La escritora e ilustradora mexicana
Verónica Murguía, con su gata Merlina. |
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"Bna
buena historia bien contada"
Entrevista
con Verónica Murguía
Sergio
Andricaín
Eres ilustradora. ¿Cómo comenzaste a escribir? ¿Qué te impulsó a hacerlo?
Alguna vez quise ser pintora –estudié parte de la carrera en
la Escuela Nacional de Artes Plásticas, aquí en México–
porque tengo cierta facilidad para dibujar. Pensaba, equivocadamente, que
aunque la escritura y sobre todo la lectura eran lo que más me gustaba
en el mundo, la pintura era mi vocación. Pero no era así.
Me gusta mucho el dibujo, pero más la escritura. Y cuando por fin
me atreví a escribir, me costó más trabajo que el
dibujo y que todas las otras cosas que he hecho (maestra de aerobics, vendedora
de pan de plátano, secretaria, vendedora de grabados, locutora en
la radio durante ocho años), pero me di cuenta de que ni modo, mi
destino es escribir, aunque me resulta de lo más difícil.
Me parece muy arduo, pero la experiencia de la lectura es uno de los placeres
de mi vida (leo voraz e indiscriminadamente) y la escritura se derivó
más o menos naturalmente de eso. Y digo más o menos porque
me resistía, empecé a escribir casi a escondidas –no le enseñaba
nada a nadie– como a los veintiocho años y nunca he sido parte de
un taller.
Hice estudios inconclusos de Historia en la
Facultad de Filosofía y Letras. Leer a ciertos autores como a Johan
Huizinga o a Georges Duby me hizo ver con más claridad que el estudio
del pasado y la escritura me permitirían formular algunas preguntas
que me interesan mucho. Como dice con cierta acidez Javier Marías,
"sólo en la ficción se puede vivir". Yo en la ficción
y en el pasado soy feliz. Mi trabajo como ilustradora es secundario, aunque
me divierto como loca cuando ilustro.
¿Podrías hacer un breve recorrido por tus libros publicados?
Taté el mago y Clarisel la cuentera fue lo primero que escribí.
Quería hacer una novelita para jóvenes en la que estuvieran
presentes ciertos elementos míticos como la figura del chamán,
el lenguaje mágico y los ritos (estaba leyendo La rama dorada, de
Frazer). Ahora ese libro me parece muy vacilante y plagado de errores,
pero la experiencia de escribirlo me permitió descubrir por dónde
iba la cosa para mí. Auliya, mi primera novela, está situada
como El fuego verde en una Edad Media conjetural, pero en el desierto,
en el Magreb árabe. Quise escribir La noche mil dos porque Las mil
y una noches me abrió un universo que aun no se agota para mí,
pero luego me enteré que existe una novela formidable que se titula
así, de Roth. Leí La noche mil dos, me pareció buenísima
y resignadamente le dejé a la mía el nombre de la protagonista.
En ese libro quise hacer una exploración del legado árabe
que hay en el español, de los centenares de palabras que heredamos
de ellos, de la extraordinaria complejidad de esa cultura y de un paisaje
tradicionalmente asociado con la revelación y el espíritu:
el desierto. Mi segunda novela es El fuego verde. Igual, en el pasado,
pero a diferencia de Auliya, que es coja y despreciada desde su nacimiento,
Luned es sana, fuerte y testaruda. Mientras escribía las novelas,
hice varios libros para niños (Rosendo, El guardián de los
gatos, David y el armadillo, Mi monstruo Mandarino) ilustrados
por mí y me sirvieron de consuelo cuando me atoraba en la escritura
de las novelas.
Centrándonos ya en El fuego verde, ¿por qué una autora mexicana escribe una novela con personajes y escenarios que remiten a la cultura celta?
No tengo una explicación muy clara. Creo que es a causa de mis
lecturas: a los nueve años leí Orlando furioso en una colección
ilustrada por Gustave Doré, y en esa misma colección estaban
Las Cruzadas de Michaud, ilustradas por Doré también. Yo
estaba muy chica, no entendía muy bien lo que leía, medio
me hipnotizaban los grabados, medio leía, pero se me quedó
grabada la idea de que en la Edad Media todo era posible: había
caballeros que se iban a la luna y caballeros que se iban a la Cruzada.
