| Cuatrogat editores: sergio andricaín y antonio orlando rodríguez |
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Chi-pirri-pi-chi Cuentos de Calleja (Madrid) Juguetes instructivos Serie IV, T. 64
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Biblioteca
y lectura en la Colombia del año 2000:
para herir susceptibilidades Luis Bernardo Yepes
En memoria de David Puyana y Javier Benavides*,
asesinados en la Colombia que rechazamos
para
las nuevas generaciones.
Preámbulo
“En la ciudad de Lyon, se imprimió el primer libro escrito en lengua francesa en 1476, así como también la primera obra ilustrada en Francia nació allí en 1478. A comienzos del siglo XVI, Lyon, junto con Venecia y París, era uno de los principales centros europeos de distribución de libros: se perfeccionó el proceso de impresión, las bibliotecas prosperaron, los humanistas publicaban sus escritos, la literatura florecía. Dos siglos más tarde se anticiparon a la informática utilizando tarjetas perforadas para automatizar los telares de los trabajadores de seda. En 1895, después de haberse perfeccionado los procedimientos para la producción de fotografías en color, los hermanos Lumière inventaron la cámara fotográfica y el proyector de películas. En 1944, Higonnet y Moiroud patentaron el proceso de composición que marcó una ruptura definitiva con los anteriores procesos basados en plomo” (1). ¿En este recorrido por lo artesanal, el arte y la ciencia en la ciudad de Lyon, tienen algo que ver la cultura del libro y la lectura? ¿Coincidencia? Se pueden sacar muchas conclusiones, amañadas si se quiere, pero es innegable que estos ciudadanos han estado y están a merced de un entorno exigente. Cuando uno está expuesto a los fulgores del día, cada vez aprende algo, cada vez se es más sabio, máxime cuando nos exponemos a magníficas experiencias, a grandes aventuras como las ofrecidas por las bibliotecas de verdad, no por sus remedos; lo que viene después es el tiempo extendiendo cuenta de cobro. Esto parece absurdo para los inmediatistas amigos del afán y el exhibicionismo. Inicio En una especie de lógica del enriquecimiento espiritual e intelectual, un individuo, en su trasegar por la vida, al inicio se topará con los libros en su hogar; luego, en las bibliotecas escolares y, más adelante, se le cruzan en las bibliotecas universitarias. Los hallará después en las salas especializadas o en los centros de documentación, y siempre lo acompañarán en las bibliotecas públicas durante el camino hacia la luz. En Colombia, aún permanecemos en tinieblas porque ese camino está sin edificar. En el paradójico país de la insolidaridad y la mendicidad, se propone que se hagan bibliotecas como se hacen parroquias en los barrios de los pobres, a fuerza de empanadas y bazares. Y pensar que esa carencia de una biblioteca, desde la infancia hasta la tumba –parodiando a García Márquez–, repercute en todo el andamiaje social. Hoy se puede advertir cómo gran cantidad de obreros y altos directivos de las empresas colombianas carecen de información propia y ajena, en virtud de la inconciencia respecto al valor de la misma. Invertir en ella es un desatino, según el esquema mental que manejan. Esto, obviamente, repercute en la producción y en la economía del país. Nudo ¿De qué biblioteca y lectura se puede hablar en un país donde la desidia del estado alcanza para todos, ricos y pobres? Si se mira el entorno, se podría pensar que Antioquia es una región que no tiene nada de que quejarse, más aun cuando se ha ganado gratuitamente el remoquete de “potencia” bibliotecaria en Colombia y cuando personajes como el editor mexicano Daniel Goldin la citan en conferencias y publicaciones internacionales diciendo que allí se encuentra “el movimiento más impresionante, en torno a la lectura, que él conozca” (2). Igual podría pensarse de Bogotá, que está bajo el ala del centralismo rampante de nuestro país y “más cerca de las estrellas” (3) . Sin embargo, si bien es cierto que en Antioquia y Bogotá existen interesantes y reconocidas experiencias alrededor del fomento de la lectura, también lo es que son acciones microscópicas que, en el concierto nacional y mundial, no significan mayor garantía, habida cuenta de que gran parte del peso está recayendo en el sector privado –interprétese fundaciones y cajas de compensación familiar–, sector bien frágil a las embestidas económicas impuestas abruptamente por los amos y señores del nuevo orden mundial. En cuanto a las