Cuatrogats  revista de literatura infantil   número 3   julio-septiembre, 2000  
editores: sergio andricaín y antonio orlando rodríguez   cuatrogatosrevista@yahoo.com  
 
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  Rito de lanzamiento  
Yolanda Reyes 
            Yo soy esa voz que cuenta.  
            Lo demás no es importante.   
            José Saramago
            Para todos esos que quiero tanto  
            y que sé que me quieren. No importa  
            qué tan lejos estén. Ni siquiera importa  
            si ya no están... 
Un libro recién salido –o más bien, recién nacido– produce sensaciones encontradas. Casi todas son extrañas y muy difíciles de traducir a palabras. Cómo dar cuenta de esa mezcla de tristeza con alegría, de incertidumbre con inseguridad, cómo atreverse a hablar de esa soledad acompañada, de esa sensación de desnudez inerme y de esa idea de que todo ya fue dicho y que no nos queda otra oportunidad para intentar decirlo de otra forma, quizás más afortunada... Es extraño para un autor ese cúmulo de sentimientos que se presentan todos a la vez y que no tienen palabras claras. 

Hace pocos días, antes de que Los años terribles saliera, estaba conversando con una amiga y ella me confesó que ver un libro suyo publicado le había producido pánico. Nada más. Ni emoción, ni extrañeza, ni alivio, ni incertidumbre, ni siquiera desilusión, sino pánico. Sencillamente pánico. Y sí, tal vez, ella acertó a reunir en esa sola palabra la sensación extraña de estos días inciertos  –y también terribles– que marcan la frontera entre el manuscrito y el libro, ya con carátula y hojas, editorial y copyright. Estos días de limbo que, afortunadamente, hoy se acaban con el “lanzamiento”. (¡Buena palabra esa de lanzamiento, porque, en realidad, el pánico es como lanzarse desde un precipicio!) Lanzar esta historia, que hasta hace poco era solo mía y que ahora se convierte en un libro que debe aprender a andar y a moverse solo, entre los pasillos de la feria o los estantes de una librería, en la biblioteca de una casa, al lado de los libros preferidos de su dueño, o, sencillamente, en las manos de un lector desconocido. 

Hay un salto descomunal, un verdadero lanzamiento entre manuscrito y libro. Para seguir con una metáfora muy socorrida, se parece al salto desde el hijo en el vientre materno hasta el bebé recién nacido: ese extraño personaje que, de repente y después de un proceso doloroso, se separa de uno y empieza a respirar solo, a abrir los ojos y a moverse en el mundo con cierta torpeza, inaugurando su forma particular de existir... Para la madre (del hijo o del libro) es la sensación de encontrarse con un extraño al que, de cierta forma, ya se conocía, pero a quien hay que volver a conocer, ahora con una vida propia, independiente. Pánico. No hay otra palabra que exprese mejor las dos situaciones. 

Pánico. Llegar a la casa, después de uno de esos martes infernales y dispersos, atiborrados de trabajo, y encontrar un sobre de manila en la portería dirigido a Yolanda Reyes. Remite: Editorial Norma. Y atravesar el corredor hasta el apartamento como si fuera un bosque enorme y abrir durante instantes interminables el sobre y encontrar al libro ahí, tan campante. Ese libro que parece venir desde tan lejos, desde otro mundo: desde una fábrica donde se hacen muchos libros en serie; en un lugar que desconozco. Un lugar lleno de máquinas, ajeno a mis entrañas, ajeno a las noches de incertidumbre, cuando ese libro era sólo un deseo incierto, ni siquiera un manuscrito, sólo un torrente torpe de sensaciones oscuras, sin palabras; como el deseo del hijo, mucho antes de saber que alguna vez se hará realidad. Sí: llegar a la casa y ver, de repente, cómo ese intruso va tomando su lugar entre mis rutinas y se ubica como otro libro más en el territorio de mis cosas... Donde antes había manuscrito, un desorden de hojas revueltas y de miles de versiones sucesivas y obsesivas, ahora hay libro. Y ya no sirve arrepentirse. Ya no cabe la posibilidad de corregirlo otra vez, de darle una última pulida. Siempre pedimos la última oportunidad, hasta ese día en que ya no hay caso: lo escrito, escrito está y ahora sí es en serio. ¿No era eso lo que queríamos? Entonces, en lugar de luchar con esas sensaciones extrañas e inciertas, hay que abrirlo, como haría –y de hecho, hará– cualquier lector. Tomarlo entre las manos y mirarlo. Y temblar, no de emoción, ya saben, sino de pánico. 

Esa noche de martes, después de acostar a los niños y de leerles un cuento, como todas las noches, pero con una voz automática y prestada, al fin estuve sola, con mi libro. Jamás recuerdo haberme sentido tan sola. Entonces lo tomé entre las manos. Lo leí todo entero, de principio a fin, desde la solapa, que contaba una extraña biografía: la mía, la de afuera, hasta la contracarátula. Y, curiosamente, sentí que el libro seguía vivo. Y que sus voces, tantas veces trabajadas, las voces de esas tres niñas que habían ido creciendo a lo largo de sus páginas, seguían hablándome. Como todas esos días y esas noches, cuando me sentaba frente al computador, un día convertida en la voz de Juliana; otro día metida en la piel de Valeria y otro día cargando la tristeza de Lucía... Y volví a reírme de las mismas cosas y volví a dudar en las mismas dudas. Y volví a sentir la rabia intacta y el mismo miedo. Y el mismo deseo que alguna vez no fue libro, sino vida. 

