Cuatrogatos revista de literatura infantil   n° 6, abril-junio 2001
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Editorial Gente Nueva 
Palacio del Segundo Cabo 
O´Reilly no. 4, La Habana Vieja 
Ciudad de La Habana, Cuba 
 

   

  Joel Franz Rosell, desde Buenos Aires: 
    Juan Ligero y el Gallo Encantado 
    Dora Alonso 
    Ilustraciones de Eduardo Muñoz Bachs 
    Colección Escolar 
    La Habana: Gente Nueva
Dora Alonso festeja sus noventa años con la publicación de su cuarta novela infantil. Una obra que avanza en el personal realismo mágico criollo que acuñó con El cochero azul (Gente Nueva, 1975) y El Valle de la Pájara Pinta (Casa de las Américas, 1984). 

A diferencia de las anteriores, en esta noveleta todo el escenario es inventado y lo cubano aparece en el texto solo en el aporte de elementos culturales que también podría reconocer un lector de cualquier país caribeño. Esto hace que lo mágico tenga una mayor dimensión y que la universalidad de la trama no sufra con las interferencias que ciertos mensajes circunstanciales provocaron en algún momento del Valle y sobre todo del Cochero

Lo último no significa que la noveleta carezca de mensajes explícitos. Dora Alonso considera que la literatura infantil, sin ser didáctica, debe contribuir a la formación del carácter y a la socialización del niño. Pero los mensajes políticos han sido aquí completamente absorbidos por más concretas “enseñanzas de vida” (el valor, la decisión, la modestia, la rectitud) que Dora ha practicado en vida y ha procurado trasmitir siempre a sus protagonistas y lectores. 

 
Ilustración de Eduardo Muñoz Bachs. 

El viaje es, una vez más, el motor de la historia, y los personajes, también como de costumbre, son los componentes más pintorescos del libro. El lenguaje está lleno de invenciones de fuerte sabor criollo (nombres de lugares como San Ciprián de los Remolinos, Jorobitas, Cocotazo o Pulgar del Zurdo, y de personajes como Pancho Poco, alias Doblepé, la gallina Suprema Nocturna Clase A, el gato Sucu-sucu, la iguana Lola Galindo, y el alcatraz Bolsilibro, o simples términos reyoyos o aplatanados como zipizape, camisola, chuculún... 

Dora hace alarde de imaginación no solo con estos términos, nutritivos y endémicos como un ajiaco; también lo logra con situaciones como el re encuentro con el duende Chilín, que ha abandonado los sueños, “gente loca e informal” para vivir su propia vida en el mundo real, o la aparición de la carabela La Pinta que, en risueña versión de los míticos barcos fantasmas, llega con un sombrero de mago por bandera y tripulación diminuta que jinetea peces voladores y caballitos de mar (encallando líricamente en una de las secciones de su hermoso poemario La flauta de chocolate). 

La historia gira en torno a uno de los personajes más curiosos inventados por nuestra veterana cuentera: el Gallo Encantado, un animalote que vive en la luna y viene a imponerle al niño protagonista un viaje iniciático, que lo hace atravesar un arcoiris formado por mariposas guerreras y conocer a la famosa gallina de los huevos de oro. No es el único truco intertextual; otro, que rinde sutil homenaje a su colega, el entrañable escritor cubano Onelio Jorge Cardoso, es cuando el gallo Kundasor llama “Juan Candela” a Juan Ligero. 

La voluntad de renovación que Dora demuestra en esta obra la marcan otros toques posmodernos, como la página 26, toda a base de metalenguaje, y la invocación de los poderes de un talismán capaz de aniquilar las huestes enemigas, recurso que es “cita” de cierto género de dibujo animado. 

Hay una suerte de desaliño en la noveleta, que avanza por yuxtaposición de esos escenarios pintorescos y personajes extravangantes en los que la Alonso es toda una especialista. Pero esta composición, que tiene mucho del montaje artesanal inherente a la escritura radial, tan cultivada por nuestra autora, me parece deliberada a fin de conferir un sabor calculadamente naif a la singular saga gallinácea que es Juan Ligero y el Gallo Encantado

Fiel a su estilo caricatural, irónico y poético a la vez, Eduardo Muñoz Bachs le ha dado en esta ocasión a sus ilustraciones unos trazos más ingenuos y un colorido más vivo que en trabajos suyos anteriores, aun en los que también colorearon otros libros de nuestra popular autora. La edición, bastante cuidada, con tipografía grande y redonda, y papel de buen gramaje, adolece, sin embargo de irregularidades en la impresión y de una encuadernación que no resiste tres lecturas sin comenzar a soltar las hojas. 

Creo que una vez más Dora Alonso nos ha dado una lección. Ella, que ha recorrido casi todo el siglo XX, estará en las librerías del XXI con una obra en que se renueva a sí misma y  con la que le sacude algunos polvos a la prosa infantil cubana. 
 
Joel Franz Rosell, narrador y crítico cubano, autor de libros como Los cuentos del mago y el mago del cuento y Vuela, Ertico, vuela. Reciente dio a conocer el libro de artículos La literatura infantil: un oficio de centauros y sirenas.
 

 
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