Saladino, el príncipe árabe –ahora sería iraquí–
era mi héroe, más por supuesto que el pobre Orlando, tan
colérico y arbitrario. Por supuesto ya conocía muchos cuentos,
y como sabemos, ocurren en la Edad Media, Blancanieves, Barbazul, Cenicienta,
etc. La historia de las Cruzadas, como es tan alucinante, me pareció
otro cuento, y el Orlando una historia que era un poco verdadera. Me seguí
con la versión de Steinbeck de Los caballeros de la mesa redonda
y, por supuesto, con Ivanhoe. Yo no entendía mis lecturas del todo,
pero cada vez me gustaban más. Al entrar a la secundaria, me enteré
de que esa época fabulosa que me gustaba tanto, en la que anduvo
El Cid, en la que los santos se quedaban dieciocho años de pie sobre
una columna y en la que los caballeros buscaban el Grial, tenía
muy mala fama. Por rebeldía me volví cada vez más
aficionada a la literatura medireview. Leí a Dante (sólo
el Infierno, por curiosidad adolescente), a Malory que me descubrió
a Merlín, al "verdadero", hijo de un demonio y una mujer que olvidó
persignarse al irse a dormir, en oposición al insípido Merlín
de Disney. Quiero mucho a Bocaccio y a Chaucer, pues me permitieron escandalizar
abiertamente a mis maestros sin que me regañaran, pues al fin y
al cabo la alegre obscenidad de algunos cuentos era una obscenidad que
ellos consideraron "culta". Tuve una colección de postales de catedrales
góticas y románicas; en la preparatoria me deslumbraron Santo
Tomás y Guillermo de Occam. En la Universidad, descubrí a
Duby. La verdad, me siento a mis anchas en algunas zonas de la Edad Media,
me obsesionan la Peste Negra, la arquitectura, el Preste Juan, los Bestiarios,
Bizancio. Por supuesto no me gustaría nada haber nacido entonces.
Beowulf me fascina, es, para mí, el héroe más bondadoso,
el rey más justo y menos matachín de toda la literatura épica
medireview (¡sus enemigos son monstruos, no personas!). El fuego
verde nació de esa fascinación y de una línea de La
tradición clásica, de Highet, que dice: "la palabra runa significa
secreto. ¿Cuál no sería la barbarie de un pueblo que
creía que la finalidad de la escritura era conservar secreta una
cosa?". Ese es el mundo de Luned y la escritura es su salvación,
como ha sido algunas veces para todos los que escribimos.
¿Cómo fue el proceso de escritura de ese libro?
Fueron meses febriles en los que me acompañaron la Historia
de las literaturas germánicas de Borges, la Historia de Merlín,
Beowulf y algunos tomos de cuentos irlandeses. La investigación
ya estaba hecha cuando comencé: tenía ya muchas fichas con
datos acerca de los copistas, de la vida rural en la Europa septentrional,
de la organización de las ciudades medievales en la Edad Oscura.
Me gustan las mitologías germánica y escandinava. Fue muy
rápido, al menos para mí, que soy lenta como una tortuga.
Lo escribí en seis meses: un récord. Con Auliya tardé
cuatro años, y llevo varios años ya con un libro de cuentos
al que le quito y le pongo como Penélope al tejido. Escribir El
fuego verde fue muy divertido, aunque por supuesto no faltaron los días
delirantes en los que me revolvía en la silla, me frotaba los ojos
y me preguntaba por qué estaba perdiendo el tiempo como una tonta,
si Rulfo, el más grande de nuestros novelistas, había dejado
de escribir en vida. Me paralizaban todas las dudas incómodas que
asaltan al novelista inseguro como yo. Entonces me ponía a arreglar
el clóset, que es lo que hago cuando estoy confundida. Por lo menos
mis suéteres quedan en orden.
Tu novela tiene una calidad de lenguaje fuera de lo común en un libro contemporáneo para jóvenes lectores. Esa presencia de la poesía en tu narrativa, ¿responde a una intención deliberada?
Sí es deliberada. Los aciertos, cualesquiera que haya en mis
libros, son fruto del trabajo, yo corrijo, corrijo y corrijo. Mis primeras
versiones son, me temo, muy malas. Entre mis escritores favoritos están
Marguerite Yourcenar, Marcel Schwob (La cruzada de los niños es
un prodigio) y Jorge Luis Borges, tienen un estilo muy elegante y preciso
que me atrae mucho. Mis autores favoritos de literatura juvenil tienen
un gran estilo también, como Kipling, Tolkien y Úrsula K.
Le Guin. Leo poesía, me gusta muchísimo, aunque no podría
escribir un poema ni en defensa propia, soy prosaica de oficio y por naturaleza.
Pero la poesía me da mucho, casi tanto como la música, es
lo máximo. Saint John Perse es mi ídolo, Derek Walcott, Borges,
Eliot, huy, Ash Wednesday me hace llorar hasta que me queda la nariz como
un rábano. Me gustan los oxímoros como el "lince gentil,
salamandra de nieve", de Lope, las metáforas, las hipálages.
Creo que los recursos poéticos, si se usan con exactitud, enriquecen
mucho los textos en prosa.
