Cuatrogatos revista de literatura infantil   n° 6, abril-junio 2001
Sumario 6
Pórtico
Leer y releer
Dossier
Entrevista
Narrativa
Poesía
Ojo avizor
Galería
 
 
Postal victoriana. 
 
  Bibliotecas vivas, bibliotecas comunitarias 
Irene Vasco 

En los corregimientos pertenecientes al municipio de Tolú, casi nadie sabe leer ni escribir. Cuando aparece por allí alguna organización no gubernamental, cargada de buenas intenciones, de manuales y de cartillas para contribuir con el desarrollo de la región, es como si nada hubiera pasado. Campesinos y pescadores miran los dibujos y creen que en esas páginas llenas de letras podrían encontrar sabiduría suficiente para que sus cultivos dieran mejores frutos, para que sus redes sacaran más peces, para que la salud de sus familias mejorara. Después de mirar bien, guardan las cartillas, pensando que todas esas palabras contenidas en ellas son para los otros: para  los privilegiados que han accedido al poder de descifrar el código alfabético. 

Por fortuna algunos románticos están convencidos que el poder de leer y escribir debe ser para todos. Creyendo que si no se formaban lectores, los pobladores de la zona seguirían siendo no-ciudadanos (dicen que el primer derecho de los ciudadanos es el del voto, pero, ¿son ciudadanos aquellos que no pueden leer un tarjetón de votación?). Y en vista de que la administración municipal no cumplía con la responsabilidad estipulada en la Ley 60, de utilizar la partida mínima presupuestal del 2% en actividades culturales, prioritariamente en Casas de Cultura y Bibliotecas Públicas, decidieron cumplir con el deber del buen vecino, creando un programa para ayudar a que las nuevas generaciones accedieran, por fin, a la lectura y a la escritura. 

Para hacer realidad este programa, se inventaron una biblioteca de la nada. Sin apoyo del Estado, sin sede para el funcionamiento, sin honorarios para el bibliotecario, en este caso bibliotecaria. Y esta es la historia: 

Un día Carmen Antonia, ama de casa, madre de tres jóvenes, con estudios hasta quinto grado de primaria y encargada de cuidar casas de temporadistas “cachacos”, se interesó en mejorar las condiciones de su comunidad. 

Carmen Antonia nunca fue a la Escuela Normal ni a la Facultad de Bibliotecología.  Pero lleva en la sangre el espíritu del maestro dispuesto a poner su empeño al servicio de los demás. Cuando se casó, le enseñó a leer a su esposo Roberto, de profesión albañil. Cuando sus hijas crecieron, sacó todos los libros escolares, primorosamente conservados durante años, y usó la mesa de su cabaña para que los niños de la vereda pudieran hacer tareas. Es decir, Carmen Antonia descubrió su vocación de bibliotecaria natural, mejor capacitada, tal vez, que muchas de las graduadas en las escuelas. 
El año pasado Carmen Antonia recibió una colección de libros infantiles y se puso en la tarea de congregar a los pobladores del sector, invitándolos a su casa para contarles historias, prestarles libros y apoyar al maestro de la escuela rural a fortalecer los hábitos lectores de sus alumnos. 

El trabajo de Carmen Antonia ya tiene nombre propio en su vereda: Biblioteca Comunitaria La Alegría. Los niños asisten voluntariamente a la programación de la Biblioteca y Carmen le entrega un carné a cada uno. El carné es un elemento simbólico, que promueve sentido de pertenencia, pero no es necesario. Para ser usuario de la Biblioteca no se requiere de carné ni de ningún documento (tampoco hay que pagar) y cualquier vecino puede acudir y sacar prestado a su casa el material que necesita. Cada libro está clasificado por la edad de los posibles lectores y tiene su ficha de préstamo. Carmen Antonia conoce a todos los usuarios y no tiene necesidad de llevar controles más burocráticos. 

Algunos niños entre los mayores (10 años en adelante), han sentido la necesidad, que antes no existía, de aprender a leer. Carmen Antonia y sus hijas ayudan con las tareas, aunque saben que en la Biblioteca lo importante es atrapar lectores de manera lúdica y placentera y que el rol de la escuela es el de dar formación académica más formal.  Mónica, que a los doce años creía que nunca lograría dominar el código alfabético, después de algunos meses de asistir a la hora del cuento, aprendió a leer y ahora muestra con orgullo los textos que escribe. 

Durante el año que esta biblioteca lleva funcionando, no se ha perdido ni se ha deteriorado ningún libro, a pesar de las condiciones de los habitantes de la vereda. Los usuarios, niños, y jóvenes de muy escasos recursos, con muy poca formación académica, se han apropiado de la posibilidad de llevar libros hermosos a sus casas y se sienten responsables por devolverlos en buen estado. Algunos tienen que caminar más de un kilómetro por la playa o por un camino veredal que en ocasiones se inunda y dificulta el paso. 

