Complicidad trina, óleo
del pintor cubano Alexis Lago.
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La
gracia del misterio
Literatura
para niños y jóvenes
Aramís
Quintero
Uno de los problemas fundamentales de la literatura
para niños y jóvenes
consiste en determinar qué es y qué no es asequible o
apropiado a ellos, según sus edades. Es un problema que concierne
a los creadores, a los críticos, y en general a todo el que pretenda
vincular a los niños con la literatura.
A este problema hay que despejarle el camino. Primero, hay que insistir
en
algo que es o debiera ser obvio: todos los niños, aun de la
misma edad, igual origen social y similar educación y medio cultural,
difieren tanto en su manera íntima de tomar las cosas, que no podemos
asumir estrictamente ninguna generalización sobre los nexos existentes
entre psicología infantil y experiencia estética y cultural.
Hay aquí una zona en buena medida imponderable, impredecible.
Dicho en otros términos: en el niño hay misterio. Aunque
la palabra no les
guste a los teóricos y pedagogos de viejo cuño, que tan
ingenuamente emplean el adjetivo “científico”, con espíritu
decimonónico y en cabal ignorancia de que la noción de misterio,
como la de intuición, ha ganado en el último siglo un formidable
espacio en la mente de muchos hombres de ciencia.
En el niño hay misterio, y esta afirmación no parece despejar
mucho el
camino a nuestro problema de determinar qué le es y qué
no le es asequible o apropiado, según su edad, en materia de literatura.
Pero al menos, si tomamos en cuenta dicha afirmación, seremos más
cautelosos como críticos o profesores. Y como creadores seremos
quizás más espontáneos, más intuitivos, haciendo
a un lado, si aún no lo hemos hecho, el cándido prurito de
garantizar la comunicación estética y literaria a partir
de ciertas normas y esquemas. No pretendo yo demoler ningún esquema
ni normas de relativa utilidad. Pero sí subrayar ese relativismo,
y la necesidad de ser más cautos, más abiertos y humildes
ante el misterio que hay en el fondo de la infancia.
Dicho esto, es preciso observar que el problema de la captación
infantil de la obra literaria está pensado casi siempre en términos
de información, intelección y conceptualización. Y
más aun, en términos de ideas claras y distintas, para decirlo
como el filósofo. Pensado así, el problema “se resuelve”
determinando si la obra implica o no datos y conceptos que escapen, por
razones de edad o formación, al desarrollo cognoscitivo e intelectual
del niño.
Claro está que una obra puede ofrecer dificultades en ese plano
a un niño, a
ciertos niños, y no ser apropiada para ellos. Pero pensar en
tales términos todo el problema de la captación o comprensión
infantil y juvenil, y por tanto de la propiedad o impropiedad de una obra,
se llama reduccionismo. Porque dicho problema no se reduce para nada al
plano cognoscitivo e intelectual, y mucho menos en el sentido de formación
de ideas claras y distintas.
La comprensión y apropiación de una obra implica además
otros factores, y
las cosas suceden en la interioridad de cada cual según lo que
hay en ella,
justamente, de imponderable. En los niños como en los adultos.
De ahí el
amplísimo margen para las sorpresas con que debe contar el escritor,
el maestro, el padre. No digo yo que hayan de ir a ciegas. Pero tampoco
muy seguros.
La comprensión y apropiación de la literatura debe pensarse
también, como
sabemos, en términos de percepción sensorial y emocional.
Pero una de las claves del problema está en que, según el
caso, las vías o canales de aprehensión sensorial y emocional
pueden jugar, en ese proceso de comprensión y apropiación,
un papel más importante que el plano de los conocimientos específicos
y las ideas. (Digo “según el caso” refiriéndome, no al receptor
o la obra por separado, sino a la relación única e irrepetible
que puede establecerse entre uno y otra en un determinado momento.)
