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Libresa Murgeón 364 Quito, Ecuador
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Antonio
Orlando Rodríguez, desde Miami:
Dora Alonso Ilustraciones de María Isabel Molina Colección Mitad del Mundo Quito: Libresa ¿Cuántos de nosotros no jugamos, de niños, al compás de aquella vieja tonada del folclor hispano? "Estaba ola pájara pinta /posada en un verde limón"... Lejos estábamos de sospechar, entonces, que muchos años después, por obra y gracia de Dora Alonso, reencontraríamos a la famosa pájara, posada ya no en un limonero, sino en una cubanísima palma de corcho, cuidando desde allí el acceso a uno de los más fantásticos parajes que recuerda la geografía de la literatura infantil cubana. La autora recrea a la pájara pinta, del mismo modo que nos entrega una novedosa visión del valle de Viñales en la que se conjugan lo cotidiano y lo insólito. Recrea, además, su propia infancia en la concepción de la protagonista: Isabela –una niña simpática, alegre, decidida, preguntona; en dos palabras: una niña. Todos los años, la pequeña nieta del talabartero Felo Puntilla se traslada al pueblecito de Viñales para pasar allí, en compañía de su abuelo, las vacaciones de verano. En El valle... se narran dos días de las vacaciones de Isabela; dos jornadas en las que le saldrán al paso todo tipo de prodigios y singulares personajes. Y justamente la caracterización de personajes es uno de los mayores aciertos del libro. La creadora de El cochero azul demuestra, una vez más, su facilidad para dibujar con pinceladas concisas, pero certeras, una variada galería de personajes carismáticos en la que coexisten armoniosamente seres humanos (Felo Puntilla, Juan Palomo, Cirilina), animales (el gato Musu, el caballo Pegaso, el venado Guaney) e incluso objetos (el delantal Garralén, el indiscreto farol del mago Cacafú). Que todo buen libro para niños resulta, por lo general, susceptible de disímiles interpretaciones de acuerdo a sus posibles niveles de lectura es una verdad de Perogrullo. Creo que El valle... no es ajeno a esa norma y, de alguna manera, sus páginas sugieren una reflexión acerca del eterno contrapunteo entre dos etapas de la existencia humana estrechamente ligadas por lazos tan profundos y puros como inasibles: la infancia y la senectud. Por una parte, Isabela, una chiquilla que de modo inconsciente, pero explícito a través de sus actos, se propone sacarle el mayor partido a su niñez, vivir a plenitud cada minuto, gozar de ese inefable período de continuos descubrimientos-deslumbramientos. Por la otra, dos maneras de asumir la vejez: la del simpático pero excesivamente presumido Garralén –siempre preocupado por ocultar las arrugas que delatan el devenir del tiempo– y la de Cirilina, la dulce abuela de los pájaros, una anciana que ha encontrado en el amor y la ternura el secreto de la eterna juventud, de la belleza perenne, y que se pasea por los mogotes del valle vestida de novia, no con la intención de disimular sus años, sino porque ese ropaje feliz la ayuda "a estar alegre y a ver el lado buena de las cosas". Al final de un extenso recorrido, entre emociones y risas, descubriremos, con Isabela, que la vejez también puede ser amable y bella si se sabe hallar la ruta que conduce al valle de la Pájara Pinta. A pesar de la brevedad que impone una reseña, creo oportuno llamar la atención sobre uno de los pasajes más interesantes de la novela: aquel que brinda una versión ingenua de la génesis de los valles de la geografía de Pinar del Río, y que constituye un delicioso aporte a la mitología de la isla de Cuba. El valle de la Pájara Pinta es el mejor de los libros que Dora Alonso ha creado para los niños. Se trata de una obra henchida de colores, escrita con elegancia y mesura, pero también con divertida desfachatez; portadora de un universo donde constantemente se abren puertas a las cuales sólo nos es permitido echar un rápido vistazo, puertas que dan acceso a escenarios y personajes de múltiples posibles aventuras. De esta novela también existen
ediciones publicadas por Casa de las Américas, Gente Nueva y Alfaguara.
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