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Ilustración de Ana María Londoño, tomada de la revista colombiana Espantapájaros. |
Libros,
saber y sujeto
Armando Zambrano Leal Todo autodidacta es un impostor.
Vladimir Jankelevitch
Memoria del rasgo
El tema central del seminario internacional “Las bibliotecas y la calidad de la educación” evoca en nosotros múltiples aspectos y diversos sentimientos. En un primer momento, podemos decir que en las bibliotecas encontramos la voz de la historia, el lugar común de la memoria y del imaginario colectivo que todos los pueblos forjan en su devenir, y esto con el único fin de legarle a las futuras generaciones una huella, una mirada, un rostro. En un segundo momento, podemos afirmar que las bibliotecas nos recuerdan el espacio sagrado donde se compilan, archivan y se conservan las múltiples miradas y expresiones del pensamiento humano. En un tercer momento, estos lugares sagrados de lo humano se erigen en castillos dorados, epicentros de saber donde es posible el encuentro con las múltiples voces, las miradas y palabras que nuestros antecesores y pensadores han producido bajo la forma de la conciencia, de una conciencia que se aferra al tiempo para no ser olvidada. Las bibliotecas, pues, son lugares donde las voces del pensamiento murmuran un sentimiento de búsqueda, reclinan la palabra en medio de las hojas y los tomos pesados del saber. Allí, los hombres se ven y se piensan en su sutil infancia, logrando perdurar en el infinito de la palabra. Sin las bibliotecas, la mirada primera de lo escrito se perdería irremediablemente en el tiempo. Irremediablemente porque el tiempo sólo existe en la memoria y en los actos como la escritura o la lectura, en los hechos de pensamiento que buscan ser conservados para que otros los puedan escudriñar, leer, verlos, enternecerse en medio de los alborotos que ocasiona la palabra que salta de un lugar a otro cuando un libro se abre. Es por ello que en las bibliotecas se observan millones de rostros, se escuchan millones de voces, se perciben millares de espíritus. En una biblioteca pública el sentimiento de soledad se desvanece, pues nunca estamos solos, aun si la tarde de la lectura nos sorprende de manera solitaria, o reclinados sobre una mesa cuando la luz se hace tenue y una mano cae sobre nuestros hombros para advertirnos la hora de la partida. Las bibliotecas son, entonces, templos del saber. De un saber que está, en principio, quieto, y que despierta sólo cuando un alma solitaria se atreve, en un acto de lectura, robarle el sueño a un cuerpo de saber. En los libros y en las bibliotecas el tiempo es incierto, pues nunca se sabe cuando un acto de lectura irrumpe en la sala para revivir el alma de la palabra escrita. La biblioteca guarda el ambiente del templo, el incienso de las palabras y los aromas de la lectura, de las miradas, de las voces que únicamente el alma en pena de saber, logra percibir. Una biblioteca entonces, es un lugar donde se conjugan, a la vez, el tiempo de la lectura, la sabiduría del silencio, la eterna mirada de los hombres y mujeres, el esfuerzo del pensamiento y la calma del encuentro, de un encuentro que exige la paciencia para mirar, construir, revitalizar y despertar aquello que duerme en los libros y en nosotros, lo cual no es otra cosa que la mirada del que se atrevió a pensar, pues escribir es la forma más real del pensar, pero de un pensar que trasciende la mirada de quien piensa. Trascendencia en el esfuerzo que los sujetos hacen para salir de sí mismos, y de esta manera deambular en los rostros y cuerpos de los otros sujetos. Una mirada que solamente logra ser sólida y potente cuando vuelve sobre sí misma, para luego descansar y proseguir en la búsqueda de algo, la similitud de lo inconcluso o en la eterna tarea del escribir y del pensar. Así, no hay nada más hermosos que intentar relacionar los cauces vertiginosos que nos ofrece la mirada sobre las bibliotecas y el pensamiento sobre lo pedagógico. Es un momento maravilloso, si pensamos que las bibliotecas son, en definitiva, el alma de la escuela. Pues una escuela que ignore el valor y el lugar trascendental de las bibliotecas, termina por ser un