Esta es una de las claves, que debía ser obvia para todos. Pero
no lo es para los herederos del siglo XVIII francés y el XIX español
en Hispanoamérica, esa pléyade de didactistas y moralistas
que han tomado siempre muy a pecho, conociéndola o no, la vieja
idea cincelada en la frase de Stalin: “Los escritores son ingenieros de
almas”. (La frase ha dado y sigue dando para un tratado, y el hecho de
que Stalin la empleara da para otro.)
Ahora bien, lo que en términos demasiado estrechos, o simplemente
escolares, se tacharía de oscuridad o impropiedad en el plano
de los conocimientos e ideas de una obra dada en relación con ciertos
niños, puede jugar precisamente un papel positivo para la apropiación
de la obra, y establecer una comunicación y una vía de enriquecimiento.
Esta es otra de las claves: la atracción y la fertilidad, precisamente,
de lo que no es claro y distinto, y que funciona bajo la conciencia, en
cierto modo, como lo hace el misterio anecdótico, digamos el enigma
detectivesco. Sólo que con más resonancias, si la obra es
rica. Y de esta capacidad de resonancia, de esa relación entre lo
claro y lo oscuro, lo conocido y lo ignorado, resulta en buena medida la
posible multivocidad de la obra, los diversos niveles de
lectura que ciertas obras admiten.
Lo anterior afecta igualmente, en su escala, a la imagen poética,
y al
vocabulario. Nadie como Proust ha expresado las resonancias, la capacidad
generadora de imágenes y estimulantes sugestiones que poseen
esas palabras cuyo significado no es todavía el que más tarde
fijarán los adultos. En el mismo sentido se expresa Juan Ramón
Jiménez: “En casos especiales, nada importa que el niño no
lo entienda, no lo comprenda todo. Basta que se tome del sentimiento profundo,
que se contajie del acento, como se llena de la frescura del agua corriente,
del calor del sol y la fragancia de los árboles; árboles,
sol, agua que ni el niño ni el hombre ni el poeta mismo entienden
en último término lo que significan.”
Hermann Hesse y Thomas Mann dieron también especial atención
a los problemas de la formación del espíritu de los niños,
los adolescentes, el hombre; gran parte de su obra tiene un sentido esencialmente
iniciático. Así, hablando de las sugestivas conferencias
que ofrecía un personaje a quien el público no comprendía
del todo, dice Thomas Mann:
“No estábamos en situación de comprobar lo que decía
(...) escuchábamos
todas aquellas explicaciones con la oscura y agitada fantasía
del niño que presta oído a legendarias historias incomprensibles
mientras su espíritu, blandamente impresionable, se siente, como
en sueño y por intuición, enriquecido y estimulado. (...)
lo escuchábamos con gusto y boquiabiertos, como los niños
gustan de prestar oído a lo incomprensible. Con mayor gusto en verdad
que si se tratara de cosas próximas, correctas y normales. Muchos
se resistirán a creerlo, pero esta es la forma más intensa,
la forma superior, y quizá la más fructífera, de la
enseñanza. La enseñanza anticipativa, pasando por encima
de vastas zonas de ignorancia. Mi
experiencia pedagógica me dice que este es el método
que la juventud prefiere y, por otra parte, el espacio que deja uno vacío
tras de sí, se llena por sí mismo con el tiempo.”
En resumen, la ciencia y el arte de la literatura para niños
y jóvenes, el
secreto de hacerles posible y enriquecedora la experiencia literaria,
consiste en el abrazo armonioso y siempre único de lo claro y distinto
con lo oscuro. Lo mejor de la literatura proviene de ese abrazo, que no
es sino el abrazo de las dos grandes partes de que parece estar compuesta
invariablemente la realidad.
No se trata, por tanto, de otra cosa que de la esencia misma de la poesía.