Y volví  a acordarme de ese día incierto, de esa imagen mía de trece años, en la puerta de un supermercado, hablando con mi mamá. Recuerdo que le pregunté si ella se acordaba de su adolescencia, de esa sensación de no ser comprendido por nadie, ni siquiera por uno mismo. Entre las compras del mercado, creo que ella me dijo que tal vez sí, pero que después a uno se le iba olvidando. No sé si lo dijo por consolarme, sólo recuerdo que pensé –o me juré a mí misma– que no: que a mí nunca se me iba a olvidar eso que estaba sintiendo. Por supuesto que luego crecí y, de cierta forma, lo olvidé. Pero, ahora que lo pienso, escribir el libro fue la oportunidad de recordar, en el sentido etimológico y pleno de la palabra. Re-corderis. Pasar por el corazón. Sumergirme en esa aventura que es reconstruir pedazos de una memoria aparentemente olvidada, pero viva. Volver a atravesar esa frontera incierta entre el niño y el adulto, ese otro lanzamiento o salto al vacío que luego se nos olvida, pero que, en el fondo, nunca resolvemos del todo. Tal vez porque tampoco terminamos de crecer del todo. Como tampoco terminamos nunca de saber, a ciencia cierta, qué es lo que queremos o qué diablos estamos haciendo aquí. 

Es un lugar común, y sobre todo en el ámbito de la literatura infantil, hablar del niño interior que todos llevamos dentro. Se nos alienta a recuperar la frescura, la supuesta inocencia y la magia de la niñez. Curiosamente, nunca nadie invita a nadie a recuperar su adolescencia. Porque la adolescencia es vista como un mal necesario, como un oscuro rito de tránsito que hay que abandonar y olvidar lo más pronto posible para dar paso a la vida adulta. Lo que yo quise con el libro y sólo ahora, cuando ya está impreso me doy cuenta de lo que buscaba, fue recrear, o más bien revisitar esa etapa de la vida en que somos sólo pregunta y sólo duda. Esa etapa en la que somos rabia y rebeldía. Esa época en la que no nos conformamos con el mundo como es, sino que inventamos otros mundos posibles. Esa época en la que aún somos manuscrito, no libro terminado, y tenemos la oportunidad, aunque entonces no lo sepamos, de intentarlo todo, de valernos de distintas voces para decir o para gritar o para cantar. Es de esa época en la que dejamos de jugar y nos deshacemos de nuestros castillos de juguete y de nuestras casas de muñecas; es de ese pánico de sentir que estamos parados en el borde de algo, despidiéndonos de algo; de la que yo quise hablar. 

Ya los amigos del oficio que se interesan por el libro me preguntan cómo pude llegar a reconstruir ese mundo de los adolescentes, si hice muchas entrevistas, si leí tratados sobre el tema, si me puse como tarea oír cierta clase de música o si investigué tales o cuales fuentes. (Es más: hace unos días, una periodista en el radio me iba a invitar a uno de esos programas sobre la adolescencia, a uno de esos paneles, con expertos en la materia...) A esa periodista y a todos los que han llegado a pensar eso, lamento desilusionarlos. Yo no sé más de la adolescencia de lo que sabe cualquiera de ustedes, los que me acompañan hoy en este trance del lanzamiento. Yo lo único que quise fue contar una experiencia de vida, volver a escuchar esas voces fragmentarias que hablan, que gritan o que cantan para tratar de descifrarse, sin lograrlo nunca del todo. Yo sólo quise lanzar, no un libro, sino una botella de náufrago para que llegue a alguna parte, a donde tenga que llegar. A ese lugar donde habrá otro náufrago como yo, solo y despistado, con algún asomo de rebeldía, no importa la edad que tenga. Si el libro lo invita a recuperar su adolescencia, si le da alguna pista para entenderse o simplemente para saber que no es fácil entender y que eso es normal y que le pasa a cualquiera, el libro seguirá su camino. Eso, en todo caso, ya no es asunto mío. Desde hoy, me siento liberada y me lanzo a buscar otras historias. La otra, la que ya conté, queda, desde este momento, en las mejores manos. Ahora es toda de ustedes. 
 
Palabras en la  presentación de la novela Los años terribles, realizada en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, en mayo de 2000.  
 
Yolanda Reyes, escritora y profesora colombiana. Directora de Espantapájaros Taller, en Bogotá, institución que desarrolla un trabajo de acercamiento a la lectura con bebés. Entre sus libros para niños sobresalen El terror de sexto "B" (Premio Noveles Talentos, Fundalectura, 1994), María de los Dinosaurios y Los años terribles. 
 

 
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