| Cuatrogat editores: sergio andricaín y antonio orlando rodríguez |
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Trapalón y compañía Cuentos de Calleja (Madrid) Juguetes instructivos Serie XIV, T. 278 |
Técnicas
literarias en la narrativa infantil contemporánea
Mercedes Falconí Ramos Cuando leo un libro, busco descubrir los fantasmas que le acosan a un escritor. Respirar el aire de ambiente de la obra. Dejarme llevar por los demonios de la creación. Ducharme, metafóricamente, no sólo en el pensamiento lógico, sino también en el pensamiento mágico. Una novela no dirige la mente del lector, no la enguiona: la incita. Lectura sin academicismos: el premio Nobel de literatura Isacc B. Singer, autor de adultos, prefiere a los niños lectores por diez razones vitales (1).
2. Los niños no leen para encontrar su identidad. 3. No leen los niños para librarse del complejo de culpa, para reprimir su sed de rebelión o para librarse de la alienación. 4. No necesitan los niños la psicología. 5. Detestan a los psicólogos. 6. No tratan los niños de comprender a Kafka o a Joyce. 7. Los niños todavía creen en Dios, en la familia, los ángeles, el diablo, las brujas, los duendes, la lógica, la claridad, la puntuación y otras cosas pasadas de moda. 8. Les encantan las historias interesantes, sin comentarios, guías o notas al pie de la página. 9. Cuando un libro es aburrido, bostezan los niños abiertamente, sin vergüenza y sin temor a la autoridad. 10. No esperan que su querido autor redima a la humanidad. Jóvenes como son, saben que eso no está en su poder. Sólo los adultos tienen esas ilusiones infantiles. Para Coleridge, poeta inglés precursor del romanticismo, existen cuatro clases de lectores:
Los vasos de arena, que no retienen nada y se conforman con atravesar un libro por el gusto de atravesar el tiempo. Las bolsas de género (especie de cedazos), que simplemente retienen la escoria de lo que leen. Los diamantes, igualmente raros y valiosos, que sacan provecho de lo que leen y permiten que con ello también se beneficien otros (2). El lector diamante necesita ciertas pistas y herramientas que le permitan pasar de la literatura como entretenimiento a la literatura como placer verdadero. Es decir, pasar de la distracción pasiva a la participación activa. Placer que también buscarán los jóvenes lectores en su momento. Una aproximación a la obra: la reelectura Para conocer las técnicas utilizadas en la estructura de una obra es necesario releer esa obra, pero no una, sino cinco, seis o siete veces. Para familiarizarse con ella. Para ir, en fin, poco a poco descubriéndola, desvistiéndola... Hipótesis con fundamento. Cuenta García Márquez que la breve novela Pedro Páramo, de Juan Rulfo (3), le deslumbró de tal manera, tan hondamente, que era falso que él pudiera recitar de memoria párrafos completos de esa obra. “La verdad iba más lejos: podía recitar el libro completo, al derecho y al revés, sin una falla apreciable”... Y podía incluso decir en qué página de su edición estaba cada episodio. A fuerza de releer, tuvo finalmente el escritor colombiano no sólo la revelación de la insólita sabiduría de Rulfo, sino una mejor comprensión de su carpintería secreta. Tomar partido: el grande y donoso escrutinio en la librería de
Don Quijote.
