin recursos.
José Luis Sampedro,
en La sonrisa etrusca, realiza un homenaje brillante y tierno a
la ancianidad. Recordemos que él mismo empezó a publicar
con cierta edad y que es una mente privilegiada y siempre sorprendente
como ha ocurrido con El amante lesbiano.
El anciano en la literatura infantil y juvenil
La literatura infantil y juvenil puede y debe ofrecer a sus lectores
personajes distintos, ricos y variados para ayudar a situarlos en su mundo,
en un entorno real. Así, la figura del anciano, presente como acabamos
de ver en la literatura en general, aparece en algunos de los títulos
de nuestros mejores
autores actuales de literatura infantil y juvenil. A menudo, muestran
que ancianos y jóvenes o niños están más unidos
de lo que pudiera parecer a simple vista porque ambos, por distintas causas,
se sienten, de alguna manera, relagados y olvidados. Por eso, ya lo veremos,
no es infrecuente que se den alianzas entre niños y ancianos, entre
jóvenes y ancianos.
Concretamente nos centramos, en un intento de que no se nos desborde
esta aportación, en la obra de algunos de los autores que hemos
ido trabajando en distintos artículos y estudios y que conocemos
mejor. Son: Alfredo Gómez Cerdá, Jordi Sierra y Fabra, Concha
López Narváez, Pilar Mateos, Mercedes Neuschäfer-Carlón,
Juan Farias y Elvira Lindo.
El abuelo
En la actualidad se acude a los abuelos, con bastante frecuencia, para
que cuiden de sus nietos porque los padres trabajan o por cualquier otro
motivo. En El cuento interrumpido (1983), de Pilar Mateos, Virilo,
un viejo pastor analfabeto de más de 70 años, deja su pueblo,
en el que ha vivido toda
la vida, para ir a casa de su hija y ayudarla en la crianza de Nicolás,
el nieto. Pues bien, la alianza queparecía imposible entre un niño
y un anciano, que prácticamente no se conocían, acaba dándose.
Entre Virilo y Nicolás, día a día, va fraguándose
una relación afectiva basda en el cariño y el respeto.
En el libro se hace hincapié en una serie de valores fundamentales
como pueden ser la lectura, la invención de mundos nuevos, el afán
de superación por parte del abuelo y del propio niño. Pilar
Mateos, al respecto, comenta: “Cuando Virilo, el abuelo, se aparta del
modelo masculino de comportamiento es a la hora de integrarse en el cuento,
de meterse de cabeza en el mundo de la fantasía, que es un territorio
de mujeres y de niños. Probablemente entra en él por amor
a su nieto, por un sentimiento de justicia, por ayudar al niño del
cuento, por el placer de la acción; pero no hay que desdeñar
la gratificación que conlleva para su ego verse retratado en la
noble figura del sabio y la ingenua vanidad que eso le produce, como un
rasgo típicamente masculino” (1).
Concha López Narváez, en El amigo oculto y los espíritus
de la tarde (Premio Lazarillo, 1985) nos ofrece una historia llena
de poesía y lirismo, ejemplo de buena literatura destinada a los
niños. Miguel y su abuelo viven en un pueblo abandonado y el abuelo
muere un mal día, al inicio del libro, y es entonces cuando el relato
se tiñe de emoción y de ternura. Carcueña es un pueblo
sin vida y Miguel se queda totalmente solo, aunque, inculcado por el amor
de su abuelo, por lo que aprendió de él, por su fuerza, por
sus buenos consejos, decide quedarse en el pueblo con sus animales, sus
recuerdos. Gracias a la memoria, precisamente, el pueblo sigue en pie.
La narración está contada en primera persona, con lo que
gana en matices y en lirismo porque no dejamos nunca de lado a Miguel.
Es él quien nos describe el paisaje, los animales, la vida del campo
que brota por doquier y esto es así porque el abuelo sembró
en el niño un germen que le permite llegar a la adolescencia sin
rendirse.
En La tierra del sol y la luna (1984), de Concha López
Narváez también, novela histórica bellísima,
es el abuelo, Diego Díaz, quien ejerce su papel de cronista. Él
es la memoria de los hechos pasados y del dolor, de lo que fue y que, por
desgracia, volverá a ser, ya que se nos narra la persecución
de los
moriscos. Dice la autora, refiriéndose a este personaje: “Especial
importancia tiene para mí la figura del abuelo. No sólo porque
a un anciano se le perdonan con mayor facilidad sentimentalismos y consejos,
sino porque me permite, por medio de los recuerdos, trasladar la acción
al momento de la conquista de Granada” (2).