lugar sin vida, un espacio donde se amontonan de manera brutal cuerpos y mentes. En cambio, cuando una escuela mira el valor absoluto de las bibliotecas, ella logra darle vida a los cuerpos, a las mentes, es decir, cumple con su misión de formar, educar, enseñar y aprender. En este sentido, intentaré desarrollar tres aspectos que, a mi juicio, son muy importantes para comprender la relación entre bibliotecas y calidad de la educación. Estos tres aspectos se refieren en un primer momento al libro, en un segundo momento al saber y, finalmente, al sujeto. Estos tres términos, considero, articulan la compleja tarea del educar y nos permiten reflexionar por un instante sobre la pedagogía como un campo de cultura. Todo esto estará mediado por las siguientes cuestiones centrales: ¿Es posible lograr una calidad de la educación en una sociedad que, en sí misma, no es educadora? ¿Qué papel desempeña el libro en la construcción de identidades subjetivas? ¿De qué manera el saber articula la relación entre libro y sujeto? ¿En qué condiciones lo pedagógico se apoya en el libro, el saber y el sujeto? ¿De qué manera lo pedagógico puede constituirse en la fuente principal de la calidad de la educación? A propósito del libro ¿Qué es un libro? Pareciera que esta pregunta fuera fácil de responder. Sin embargo, cuando nos detenemos a pensar en él, percibimos obligatoriamente el acto mecánico de su producción y el momento trascendental de su escritura. En estos dos actos se encuentran ocultos muchos aspectos. Por ejemplo, la intención subyacente de quien escribe, el lugar donde escribe, la forma como escribe, las pasiones ocultas, las luchas sostenidas para escribir y publicar, los aciertos en las ideas, las escaramuzas del destino y de la escritura. Cierto, el libro se fabrica mecánicamente. Este ha ido evolucionando paulatinamente. Desde las tablas donde egipcios y babilonios plasmaban sus números, jeroglíficos y primeros rudimentos de la escritura, pasando por los papiros hasta la invención de la máquina de imprenta, se observa un movimiento mecánico de creación. En los libros empastados artesanalmente y hasta en los libros impresos por medios fotomecánicos, se condensa la creación artística. El libro es, entonces, si lo vemos desde su producción mecánica, una forma de arte. Arte en cuanto busca darle a las ideas forma y solidez. Arte, igualmente, pues de los libros más antiguos hasta los más contemporáneos sobresale un interés por la estética. Aquellos libros de pasta dura, adornados bellamente en sus lomos con colores, forrados en cuero, cosidos a mano, hilados ordenadamente, producidos en un papel especial. El libro en su interior es creación y esta es la diferencia con la mecánica de su fabricación. Creación en el orden de las ideas, de las visiones y sentimientos que los humanos sospechamos cuando nos atrevemos a manifestar alguna idea sobre algo. Estética primera, pues el pensamiento sólo se concibe como pensamiento en la capacidad que este tiene para trascender los mundos inmediatos. Creación igualmente, porque a través de la escritura se percibe la originalidad de las cosas, se introduce la voz que acompaña, se manifiesta algún tipo de dolor o de alegría, se interpreta algún signo, hecho o acontecimiento, en definitiva se advierte lo más maravilloso del ser humano, cual es poder ver a los otros desde la palabra escrita sin ser visto físicamente. He aquí el sentido real del libro, dejarse ver por todos y ver a todos a la vez, dejarse sentir por todos, sin sentir a nadie. El libro es el alma del autor, de un alguien que lo escribe en sus momentos de soledad, de dolor y a pesar de las luchas que ocasiona toda confrontación con el tiempo, las cosas y las exigencias de las exterioridades como son las presencias humanas constantes en nuestras vidas. El libro es la síntesis perfecta de la soledad que habla, es el lugar donde una voz descansa pausadamente para advertir alguna pista, alguna idea, o por lo menos desafiar a los otros e incomodar la sensación de la pereza en el pensar. Un libro logra su plena realización cuando es leído por alguien. Solo en la lectura el libro alcanza su máxima