bibliotecas públicas, las cifras en el panorama nacional son fehacientes, los 1.230.538 habitantes del Vichada, Vaupés, San Andrés, Chocó, Guaviare, Guainía, Caquetá, Casanare, Arauca y Amazonas, cuentan con un fondo bibliográfico de 65.848 títulos, o sea, 0,05 libro por habitante (19 personas por libro), cifra muy distante de los 853.455 títulos que tiene Antioquia, con la diferencia de que allí se los deben repartir 4.799.609 paisas, para un promedio de 0,17 libro por habitante (6 personas para cada libro). Esto quiere decir que los colombianos más olvidados por los gobiernos, en verdad lo son, y que “la potencia” bibliotecaria, con todo y la ayuda del sector privado, lo es, pero en un país de ciegos donde el tuerto se hace rey. Bogotá es otro caso: la capital cuenta con 681.091 materiales
bibliográficos para 6.314.305 habitantes, lo que equivale a 0,1
libro por habitante (ó 9 personas por libro). El problema radica
en que 500.000 de esos materiales se encuentran ubicados en un solo punto
de la ciudad ya que pertenecen a la biblioteca Luis Ángel Arango
del Banco de la República, y a pesar de que sus directivos están
haciendo esfuerzos para descongestionar y descentralizar los servicios,
hay que considerar que Bogotá tiene una extensión de 1.587
km2. Claro que para esta ciudad se acerca una leve mejoría ya que
el actual alcalde, cuestionado y no, está trabajando en unos edificios
para bibliotecas en otros puntos de la capital.
En otras palabras, estamos nivelados por lo bajo. En ese orden de ideas, hablar de biblioteca y lectura en Colombia es sinónimo de olvido e indiferencia; ahí sí pagan por igual ricos y pobres: la lectura como bien social parece no figurar en la agenda de las mayorías. Deberíamos nivelarnos de otra manera y aspirar a llegar, al menos, a medio libro por habitante, como plantea la bibliotecóloga Gloria María Rodríguez (7), es decir, darnos a la tarea de comprar unos 16.500.000 libros para distribuir en todo el territorio colombiano, aspiración aún muy modesta por cierto. De todas maneras, no estamos peor gracias a los titánicos esfuerzos de la Biblioteca Nacional, a la cual se le endilgaron todos los ideales plasmados en la Ley del Libro y la Ley de Cultura para que ella los materializara por obra y gracia de los elfos, porque dinero no hay. Por tanto, el cumplimiento de ambas leyes es a cuenta gotas, y así se haya bajado el déficit de municipios con biblioteca, que en 1977 estaba en un merecido 82,4 por ciento, a un 33,9 por ciento en 1998, el nivel cualitativo es insuficiente porque no se le está prestando atención a la importancia de la biblioteca pública en el desarrollo sociocultural de las comunidades; por lo mismo, no se le está considerando dentro de los programas y planes prioritarios de las administraciones nacionales, departamentales y municipales, y tampoco se ha podido garantizar la continuidad del personal que se capacita y asesora, como reconoce la bibliotecóloga Beatriz León, asesora del programa de bibliotecas públicas de la Biblioteca Nacional (8) . Otro de los factores es el incumplimiento en cuanto a las inversiones que estipula la ley. Así algunos argumenten que la inversión social se lesiona al destinar porcentajes precisos para los recursos regulados, desconociendo con ello el real estado de las necesidades de los habitantes de cada municipio, la suerte está echada y, verbi gracia, los alcaldes deben destinar para las casas de la cultura y las bibliotecas públicas, según la Ley General de Cultura (9), al menos un 2 por ciento del 5 por ciento que les corresponde a la educación física, la recreación, el deporte, la cultura y el aprovechamiento del tiempo libre de la participación de los ingresos corrientes de la nación, esto con la esperanza de que algún galáctico día no tengamos remedos de biblioteca. Entonces, hay que trabajar con toda la determinación del alma por esos cinco centavos que nos corresponden del peso, pues si bien hay quienes luchan por vencer el hambre física, a nosotros nos tocó el papel de combatir el hambre espiritual. Ese combate, que ya se inició con esfuerzos aislados, debe ser frontal y organizado, pues se trata de sacar de la ignominia a muchas de nuestras bibliotecas que, hoy día, son remedos de la imagen real de una biblioteca ya que carecen de todo, hasta de alma, y no conservan ni siquiera su naturaleza misma: la de ser espacio para el lector. Ahora, muchas son lugares para ejercer, de manera mecánica, la labor de copiar