En Nieve de julio (1987), también de la misma autora,
escrito en primera persona, nos habla de Teresa, una niña de 11
años, que no tiene muchas ganas de pasar las vacaciones en el campo
y encima en casa de su tío-abuelo Pop, un octogenario. Pues bien,
gracias a Pop, que le enseña la
belleza de las tierras andaluzas, la hermosura de los olivos, de los
naranjos, de la vida en el campo, Teresa quiere crecer para hacerse cargo
de la casa y que no se pierda cuando Pop no esté.
Otra obra de Concha López Narváez, Un puñado
de miedos (1988) se centra en Quique, de diez años, que va a
pasar las vacaciones a casa de la abuela, a la que quiere con pasión;
sin embargo, surgen una serie de miedos que lo hacen temeroso y cobarde.
Quique, gracias a la abuela, aprende a
superar esos miedos porque ella también los tuvo y le cuenta
que eso es normal, que les ocurre a todos los niños.
Jordi Sierra i Fabra también escribe sobre abuelos especiales.
Para este autor, de amplia obra, el anciano, en general, es una presencia
recurrente. Es quien aporta cordura, un punto de serenidad, la experiencia,
quien pone las cosas en su sitio y quien, en suma, sabe ver más
allá que los demás
porque ha vivido más. El abuelo de Godar, Badur, en Aydin
(1994) reflexiona para que su nieto entienda que la ballena varada en las
playas del pueblo no pertenece a nadie. Badur habla con su nieto de la
libertad a que tienen derecho todas las criaturas y reflexiona con él
para que lo entienda.
Valentí, el abuelo de Óscar en Temps de gebre
(1991), enseña a su nieto, criado en la ciudad, el valor de las
cosas sencillas y elementales de la existencia. El abuelo que aparece en
Kaopi (1990) no quiere que su nieto pierda las esperanzas al ser
uno de los últimos supervivientes de una etnia casi al límite
de la extinción e, incluso ya muerto, sigue estimulando al nieto
para que no se rinda y no sucumba ante un mundo hostil.
Juan Farias, otro autor de reconocido prestigio, suele acercarse a la
figura del abuelo que es quien conserva la memoria y el recuerdo intactos,
facultades de suma importancia para que no llegue el olvido. Y lo hace
forma placentera y sobria, como es su estilo En Un cesto lleno de palabras
(2000), el abuelo de Pedro le regala un cesto de palabras que guarda
en la imprenta en la que trabaja. El abuelo aconseja al niño y le
permite descubrir que las palabras tienen vida, son reales. Los caminos
de la luna (1997) es la historia sencilla de un abuelo que le cuenta
cosas a su nieta, que pasea con ella, que la lleva de la mano y la conduce
al pasado, a su memoria para que la niña sepa quién es y
de dónde viene y aprenda a vivir y a soñar. Por donde
pasan las ballenas (1997) es también la narración de
un abuelo que tiene un nieto al que quiere con ternura y por el que renuncia
a lo que haga falta. El abuelo, por el nieto, comete travesuras y se expone
a que lo regañen los mayores. Vive con su hija y su yerno –como
sucede en caso todos los abuelos retratados por Farias– y emplea también
la memoria y la experiencia para ayudar a su nieto. Para el niño,
la palabra del abuelo
es enseñanza y no la desdeña porque, como bien dice,
“El abuelo sabe de esto, que para eso es abuelo y el vivir enseña”.
En el recuerdo de un anciano se concentra toda la experiencia de la vida,
todo el porvenir y la nobleza que intenta transmitir a los niños
que son los que aún saben escuchar. Así, en La
infancia de Martín Piñeiro (1994), es el abuelo que vive
con su hija el que recuerda, pero a Martín le gustaría tener
grandes historias que contar a su nieto Nicolás, pero no puede competir
con las modernidades (Superman, la televisión...). Jacobo, en La
isla de Jacobo (1990), es el niño que gracias al abuelo aún
tendrá una herencia, aunque le toque vivir enm un mundo distinto,
industrializado. Hay un cuento precioso en Algunos niños, tres
perros y más cosas (1981) titulado “La memoria del catalejo”
en la que Juan Farias habla de la historia de amor de los abuelos del narrador,
una historia llena de ternura y respeto.
La abuela Jacinta, en Con los ojos cerrados (1997), de Alfredo
Gómez Cerdá, muere al principio de la novela; pero en su
nieta, Ana, también ha dejado la huella de su espíritu enérgico
y valiente. Jacinta es una mujer sabia y refranera. Su muerte hace que
Ana, con 11 años, tenga su primera experiencia de que la vida tiene
un final. Y Ana siempre echará de menos a los abuelos, a Jacinta
y al abuelo que murió de pena, porque ya no están. De loas
abuelos maternos que, afortunadamente sí viven, ella habla también
con respeto y admiración hacia su vitalidad y entusiasmo por la
vida.