expresión, revive, habla, juega, ríe, llora, ama, odia, piensa, desacomoda, desarticula, hace vivir, produce nacimiento, gesta filiaciones, pero, sobre todo, nos acompaña sin sospecha y nos arrulla sin premura. Al contrario, cuando un libro no es leído se convierte en un estorbo, en un objeto sin trascendencia, sin lugar y sin voz, es decir se hace un esquelético armazón de palabras. Volvamos, pues, al alma del libro, y encontraremos que dicha alma solamente deviene totalidad a través de la lectura que realiza un sujeto. Sin lectura, el libro perece, sin lectura no hay acercamiento, movimiento, sólo quietud, pasividad, objeto. Así, el paso de lo mecánico a lo animado se produce a través de la lectura, pues la lectura es la voz del libro. Un libro en su creación conversa, abre la puerta para viajar a los mundos imaginados, nos lleva de la mano a través de laberintos insospechados y cuando terminamos de leer, entonces dejamos de ser lo que éramos antes de leer. Este acto constituye el punto de partida de todo saber. II. Del saber A propósito de los libros, Montaigne escribía en sus Ensayos lo siguiente: "Sólo busco en los libros el placer de un honesto pasatiempo si alguna vez estudio, sólo busco la ciencia que trata del conocimiento de sí mismo, para que me enseñe a morir bien y a vivir bien". Cierto, la lectura que escudriña el alma del libro procura el paso al saber. Sólo en el saber de la lectura está incrustado el saber del conocimiento. Pero el saber sobre la vida es ya una forma de comprender las incógnitas de la existencia. Vivir bien es el fin del ser humano, ya sea que este fin esté medido por reglas morales o éticas, ya sea que este fin se busque en la actividad física o espiritual. De cualquier manera, el acto supremo de la existencia consiste en el goce pleno de la misma, es decir en el buen arte del vivir. No obstante lo anterior, ¿qué significa saber? Si pensamos por un momento en este término, encontramos que saber se refiere al arte del dominio. Saber es dominar y conocer. Solamente se domina conociendo. Pero el dominio se refiere a la capacidad de entendimiento y no a la sujeción arbitraria sobre los otros. Entender es comprender que las capacidades internas son fuente de saber. El saber es entonces la forma de dominio sobre uno mismo y, a la vez, la manera más inteligente de encontrar un lugar en el mundo. El saber es trascendental en cuanto busca la perfectibilidad interior de lo humano, y es instrumental por cuanto permite tener dominio sobre aquellas zonas oscuras del mundo. Todo saber se incrusta en la conciencia de lo humano, en lo que los psicólogos llaman la "caja negra". Aquel lugar donde se acumulan formas complejas para actuar, deducir, inferir, transponer, transferir objetos y maneras de acontecer. En aquella "caja negra", el saber se estabiliza de manera natural, pero bajo el esfuerzo de lo aleatorio del acto. Un acto es, pues, un momento a través del cual, la "caja negra" recibe y guarda los impulsos y sensaciones ordenadas para luego ser utilizadas en los movimientos de la exigencia de la vida. El saber es instrumental porque se apoya en objetos artificiales, naturales e inteligentes, sin los cuales el saber deviene un asunto imposible. Son los instrumentos internos, como la inteligencia y la capacidad cerebral propia del ser humano, los que coadyuvan en la elaboración y estabilización del saber. A la par de estos, existen instrumentos como los libros con los cuales la estabilidad del saber se acrecienta y permite el paso a la inteligencia del habla, del pensamiento y de la palabra. Otros instrumentos como los códigos culturales, la norma y el experimento, también contribuyen a consolidar el saber. Por lo tanto, el saber es la expresión de la inteligencia humana. Parafraseando a Hurssel, dicha inteligencia se hace exterioridad cuando las exigencias del mundo de la vida nos obligan a tomar posición frente a los hechos y acontecimientos, o cuando la transferencia del saber se hace obligatoria, si queremos persistir en el mundo a través de su transformación. El psicoanálisis, cuando se refiere a la transferencia, también habla de saber. Transferir es aplicar lo aprendido en situaciones contrarias o similares. Así, la psicología del