textos impuestos por arcaicos profesores (monásticas y sin conciencia, diría yo). Otras son sitios para manifestaciones artísticas y culturales como la danza, el teatro, la música y la recreación dirigida, excepto para la lectura. Y, en la mayoría de los municipios, son fortines políticos con los cuales el gobernador de turno paga los favores recibidos dándole “palomitas” a su servidumbre. Lo que se requiere son bibliotecas definidas en su esencia, no desfiguradas. Se requieren bibliotecas como las que trajo el siglo XIII con el renacer de las ciudades europeas, bibliotecas orientadas a la práctica de la lectura (10). En cuanto a las bibliotecas escolares, sobre todo en el sector oficial donde se encuentra la población más vulnerable, ni hablar. En la actualidad, no se concibe, ni de lejos, la figura del bibliotecario escolar. Se tiene la errónea idea –que además es la imagen mental que tienen nuestros niños pobres, si acaso– de que la biblioteca es: unas paredes agrietadas y un rimero de libros recogidos en cualquier esquina del barrio o de la vereda. La legislación es clara, y si tenemos un país de estado de derecho, debemos construirlo en esas condiciones. Por ejemplo, las bibliotecas escolares, vitales en todas las sociedades modernas, están estipuladas en la Ley 115 (11) . ¿Por qué no las creamos? ¿Por qué esa ley se cumple únicamente para los establecimientos privados, ampliando más la brecha entre ricos y pobres? ¿Por qué en la reacomodación de docentes no se contempla que algunos puedan quedar con funciones exclusivas de bibliotecarios? ¿Acaso una biblioteca son unos libros arrumados y un local húmedo? ¿Y el personal de dedicación exclusiva? ¿ Y los medios didácticos? ¿Y los libros? ¿Y los equipos? ¿Y el presupuesto anual de funcionamiento? ¿Y la perspectiva de convertirse en un centro de recursos para el aprendizaje? ¿Y la ilusión de que sirva de laboratorio para dinamizar el proyecto educativo institucional? El presidente Lagos, de Chile, planteó en su programa de gobierno la creación de bibliotecas multimedias, centros de recursos para el aprendizaje, el consejo nacional del libro y la lectura (12) y no sé qué más. Cuando en Colombia un presidente haga algo así, quizá es porque hemos empezado la marcha hacia una estepa cristalina y azul, quizá es una manifestación de nuestra existencia. Protagonista En este sentido, el bibliotecario debe desempeñar un papel de actor de primera línea, y no de espectador de última banca. La dificultad estriba en que el bibliotecólogo de hoy tiene una formación tecnicista y es descuidado e insolidario como el resto de sus conciudadanos, al fin y al cabo hace parte de este simulacro de nación. Las escuelas y las facultades de bibliotecología deberían revisar sus currículos, profesores y metodologías, y orientar su quehacer hacia la formación de un profesional más creativo, más temerario, más estudioso, con mayor conciencia política y entereza en la participación, sino, ¿de qué otra manera es posible sacar adelante un proyecto bibliotecario digno? Ninguno de nuestros políticos lo llamará para pedirle ideas que pueda incluir es sus programas de gestión; es él quien debe buscarlos, acercarse a ellos y a los ciudadanos elegibles que no tengan el vicioso olor de los actuales congresistas, diputados y demás, y mostrarles el camino que puede hacer grande al sistema bibliotecario. De ahí la importancia de las asociaciones como Asolectura (13). Si nos agremiamos, estaremos labrando el camino que acabe con la indiferencia. Es urgente hacerlo. Dimos un paso: el de la reflexión; ya no somos invitados sólo para contar experiencias, también nos invitan para “pensar”. Entonces demos aquí y ahora otro paso: el del “nuevo pragmatismo” (14), aquel que permita la construcción del sendero que nos lleve a la estepa cristalina y azul. Y el reto no es sólo en lo político; en lo profesional se vienen nuevas opciones. Es importante, por ejemplo, proporcionar el acceso igualitario a todas las prácticas que la lectura posibilita en la actualidad; entre ellas, las que conllevan las nuevas tecnologías. Así mismo se impone mantener la mirada atenta a las nuevas formas de leer que, como ocurrió en el pasado, están cambiando los modos de leer. Inclusive hay que permanecer atentos a los movimientos de algunos empecinados políticos, quienes se escudan y utilizan la tecnología como un argumento para decir que no se van a necesitar las bibliotecas en el futuro. ¡Nada más falso! Nos espera