A pocas casas de la Biblioteca, funciona la Escuela Rural Nueva Alegría, con programa de Escuela Nueva. Los maestros han entrado en contacto con Carmen Antonia y con frecuencia sacan prestado material literario para acompañar sus clases. Adicionalmente invitan a sus estudiantes a visitar la Biblioteca para “alquilar” libros. La Biblioteca es visitada no sólo por los niños y jóvenes de la vereda, sino por profesores del casco urbano, situado a 5 kilómetros, para llevar libros que apoyen el trabajo en el Bachillerato Departamental Luis Patrón. 

Carmen Antonia, el profesor Freddys y toda la comunidad de la Alegría, ese abandonado sector de El Francés, descubrieron que existe una posibilidad de mejorar sus vidas. Actualmente promueven campañas ecológicas, gestionan un centro de salud, organizan una micro empresa para generar trabajo entre las mujeres de la zona. 

La Biblioteca ha desencadenado un proceso de proyección hacia el futuro. Aunque los procesos culturales y educativos son a largo plazo, es posible afirmar que la apropiación de este proyecto por parte de la comunidad es hoy en día una realidad, a pesar de las dificultades que son naturales cuando se trabaja con grupos humanos en situaciones conflictivas. 

A medida que las actividades tomen fuerza y la Biblioteca Comunitaria se consolide, se buscará la participación de otros vecinos, se incrementará la colección y se iniciará un programa de cajas viajeras, buscando alternativas de financiamiento entre entidades interesadas en el desarrollo de la región. Por lo pronto, el Ministerio de Cultura, a través del programa de Bibliotecas Públicas, ya se hizo presente con una buena donación de libros (al contrario de otras regiones del país, como Armenia, en donde el Gobierno está dispuesto a arrasar con una biblioteca comunitaria, simplemente porque no cumple con algún requisito absurdo establecido por la burocracia parasitaria). 

La función de este esfuerzo comunitario en una vereda ubicada a orillas del Mar Caribe, no ha sido únicamente la de servir como consulta de libros para aquellos que ya han accedido a la lectura y que necesitan resolver consultas, investigar, o disfrutar de un viaje alrededor de mundos estéticos y literarios. Tampoco su utilidad se ha limitado a propiciar el deseo de aprender a leer entre quienes aún no saben. La Biblioteca también está cumpliendo con el objetivo de formar ciudadanos autónomos, con comportamientos de respeto, solidaridad y ayuda mutua que contribuyan al crecimiento armónico de su comunidad. 

Por eso en el sector La Alegría de la vereda El Francés, municipio de Tolú, no creen lo que con tanta frecuencia se escucha: que las bibliotecas comunitarias son bibliotecas de juguete, de garaje, de mentira. Quienes dicen esto, alegan que las bibliotecas comunitarias no suelen contar con plantas físicas adecuadas, que sus colecciones son pobres, que el funcionamiento y la capacitación de los encargados deja mucho que desear. Pero, ¿no podría decirse lo mismo de muchas, muchísimas, de las bibliotecas institucionales en Colombia? 

Las bibliotecas comunitarias, como la de El Francés, la de Armenia, la de Bucaramanga, las de las comunas de Medellín, las de tantas otras pequeñas comunidades que no se podrían enumerar, tienen, por lo menos, a su favor, el compromiso de sus usuarios. La responsabilidad de mantenerlas abiertas, vivas, funcionando, es de quienes realmente consideran que son necesarias, de quienes se han apropiado de ellas. No dependen de los funcionarios de turno, que no tienen formación lectora ni desean dar servicio al público, que cambian con tanta frecuencia que ni siquiera tienen tiempo de conocer los libros, que no tienen capacidad de gestión para mejorar los servicios ni para proyectarlos a la comunidad. 

Estas bibliotecas de juguete, pequeñas, pobres, son bibliotecas que viven por su cuenta, que saben que no cuentan con apoyo municipal, ni se ocupan de pedirlo pues saben que es inútil. Si en cada barrio, en cada corregimiento, en cada vereda de Colombia pudieran sembrarse centros de formación ciudadana, en donde la lectura del mundo se convirtiera en eje de la educación, podríamos comenzar a creer que hay esperanzas de salir del subdesarrollo y, por supuesto, que es posible construir un país en paz, tal y como todos sus habitantes deseamos. 

Si educar a la población es asunto irrelevante, si se desconocen los pequeños-grandes esfuerzos de aquellos ciudadanos que tratan de encontrar posibilidades pacíficas en un país en crisis, entonces sí, es hora de clausurar las bibliotecas comunitarias y de sentarse a esperar que el huracán de la guerra armada nos sepulte a todos. 
 
 
Irene Vasco es escritora y promotora de bibliotecas comunitarias en Tolú, Sucre y en Armenia, Colombia. Ha publicado Paso a paso, Conjuros y sortilegios y Como todos los días, entre otros libros.
 

 
Home
Sumario 6
Indices
Noticias
Foro
Enlaces
Los mejores 2000
Próximamente
 
opiniones y suscripción gratuita: cuatrogatosrevista@yahoo.com / P.O. Box 351213, Miami, FL 33135, USA / editores: Sergio Andricaín y Antonio Orlando Rodríguez