¿Qué te permitió, en términos de discurso literario, un personaje protagónico femenino?
No pensé en eso al escribir el libro. Luned antes de ser una
muchacha, era un muchacho que se llamaba Saulo, pero para que la relación
con Denme tuviera más fuerza, decidí que fuera una joven
que se enamorara de su maestro. Que Luned sea mujer me permitió
incorporarle con naturalidad una virtud de mi hermana Adriana, la pasión
por el estudio, eso que vi en ella, cómo es y se comporta una muchacha
fascinada por el saber. Ya en esas le añadí una virtud de
Clara, mi mejor amiga, esa pasión por los animales que está
llena de piedad, pero que los ve siempre como animales, no como personas.
Y los personajes tienen casi todos algo de la gente con quien convivo.
Denme tiene muchos rasgos de mi marido David, el Tristifer, cuando Luned
le quita el hechizo y se convierte en el sabio que se supone que era, es
mi amigo Juan Almela, un poeta español que vive aquí en México
y que es un sabio de verdad.
¿Cómo se inserta tu obra en el panorama de la literatura infantil y juvenil de México?
En México ahora hay mucha gente que escribe para niños
y jóvenes y lo hace muy bien, como Francisco Hinojosa, Norma Muñoz
Ledo, Mónica Brozon o Federico Navarrete. Auliya tuvo mucha suerte
con la crítica. El fuego verde no llamó mucho la atención,
pero no le ha ido mal. Alfaguara va a publicar una novela para niños
(Los magos del parque) y pronto, un libro ilustrado por Fabricio Van der
Broeck que se titula Hotel Monstruo. Creo que apenas voy ganándome
un lugar.
¿Qué autores han influido en tu producción? ¿Existen otras influencias de carácter extraliterario?
Yo deseo que haya en mi trabajo algo de Kipling, de quien soy una lectora
devota y de Úrsula Le Guin, cuya "prosa sombría y serena"
como dice de ella Harold Bloom, me gusta mucho. Y todo influye: el noticiero,
los libros de Historia, la música, el cine, la pintura, mis traducciones
(he traducido dos libros de un médico que escribe ensayos formidables,
Francisco González-Crussí), las visitas al zoológico
y las conversaciones con la gente que me rodea.
¿Qué elementos consideras deben estar presentes en una novela destinada al público juvenil?
Una buena historia bien contada y nada de condescendencia. Y es deseable
que los finales sean alentadores, por más que sufra el protagonista;
el cuarto libro de Harry Potter me parece un buen ejemplo, hay muerte,
hay maldad y hay esperanza. A los lectores adolescentes les queda el resto
de su vida para leer novelas maravillosas y tristísimas; creo que
Úrsula Le Guin lo resume muy bien al afirmar que no podemos decirle
a un lector de catorce años que la vida es cruel, caótica
y ya. Yo leí El idiota, de Dostoievski, a esa edad y me entristeció
muchísimo, lloré y lloré. Me enamoré de Dostoievski,
pero fue un amor muy tempestuoso que a ratos me deprimió y me asustó
(para alarma de mis padres, enmarqué su fotografía y la colgué
sobre mi cama). Me hubiera gustado que en lugar de leer Los hermanos Karamazov,
con todo y Aliosha, o Los endemoniados, un alma piadosa me hubiera dado
a leer a Tolkien, a quien leí tarde, a los veinte años.
¿En qué proyecto literario trabajas actualmente?
En un libro de cuentos históricos, pero no es para niños
ni para jóvenes. Por ejemplo, hay un cuento sobre un experimento
de Federico II de Sicilia, quien en el siglo XIII quiso saber cómo
era el idioma que se hablaba antes de Babel. Se le murieron unos niños
de pecho, más de diez niños, y los cronistas medievales como
Fra Salimbene sólo consignan el fracaso del experimento, pero no
dicen nada sobre los pobres niños. En mi cuento quien narra todo
este asunto es una de las nodrizas. Y regreso a Beowulf, quiero escribir
una novela corta sobre la vejez.
| Verónica
Murguía nació en México D.F., el 5 de noviembre
de 1960. Cursó estudios incompletos de Artes Plásticas y
de Historia. Es escritora e ilustradora. Ha trabajado como columnista en
varias revistas. Actualmente colabora en el suplemento La Jornada Semanal
del periódico La Jornada, donde escribe la columna "Las rayas de
la selva". Ha escrito dos novelas y varios libros para niños. Imparte
clases de literatura para niños y jóvenes en la escuela de
la Sociedad General de Escritores de México. Es miembro del Sistema
Nacional de Creadores de Arte de su país. Viveen la colonia
del Valle, en el Distrito Federal, con David Huerta, su marido. |
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