desarrollo nos ha ilustrado claramente sobre los aprendizajes, presentándolos como los retos del saber. Sólo se sabe en el acto del saber –montando en bicicleta es como se sabe si se sabe montar en bicicleta– y dicho saber se incrementa en la confrontación con el aprender. De alguna manera, en la reminiscencia platónica encontramos algo de lo anterior, así como en la política de Aristóteles. En definitiva, la cuestión: ¿Qué es lo que hace que un ser humano pueda saber?, resume las dos tradiciones filosóficas anteriores. Esto es, lo que ya sabe o lo que debe aprender para posteriormente saber. En síntesis, el saber es el lugar maravilloso de la inteligencia humana. Él constituye simbólicamente el lenguaje del pensamiento y la armadura de la inteligencia. Es el saber la expresión de inacabamiento del ser humano, pues un saber conduce a otros saberes y así sucesivamente hasta el infinito. Siendo esto, el saber instala la noción de sujeto en cuanto un sujeto no es sujeto sino es en relación con su trascendencia "para sí" y "para el otro". En la primera operación, con el saber, el sujeto deviene perfectible, potente en sus representaciones, y, con la segunda operación, encuentra sentido de aplicabilidad pues nunca somos realmente "para nosotros" si no existe la mediación semántica de "para el otro. El otro, pues, constituye la finalidad última del saber, ya sea que este busque la magnificencia del incidir positivamente en el mundo y en el otro, es decir, en la construcción del nosotros. III. Del sujeto El término sujeto aparece con los trabajos de la psicosociología. En oposición al individuo, el sujeto aparece como consecuencia del actor. La sociología, especialmente en la pluma de Alain Turaine, siguiendo los aportes de E.Goffman, introduce el concepto de actor. El actor como un individuo con capacidad de relación con los otros y quien cumple un rol en el seno de una comunidad social. El actor habla de la forma como los individuos actúan en sus distintos roles sociales, roles que son aprendidos a través de los instrumentos como la socialización escolar, los patrones culturales que vehiculizan las formas complejas de la sociedad capitalista y de la información. Según la sociología del actor, los comportamientos humanos reproducen el rol del actor y en este sentido, el individuo no es una unidad aislada, estable, permanente, sino un actor que, según los roles que le imponga el medio, actuará para satisfacer y desarrollar su interioridad. El equilibrio de los individuos como actores se presenta justamente en la capacidad que estos tengan de desempeñar distintos roles, papeles sociales y, en definitiva, que puedan actuar dentro de las especificaciones normativas de la sociedad y sus tejidos absolutos. En el campo de la filosofía, el actor se desposesiona para llegar a ser sujeto, y dicha desposesión la entiende la psicosociología cuando advierte el vacío de la noción de individuo. En este orden, desde la filosofía kantiana, el sujeto es aquello de lo que se habla o a lo que se le atribuye cualidades o determinaciones. El sujeto es un YO, es decir, el espíritu o la conciencia como principio determinante del mundo del conocimiento, o por lo menos como capacidad de iniciativa en tal mundo. Como se sabe, en Kant el sujeto es la forma del “yo pienso”, lo cual es en otros términos la conciencia que determina y condiciona toda actividad cognoscitiva. En cambio, para Heidegger el S es un sí para el ente que nosotros mismos somos y el cual se define en el “ser ahí”. En este sentido, la trascendencia implica la esencia del S, la que a la vez es la estructura fundamental de la subjetividad. En el mismo sentido, encontramos que Dewey define al sujeto en “la operación de la función de la subjetividad de una persona o de un organismo, cuando este se convierte en sujeto ya que se embarca en operaciones de investigación controlada”. El sujeto trasciende desde un YO, debido a la conciencia y autoconciencia, a la unidad y a la relación. Autoconciencia como forma de pensamiento (saber articulado, consolidado, potencia del pensar), la unidad en cuanto funda la identidad personal y en la relación consigo mismo, como Kierkergard la define, el YO es