| Cuatrogat editores: sergio andricaín y antonio orlando rodríguez v cuatrogatosrevista@yahoo.com |
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Ilustración de Esperanza Vallejo Yo, Mónica y el Monstruo Antonio Orlando Rodríguez Medellín: Colina, 1994
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Esperanza
Vallejo, el ejercicio de la libertad
Antonio Orlando Rodríguez A Esperanza Vallejo la conocí, primero, a través de una exposición itinerante de ilustradores latinoamericanos de libros infantiles que pasó por una galería de La Habana a principios de los ochenta. Entre trabajos de decenas de artistas de diferentes países (Calvi, Lago, Doppert, Alekos, Bachs, Pellicer), los de Esperanza llamaron mi atención por su desenfado y su alta calidad estética. Fue, por así decirlo, un amor a primera vista. En esa época, preparaba una encuesta sobre la ilustración de libros infantiles para la revista En julio como en enero, del comité cubano de IBBY, y le mandé un cuestionario encabezado con una carta muy ceremoniosa. ¡Nunca obtuve respuesta! Años después, durante mi primer viaje a Bogotá, conocí sus ilustraciones para la estupenda revista infantil Espantapájaros y también las que realizó para Palabras que me gustan, de Clarisa Ruiz. "¿De dónde salió esa alucinada? ¡Yo quiero que me ilustre!", le dije a Irene Vasco. Y ella se limitó a contestar: "Yo también". Algún tiempo después, se presentó la oportunidad. La editorial Colina manifestó interés en publicar mi cuento Yo, Mónica y el Monstruo, y me pidió que sugiriera algunos posibles ilustradores. No tuve que pensarlo dos veces. "Esperanza Vallejo, Esperanza Vallejo o Esperanza Vallejo", les sugerí. A la artista la conocí, por fin, en 1994, y a la admiración profesional se sumó la amistad. Supe, entonces, que en una de sus insondables cajas de recuerdos estaba guardado aquel viejo cuestionario que nunca tuvo tiempo, paciencia o ganas de responder. Pero el afecto es otra historia que no viene al caso contar aquí. Es conveniente aclarar que Esperanza Vallejo, antes que ilustradora, es una artista plástica dueña de un mundo muy propio. Es decir: su caso es distinto al de buena parte de sus colegas. Ella no es sólo una ilustradora: es, también, una ilustradora. Los dibujos y collages que ha hecho para revistas y carteles, y para libros de José Martí, Horacio Quiroga, Lygia Bojunga Nunes, Víctor Carvajal o Margaret Mahy, son ricos desprendimientos de una manera singular de ver, imaginar y plasmar la realidad. Es, además, una lectora atenta, minuciosa, que descifra entre líneas y encuentra en los versos y las narraciones detalles, asociaciones y resonancias que luego sugiere o subraya, magistralmente, desde sus ilustraciones. Esperanza no sólo ilustró Yo, Mónica y el Monstruo con una fuerza y una originalidad mayúsculas, sino que complementó el relato. Entró al cuento y se hizo parte de él. Creo que ése es uno de los trabajos en que mejor puede apreciarse el espíritu de Esperanza. Ilustraciones como la de los enamorados cubistas o la del barco pirata, hablan elocuentemente de la libertad y la motivación con que realizó dicha obra.
Posteriormente, tuve la suerte de que le encargaran los dibujos para la edición colombiana de Struff. Y otra vez quedé sorprendido con su derroche de fantasía y con ese modo fácil, tan suyo, de hacer las cosas "como al descuido", con la aparente espontaneidad de un niño. (Pura apariencia, no pequen de incautos: detrás de ese desenfado hay años de experiencia, de investigación y de oficio; muchos museos recorridos en Europa y en Nueva York; grandes dosis de sabiduría y sufrimiento.)
Quiero hacer referencia, por último, a una faceta poco conocida, pero muy importante, de su trabajo profesional: la docencia. Durante medio año coincidimos dando clases, en salones contiguos, en la misma universidad bogotana. Debo decir que es una maestra excepcional. Sus alumnos veintiañeros la adoran, y la fascinación que ejerce sobre ellos no es gratuita. En medio de tanta cátedra mediocre y/o acartonada, Esperanza Vallejo les descubre el significado que tiene la palabra libertad en el arte, les muestra cómo se conjuga el verbo crear. Comparte con ellos los secretos de sus técnicas mixtas asombrosas, en las que tienen cabida, a la par del acrílico y la tinta, desde cosméticos hasta medicamentos. Envejece papeles, ensambla imágenes de las más disímiles procedencias, combina plumas de aves, abanicos, estampillas de correo y huellas de besos de lápiz labial. Pone la creatividad de los jóvenes a tope, sin necesidad de apelar a otros recursos didácticos que el ejemplo de su obra y de su actitud ante la creación. No es casual que algunos de sus discípulos hayan comenzado a ilustrar con acierto. Post data:
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