Si hay un abuelo entrañable y conocido por todos los niños
lectores es don Nicolás, el superabuelo de Manolito Gafotas.
Con Don Nicolás, sin que la edad sea obstáculo, Manolito
establece una relación de camaredería, de afecto y de cariño
correspondido. Para Manolito el abuelo es el que más sabe, es quien
le enseña canciones antiguas, quien duerme con él, quien
le cuenta cosas y lo saca de algunos problemas porque el abuelo sabe cosas
de su madre y la desmitifica continuamente, porque el abuelo tiene amigos
y conoce mnuchas estrategias, proque al abuelo nadie lo amilana. Don Nicolás
es simpático y se emociona con cualquier cosa, pero Manolito se
lo perdona porque es su abuelo. Encontraríamos muchos ejemplos en
los distintos títulos escritos por Elvira Lindo de ese afecto y
esa complicidad (Manolito Gafotas (1994), Pobre Manolito
(1996), ¡Cómo molo! (1996), Los trapos sucios de
Manolito Gafotas (1997), Manolito on the road (1998) y Yo
y el Imbécil (1999). Al principio, el abuelo es “Superpróstata”;
pero en Yo y el imbécil (1999) deja de serlo porque ahí
es cuando lo operan y sus dos nietos lo pasan fatal porque no quieren ni
oírle decir eso de “El día que yo falte” . En definitiva:
Manolito admira a su abuelo, dice que “mola”, le enseña cosas prácticas,
lo protege; aunque el abuelo tiene limitaciones y es bueno que Manolito
lo sepa y lo acepte como algo natural de la vida (ronca, a veces olvida
las cosas, lleva dentadura postiza, tiene achaques...); pero Manolito quiere
a su abuelo y le duele que le hable del día en que no esté
y lo pasa mal cuando lo van a operar y se lamenta de que esté triste.
Viejos sabios de cualquier cultura
En distintos títulos encontramos ancianos que tienen una misión
importante: son la voz del pasado, la experiencia, son la sabiduría,
el pasado, el recuerdo de lo que no debe hacerse, el aviso para generaciones
venideras. Jordi Sierra i Fabra suele aludir al anciano como punto de referencia
en sus
novelas. Suele ser un hombre sabio, que ha vivido mucho y que ve más
allá de las limitaciones de nuestros pobres ojos. En El último
verano miwok (1987), Tortuga Veloz es el viejo indio que no ha olvidado
sus orígenes y que los atesora con mimo y auténtica devoción
y que ejerce como voz cuerda y potente para advertir sobre peligros, aunque,
por desgracia, no siempre le hacen caso. Hari, en Los tigres del valle
(1994) es el único que se da cuenta de lo terrible que será
exterminar a todos los tigres y las consecuencias que ello traerá
para el pueblo y su equilibrio ecológico. En La música
del viento (1998), un sadhu, un santón hindú,
aporta el equilibrio necesario en el personaje para que actúe y
haga lo que tiene que hacer, sin dudas. Ammed en Noche de luna en el
estrecho (1996) ayuda al joven Habib que quiere dejar el poblado y
buscar una nueva vida, señalándole, con equidad, los peligros
que corre. Tobías, el viejo mendigo violinista de Concierto en
Sol Mayor (1997) es esencial para el desarrollo de la novela porque,
gracias a él, Daniel, el pequeño niño superdotado,
tiranizado por una madre exigente, aprende a econtrar el equilibrio en
su caótica vida.
Concha López Narváez en Endrina y el secreto del peregrino
(1987), escoge a Guillaume de Gaurin como el personaje que engarza la historia.
Se trata de un anciano peregrino que quiere resguardar su personalidad
porque va a Compostela, precisamente, para pedir perdón por los
pecados
cometidos. Seguramente sea un trasunto de Guillermo X de Aquitania
que murió el viernes santo de 1137 en Santiago.
Los ancianos médicos de El tiempo y la promesa (1990),
de la misma autora. deciden quedarse en Vitoria, pese a que son judíos
y están siendo expulsados, para cuidar de los enfermos en la epidemia
de peste, anteponiendo los intereses de la comunidad, de la que son marginados,
a los suyos propios.