la tarea de posibilitar a los ciudadanos, en especial a los menos pudientes, el ejercicio de la lectura desde la tecnología, ya que esa destreza se adquiere con práctica, con dedicación, con medios y oportunidades. La cuestión radica en disponer de los recursos y de los ambientes propicios, es decir, formar el caldo de cultivo. Además, si miramos hacia atrás, “en la historia de la cultura, nunca nada ha acabado con nada, en todo caso, lo ha cambiado profundamente” (15), como plantea Umberto Eco. Entonces, según los rastros históricos, la tecnología no acabará con la biblioteca; ésta vivirá, pero tendrá que cambiar, sin lugar a duda, lo cual implica que el bibliotecario también lo deberá hacer o, en su defecto, tendrá que dar paso a otra generación. Por otro lado, la información de hoy requiere de un nuevo orden para que de verdad sea leída. En ese caso, el objetivo es acabar con la sensación desorientadora que, por ejemplo, deja la internet. “Instituciones como la biblioteca le pueden ofrecer al ciudadano la oportunidad de reinventar, todos juntos, en un contexto de relativismo y virtualidad, el espacio público del conocimiento, sin el cual el conocimiento adquirido no es cultura”; es decir, que “las bibliotecas que antes eran un arte de clasificación, ahora se deben convertir en un arte de tránsito” (16), como dice el bibliotecario francés Patrick Bazin. Desenlace Lo anterior, en algo señala el sendero y recuerda la importancia de que funcionen los pactos sociales con los acuerdos que tácitamente hemos reconocido y admitido, al decir de Rousseau (17). Si las personas que asignamos para que cumplan con lo acordado fallan, todo se derrumba y viene el caos, ese que padecemos ahora y hemos soportado siempre a causa de la avaricia de individuos que elegimos para que hagan unas cosas, y hacen otras bien distintas; ahí está la raíz de uno de tantos problemas. En nuestros “padres de la patria” hay mucha claridad en la búsqueda del dinero fácil para sí, pero cero conciencia en la importancia de la función social de la lectura y las bibliotecas; al parecer, una actitud heredada de los conquistadores y colonizadores de las coronas de Aragón y Castilla, con contadas excepciones. ¿La hecatombe? Otras cosas se pueden hacer aparte de pulir la formación del bibliotecólogo, de batallar por los recursos que han sido asignados para el área y de elegir mejor a nuestros gobernantes. Se puede, por ejemplo, luchar por otras conquistas y plasmarlas en un documento que universalmente es conocido como Política Nacional de Lectura. De hecho, los grupos de especialistas que ha convocado el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc) han recomendado a los gobiernos de la región la adopción de medidas que garanticen el diseño y la ejecución de políticas nacionales de lectura (18). En nuestra Ley de Cultura aparece como una tarea de la Biblioteca Nacional, y creo que en ello está trabajando dicha institución junto con el Cerlalc; resta ver que mecanismos de consulta o de participación implementan para algunos a quienes nos duele esto. En ese sentido, se le suplica a nuestra gente, incluyendo a los gobernantes, no traicionar los ideales que allí se plasmen, de la misma manera que por años se ha estado haciendo con los enunciados de la Ley 98 o Ley del Libro, maravillosa pieza literaria convertida en material de consulta de muchos países y en instrumento de desatención nuestra. Pero lo más portentoso que podemos hacer es luchar por cambiar la forma de organización política de Colombia por un estado federal, no a ultranza, sino uno que busque la extraviada unidad nacional, es decir, una forma de organización estatal según la cual las regiones gocen de autonomía más o menos plena, reservando la soberanía y la personalidad del estado ante el derecho internacional (19). Pienso que al sector social le serviría de mucho. Supongo que sería un paso gradual, de tal manera que, algún día, cada región pueda materializar sus sueños, sus propios sueños, y no tenga que esperar a que los señores del centro tengan el sueño de ellos, el que ellos soñaron primero y anhelan alcanzar (20) . Epílogo Esperemos que estas reflexiones toquen a muchos, es mi deseo, porque
por ahora pareciera no importar este cataclismo. Hoy somos magos atisbando,
impávidos, el desmoronamiento de las pocas bibliotecas colombianas,
aguardando al redentor o esperando el hundimiento. Con nuestra desesperanzada
actitud, quizá más lo segundo que lo primero.
