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Dora Alonso (1910-2001) |
Sobre
la obra de Dora Alonso
Heredera de dos culturas –España en el idioma y la lengua, África en el misterio y la leyenda–, Dora lleva de ambas esa sabiduría en el contar que sólo posee el pueblo. Y al pueblo, a su patria, a este archipiélago mulato, le devuelve lo que aprendió de su espacio antillano: el crecimiento de la luz, la altura aérea, sutil, la hipérbole humorística, la prisa que se convierte en síntesis, en metáfora exacta. Contar es su "gracia". Hacernos creer que conoció a cada personaje: Pelusín del Monte o Guille, don Cuadrado o Cirilina, Azulín o Pepe Puntilla, Sofía o Garralén: dos o tres palabras que se convierten en el retrato perfecto. Señora del cuento y la noveleta para niños, Dora es, también, la dueña de los epítetos, din por excelencia de los cuenteros, los juglares, los griot. Y ser poeta es su vocación, lirismo esencial, penetradora de la imagen, alquimista de la palabra. Dadora, por más de una razón, de la fantasía. Excilia Saldaña, poetisa y crítica literaria cubana. Un nuevo concepto de aventura: la aventura científica –esa tan
buscada gaviota negra–, del descubrimiento de la vida marina, de la vibración
con los grandes valores de la naturaleza, del sereno afrontar el peligro,
con el transfondo de una nueva sociedad. (...) En un clima de enorme autenticidad
–el paisaje marino y el quehacer del pescador–, el pequeño lector
recibe, representado por Guille, dos maneras de ver el mar y sus criaturas:
la del científico enamorado de la natuarelza y la del pescador que
se siente parte de ella. A esas dos actitudes el muchacho aporta la inagotable
curiosidad, el afán de superar retos y el ímpetu propio del
adolescente. Libro noble y positivo en su cosmovisión. De interés
sostenido y con momentos de gran tensión. Con finos toques humorísticos
y el divertidísimo personaje de la tía. Entre la buena aventura
y la novela de evolución del carácter juvenil.
Dora Alonso, escritora cubana, es, sobre todo, una poetisa de la sencillez,
que esparce el encanto de un corazón limpio, desprendido de las
marcas que condicionan una aproximación adulta a la materia literaria.
Recorrer ambas obras [El cochero azul y
El valle de la Pájara Pinta] es entrar en un mundo pleno
de imágenes, lleno de fuerza vital, de un colorido tan luminoso
como el sol abierto del Caribe. He aquí el primer acierto: es una
literatura que se nutre de la realidad, pero no de la escueta y simple
realidad. Es una realidad mágica que –como la percepción
del niño– funde, con el deleite y el placer del juego, la realidad
y la fantasía.
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