Vemos que, en distintas culturas, el anciano tiene la misión
de ser el transmisor del pasado. Siguiendo con Concha López Narváez,
en Tinka (1998), Watawe es quien cuenta las historias a los chicos
del poblado y quien les despierta la imaginación y el gusto por
las aventuras. Y en El fuego de los pastores (1987), es el viejo
rabadán el que ejerce de cuentacuentos, el que impide que se pierda
la memoria y que todo caiga en el olvido.
El viejo marinero Ismael, en Ismael, que fue marinero (2000),
de Juan Farias, vive retirado en Miradonde y es el único que ofrece
una amistad desinteresada al narrador, un joven, de buena familia, que
anda desorientado. Ismael, para este muchacho que ya es anciano cuando
nos lo cuenta, fue un pilar básico en la vida por sus palabras,
sus aventuras y por al admiración que en él despertaba su
vida distinta a lo convencional.
El anciano Sr. Baumann, en Antonio en el país del silencio
(1988), de Mercedes Neuschäfer-Carlón, es una especie de abuelo
adoptivo para Antonio al que ayuda a superar los problemas, que le despierta
la imaginación y le da un afecto sin límites .
La reivindicación de la vejez
Pedro el joven, en El caminero (1994), de Pilar Mateos, es un
viejo maltratado por la vida, que vive muy solo, con su rebaño,
que no tiene a nadie en el mundo; sin embargo, sí muestra un punto
de lucidez y descubre aquello que la niña protagonista persigue
durante toda la narración, el mundo de lo ideales. Pedro el
joven es uno de los ejemplos más tristes del anciano abandonado
a su suerte, hombre de campo, recio, duro, olvidado y perdido.
Dejamos para el final dos títulos representativos de Alfredo
Gómez Cerdá, el primero Sin billete de vuelta (1994)
es un título metafórico que alude al último viaje
de sus personajes, unos ancianos que, en la Estación de Sants de
Barcelona, desgranan sus historias, cómo fueron, qué ilusiones
tenían y
cómo son ahora. Ante la mirada emocionada del autor desfilan
Darío, Martín, Rafael, Tiquio, Damián y Matías.
Ancianos que en su día fueron jóvenes, que tuvieron ganas
de hacer cosas, de llevar a cabo empresas, ancianos que han renunciado
a muchas empresas por los demás y que poco están recibiendo
a cambio, ancianos que son el reflejo de lo que seremos también
nosotros.
La última campanada (2000) es otro título del autor
madrileño que queremos tratar y lo hemos dejado para el final de
esta exposición porque, en la novela, se hermanan, precisamente,
como dijimos antes, la juventud y la vejez. Hugo es un joven que saca notas
muy malas, que no encuentra un sitio en la vida y que, en unas vacaciones
de Navidad, decide aceptar el trabajo de aprendiz, en contra de la opinión
de su familia, en el taller de un viejo relojero, Enrique Ginestal. Esta
decisión aparentemente absurda de Hugo será su salvación
porque va a aprender, y con él los lectores, a conocer a un anciano,
a valorarlo, a saber de sus defectos y necesidades y a quererlo; hasta
tal punto que se implica con él en una aventura quimérica
y apasionada. Un grupo de ancianos, hartos de no se los tenga en cuenta
para nada en esta época nuestra, deciden boicotear las campanadas
de fin de año y lo hacen con absoluta maestría y empecinamiento,
sin fallos ni errores. En esta última campanada simbólica
está, precisamente, la edad y la experiencia de los ancianos que,
como una campana potente, no dejará de sonar.
Conclusiones
Dado que la lista que hemos comentado de títulos no es exhaustiva,
las conclusiones tampoco lo serán, pero, después de haber
leído y de haber comentado lo anterior, podemos comentar lo siguiente:
No hay diferencia entre los
ancianos de distintas culturas, la única diferencia la marca la
sociedad. En el mundo occidental el anciano está más relegado,
en cambio en el mundo oriental, por ejemplo, sigue teniendo un peso fundamental
su opinión.
El anciano, sobre todo, aporta
la memoria colectiva. Gracias a él conocemos el pasado, lo que fue,
tendemos puentes entre nuestro presente y nuestra historia. Interesa, en
una palabra, conocer más el pasado que el futuro, porque el futuro
sólo lo podremos construir si sabemos de nuestro pasado.
El anciano también personifica
la experiencia, el conocimiento, sobre todo, de profesiones desaparecidas,
de aspectos que tienen que ver con la vida del campo, con el ciclo de la
naturaleza.
A menudo, en los ejemplos de
historias que transcurren en España, los abuelos que han enviudado
–son siempre hombres, pocas mujeres hemos visto– viven con su hija y su
yerno y son el compañero de juegos ideal para el nieto al que ayudan
en su formación y acompañan en su crecimiento.