Y
vale la pena terminar subrayando que es la poesía justamente
lo que falta cada vez más hoy día en la escuela, en la infancia,
en la vida. La poesía en todos los sentidos: como encantamiento,
como alma literaria y como “género”. Ya sabemos que la poesía
para niños y jóvenes ha ido retirándose del mundo
editorial, de los concursos, de la vida escolar. Ante todo, ha ido retirándose
de la vida a secas, marcada por el vértigo moderno (ese lugar común)
de la prisa, la competencia, las comunicaciones, el ruido, la banalidad,
la inseguridad. Todo conspira contra la poesía, y por lo mismo la
poesía hace falta hoy como nunca. Una novela policíaca, como
un informe de trabajo, se puede ir leyendo hasta de pie, en el metro. Pero
un libro de poemas no. Y si no es en el viaje entre la casa y el trabajo,
ni en el sagrado espacio de la televisión o el internet, ¿cuándo
vamos a leer poesía? ¿Es
decir a encontrarnos con nosotros mismos? ¿Cuándo vamos
a merodear por ese espacio oscuro y a la vez brillante que hay en el fondo
de cada uno de nosotros, y que la poesía nos permite entrever? ¿Cuándo
descubriremos o recordaremos, en la poesía, el disfrute de ser lo
que somos, tan distinto del hacer lo que hacemos y el estar donde estamos,
sean estos un disfrute también o un lamentable padecimiento?
El camino de la poesía, del espíritu lírico, comienza
o debe comenzar con
esos ritmos y rimas esencialmente lúdicos de la primera infancia.
Y no
interrumpirse ya jamás. Esa frase, “reencantar el mundo”, dicha
cada vez más como un suspiro, no alude a otra cosa.
Ahora bien, es exacto decir que la menuda tarea de “reencantar el mundo”
concierne a la sociedad entera; y es más exacto cada día,
porque cada día se evidencian más los lazos que atan entre
sí las distintas esferas de la vida: los intereses económicos,
la educación, la información, la cultura, el trabajo, la
política, las creencias... Es exacto, pero abrumador. Porque cuando
una necesidad o tarea fundamental concierne a tantos, e implica un cúmulo
tan grande de factores y de problemas, pareciera que desborda las posibilidades
de cada uno. Que nada puede hacerse más allá de señalar
los males y las necesidades. Y en todo caso, pareciera que lo que puede
hacerse por aquí y por allá es tan minúsculo, tan
fragmentario, que muchos se cuestionan si vale la pena tanto esfuerzo para
resultados tan pequeños o inciertos. Hay quienes creen en eso del
“granito de arena”, o al menos necesitan creer, y hay quienes no. (O no
quieren tomarse las molestias que acarrea creerlo).
Pero lo cierto es que si el mundo no deja de dar vueltas los problemas,
de
hecho, e inevitablemente, se van modificando (para no decir resolviéndose
ni
agravándose), y en ese proceso siempre hay muchas sorpresas,
pero también hay efectos reconocibles de acciones muy conscientes,
muy deliberadas. La parte previsible o conjeturable de los cambios depende
de que en algún momento los males y las necesidades comenzaron a
ser señalados.
Por otra parte, si bien a veces hay acciones y actores de gran potencia
que
pueden ciertamente forzar las cosas, con resultados de más largo
y profundo
alcance, nadie nos ha podido nunca asegurar que tanto alcance no resulte
a fin de cuentas lo más lamentable de la empresa. Las empresas pequeñas
no corren tantos riesgos.
En lo que nos atañe, reencantar el mundo a través de la
poesía (en la creencia de que tal cosa es buena para la plenitud
del ser humano), lo más acertado sería quizás una
mezcla de ambición y humildad en el proyecto. Sería ingenuo
pretender grandes cambios que implicaran simultáneamente, por ejemplo,
la educación, las instituciones culturales y los medios masivos
de comunicación. En cambio, más humildad y realismo, pero
suficiente ambición, habría en el esfuerzo de seguir insistiendo
sólo en dos direcciones: sensibilizar más la educación,
y tratar de llegar con esa sensibilidad a los padres, y sobre todo a los
padres de niños en edad preescolar y en los primeros grados escolares.