una relación con otro, o sea, el mundo, con los otros hombres y con Dios. Sujeto, pues, es la trascendencia que se sitúa en la búsqueda y consolidación del YO. Los saberes cumplen la función de orientadores, fortalecen la conciencia y la pertenencia bajo la forma de filiación. Sin saber, la conciencia queda atrapada en un callejón sin salida, mientras que en la trascendencia del YO la conciencia encuentra la fuga permanente y la alternativa del advenimiento del ser. Esta operación abre la puerta para comprender de qué manera los instrumentos, como los libros, y el saber, propulsan la trascendencia en el YO de tal forma que el individuo deviene sujeto para sí y para los otros. Si pensamos que el libro es un medio de acceso al saber y que el saber potencia la trascendencia del YO, no queda otro camino que mirar al libro como un depositario de trascendencia. Se trasciende en la lectura, en el acto de habla, en la palabra que dice y piensa. Pero dicha trascendencia, que como ya lo hemos señalado, constituye la fuente inmanente del YO, debe aclararse en “un sí para sí”. Esto significa que el acto de trascendencia desde la operación de lectura puede significar su trascendencia en la desarticulación de las representaciones primarias. Desmovilizar las representaciones primarias constituye la esencia misma de la trascendencia, y la lectura incrustada desde objetos, como los libros, hace posible en algún momento significativo dicha desmovilización. El juego de la palabra hablada y de la palabra escrita consiste en hablar a dos voces, lo cual sugiere que todo acto de lectura es un acto a dos voces. Por ello es que el acto de saber y de aprendizaje racionalizado, intermitentemente desde lo pedagógico, se apoya en dichas voces. IV. Acercamiento a las preguntas
Ya lo habíamos señalado, el libro hace posible el encuentro entre sujetos. Luego, el reto de la pedagogía consiste en construir procesos pedagógicos y didácticos sobre la lectura. En la lectura se condensa la potencia del saber. Por ello mismo es que una de las primeras competencias del saber consiste en el leer. La subjetividad promueve la trascendencia del sujeto y, en este sentido, el papel del docente debe ser el de aquella persona que viaja primero por los libros, de tal suerte que en dicho viaje él pueda recuperar una voz que lo legitime como docente. Solamente quien lee puede señalar rumbos, orientar y advertir el enderezamiento de la condición inacabada del ser humano. La subjetividad se apoyará siempre en la trascendencia del saber y dicho saber, visto desde los aportes ocultos de los libros, es la fuente del fortalecimiento y estructuración del ser. Sujeto pues no comienza sino en la densa lectura, en los apoyos consecutivos que el saber reclama desde el acto de leer. Los rasgos de la lectura son el signo, la comprensión y la transformación. Estos desempeñan un papel primordial en la construcción de la subjetividad puesto que tienen por función desarticular las representaciones iniciales que todo individuo posee, para luego estructurar nuevas y potentes miradas del espíritu bajo la forma de saber. Es claro, aquí, el papel que corresponde a la lectura de cuentos a los niños y niñas desde temprana edad. Como se sabe, la lectura temprana incide en los aprendizajes, en las competencias lectoescritoras, en el desarrollo de las inteligencias y de las simbologías escolares. La lectura responsabiliza desde el primer momento e impide la "dispersión" de la mente. Más allá del hablar, la palabra encuentra su punto de decantación en la escritura. La escritura nos exige un acomodo recíproco entre pensamiento y escucha. Una lógica de equilibrio entre lo que se piensa y lo que se dice. Por esto, la relación entre libro y sujeto consiste en que la primera le ofrece herramientas laterales al pensamiento para que este pueda desarticular las representaciones iniciales en pro de una subjetividad trascendente. El Yo se fortalece en el acto de saber, y la lectura, a través de los libros, contribuye a dicho fortalecimiento. Sin el acto de lectura, el Yo se enfrascaría en una lógica irremediablemente sesgada, al punto en que algo del mundo quedaría por fuera del campo de visión del Yo.