Pocos ancianos, en las novelas
que se desarrollan en España, viven en su lugar de origen. Por distintas
causas, la mayoría han sufrido desarraigo, ya sea de su pueblo o
de su casa.
No es difícil encontrar
una alianza entre el anciano y el niño o joven porque todos se sienten
marginados. El anciano porque ha acabado su vida activa y parece que ya
no tenga nada que aportar y los niños y jóvenes porque aún
no la han empezado y sus opiniones todavía no cuentan.
Los abuelos tienen más
tiempo, por lo tanto, también tienen la paciencia necesaria y el
distanciamiento que da el paso del tiempo para colocar cada cosa en su
sitio.
A menudo también los
abuelos protegen a sus nietos y aceptan haber cometido alguna travesura
para evitarles problemas, eso, por supuesto, refuerza la alianza.
También se alude a abuelos
que viven solos, que tienen mucho que ofrecer, pero que a veces desconfían
de la gente, hasta que encuentran a un niño o a un joven con quien
aprender a reconciliarse con la vida o viceversa, puede que sea el niño
o el joven quien aprenden a ocupar su lugar en la vida gracias al ejemplo
del anciano.
En suma, la presencia del anciano, en la literatura infantil y juvenil
española de los últimos 15 o 20 años es positiva;
en todo caso no se cuestiona el papel del anciano, su rol por así
decirlo, sino el empecinamiento de la sociedad en olvidarse de que existe,
en ignorar su voz, sus consejos y su
sabiduría que es, precisamente, lo que recupera la la literatura
que hemos tratado aquí.
Sin duda, éste no es un tema cerrado ya que sólo hemos
hecho una aproximación basándonos en cuatro autores reprentativos,
pero, por supuesto, hay otras muchas obras y otros muchos autores que,
por suerte, escogen como personajes a ancianos y ancianas para situarlos
en el lugar que les corresponde, porque ellos tienen un sitio en esta sociedad
y bueno es que la literatura infantil y juvenil lo recuerde.
Notas:
1. Citado en Anabel Sáiz
Ripoll: “Pilar Mateos: seres cotidianos y mágicos”, CLIJ, 11, pp.
7-17.
2. En carta.
Bibliografía:
Sáiz Ripoll, Anabel:
"Alfredo Gómez Cerdá
o la aventura de escribir”, CLIJ, Barcelona, año 8, nº
70, marzo 1995, pp. 44-52.
"Pilar Mateos: seres cotidianos
y mágicos”, CLIJ, Barcelona, año 11, nº 111,
diciembre 1998, pp. 7-17.
"Jordi Sierra i Fabra, la pasión
por la escritura”, CLIJ, Barcelona, año 12, nº 114,
marzo 1999, pp. 7-17.
"Una literatura sin concesiones.
La obra de Concha López Narváez”, CLIJ, Barcelona,
año 14, nº 134, enero 2001, pp. 7-25.
"Juan Farias, el maravilloso mundo
de lo cotidiano”, CLIJ, Barcelona. año 14, nº 140, julio-agosto
2001, pp. 7-23.
"La superación de las limitaciones:
la literatura infantil y juvenil de Mercedes
Neuschäfer-Carlón”,
Lazarillo, nº 4, año 2001, pp. 35-44.
"La novedad variada de Alfredo
Gómez Cerdá”, Alacena, Madrid, nº 34, verano
1999, pp. 6-10.
"La voz de Manolito, sí
Gafotas”, Platero, Oviedo, año XIII, nº 107, marzo 1999,
pp. 19-24.
| Anabel
Sáiz Ripoll, investigadora literaria española, nació
en Vila-seca, Tarragona, en 1963. Es doctora en Filología Hispánica
y profesora de lengua y literatura española en secundaria. Especialista
en literatura infantil y juvenil, colabora con artículos en revistas
como CLIJ, Alacena, Platero, Crítica, Lazarillo, Hispanorama, entre
otras. Ha trabajado la obra de conocidos escritores de literatura infantil
y juvenil. Ha publicado su tesina Las prosificaciones de las Cantigas
de Alfonso X el Sabio (PPU, 1987) y la edición crítica
La de los ojos color de uva, de Felipe Trigo (Diputación
de Badajoz, 1997), y, en el terreno creativo, Un arco iris total y otros
cuentos (1995), Eco de pasos detenidos (1996), Lunas y estrellas
(Canciones de Cuna) (1996), Estampas viajeras. Europa (1999) y Estampas
viajeras. España (2001). |
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