Lo cual sigue siendo una tarea enorme, pero a estas alturas es ya del todo
claro que en este terreno está la base de los problemas, y del futuro.
No es un terreno aislado, porque nada hoy día está aislado;
pero hasta cierto punto podemos delimitarlo.
Cuando digo “sensibilizar” la educación, me refiero específicamente
al
contacto con la poesía. (No es el momento de referirme al sueño
de una educación dirigida esencialmente a la interioridad, la sensorialidad,
el juego, la inteligencia emocional, la creatividad: lo que se diría
una educación meditativa, que al parecer es lo menos indicado para
este mundo de competencia y consumismo.) Y me refiero a la poesía,
no ya en su sentido más amplio, como calidad de las cosas, sino
concretamente como virtud de las palabras, esas criaturas hechas de sonidos,
imágenes mentales y resonancias de todo tipo.
Hay muchas “estrategias” diseñadas para estimular la creatividad
y la lectura
en talleres literarios, tanto para adultos como para niños y
jóvenes. Pero lo que suele faltar en este panorama es una labor
realmente afinada para el contacto íntimo con los aspectos esenciales
de la poesía. Esa labor estaría dirigida, fundamentalmente,
a percibir y degustar los elementos sonoros y las imágenes como
vehículos de un sentido no siempre claro y distinto; a regodearse
en la música y las visiones para despertar sus resonancias y “comprender”
su sentido de la manera en que puede comprenderse: sensaciones, emociones
e ideas, tan claras y distintas o tan difusas e imprecisables como sea
el caso.
Esto significa un trabajo de apreciación concebido no tanto como
“estudio” de formas, recursos, técnicas, etc., sino como puro gozar
y detenerse en la poesía resultante, rodeándola y poco a
poco penetrándola, de modo que las formas, los recursos, las técnicas,
se vayan develando por sí solos en relación con el sentido.
Sería un trabajo interactivo y moroso que implica, desde luego,
un profesor o guía realmente formado. Más exactamente, un
poeta, no importa que haya escrito o no poesía; alguien capaz de
seleccionar los mejores ejemplos y de emplearlos para seducir a la gente
(es decir, ayudar a los textos a seducirla) y llevarla hacia eso que puede
con propiedad llamarse “iluminación”. En cualquier terreno, esa
es la cumbre de toda pedagogía. Y en el caso de la poesía,
que en rigor es, ella también,
misterio, el término viene a ser idóneo.
La preparación y superación profesional de los maestros
de castellano y
literatura, el trabajo con niños en las bibliotecas y otros
espacios disponibles, y el trabajo de hormiga con los padres y adultos
en general, a través de talleres, podría marchar en este
sentido, siempre de acuerdo con las características del caso en
cuanto a edad y formación.
Se trata, en resumen, de asumir el espíritu de la lírica
y promover en cada
cual su descubrimiento, con un sentido de apertura y dilatación
de la experiencia vital, no sólo literaria. Es decir con un sentido
de crecimiento. Lo cual es válido, aun cuando sea de manera muy
inconsciente, incluso en los niños. Al final (para graficar la idea
con una sencilla referencia que era cara al poeta Eliseo Diego), acabarían
siendo obvias cosas tales como esta: una traducción de cierto cuento
de Andersen, que comenzara diciendo: “¡Ah, los días del verano!”,
es infinitamente superior a una que dijera: “En el verano los días
son hermosos.” Que esto llegue a ser obvio a la sensibilidad, es el humilde
y ambicioso sueño de la educación y el taller que hacen falta.
| Aramís
Quintero, escritor cubano ganador de importantes premios nacionales
de literatura infantil. Entre sus libros se destacan Maíz regado,
Días de aire, Fábulas y estampas, Oh tiempo
y Letras mágricas. Actualmente reside en Chile. Lea algunos
de sus poemas aquí. |
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