Notas: 1. BAZIN, Patrick. “Hacia la metalectura”. En: El futuro del libro: ¿esto matará eso? Geofrey Nunberg. España: Paidós, 1998, p. 159. 2. En entrevista concedida a la revista Educación y biblioteca, n°94 de 1998, Daniel Goldin afirma que en América Latina y, particularmente, en Colombia, cabe destacar a “(...) el proyecto de Comfenalco de Medellín, dirigido por Gloria María Rodríguez, que cuenta con la biblioteca más vital donde yo haya estado. De hecho, el movimiento en torno a la lectura que se da en esa ciudad (que todos conocemos por el tráfico de drogas) es el movimiento más impresionante que yo conozca. Una de las razones probablemente sea la Escuela de Bibliotecología de Antioquia allí existente, fundada hace unos cuarenta años por la Unesco”. 3. Eslogan empleado por la administración del actual alcalde, Enrique Peñalosa, al hacer referencia a la altura de Bogotá: 2.600 metros sobre el nivel del mar. 4. Estos datos fueron tomados de la tercera edición del Directorio colombiano de bibliotecas públicas, publicado por la Biblioteca Nacional en 1996. Desde esa fecha, exceptuando el macro proyecto que se tiene para Bogotá, no se conoce ningún otro proyecto bibliotecario de carácter público que pueda alterar esas cifras de manera ostensible. Además, en Colombia nacen cinco bebés por minuto y 1.994 al día, un nivel de natalidad alto que no alcanzan a desestabilizar dos factores importantes en la vida del país: la violencia y la pobreza (periódico El Espectador, julio 19 de 1999, p. 4-A). 5. Dato conocido por el Cerlalc a marzo 15 del 2000. 6. ASCOLBI. “Biblioteca pública para todos: un propósito nacional”. En: Hojas de lectura, n° 25 (diciembre, 1999), p. 5. 7. RODRÍGUEZ, Gloria María. Situación actual de las bibliotecas en Colombia. V Congreso Nacional de Bibliotecología. Medellín, Universidad de EAFIT, 1998, 7 p. 8. LEÓN DE GARDEAZABAL, Beatriz. “Programas de la Red Colombiana de Bibliotecas Públicas”. En: Actas del Encuentro Iberoamericano de Responsables Nacionales de Bibliotecas Públicas. Cartagena de Indias, Colombia: Ministerio de Cultura de España (noviembre 18 al 20, 1998), p. 47. 9. Ley General de Cultura., artículo 25. Colombia, junio 19 de 1997. 10. CHARTIER, Roger. "Introducción". En: Historia de la lectura en el mundo occidental. Guglielmo Cavallo, Rogert Chartier. Madrid: Santillana, 1998. 11. En el artículo 141 de la Ley General de Educación de 1994, pero de manera más clara y como primera prioridad de una infraestructura escolar, aparece enunciada en el decreto 1860 de 1994 en el artículo 46. 12. El Movimiento de Bibliotecarios por la Reactivación Gremial y ahora Bibliotecarios por la Democracia, vía internet hizo envío del documento de trabajo que tienen para participar en la elección en el Colegio de Bibliotecarios de ese país. Dentro de todas las ideas hay una denominada "potenciar la participación del Colegio en el Consejo Nacional del Libro y la Lectura", incluida en las propuestas denominadas "Área de gobierno". (www.mineduc.cl) 13. Asociación de cubrimiento nacional que pretende convertirse en un interlocutor entre instancias gubernamentales y privadas para conseguir mejoras en el sistema educativo y en la escuela, crear y fortalecer bibliotecas, estimular la investigación y propiciar el fomento de la lectura y la escritura. 