| Cuatrogat editores: sergio andricaín y antonio orlando rodríguez |
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Ilustración de Bladimir González La Marcolina Ivette Vian La Habana: Gente Nueva
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Caprácnico
Ivette Vian ¡CAPRAC!… saltó el chivo por la ventana y cayó en medio de la sala. –¡Ay, un chivo! –gritaron los señorones y la gran señora Dulce Fina, y se pusieron a correr y a gritar por toda la sala. –¿Ay,
ay, un chivo!… ¡Socorro!… ¡Venga pronto, Sélfido! ¡Auxilio,
Sélfido!
En la sala
de al lado vivía Sélfido, por eso era vecino de los señorones
y de la gran señora Dulce Fina. Sélfido era un criador y
domador de chivos.
Y la gran señora Dulce Fina no era ni tan dulce ni tan fina. Ese día
estaban dándose balance en la sala, como siempre, recordando sus
viejos tiempos, cuando se apareció el chivo como caído del
cielo.
Pues, como les iba diciendo, cayó en medio de la sala, empezó a comerse un mantel de raso, y los señorones y la gran señora Dulce fina se pusieron a gritar llamando a Sélfido, porque sabían que él era el dueño de todos los chivos. Entonces, se apareció el domador: –¿Qué pasa?, ¿qué pasa?… ¡Ah, pero si mira quién es! ¡Tenía que ser! –exclamó. –¡Llévese
pronto a ese sucio animal! ¡Pronto! ¡Hum, no faltaba más!
–¡Qué fresco y qué atrevido! –chilló la gran señora Dulce Fina. Sélfido se puso un poco bravo, por los insultos que le estaban diciendo a su pobre chivo, y lo agarró para llevárselo enseguida, diciendo: –¡Ya, no digan esas cosas, que fue sólo un capricho de Caprácnico! –¿De quién? –saltó la gran señora. –De Caprácnico… así se llama este chivo, ¿no? –dijo Sélfido, llevándose al chivo color cartucho, que ya se estaba tragando el mantel. –¡Qué
barbaridad! –se quedaron comentando los señorones.
Y así
pasó aquel día, que fue la primera vez que Caprácnico
hizo eso. Pero, resultó que tres días después, los
señores y la gran señora estaban como siempre, abanicándose
en sus sillones y… ¡CAPRAC!… saltó Caprácnico por la
ventana.
–¡Corra, que se come mis cortinas de tisú! Y de nuevo Sélfido llegó y dijo que Caprácnico era un chivo caprichoso, que cuando se le metía una cosa entre cuerno y cuerno no había quién se la quitara. Y que ahora se había antojado de estar en sala elegante, entre personas finas… –¿Cómo?… ¿Un chivo caprichoso? ¿Animal con caprichos? ¡Lléveselo enseguida y no vuelva más! –gritó la gran señora Dulce Fina. –¡Qué
barbaridad! –comentaban los señorones.
Y, sí, Sélfido se llevó a Caprácnico, que iba mascando cortinas de tisú, pero de nada sirvió, porque ese chivo color cartucho, chivo caprichoso, estaba empeñado en saltar por aquella ventana y lo siguió haciendo. Hasta que llegó un momento en que Caprácnico saltaba todos los días a la misma hora: todas las tardes, a eso de las cinco… ¡CAPRAC!… Llegaba Caprácnico. De nada sirvieron los gritos de la gran señora Dulce Fina, ni las barbaridades de los señorones. Todos los días…¡CAPRAC!…aparecía Caprácnico, con su cara de malo y de payaso, con su cara de máldito, y empezaba a mascar cortinas y manteles, pañuelos y abanicos. Era inútil que Sélfido lo encerrara, porque el chivo color cartucho se escapaba y… ¡CAPRAC!… saltaba por la ventana a las cinco en punto de la tarde. Sélfido había domado a muchos chivos en su vida y a ése lo había enseñado a sentarse en sillones y a bailar la rumba; pero, ahora… ahora no podía con aquella costumbre que había cogido Caprácnico. Por mucho que se esforzó Sélfido en explicarle a su chivo que por las ventanas ajenas no se salataba, el chivo a las cinco de la tarde… ¡CAPRAC!… saltaba sin falta por la sala de los señorones. Y he aquí que todos se cansaron. La gran señora Dulce Fina se cansó de gritar y de pedir auxilio. Los señorones se cansaron de protestar y de decir barbaridades. Sélfido se cansó de tratar de domar a Caprácnico y de ir a buscarlo. Pero, Caprácnico, ése no se cansó jamás de saltar por aquellas ventanas y de comer cortinas de tisú. Hasta que entonces, un día, los señorones buscaron un sillón chino y lo pusieron en la sala. –¿Quién se va a asentar ahí? –preguntó en un revuelo la gran señora Dulce Fina. –Caprácnico –contestaron tranquilamente los señorones. Y como la gran señora se llamaba Dulce Fina, pues esta vez se quedó como una tartaleta de guayaba y no dijo nada. Así,
desde entonces, todas las tardes, a las cinco… ¡CAPRAC!… llega de
un salto el gran chivo color cartucho, como caído del cielo. Mira
a los señorones con su cara de malo, le enseña los cuernos
a la gran señora, agarra algo para mascar y, después, se
sienta en su sillón chino y allí se queda, con su cara de
payaso, oyendo todo lo que hablan los señorones.
¡Así es Caprácnico!
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