¿Hubiese creído, como el ama de llaves, que a los libros los habitan peligrosos encantadores que enloquecen a la gente, hasta volverlos caballeros o poetas, es decir, gente peligrosa? Hubiese creído, como el cura o el barbero, que era necesario hacer un escrutinio detenido, viendo uno a uno los libros, para ver de qué trataban, pues podían hallarse algunos que no mereciesen castigo de fuego. O hubiese estado del lado de la sobrina, a quien le parecía que no se debía perdonar a ninguno, porque todos han sido dañadores. Los criterios “técnicos” no coincidían. Cuando se toparon con los cuatro de Amadís de Gaula, el cura dijo que todo parecía cosa de misterio, porque había oído decir que ese libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y que todos los demás habían tomado principio y origen de él, por lo que, “como dogmatizador de una secta mala”, debían, sin excusa, condenarlo al fuego. El criterio del barbero fue distinto: él había oído decir que Amadís de Gaula era el mejor de todos los libros que de este género se habían compuesto, por lo que, como único en su arte, se le debía perdonar. Jorge Luis Borges, el gran maestro de nuestra literatura contemporánea, que cree en Don Quijote, pero no en todas las aventuras que le adjudican los libros, porque “es evidente que muchas son invenciones de Cervantes”, opina, sutilmente, irónicamente, sobre la validez de las técnicas y licencias estilísticas: “Yo, a los setenta años puedo decirlo, creo que las estéticas son meros instrumentos de trabajo. Whitman, al condenar la rima, tuvo razón, porque ésta hubiera sido maléfica para sus propósitos. Cuando Rubén Darío la alabó, tenía razón también, porque era lo que él precisaba. Las teorías estéticas son estímulos o son pretexto de gratas conversaciones, nada más, lo importante es la belleza” (5). Ni más ni menos. La belleza es lo fundamental. La imaginación es la que deslumbra, alumbra, conmueve y aprisiona. La novela como hechizo: “No existe el libro de historia, tratado o ensayo que pueda descubrir mejor el alma humana” (6). Es así. Pero, más allá de esta creencia rotunda, no desconozco que el largo camino de toda obra de imaginación superior, fascinante, está empedrado de técnicas literarias, viejas o nuevas, inéditas o redescubiertas. Conozco esta verdad: la intuyo cuando leo; pero como lectora, confieso una vez más, no me detengo en ese deshuesamiento. Francamente, a mí todo eso me produce pavor. “En la literatura las conclusiones no existen; en literatura nada se concluye. Todo es ambiguo. Todo fluye. Un mismo libro nunca es el mismo: por eso volver a leer a veces resulta más estimulante que descubrir nuevos libros...” (7). De todas formas, haré una aproximación, no tanto a las técnicas, sino a las huellas que yo encuentro en la narrativa infantil contemporánea. Nadie es competente, decía Henrich Böll, para hablar de ningún tema, trátese de libros, de sí mismo, del mundo o del entorno, sino por medio de aproximaciones. El lenguaje Materia prima de toda obra. El lenguaje es, posiblemente, la primera técnica y la última. Inventar un lenguaje imposible para abordar lo posible, es el gran reto de todo creador. Especialmente cuando la palabra está degradada: “cuando su sentido no corresponde exactamente a su sonido”. O cuando está prohibida o apresada, porque se la teme. Pero no me tomen a la tremenda. En el amplio universo de la literatura todo está permitido, pero siempre y cuando se sepa decirlo sutilmente, creíblemente, poéticamente. ¡Cuánto importa el cómo, la palabra, en la literatura infantil, en la literatura a secas! Todo está permitido, pero... He ahí la primera clave, en ese pero, en ese pensamiento adversativo que compara para restringir, para descartar, para condicionar. Para enseñar caminos. Para provocar. Carlos Fuentes en su libro La nueva novela hispanoamericana escribe, hablando de la literatura de Borges: “Esta prosa deslumbrante, tan fría que quema los labios, es la primera que nos relaciona, que nos saca de nuestras casillas, que nos arroja al mundo y que, al relativizarnos, no nos disminuye, sino que nos constituye. Pues el sentido final de la prosa de Borges –sin la cual no habría, simplemente, moderna novela hispanoamericana– es atestiguar, primero, que Latinoamérica carece de lenguaje y que, por ende, debe constituirlo. Para hacerlo, Borges confunde todos los géneros, rescata todas las tradiciones, mata todos los malos hábitos, crea