14. Es utilizar las nuevas formas y modos que el entorno nos propone. Eso fue lo que hizo el escritor cristiano-latino Casiodoro en el año 554. Para ampliar este concepto véase, O´Donnell. "La pragmática de lo nuevo: Tritemio, McLuhan, Casiodoro". En: El futuro del libro. ¿Esto matará eso? Madrid: Paidós, 1998, pp. 41-65. 15. Eco, Umberto. "Epílogo". En: El futuro del libro. ¿Esto matará eso? Madrid: Paidós, 1998, p. 313. 16. Bazin, Patrick. Op. Cit., p. 171. 17. Rousseau, Jean Jacques. El contrato social. España: Sarpe, 1983, p. 41. 18. El libro en América Latina y el Caribe, N° 75, 1993, pp. 10-18, y número especial 77-78, 1994, pp. 24-32, Bogotá, Colombia, Cerlalc. 19. Younes Moreno, Diego. Curso elemental de derecho administrativo. Bogotá: Ediciones Jurídicas Gustavo Ibáñez C. Ltda, 1994, p. 35. 20. Para tal efecto vale la pena mirar el Anteproyecto de una Constitución Federal para Colombia, cuyo autor es el Colegio de Altos Estudios de Quirama, Grupo de Estudios Constitucionales. Está editado por la Cámara de Representantes con fecha de octubre de 1999. Bibliografía ACTAS DEL ENCUENTRO IBEROAMERICANO DE RESPONSABLES NACIONALES DE BIBLIOTECAS PÚBLICAS. Cartagena de Indias, Colombia: Ministerio de Cultura de España. (Nov. 18 - 20, 1998); 136 p. ASCOLBI. Biblioteca pública para todos: un propósito nacional. En: Hojas de lectura. No. 25 (dic. 1999); p.5 CAVALLO, Guglielmo; CHARTIER, Roger. Historia de la lectura en el mundo occidental. España: Santillana, 1998. 585 p. COLEGIO DE ALTOS ESTUDIOS DE QUIRAMA, GRUPO DE ESTUDIOS CONSTITUCIONALES. Anteproyecto constitución federal para Colombia. Santafé de Bogotá, Cámara de Representantes, 1999. 132 p. COLOMBIA AL FILO DE LA OPORTUNIDAD: misión Ciencia, educación y desarrollo. Santafé de Bogotá: Instituto para la Investigación Educativa y el desarrollo Pedagógico, IDEP, 1997. 258 p. COLOMBIA. Ley General de Educación. ?Santafé de Bogotá? Ministerio de Educación Nacional, ?1994?. 233 p. ¡CONTAMOS HOY LOS RESULTADOS DEL CENSO 93! El Espectador (Jul. 1º. 1994) p. 9-A DIRECTORIO COLOMBIANO DE BIBLIOTECAS PÚBLICAS 3ª. Edición. Santafé de Bogotá: Biblioteca Nacional de Colombia: División Bibliotecas públicas, 1996. 256 p. LEY NO. 98 DE DICIEMBRE 22 DE 1993: por medio de la cual se dictan normas sobre democratización y fomento del libro colombiano. Santafé de Bogotá: congreso de la República, 1993. 8 p. NUNBERG, Geoffrey. El futuro del libro: ¿esto matará eso? España: Paidós, 1998. 314 p. RODRÍGUEZ, Gloria María. Situación actual de las bibliotecas en Colombia. V Congreso Nacional de bibliotecología. Medellín, Universidad de EAFIT, 1998. 7 p. RODRÍGUEZ, Pedro Gerardo. ¿Política Nacional de Lectura?: meditaciones en torno a sus límites y condicionamientos. Venezuela: Biblioteca Nacional, 1998. 44 p. (Colección Ideas para el diálogo No. 1) ROUSSEAU, Jean Jacques. El contrato social. España: Sarpe, 1983, 208 p. SISTEMA NACIONAL DE CULTURA: Ley General de Cultura. Santafé de Bogotá: Magisterio, 1997. 149 p. YEPES OSORIO, Luis Bernardo. La gestión de la biblioteca escolar del sector público a la luz de la legislación colombiana. Medellín, 1996. 129 p. Tesis (Especialista en Gestión Pública). Escuela superior de Administración Pública. Universidad del Estado, ESAP. YOUNES MORENO, Diego. Curso Elemental de derecho administrativo. Santafé de Bogotá: Ediciones Jurídicas Gustavo Ibañez C Ltda., 1994; 304 p.
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