Cuatrogatos revista de literatura infantil   n° 8, octubre-diciembre 2001
Sumario 8
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Fondo de Cultura Económica 
Carr. Picacho-Ajusco 227 
Col. Bosques del Pedregal 
14200 México D.F. 
 
  Yolanda Reyes, desde Bogotá: 
    La granja Groosham 
    Anthony Horowitz 
    Traducción de Laura Sosa 
    Colección A la orilla del viento 
    México D.F.: Fondo de Cultura Económica
La manida frase según la cual “no hay nada nuevo bajo el sol” cobra pleno sentido al hacer una comparación entre La granja Groosham y la famosísima saga de Harry Potter. Mientras los críticos tratan de explicar el éxito del fenómeno Potter –éxito que se atribuye no sólo a factores literarios sino a otros más profanos de mercadeo–  La granja Groosham, una novela juvenil publicada en Londres en 1988 y merecedora del Lancashire Book Award en 1990, ha pasado sin tanta gloria. Y aunque en el ámbito de la literatura, toda comparación puede ser odiosa, resulta inevitable, además de comparar, hacerse ciertas preguntas. 

En primer lugar, hay una sorprendente similitud entre la saga de Rowling y el libro de Horowitz, publicado diez años antes. No sólo se trata de dos colegios de magia que recrean la atmósfera de los tradicionales internados ingleses, sino que hay rasgos de un humor irreverente y caústico –más caústico aún en La granja Groosham– , unos personajes muy parecidos y el mismo manejo de esa incierta frontera entre realidad y  fantasía. Cabe preguntarse si la Rowling conoció ese libro antecesor; si su lectura la marcó en el subconsciente, o si sólo se trata de otra de esas casualidades literarias que llevan a los seres humanos a recrear, en circunstancias distintas, los mismos paisajes interiores. Desde la zapatilla de cristal, hallada en antiguos cuentos chinos o en versiones occidentales de La Cenicienta, las casualidades tampoco son un asunto original en  literatura. 

Sea como sea, el libro de Horowitz tiene los ingredientes que luego consagraron a la Rowling. David, el protagonista, está a punto de cumplir trece años y vive con sus  padres, unos seres tan caricaturescos y despreciables como los tíos muggle de Harry Potter, a los que sólo les interesan el dinero y las apariencias. El día en que David es expulsado del elegante colegio Beton “por su socialismo constante y voluntario”, aparece misteriosamente el prospecto de un internado extraño, con un solo día de vacaciones al año, que encaja a la perfección con las expectativas de sus padres. Ese mismo día, David conoce en el tren hacia el colegio, a  sus dos compañeros de aventura: Julia, otra niña problema de la misma edad, con un padre diplomático y una madre actriz que mantienen una relación telefónica con su hija, pues nunca están en casa. (De hecho, un día Julia se topó con su madre en la calle y no la reconoció.) El otro niño es Jeffrey, tartamudo, gordo y de anteojos, que ha sido expulsado del internado “Héroes de la Inmisericordia”  porque un compañero le prendió fuego –no al internado, sino al pobre Jeffrey. 

Después del larguísimo trayecto en tren, una lancha manejada por el capitán Malasangre los lleva a la isla Cadavera, que no sale en ningún mapa. Ahí funciona el siniestro internado con niños que parecen muertos y con profesores de apariencias y nombres extraños como los señores Leloup, Tragacrudo, Oxisso, la Señorita Pedicure y dos directores, que según el juego de palabras en inglés, son las “dos cabezas” del colegio y literalmente comparten un mismo cuerpo. 

Con un lenguaje transgresor y sin concesiones moralistas, la aventura toma un giro inusitado hacia un desenlace que deja varios cabos sueltos y que plantea una crítica descarnada a la sociedad adulta. En ese sentido, La granja Groosham es mucho más polémica que Harry Potter y podría ser censurada, con mayor razón, por sus vínculos con las “artes tenebrosas”. Pero,  hablando en estricta literatura, se trata de una novela de obligatoria lectura, no sólo por su delicioso manejo del suspenso y por su impecable construcción, sino también por las  preguntas que suscita. Una de ellas, la inevitable, es la razón por la cual algunas obras alcanzan la fama desmesurada, en tanto que otras, de la misma calidad, quedan reducidas a los ámbitos de los especialistas. El lector inteligente podrá encontrar algunas respuestas, mientras devora este libro, imposible de soltar. 
 
Yolanda Reyes, escritora y educadora colombiana, dirige Espantapájaros Taller en Bogotá. Es autora de libros como Los años terribles, Los agujeros negros y María de los Dinosaurios. 
 

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