|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Ana, ¿verdad? Francisco Hinojosa Alfaguara |
Los
derechos del niño
o la literatura al servicio de una causa Ana Garralón La editorial Alfaguara, en colaboración con la Unicef, ha acometido un proyecto ambicioso para difundir los derechos del niño y ha invitado a colaborar a una decena de escritores del ámbito hispanohablante. El resultado es una sugerente colección iberoamericana donde cada escritor interpreta de manera literaria uno de los derechos. Las firmas son de lo más prestigioso: Alma Flor Ada y F. Isabel Campos (Estados Unidos), Armando José Sequera (Venezuela), Francisco Hinojosa (México), Roy Berocay (Uruguay), Migdalia Fonseca (Puerto Rico), Elvira Lindo (España), Luis María Pescetti (Argentina), Yolanda Reyes (Colombia), Jorge Eslava (Perú) y Ana María del Río (Chile). Y cada escritor aparece acompañado de un ilustrador del país: Felipe Dávalos, Walter Sorg, Juan Gedovius, Elbio Arismendi, Enrique Martínez, Emilio Urberuaga, O´Kif, Cristina López, Aldo Shiroma y Carmen Cardemil. Los libros se han impreso en gran formato, con tapa dura y a color (en algunos casos se incluyen ilustraciones en blanco y negro), y la apariencia es un conjunto atractivo donde se advierte el cuidado en la elección de autores, en el diseño y la intención final.Cada libro incluye además, como prólogo, un texto de un escritor o artista que pertenece a la Comisión de Personalidades por la Infancia, una comisión que tiene como objetivo defender los derechos de los niños y a tal fin suscribieron un manifiesto para reclamar a los estados acciones concretas. Ernesto Sábato, Elena Poniatowska, Ángeles Mastretta, Thiago de Mello y Mercedes Sosa, son algunos de los que han aportado su visión comprometida hacia los niños. Claro que a los escritores no ha debido resultarles fácil ponerse al servicio de la causa, por muchos motivos: un texto de encargo con limitaciones temáticas y de extensión; una historia expresa para un derecho concreto. Como dice la propia editorial en la presentación de los libros, los escritores "se han unido para mostrar a los niños y niñas cuáles son sus principales derechos y cómo lograr un mundo más solidario y más justo". Así, podemos observar de qué manera los autores llevan su mensaje a los niños. Algunos, como Alma Flor Ada y F. Isabel Campos en Una semilla de luz, lo hacen con una vuelta al pasado, hablando de las bellezas de las estructuras sociales antes de que llegara la civilización, en especial la industrialización. Un mensaje un tanto conservador, que no tiene tanto que ver con la igualdad como con la destrucción de las estructuras sociales sin que se reponga un modo de vida alternativo. Por cierto, bellísimas las ilustraciones de Felipe Dávalos.
En general, muchos autores han optado por historias con moraleja, con lección. Los niños obtienen reconocimiento cuando hacen algo por la comunidad, como en La historia de Manú, de Ana María del Río, cuya protagonista, una niña aymara, sufre una gran decepción cuando se escapa para ir a la escuela y todos se burlan de ella porque no habla castellano. Esa niña les salvará avisándoles de la presencia de un tornado y todos se refugiarán en el poblado donde vive. A partir de ese momento cambiará la visión que tienen unos de otros y el poblado aymara verá cómo sus condiciones de vida mejoran. Es inevitable que los autores recurran a lo mágico para dar salidas: en este caso la niña puede volar con un halcón amigo, algo que no dice mucho sobre cómo lograr un mundo justo. Tampoco se dice con exactitud en El maromero, de Jorge Eslava, uno de los textos más flojos en mi opinión, porque lo que el autor muestra a los niños es que quien devuelve la patada, gana. El protagonista tiene un amigo cuyo padre le maltrata. Por obra y gracia de no se sabe quién, el niño maltrata entonces a su maromero y, automáticamente, el papá del niño es golpeado por fuerzas invisibles hasta que recapacita y se da cuenta de que con la violencia no se llega a ninguna parte. Bueno, eso piensa el padre, porque al protagonista parece que la ha ido muy bien con la violencia. Y este es el derecho a la protección contra los abusos.
Repito que no soy ajena a la dificultad de enfrentarse a un asunto tan delicado, y tal vez esa dificultad explique la ausencia de literatos que escojan escribir sobre ello, o proyectos para sensibilizar a los más pequeños. Porque lo cierto es que las posibilidades de actuación de los niños son prácticamente mínimas frente a un sistema que les excluye. Así queda claro en el texto del uruguayo Roy Berocay, Un mundo perfecto, donde se presenta a unos niños de la calle que, por unos minutos, tienen la posibilidad de conectarse a una máquina de realidad virtual e imaginar un hogar con una madre cálida que les abraza cada noche, con un padre que les cuenta un cuento. Es el mensaje más pesimista, aunque también el más real. También real es La calle del espejo, de Armando José Sequera, donde una maestra consigue cambiar el destino de un barrio mugriento regalándole a una niña un vestido bonito y despertando en la familia y los vecinos interés por cuidar su aspecto y el barrio donde viven. En muchos casos los autores han optado por finales felices. A veces no les ha quedado otro remedio que hacerlo así: en ¡Quítate esa gorra!, Migdalia Fonseca presenta a un niño tullido y feo que consigue reconocimiento social gracias a sus grandes esfuerzos para integrarse y a su fortuna como futbolista, gracias a lo cual los otros niños le valoran e incluso conoce a una chica que se convierte en su novia. En Amigos del alma, de Elvira Lindo, dos niños que se pelean, se reconcilian. Está escrito con sensibilidad y, aunque el mensaje final suena un tanto mojigato, es un alegato a pedir perdón y a aprender a reconciliarse. Es, tal vez, el texto más "elaborado", ya que la niña protagonista es una pequeña adoptada de China, que, de vez en cuando, se siente insultada por ser diferente.
Con mayor sensibilidad y exigencia literaria se lee Los agujeros negros, de
En fin, mi texto favorito es el de Francisco Hinojosa, Ana, ¿verdad?, porque, a mi modo de ver, es el que se ha tomado más en serio el asunto, es decir, con humor, y el que ha antepuesto lo literario a los mensajes, tan inútiles como sabemos desde hace mucho tiempo los mediadores. Hinojosa es prácticamente el único que ha creado una historia pensando en los niños
En conjunto, se echa de menos que en cada libro aparezca íntegra la declaración de los derechos del niño, para que cada volumen recuerde la totalidad donde se inserta. A manera de información se indican en la contraportada los títulos de la colección, pero parece que han sido los editores los que han escogido esos derechos y se omite la presencia
de una convención internacional. Por último, hay que deplorar una práctica muy extendida en las actualidad en las editoriales: la nula información
sobre los realizadores de los libros. Hubiera bastado una página para informar que los escritores y los ilustradores son los autores con más
prestigio dentro de sus países de origen. Tal vez haya dos o tres autores que hayan traspasado sus fronteras, pero, leyendo los libros en su totalidad, al menos en España prácticamente todos resultan desconocidos y también es un derecho de los niños y un detalle a su curiosidad brindarles la oportunidad de saber quién está detrás de cada libro.
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|