| Cuatrogat editores: sergio andricaín y antonio orlando rodríguez |
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Playco Editores Calle El Carmen, Centro Dos Caminos piso 4, oficina 4B Los Dos Caminos, Caracas 1071 Venezuela Telefax (02) 2354736 E-mail: playcoep@cantv.net
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Si
es triste, pero sano, regálale un marrano
Antonio Orlando Rodríguez
Aquiles Nazoa Ilustraciones de Rosana Faría Caracas: Playco Editores En un estudio publicado hace algunos años, la investigadora María Elena Maggi afirmaba que la poesía de Aquiles Nazoa es "la expresión de un delicado lirismo y un fino humor". Hay que felicitar a la estudiosa de la obra del gran escritor caraqueño –"el último juglar"– por haber tenido la idea de agrupar en un libro para niños tres poemas humorísticos de Nazoa que toman a los cochinos (o cerdos, o puercos, o chanchos, o marranos, o lechones, ¡cuántos nombres para el mismo animal!). Por habérsele ocurrido y por haberla materializado con tanto esmero. El resultado es grandioso: los versos de Nazoa, moviéndose siempre entre la ternura y la fisga más incisiva, oscilando entre los polos del sarcasmo y de la piedad, y un conjunto de maravillosas ilustraciones firmadas por Rosana Faría. El primer texto de la trilogía es una broma de inspiración etimológica acerca de por qué tantos nombres para los cochinos. En el rico correlato visual que acompaña a estas estrofas iniciales, Nazoa se convierte en personaje: primero como un niño, viajando en la famosa bicicleta de su padre (a la que, como recordarán los conocedores de Nazoa, aludió en un poema antológico), y luego, ya adulto, en la pantalla de un televisor (de hecho, fue creador de un recordado programa de la televisión cultural venezolana titulado Las cosas más sencillas, origen de su bello libro homónimo publicado en 1972). Se trata de guiños cómplices, de pinceladas de fino humor que involucran al adulto admiradores de la vida y la producción artística de Nazoa, pero que suscitan también multiplicidad de interpretaciones en el lector infantil ajeno a ese tipo de referentes.
A continuación aparece "La educación de los cochinos", un dechado de refinada ironía, a la que la ilustradora aporta un matiz cercano al humor negro cuando presenta a un lobo invitándonos a degustar los suculentos chorizos y jamones de su establecimiento. El referente popular de la historia de los tres cochinitos es retomado de manera inteligente por Faría en su lectura plástica del poema. El tercer momento está conformado por una serie de hilarantes pareados que regresan, desde un nuevo ángulo, al motivo de la diversidad de nombres de los cerdos, abordado ya en el texto inicial: "Si tu padre es muy fino, / regálale un cochino. // Si es fino, pero terco, / dale entonces un puerco"... Se trata de una joyita disparatada y burlesca, en la mejor tradición del non sense hispanoamericano, a la que los dibujos de Faría sacan el mayor partido. No está de más subrayar el apego de Nazoa a la métrica española y su maestría en el manejo tanto de los esquemas estróficos clásicos propios de los versos de arte menor como de la rima. Cuartetas y sextillas octosílabas de rima consonante alternan, con un resultado musical muy cercano al de la lírica tardicional, en "Los nombres del cochino", mientras que "Las educación de los cochinos" también apela a la sonoridad de los versos de ocho sílabas en frescas quintillas o redondillas de cinco versos (básicamente de estructura a:a:b:b:a, con una excepción: a:a:b:a:b), antecedidas y precedidas por estrofas de seis versos que exploran, con la intención de diversificar el poema, diferentes organizaciones (a:a:b:a:a:b y a:a:a:b:b:a). El texto final deja a un lado los octosílabos y prefiere, en cambio, la ligereza y la gracia de los heptasílabos; como señalamos antes, en esa pieza "didáctica" Nazoa recurre básicamente a los pareados, estructura muy frecuente en los refranes y adivinanzas de la tradición oral, y elige, para cerrar, un burlón serventesio. El libro de los cochinitos es bellísimo, y consigue una explosiva mezcla entre lo exquisitez y lo popular, tanto desde el punto de vista literario como gráfico, que lo convierte en una propuesta muy original. Este libro nos deja con ganas de que los editores continúen esculcando en la profusa producción lírica y narrativa de Nazoa, en busca de nuevos textos susceptibles de ser editados para el público infantil y juvenil (tanto "Buen día, tortuguita" como la muy divulgada por los narradores orales latinoamericanos "Historia de un caballo que era bien bonito", esperan su turno, por sólo recordar dos títulos suyos clásicos.) La obra nos deja, también, convencidos de que el de Rosana Faría es un nombre para tener en cuenta cuando nos pregunten por los más competentes ilustradores de libros para niños de Venezuela. Si, como se lamentaba Nazoa en un artículo titulado "Arte de
los niños", nuestra época parece haber perdido "el don más
definitivo de la condición humana, el don de la ternura", obras
como ésta constituyen un antídoto invalorable contra esa
pérdida.
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