Cuatrogatos revista de literatura infantil   n° 6, abril-junio 2001
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Libresa 
Murgeón 364 
Quito, Ecuador 
 

   

  Antonio Orlando Rodríguez, desde Miami: 
    El valle de la Pájara Pinta 
    Dora Alonso 
    Ilustraciones de María Isabel Molina 
    Colección Mitad del Mundo 
    Quito: Libresa 
Quizás a algunos lectores les resulte sorprendente que estos apuntes sobre la novela El valle de la Pájara Pinta, ganadora del premio internacional Casa de las Américas en 1984, comiencen refiriéndose no a la obra en cuestión, ni a su autora, sino a un artesano. A un viejecito flaco y vivaracho que todos los días, protegiéndose del sol con un sombrero de papel, pedaleaba en su bicicleta por las calles de la ciudad de Cárdenas, en busca de pedazos de madera. Ese artista popular, Horacio Ruiz, construía con extraordinaria pericia las más asombrosas figuras: sapos, gallos, lechuzas de largas pestañas, chivos vendedores de pirulíes. Y precisamente en una de sus aves de madera, en una enigmática pájara de plumas pirograbadas, se inspiró Dora Alonso para describir a uno de los personajes de su libro y para darle título: El valle de la Pájara Pinta

¿Cuántos de nosotros no jugamos, de niños, al compás de aquella vieja tonada del folclor hispano? "Estaba ola pájara pinta /posada en un verde limón"... Lejos estábamos de sospechar, entonces, que muchos años después, por obra y gracia de Dora Alonso, reencontraríamos a la famosa pájara, posada ya no en un limonero, sino en una cubanísima palma de corcho, cuidando desde allí el acceso a uno de los más fantásticos parajes que recuerda la geografía de la literatura infantil cubana. La autora recrea a la pájara pinta, del mismo modo que nos entrega una novedosa visión del valle de Viñales en la que se conjugan lo cotidiano y lo insólito. Recrea, además, su propia infancia en la concepción de la protagonista: Isabela –una niña simpática, alegre, decidida, preguntona; en dos palabras: una niña

Todos los años, la pequeña nieta del talabartero Felo Puntilla se traslada al pueblecito de Viñales para pasar allí, en compañía de su abuelo, las vacaciones de verano. En El valle... se narran dos días de las vacaciones de Isabela; dos jornadas en las que le saldrán al paso todo tipo de prodigios y singulares personajes. Y justamente la caracterización de personajes es uno de los mayores aciertos del libro. La creadora de El cochero azul demuestra, una vez más, su facilidad para dibujar con pinceladas concisas, pero certeras, una variada galería de personajes carismáticos en la que coexisten armoniosamente seres humanos (Felo Puntilla, Juan Palomo, Cirilina), animales (el gato Musu, el caballo Pegaso, el venado Guaney) e incluso objetos (el delantal Garralén, el indiscreto farol del mago Cacafú). 

Que todo buen libro para niños resulta, por lo general, susceptible de disímiles interpretaciones de acuerdo a sus posibles niveles de lectura es una verdad de Perogrullo. Creo que El valle... no es ajeno a esa norma y, de alguna manera, sus páginas sugieren una reflexión acerca del eterno contrapunteo entre dos etapas de la existencia humana estrechamente ligadas por lazos tan profundos y puros como inasibles: la infancia y la senectud. Por una parte, Isabela, una chiquilla que de modo inconsciente, pero explícito a través de sus actos, se propone sacarle el mayor partido a su niñez, vivir a plenitud cada minuto, gozar de ese inefable período de continuos descubrimientos-deslumbramientos. Por la otra, dos maneras de asumir la vejez: la del simpático pero excesivamente presumido Garralén –siempre preocupado por ocultar las arrugas que delatan el devenir del tiempo– y la de Cirilina, la dulce abuela de los pájaros, una anciana que ha encontrado en el amor y la ternura el secreto de la eterna juventud, de la belleza perenne, y que se pasea por los mogotes del valle vestida de novia, no con la intención de disimular sus años, sino porque ese ropaje feliz la ayuda "a estar alegre y a ver el lado buena de las cosas". Al final de un extenso recorrido, entre emociones y risas, descubriremos, con Isabela, que la vejez también puede ser amable y bella si se sabe hallar la ruta que conduce al valle de la Pájara Pinta. 

A pesar de la brevedad que impone una reseña, creo oportuno llamar la atención sobre uno de los pasajes más interesantes de la novela: aquel que brinda una versión ingenua de la génesis de los valles de la geografía de Pinar del Río, y que constituye un delicioso aporte a la mitología de la isla de Cuba. 

El valle de la Pájara Pinta es el mejor de los libros que Dora Alonso ha creado para los niños. Se trata de una obra henchida de colores, escrita con elegancia y mesura, pero también con divertida desfachatez; portadora de un universo donde constantemente se abren puertas a las cuales sólo nos es permitido echar un rápido vistazo, puertas que dan acceso a escenarios y personajes de múltiples posibles aventuras. 

De esta novela también existen ediciones publicadas por Casa de las Américas, Gente Nueva y Alfaguara. 
 
Antonio Orlando Rodríguez, escritor cubano, ha publicado, entre otros libros, Mi bicicleta es un hada y otros secretos por el estilo, Yo, Mónica y el Monstruo, Disfruta tu libertad y Panorama histórico de la lieratura infantil en América Latina y el Caribe.
 

 
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opiniones y suscripción gratuita: cuatrogatosrevista@yahoo.com / P.O. Box 351213, Miami, FL 33135, USA / editores: Sergio Andricaín y Antonio Orlando Rodríguez