un orden nuevo de exigencia y rigor sobre el cual pueden levantarse la ironía, el humor, el juego, sí, pero también una profunda revolución que equipara la libertad con la imaginación, y con ambas constituye un nuevo lenguaje latinoamericano que, por puro contraste, revela la mentira y la falsedad de lo que tradicionalmente pasaba por 'lenguaje' entre nosotros” (8). Esta apertura sustantiva, que apunta el zum crítico –en primer plano– a la literatura en general, puede, sin duda, también aplicarse a la literatura infantil latinoamericana, literatura que está descubriendo permanentemente su lenguaje, su identidad, su voz ... * (9) Dar nombres sería extremadamente largo y peligroso, por las omisiones notorias, por las presencias inexplicables. Contra la palabra dominación de la realidad histórica, la palabra imaginación de la literatura que busca, provoca, nos pone frente a nosotros mismos y nuestros sueños. Adivinación versus comprobación La ficción actual está inventando nuevos héroes. Héroes que se visten, a menudo, con las prendas de la ciencia y el mundo virtual... Esta ficción no puede adivinar ese mundo distinto, como Julio Verne adivinaba el entorno cuando escribía sobre la luna: ahora, en vez de adivinar, hay que comprobar. Quiero decir: utilizar las herramientas científicas, las palabras apropiadas que rigen ese mundo. Las autopistas cibernéticas, el infierno digital, la literatura futurista, en fin, tienen sus códigos y símbolos donde los escritores deben, necesariamente, tributar. Esto también encuentro, ahora, en la literatura infantil. La glocalidad Aunque yo pienso que no se puede hablar de literatura francesa, inglesa, norteamericana o brasileña, sino de sus autores, específicamente, con sus obras concretas, debo reconocer que en la actual narrativa infantil se encuentra frecuentemente esta disyuntiva: hay autores que escriben sobre la pequeña aldea, sobre la caverna de cada uno, mientras otros prefieren, más cautos o más ambiciosos, refugiarse en el universo. La conquista de lo local: con imaginación y talento, lo local
puede volverse universal. Una leyenda, una creencia general, un mito de
la aldea, un rumor colectivo, son hoy tema de nuestra narrativa infantil.
Llevar al papel la leyenda como cimiento de la fábula libre, y no
como acercamiento a la herencia folclórica, es una constante en
muchos autores latinoamericanos.
Lo local: montañas, ríos, selvas... venciendo ismos y teorías. Lo local: héroes o canallas, santos o demonios, ofreciéndose a los autores de la narrativa más calificada para transitar por el mundo de la fábula, que no repite, sino contiene a la historia. Temas inéditos, increíblemente. “El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada 'Guerra de los Pasteles'. El doctor Gabriel García Moreno gobernó a Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial” (10). Cuando recordamos estas verdades históricas, entendemos cuán difícil es para la ficción encontrar palabras y metáforas con las cuales competir o, por lo menos, reproducir la realidad. Pero ahí están los hechos reclamando, pacientemente, autores. La conquista de lo universal: tentación o desafío, que exige a los creadores llevar los temas abstractos, universales, a ducharse en las aguas de la caverna propia, para que el tema no se diluya en un supuesto cosmopolitismo ni en una erudición que, en términos creativos, poco significa o representa. Lo abstracto universal: António Lobo Antunes, el lúcido cuentista y novelista portugués, recrea con maestría un tema de muchos autores: la nostalgia por la niñez; nostalgia que satiriza, igual, en todos los idiomas a las híbridas “personas mayores” (11). En nuestro idioma, jugando con los términos, uniendo ambas vertientes:
globalidad y localidad, se habla –hoy mismo- de la glocalidad.
Sí y no a la técnica No juego a la tangente: sé que los creadores que cuentan con
las armas del talento y la imaginación para enfrentar todas las
dimensiones del ser humano, todos los sentimientos interiores, todos sus
sueños y pesadillas, deben, desde luego, conocer o inventar técnicas
narrativas: asumirlas, usarlas, abusarlas y también violarlas...
Burlarse, en suma, de ellas: vencerlas, sin que el lector se percate. Sin
que el lector encienda sus alarmas psicológicas.
1. Discurso pronunciado en
Estocolmo, en la recepción del premio Nobel de literatura, por
Isacc Bashevis Singer.
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