Si el saber estructura la conciencia y hace posible la subjetividad, entonces la pedagogía debe acudir a ellos para potenciar el acto pedagógico. En la historia del pensamiento pedagógico se encuentran, entre muchos otros ejemplos, la osadía del pedagogo Freinet. La imprimérie à l’école introducida por Célestin Freinet como medio pedagógico ocasionó un cambio radical en el acto pedagógico. Su objetivo consistía en acercar la mecánica y la creatividad trascendente de la escritura en el salón de clase. La enseñanza que nos deja esta tentativa de acercar el escrito a los procesos pedagógicos es importante; con ella se abre la puerta para que otras experiencias escolares se apoyaran en el arte del escribir a través del periódico escolar. Este hecho de la historia nos dice igualmente que los procesos de saber y de aprendizaje de los saberes están estrechamente ligados con los procesos de escritura y de edición. Así, la presencia del libro es muy importante. Solamente los libros contienen todo el saber, pero un libro leído en la complicidad de la pregunta se hace más claro. Toda lectura obliga a la comunicación y promueve la ruptura del silencio de los espíritus. Imaginémonos un saber desarticulado del sujeto. Esto sería un asunto imposible, pues el saber se articula al proceso pedagógico de manera instrumental buscando acrecentar en los sujetos las posibilidades de acceso a los saberes. El lugar del libro en la articulación de los saberes se encuentra precisamente en que este tiene la ventaja de unir representaciones de saber y voces de saber, es decir sujetos desconocidos.
Son múltiples y variadas las respuestas a esta cuestión. Sin embargo, lo pedagógico, entendido como el lugar de la reflexión sobre el educar, se hace más fuerte cuando los textos son leídos de manera ordenada, problemática. Toda la historia del pensamiento educativo y de las prácticas pedagógicas no enseña que los libros han estado presentes en las actividades de lo pedagógico. Sin embargo, su sola presencia no garantiza el manejo adecuado. Para ello es necesario que los libros dejen de ser únicamente referencias bibliográficas, más bien, un instrumento apetecible donde los sujetos terminan por reconocerse y reconocer al otro. La lectura de los libros o el acto de escritura y de lectura son la base de la democracia. Una democracia que no lee es una democracia apenas diseñada. De ahí que la calidad de la educación no sea un asunto de signos que dan cuenta de los logros o los fracasos, sino de la búsqueda de mejores formas de saber, entre las cuales se encuentra el papel de las bibliotecas. La articulación del libro, y por esta vía de las bibliotecas, a los procesos pedagógicos, requiere de mecanismos como los siguientes: el bibliotecólogo debe estar presente en la arquitectura de los currículos. Por su saber sobre los libros, estos profesionales pueden aconsejar a los docentes sobre temas, sistemas de búsqueda, maneras de organización del saber, etc. Así mismo, los temas que se trabajen en los procesos escolares de saber deben apoyarse en las inmediaciones de la biblioteca. El desconocer esta estructura paralela de la escuela es coartar a los sujetos de una doble vía; la que se produce en el salón de clase y la que se ocasiona por fuera de este. Todo el esfuerzo del saber que las bibliotecas han acumulado debe revertirse en los procesos pedagógicos. Así, el bibliotecario sería un sujeto de saber escolar y, a la vez, un artífice de los procesos pedagógicos. Pues, de la misma forma como se proyecta en la escuela una película sobre temas de naturaleza, geografía e historia, de la misma forma las bibliotecas deben extender sus objetos de saber a los salones de clase. Así, lo pedagógico entendido como el acto de pensar sobre las condiciones de la educación y sobre los mecanismos de producción de la enseñanza y del aprendizaje se sustenta en el saber, en tanto esta es la finalidad última del acto de enseñanza. Igualmente, lo pedagógico busca que los individuos puedan devenir sujetos de libertad, trascendentes en sus acciones y potentes en sus actividades. Del mismo modo, lo pedagógico se articula a los libros, pues en ellos está condensado lo mejor del pensamiento, o por lo menos en ellos el sujeto puede descubrir alguna pista para su proceso de formación. En la historia de las prácticas pedagógicas se percibe la presencia del libro. Todos los docentes, de una u otra manera, acuden al libro para apoyar sus acciones pedagógicas, escudriñar algún punto de explicación y mejorar sus representaciones. La cuestión es si realmente en nuestro país los docentes acuden masivamente a los libros, inclusive si logran superar el marco de referencia que les impone la planificación de la clase o los textos de referencia. Aquí me parece que se encuentra la potencia del docente, pues cuando un docente logra salir del marco de referencia literario establecido en los currículos, su trabajo pedagógico se hace más potente, inclusive él logra entender que no puede enseñar solamente desde la referencia inmediata y mucho menos desde la ausencia de la lectura. Por esto, las bibliotecas deberían desarrollar talleres literarios para los docentes, talleres de escritura para estos, acciones de comprensión de textos y de búsqueda de información. Así, se podría comenzar a mejorar los procesos pedagógicos, sin esperar a que la racionalidad del Estado promulgue un decreto con el cual se “obligue” a los docentes de las escuelas y colegios a leer y escribir. Como se ve, el trabajo que queda por hacer en este campo aún es muy importante, pues creo que las relaciones entre escuela y biblioteca son aún muy incipientes.
Precisamente, el papel de las bibliotecas en una sociedad educadora
es trascendental. Su importancia reside en que ellas son un medio real
para la pedagogía. De ahí que el nivel de importancia de
las bibliotecas se mida por la calidad de sus contenidos, así como
la cantidad de bibliotecas que una sociedad democráticamente madura
construye. Cuando una sociedad no es para nada educadora, ello se ve reflejado
en los incipientes lugares de lectura, en las frágiles extensiones
de las bibliotecas, en las pobres relaciones entre escuela y biblioteca.
Esto último es quizás la característica principal
de las sociedades más pobres económicamente. Contrario es
cuando una sociedad educadora entiende que solamente educando, es decir,
permitiendo que los ciudadanos accedan a la cultura en sus diversas manifestaciones,
ella potencia la relación entre escuela, pedagogía y biblioteca.
Y estas dejan de ser, entonces, simples lugares de acopio de la escritura
impresa o magnética.
De acuerdo con lo anterior, la pedagogía se fortalece cuando ella encuentra lugares como las bibliotecas. Sitios donde remitir a los sujetos para que ellos se fortalezcan en las introducciones que sobre el saber hace la escuela. La pedagogía, entendida como la relación a la cultura, la reflexión sobre el educar y el enseñar, requiere de lugares próximos, sitios donde refrescar la pregunta, donde se pueda invitar a los participantes del acto educativo para tener encuentros que ofrezcan la posibilidad de ampliar y profundizar el saber. Por esto, lo pedagógico es la potencia de la calidad de la educación. Si entendemos por calidad de la educación la posibilidad real que tiene el sujeto de aprender, entonces diríamos que la pedagogía constituye el bastión de la calidad. Pero si la calidad de la educación está en la cobertura, en el mejoramiento de la planta física, en la logística en general, entonces la pedagogía no es el punto de referencia para pensar la calidad de la educación. Esta segunda perspectiva, que a mi juicio constituye el gran equívoco de los sistemas de educación pública en los países como Colombia, ha impedido ver a la pedagogía como el concepto de la cultura, de la política, de las ciencias humanas en general. Solamente se es pedagogo cuando se separa la función instrumental del educar de la función social y trascendental de la pedagogía. El pedagogo no es el docente, el pedagogo es quien se pregunta por el educar en todas sus formas, en sus problemáticas más cruciales, en sus impedimentos y logros. Educador, en cambio, es quien piensa la enseñanza como forma del ejemplo, como forma de la norma. Por ello, la pedagogía es el alma de la educación porque ella piensa y trasciende el mundo inmediato. En este sentido, solamente puede haber un sentido de calidad de la educación cuando la razón política entienda que entre el educar y el enseñar hay un camino que toda sociedad debe transitar, y este camino es el de la pedagogía. En conclusión, podríamos decir que la relación
entre bibliotecas y calidad de la educación es posible a condición
de potenciar el lugar de la lectura, bajo la forma de memoria activa de
las sociedades, y la actividad pedagógica. Los libros son el primer
episodio de la pedagogía, su culminación se logra en la interacción
que mantienen los sujetos en el acto pedagógico y educativo. Esto,
porque no hay nada más hermoso que referirnos a la lectura cada
vez que nos esforzamos por pensar la pedagogía y cada vez que la
pedagogía nos recuerda el dolor que engendran aquellas sociedades
como la nuestra cuando no entienden que el educar se encuentra también
en los libros colectivos, urbanos, libros con un único dueño:
todos los hombres y mujeres. Por el contrario, una sociedad educadora es
una sociedad que piensa el papel de la pedagogía y la sublimación
de los lugares como las bibliotecas, lugares donde la proyección
de la escuela encuentra un punto de apoyo, o la palanca para mover el mundo.
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